“¿Cómo dar sentido a unas experiencias sociales y profesionales caracterizadas por el desmoronamiento del tiempo largo y la precariedad?”, pregunta Christian Salmon en un capítulo de su irregular ensayo Storytelling significativamente titulado “El relato de la política”. El interrogante de Salmon capta, me parece, el pulso de la primera novela del poeta Carlos Pardo (Madrid, 1975), autobiografía ficcionada de Carlos, trasunto del autor, en la que Pablo, el amigo pintor que prefiere no pintar, hace las veces de un Macguffin parpadeante que sirve de apoyatura al narrador para construir una estampa generacional a partir del relato en dos tiempos de su avatar como poeta perteneciente a una bohême narcófila que, según el hiperbólico señuelo del paratexto, habita el mundo “a un paso de la marginalidad”. Uno diría, más bien, que los personajes que circulan por el libro habitan el mundo a un paso de la autoconciencia de su desencantada instalación en ese páramo social resultante de la enésima disolución en el aire de todo lo sólido en el que, recurriendo a la manida y polivalente fórmula popularizada por Bauman, decimos que la amistad, las expectativas vitales y laborales y aun el amor se han tornado líquidos.
En un pasaje que cualquier lector malévolo puede interpretar como un juicio inconsciente del autor sobre su propio texto, Carlos dice que El desierto de los tártaros de Buzzati es “un libro deprimente” (p. 73). Si en la novela de Buzzati el asalto del enemigo no llega a materializarse, lo que no llega a cuajar en Vida de Pablo es la propia novela. El problema estriba en la elección de la historia vehicular: la relación del poeta con María Jesús –una mujer mayor que Carlos, a la sazón antigua pareja de Pablo–, historia que se apodera de las dos partes del libro y a la que afluye un nutrido grupo de secundarios que exponen sus fragilidades existenciales y sus desigualmente colmadas ambiciones en unos diálogos cultiheridos y pueriles y escoltan a la pareja protagonista a lo largo de la novela, ficción testimonial con pretensiones de bildungsroman que no logra levantar el vuelo, o que lo hace sólo tímidamente en la segunda parte, situada en Lanzarote. Entre ambas partes media una elipsis de varios años en los que Carlos, que cultiva una autoimagen mordaz y complaciente, ha dejado de pinchar discos en el bar de una pequeña ciudad del sur para convertirse en organizador de eventos culturales.
Vida de Pablo es un libro bien escrito en el que Pardo saca puntualmente al estimable poeta que es en fraseos aliterativos y metáforas logradas, introduce algún texto ajeno –un buen poema de su amigo Abraham (pp. 131-134), por ejemplo–, escribe notas interesantes sobre la creación poética y recurre episódicamente a la metaficción. El texto está, por otra parte, anegado de marcas literarias –Renard, Rilke, Musil, Ashbery, Marechal, Léautaud, Apollinaire, Ribeyro, Gide, Perec, Cortázar, Sterne, Walser, Sebald, entre otros–, referencias filosóficas –Spinoza, Hegel, el I Ching, Vattimo, Deleuze y la inevitable alusión implícita al topos de filiación nietzscheana sobre la realidad y la metáfora (pp. 30 y 232), entre otras–, citas musicales –Carlos, debe reconocerse, tiene muy buen gusto– y guiños o bromas privadas quizás sólo comprensibles por los integrantes de la pomada cosmopoética de la España meridional. Todo esto no basta para armar una novela recordable; incluso cuando se pretende cartografiar el sinsentido epocal o el vacío ralentizado del presente perpetuo mediante el relato de aconteceres anodinos, hace falta algo más para convencer al lector de que el libro que tiene entre las manos merece la pena –o al menos para tratar de amortiguar su previsible tedio–. El resultado de la primera incursión de Pardo en la narrativa es una novela insípida cuya lectura deja la sensación de que el autor desperdicia a sus personajes más prometedores, malogra vetas narrativas –uno querría saber más de la “tristeza irónica de Pablo” entendida como “forma de fortaleza” (p. 297)–, y omite –o, quizás mejor, aborda parca y elusivamente– la cuestión política que subyace al texto, a saber, la contradicción del artista de la vida moderna, que, como sabemos desde Baudelaire, ejerce de poeta maudit y vitupera al mercado, pero depende del mercado editorial y periodístico –o, más prosaicamente, del zoco de las subvenciones públicas o del premio del Ayuntamiento de turno– para sobrevivir sin abandonar el ademán de maldito.
Carlos Pardo, Vida de Pablo, Cáceres, Periférica, 2011, 308 p.
(p. m., publicado en La bolsa de pipas. Revista literaria trimestral, nº 83, octubre-diciembre 2011)
Carlos Pardo, Vida de Pablo, Cáceres, Periférica, 2011, 308 p.
(p. m., publicado en La bolsa de pipas. Revista literaria trimestral, nº 83, octubre-diciembre 2011)
