Alguien, no
recuerdo quién, me contó que Onetti escribió El Pozo en una tarde por pura desesperación. El escritor se quedó
sin tabaco un día de huelga general en el que todos los comercios de Montevideo
estaban cerrados. No era posible comprar cigarrillos y Onetti aplacó la furia y
el desasosiego que provoca el mono de nicotina escribiendo nada menos que una
novela entera. Aunque puede que haya algo de verdad en ella, a buen seguro la
anécdota no es enteramente cierta; no me voy a tomar la molestia de investigar si lo es: se
puede perder el tiempo haciendo cosas mucho más placenteras. Hoy me he
despertado a las cinco de la mañana y me levantado a las seis para no seguir
dándole vueltas en la cama a un asunto que me tiene enormemente cansado, muy
desesperado, casi completamente asqueado. He hecho café y cuando he ido a echar
mano del paquete de tabaco he reparado en que sólo quedaban tres cigarrillos. Parecido
a lo de Onetti, pero protagonizado por un ser insignificante. Aunque nunca
salgo a la calle los domingos, ayer bajé a comprar un par de paquetes a
mediodía porque me quedaba poco tabaco de liar, que es el que fumo
habitualmente, y quise prevenir una situación de posible desabastecimiento. A
las seis de la mañana de un lunes de principios de octubre no tiene sentido buscar
culpables; sea como fuere, los estancos abren a las nueve, así que tenía por
delante tres horas y tres cigarrillos. A las siete de la mañana, A. y yo ya nos
habíamos fumado los tres cigarrillos y un pitillo adicional que hemos
liado con las hebras que quedaban en la cajetilla metálica que uso para llevar
los cigarros que fumamos habitualmente. Dos horas de furia y desasosiego
por delante, por lo tanto. He visto amanecer, he paseado por casa, me he
tumbado en la cama, me he duchado, he recordado con dolor que, el otro día, x –que, a pesar de todo, es amigo– me dijo que yo no soy modesto, he
desayunado dos veces, he pensado en las palabras exactas que debo utilizar en
la conversación telefónica que tengo que mantener esta mañana acerca de ese
asunto que me tiene tan desesperado y, finalmente, casi por inercia, me he
puesto a escribir el tercer parágrafo de un texto que ando escribiendo sobre la
falacia inductiva en la que acostumbran a incurrir los filósofos morales que
abogan por la prohibición de las corridas de toros en todo el territorio
estatal. No ha sido posible hilvanar una sola frase presentable, así que he
dejado que la stream of consciousness
fluyera
y he escrito un mal poema inspirado en una frase de Lucrecia Martel –directora
de La ciénaga, una gran película– que
leí en una entrevista hace unos años y que copié a mano en un papel. La frase
de Martel es sencillamente maravillosa: “Yo veo
con mucho optimismo lo decadente. Si estuviéramos en un mundo con un sistema de
valores extraordinario, la decadencia sería un peligro. Pero en un mundo en el
que la injusticia y la pobreza están concebidas como parte del sistema, la
decadencia es una esperanza”. A. se ha acercado con el coche al único estanco
que abre a las ocho y media y a las nueve menos cinco he empezado a liar
cigarrillos como un poseso. El cielo se ha nublado. Que tengas suerte, me ha
dicho A. antes de irse de nuevo. Ten cuidado con el coche, he dicho. Faltan un par de
horas para la conversación telefónica sobre ese asunto que me cansa y me desespera. Estoy casi
seguro de que no voy a tener suerte.
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lunes, 7 de octubre de 2013
viernes, 26 de febrero de 2010
Clarice Lispector, Slavoj Zizek y todo lo demás
i) Leer a Clarice Lispector (La hora de la estrella), pensar intensamente en Clarice Lispector, tropezar con esta lasca lispectoriana, puro pensamiento trágico: “Escribo porque no tengo nada que hacer en el mundo: estoy de sobra y no hay lugar para mí en la tierra de los hombres. Escribo por mi desesperación y mi cansancio, ya no soporto la rutina de ser yo, y si no existiera la novedad continua que es escribir, me moriría simbólicamente todos los días”. Pensar que “morir simbólicamente todos los días” es una seductora metáfora del posible itinerario hacia un diariamente renovado no ser, un des-nacer.
ii) Recordar, a propósito del inconveniente de haber nacido, lo que Onetti escribió en Dejemos hablar al viento, algo parecido a que todos somos culpables por traer hijos al mundo, un acto equiparable al asesinato. Buscar y encontrar el libro –edición trash del libro amigo de Bruguera–, pero no la página con la cita literal. Consolarse con esta genialidad onettiana cuando uno ya ha desesperado en el rastreo: “(…) el único y desconocido amigo de verdad que me concedió la vida podía basarse en lo que trató de explicarme un tal Marx brothers en Santa María. Era un mantenido con barba de comandante, decía que todo es cuestión de dinero".
iii) Pasar entre carcajadas a “¡Es la economía política, estúpido!”, capítulo 13 del ¿último?, ¿penúltimo? libro de Slavoj Zizek traducido al castellano, un ensayo provocativamente titulado En defensa de la intolerancia (Madrid, Sequitur, 2009), enésima andanada hegelo-lacaniana de Zizek contra el buenrollismo multiculti integrado (toda otredad será atendida y neutralizada, oremos), denuncia de las diversificadas formas de despolitización de la economía –archi-política; para-política; meta-política; ultra-política y… post-política–, requisitoria formulada a los gurús de la sociedad del riesgo, la segunda ilustración y la modernidad reflexiva, a saber, Giddens, Beck, e tutti quanti –otro día habrá que hablar del coitus interruptus del desmelenado Castells con su Madame Bovary, la así llamada sociedad-red, y del algo más estoico ensayismo poético-trendy de Verdú–, lúdica respuesta a la eterna pregunta (what’s left?) con referencia a Dashiell Hammett incrustada en el texto y algunas cosas más. Abrir el libro al azar y leer este fragmento de Zizek: “Los teóricos de la sociedad del riesgo suelen hablar de la necesidad de contrarrestar el “despolitizado” imperio del mercado global con una radical re-politización que quite a los planificadores y a los expertos estatales la competencia sobre las decisiones fundamentales para trasladarla a los individuos y grupos afectados (mediante la renovada ciudadanía activa, el amplio debate público, etc.). Estos teóricos, sin embargo, se callan tan pronto como se trata de poner en cuestión los fundamentos mismos de la lógica anónima del mercado y del capitalismo global: la lógica que se impone como el Real neutro aceptado por todos y, por ello, cada vez más despolitizado”.
iv) Experimentar un efímero espasmo de radicalismo y reconciliación, imaginario orgasmo político que deriva en dulce desmoronamiento momentáneo –precisamente, el malestar de lo Real y sus imposibilidades–. Mirar fotografías de Diane Arbus. Escuchar a Amália Rodrigues cantando este fado infinitamente triste aquí (atención a los pómulos de la primera imagen del vídeo). Buscar ese poema de Alejandra Pizarnik en La extracción de la piedra de locura. Otros poemas, “Fragmentos para dominar el silencio”, ese poema que suena a cristales rotos, y leer estos vidrios del poema: “Cuando a la casa del lenguaje se le vuela el tejado y las palabras no guarecen, yo hablo./ Las damas de rojo se extraviaron dentro de sus máscaras aunque regresarán para sollozar entre flores./ No es muda la muerte. Escucho el canto de los enlutados sellar las hendiduras del silencio. Escucho tu dulcísimo llanto florecer mi silencio gris./ La muerte ha restituido al silencio su prestigio hechizante. Y yo no diré mi poema y yo he de decirlo. Aun si el poema (aquí, ahora) no tiene sentido, no tiene destino.”
v) Mirar al vacío y deplorar con pose grave, á la T. W. Adorno, el sentido fundado en el sinsentido y el destino de la teoría crítica, la opiácea y mortíferamente narcótica redescripción habermasiana, ese neotrascendentalismo débil contestado por el a veces soporífero y a veces genial Sloterdijk. Releer la interpretación que Sloterdijk hiciera –mirando de reojo a Habermas– de El nacimiento de la tragedia (P. Sloterdijk, El pensador en escena. El materialismo de Nietzsche). Más específicamente, asombrarse de nuevo con la exégesis de la obra seminal de Nietzsche que propone Sloterdijk: nada menos que lo dionisíaco embridado por lo apolíneo y… la síntesis “Ésta es la opción de Nietzsche –por más que el lector no dé crédito a lo que ven sus ojos. Si el texto continuara como comienza, hoy podría considerarse El nacimiento de la tragedia como un manifiesto socialista capaz de resistir la comparación con El manifiesto comunista. La obra podría interpretarse como el escrito programático de un socialismo estético, como la Carta Magna de una fraternité cósmica”, interpretación luego matizada o muy matizada por el propio Sloterdijk.
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