martes, 28 de diciembre de 2010

Mondo gorila III: sinonimias más o menos perversas


En el imaginario postpolítico hispano, prescripción equivale a absolución

Carlos Fabra, Presidente de la Diputación de Castellón. Héroe moral


"La mayor parte de mi vida actué como un bienhechor público"

(Alphonse Capone, citado por Hans Magnus Enzensberger, "La balada de Chicago. Modelo de una sociedad terrorista", en Id., Política y delito, Barcelona, Seix Barral, 1968, p. 103

viernes, 17 de diciembre de 2010

Las lecturas, los días

     Malevich, Blanco sobre blanco



“(…) Porque todos llevamos dentro un niño muerto, llorando,
que espera también esta mañana, esta tarde como siempre
festejar con los Otros, los invisibles, los lejanos
algún día por fin su cumpleaños”
(Leopoldo María Panero, “Pavane pour un enfant défunt”)

Inventaron un rito. A la hora de la cena se sentaban en las dos butacas que habían dejado estar ahí contraviniendo los consejos del médico –las butacas que la desidia y la pereza habían dejado estar a ambos lados de la mesa que sirvió al niño tantas veces de pupitre para pintar– y uno de los dos encaraba la lectura diaria. 

I
El primer día leían “Argentina y los muertos sin adiós”, ensayo en el que Sánchez Ferlosio recrea ese viejo motivo de la antropología, la función del rito como protector del límite. La despedida, dice Ferlosio, es el rito cuya función es proteger la separación que toda partida comporta, ese límite que divide el estado de unión y el estado de ausencia. La doble tensión que el sentimiento experimenta –la confianza de volverse a ver y el temor de no volverse a ver– precisa de una salvaguardia, una salvaguardia aun ilusoria, que sólo el rito, la despedida, puede brindar. Porque el rito pauta, delimita, ubica; el rito es el aparato de marcas sobre el que se establecen las relaciones topológicas primarias en que acierta a moverse la conciencia, y –los dos estaban de acuerdo– la más fundamental de esas relaciones es la referida al límite de la muerte, el deslinde entre el mundo de los vivos y el de los muertos, límite que ha de estar absolutamente definido en la mente: no por casualidad la muerte es el adiós que reclama para sí la protección del rito de la despedida con mayor fuerza y exigencia. Por eso, dice Ferlosio, a la crueldad de los asesinatos cometidos por la junta militar debe añadirse una segunda y más refinada forma de crueldad: el impedimento del refrendo y de la nítida acreditación de tantas y tantas muertes a las que no se pudo señalar y proteger con el rito del adiós. La muerte argentina –leía él– no produjo muertos y dejó vivos, porque de los desaparecidos hizo medio vivos y, por reflejo, de quienes no volvieron a verlos ha hecho medio muertos. A ese mismo ensayo trae Ferlosio un ejemplo para ilustrar lo señalado en torno a la importancia del rito de la despedida, el del niño de cuyo ahogamiento en el río hay certeza casi plena, y alude con pertinencia a esa segunda y póstuma agonía de los padres que se prolongará inevitablemente hasta que el cuerpo sea encontrado y resulte posible señalar el límite; sólo entonces descansarán en el dolor, sólo entonces podrá su conciencia disponerse a reconocer el alcance de lo acontecido. Se sabían trágicamente confortados porque ellos sí conocían el lugar. 
II
En la segunda lectura de la liturgia semanal revisitaban la muerte de Jim Sears hijo, protagonista espectral de una parábola sobre la responsabilidad escrita por Raymond Carver, “Limonada”, cuento puntuado a manera de poema que narra la conversación del abuelo, Howard Sears, con un tercero sobre el lento descenso a los infiernos de la locura que Jim Sears, el padre del niño, inició después  de contemplar cómo unas tenazas sujetas a un cable ensogado a un helicóptero sacaban el cuerpo inerte de su hijo del río Elwha. Nadie era más culpable que él, decía Jim Sears padre a cualquiera que quisiera escucharle. A fin de cuentas, él mandó al niño a buscar los termos de limonada al coche, él había comprado la tarde anterior los limones –al niño le gustaba la limonada, decía. Y sin embargo, repetía Jim Sears padre, aquellos limones habían sido plantados, regados,  cuidados , recolectados,  metidos en cajas,  llevados a la tienda y finalmente ofertados en un cajón bajo un cartel que decía “¿ha tomado usted limonada últimamente?”. “Mucha gente participó en esta tragedia”, decía Jim Sears padre a cualquiera que quisiera escucharle, retrocediendo invariablemente a las primeras causas,  a ese primer limón que se cultivó en la tierra, al origen de la catástrofe. Si nunca hubiera habido limones en el mundo todavía tendría a mi hijo, repetía Jim Sears padre a cualquiera que quisiera escucharle; y si nunca hubiera habido vehículos de motor, decían ellos sin hablar; y si… si aquel mono desnudo no se hubiera alzado sobre sus cuartos traseros, si aquel sofisticado y radicalmente innecesario proceso cimentado en la replicación fiel de la información genética inscrita en la estructura química del ácido desoxirribonucléico, replicación alterada por una serie de mutaciones azarosas, si ese accidente evolutivo no se hubiera dado, si… 
III
El tercer día leían “En el potosí”, un cuento en el que Calvert Casey, el Kafka cubano nacido en Baltimore que abandonó voluntariamente el mundo en Roma a los cuarentaicinco herido por la luz, el exiliado como tantos otros de una revolución que no consentía la homosexualidad,  relata la mañana del día de difuntos en que un hombre, el narrador, sale de su casa de La Habana para visitar el cementerio de El Potosí. Allá descansa el cuerpo del hijo de su hermana Merci, madre soltera que, enloquecida, había sido encerrada en “la mazmorra” –o tal vez en el Castillo– y había muerto también. Los textos de Casey, decían quitándose la palabra, están plagados de momentos de genialidad trágica que provocan la carcajada que no termina de estallar. Y así era, ellos contenían la risa cuando leían que el hombre que llevaba flores al niño muerto se distraía mirando el “Osario general del potosí” –o tal vez el osario general de Oklahoma–, mantenido a cielo abierto por los responsables del cementerio para que el sol pusiera los huesos muy blancos “porque así se ven más bonitos”. O que le gustara mucho leer las lápidas y apuntar en un cuaderno lo que decían los muertos. Por ejemplo, aquel epitafio incomprensible que un padre sordomudo había puesto en la lápida de su hijo sordomudo. Y siempre regresaban el tercer día de la semana a los fragmentos en los que Casey había introducido con sutileza al niño enfermo y después muerto en el relato: “el entierro del niño no, eso sí que no, porque el entierro del niño lo pagué yo que entonces estaba trabajando en la oficina –o tal vez la Mutua de Accidentes de Trabajo–, porque el niño se murió antes de que me botaran y como yo tenía dinero y Merci me pidió antes de perder la razón que le pagara un entierro de primera al niño yo se lo pagué y me gasté un montón de dinero en un entierro muy lindo”; un entierro escrito bajo la herida de la luz. [1]

IV
El cuarto día de la semana abrían al azar la edición original de Destino para leer algún que otro fragmento el de Mortal y rosa, el libro pergeñado durante y después de la enfermedad y muerte del hijo de Umbral cuya escritura, pensaban, acaso fue la única  respuesta posible ante el deplorable escándalo de una vida tan pronto abortada en el seno de la también escandalosa asepsia de un hospital. Al final aterrizaban invariablemente en el tramo que más de cerca toca el señalamiento del límite. En la página cientoveintisiete uno de los dos leía que también el horror puede llegar a ser de alguna manera confortable, que tener a un ser en la muerte –fórmula un poco heideggeriana que no desluce la belleza del libro– es tenerlo ya “seguro, a salvo, fijo como una estrella libre de todos los peligros, más allá de todas las riadas de la vida”. Y después, respetando el rito, iban a parar a la página donde está la cita de Blake (“si el sol dudara un momento se apagaría”), máxima con la que –piensa ella– el escritor quiso connotar la inmunidad de los niños con respecto al peso constrictivo de la cultura, la libérrima espontaneidad heracliteana de los soles párvulos que no dudan al fundar una tradición en cada trazo de su pintura, la pintura del niño apoyado siempre sobre la mesa escoltada por las dos butacas dejadas allí contraviniendo los consejos del doctor por pereza y desidia. 
 
V
El quinto día leían pasajes de Carta a una desconocida de Stefan Zweig, lascas de la eterna espera de la amante que escribe junto a su hijo muerto al escritor que no conocía al niño y que no supo reconocerla a ella. “Ayer murió mi hijo, nuestro hijo yace…”, repite como un mantra la madre que relata en la carta, en la novela, los sucesivos desencuentros en Viena del hombre ligero, mundano, epicúreo y la adolescente enamorada, la joven virgen que regresó de Innsbruck y yació tres noches con él sin resistirse a nada, la mujer que parió sola entre la cochambre de la maternidad de pobres y sobrevivió gracias a amigos ricos y amantes ricos que la buscaron a ella. Ella, que le envió un ramo de rosas blancas cada cumpleaños. “Mi hijo nuestro hijo yace muerto junto a los cirios encendidos, he alzado mis puños hacia dios y le he llamado asesino…”, dice. Y sobre el límite del adiós del niño se proyecta la doble naturaleza del desencuentro eternizado, el amor loco y servil, la incondicionalidad incomprensible y hasta estúpida, y la distancia, el juego despreocupado, inconsciente, la ligereza, la desmemoria. Después de dejar gritar a su alma –expresión de Zweig– ella se despide también de la vida, dejando testimonio de las soberanas prerrogativas de la indiferencia, del estatuto frágil de lo que parece verdadero, del absoluto desprestigio de todo lo que es un fin en sí mismo.

VI
La prosa de Thomas Bernhard percutía en las cabezas de los dos el sexto día de la semana,  la prosa catártica y devastadora de El origen, el alucinante ritmo del virulento ataque en dos tiempos al mismo horror – el nazismo, Grünkranz; el catolicismo, el tío Franz–, el horror sufrido por el niño adolescente en Salzburgo antes y después de la guerra en las instituciones de las que, dice Bernhard, uno no escapa nunca porque lo que queda “para el resto de su vida y para el resto de su siempre dudosa existencia, quienquiera que sea y sea de él lo que fuere, una naturaleza en cualquier caso mortalmente humillada y, al mismo tiempo, desesperada y, por ello, una naturaleza desesperadamente perdida, ha sido aniquilado como consecuencia de su estancia en ese calabozo educacional como detenido educacional, ya puede vivir decenios, en calidad de lo que sea y dondequiera que sea…” La diatriba salvaje de Bernhard y en ella los niños muertos, los niños que se suicidaban tirándose desde el Mönchsberg, los colegiales aplastados en la calle de los suicidios, montones de carme vestida con ropa de colores. Leían también el incidente en el camino de la Gstättenngasse: el niño Bernhard pisa una cosa blanda, una mano de niño arrancada a un niño después del bombardeo de los aviones americanos, “una mano de niño que creí que se trataba de una mano de una muñeca”, pero no era la mano de una muñeca, era una mano de niño arrancada a un niño muerto. La atroz intervención de la violencia, catástrofe como catástrofe la brutalidad y el desamparo que la sigue, la coincidencia casi completa de los métodos de castigo de los dos horrores, la mano que funda una tradición en cada trazo, la mano arrancada a un niño muerto.

VII
El séptimo día leían sentados en las butacas “Homenaje a Masoch”, el relato de Augusto Monterroso sobre un recién divorciado que, sintiéndose muy libre en su nueva situación, alterna todas las noches con amigos que se mueren de risa con sus chistes, con las cosas que dice en el cóctel, en la exposición, en el café, el cuento que versa sobre el hombre que ha adquirido un hábito, que ha inventado un rito. Cada noche, cuando regresa a su apartamento, se sienta en una butaca situada entre el tocadiscos y una mesita sobre la que coloca una botella y un vaso, toma su ejemplar de Los hermanos Karamazov (editorial Nueva España, México, 1944), pone en el aparato una grabación de la tercera sinfonía de Brahms y abre el libro por el capítulo III del Epílogo para leer los pasajes infinitamente tristes en los que aparecen el niño Ilucha muerto en el féretro azul, el niño Kolia proclamando a Mytia inocente y declarando su voluntad de morir por toda la humanidad y Aliocha Karamazov pronunciando el discurso que culmina con el grito enardecido de los niños –¡viva Karamazov!–, esa explosión de entusiasmo que el muy bien calculado ritmo de lectura del hombre divorciado hace coincidir con los últimos acordes de la sinfonía, operación que repite cuantas veces lo permita el alcohol ingerido para finalmente irse a la cama y hundir la cabeza en la almohada y llorar por Ilucha, por Mytia, por Kolya, por Aliocha , llorar por sí mismo… Y ellos también homenajeaban a Masoch y abrían el séptimo día el volumen III de las obras completas de Dostoievski que Cansinos Assens tradujera para Aguilar (décima edición, Madrid, 1968) para leer el capítulo III del Epílogo (pp. 590-596), ese perturbador empate entre sentimentalismo y delirio, esa tarada y genial recreación dostoievskiana de lo que acontece en el alma…El que leía llegaba al viva Karamazov –“hurra” en la edición de Aguilar– muy castigado. Los balbuceos apenas dejaban entender algo, el agua avanzaba como el fuego por la deteriorada superficie del papel biblia, un  pesar líquido derramado sobre los brazos de las butacas inundaba la sala, la casa, el cielo y el universo interestelar en la forma y ocasión estipuladas por el rito. Algunos días hurgaban en la biblioteca y la búsqueda ya había dado resultados: “Para una tumba de Anatole” de Mallarmé. Pero algo les impedía alterar el elenco, algo les impedía dejar de llorar por los muertos argentinos sin adiós, por Jim Sears hijo, por el niño rosa enfermo, por el hijo de Merci, por el hijo de la amante de Viena, por el niño bombardeado en Salzburgo, por Ilucha, por ellos mismos.  Algo les impedía trasponer el límite,  transgredir el rito.

[escrito en 2001; reescrito en 2006; encontrado y retocado hoy] 

[1] “Calvert Casey. Herido por la luz”  es el título de un ensayo de Rafael Rojas publicado en Letras libres.

sábado, 4 de diciembre de 2010

En torno a la textura distópica del presente

Diane Arbus (artworks)  



Libertad   Igualdad    Fraternidad

  Comunidad   Identidad    Estabilidad [1]



[1] Tomado en préstamo de T. W. Adorno (“Aldous Huxley y la utopía”, en Crítica cultural y sociedad)

viernes, 26 de noviembre de 2010

Poetizando en el limbo




“Pero la poesía (la verdadera poesía) es así: se deja presentir, se anuncia en el aire, como los terremotos que según dicen presienten algunos animales especialmente aptos para tal propósito” (Roberto Bolaño, Los detectives salvajes)

El juego, notablemente estúpido si se analizan fría y racionalmente las cosas, consistía en versificar a ciegas el poema que Roberto Bolaño dedicó a Enrique Vila-Matas poco antes de la muerte del primero, acaecida el 15 de julio de 2003. Los dos jugadores habían visto muchas veces el vídeo: un contenido pero visiblemente emocionado Vila-Matas recita el poema, hasta entonces conocido y leído por muy pocas personas, en un acto público celebrado en Blanes para rendir homenaje al escritor chileno-mexicano. Bolaño, repetían los dos jugadores, el junior infrarrealista, el senior maximalista, el arisco, el escritor con mayúscula, el muerto homenajeado, el condenado a muerte que escribió febrilmente hasta el final, el por muchas razones ejemplar Bolaño –ejemplar posiblemente a su pesar.
El texto había sido encontrado en un cuaderno de Bolaño y fue entregado a Vila-Matas tras el fallecimiento del autor de 2666.
Ambos jugadores habían visto el vídeo muchas veces –tal vez demasiadas, me permito sugerir desde mi privilegiada omnisciencia–. Vila-Matas abre su breve intervención con una introducción Shandy –“hay muchos shandies, pero yo soy el primero”, ha dicho alguna vez Vila-Matas– y lee después el poema de Bolaño vigilado por la mirada senatorial de Herralde, a cuya diestra está sentado Rodrigo Fresán, que arma un ademán exquisito –véase infra– en el momento en que Vila-Matas acomete la lectura del poema.
Lo que más les gustaba del vídeo era el contraste entre la atmósfera informal que Vila-Matas sabe crear en el primer tramo de su breve intervención –óiganse las risas– y el silencio funéreo que secuestra la sala en cuanto Vila-Matas procede a leer del texto de Bolaño. Y qué decir de esa mujer mayor que resopla en uno de los últimos planos…entre aplausos  
Los dos jugadores habían mantenido interminables discusiones en torno a la deuda de John von Neumann con Émile Borel. El primer jugador consideraba que Borel era el auténtico padre de la teoría de juegos porque, nunca se cansaba de repetirlo, algunos años antes de la publicación del famoso artículo de von Neumann “Zur theorie der Gesellschaftspiele” (1928), Borel ya había escrito y publicado varios  textos sobre teoría de juegos. Expertos en las decenas de modalidades de juegos elaboradas a lo largo del siglo veinte y admiradores incondicionales de Nash, tenían sin embargo una inexplicable predilección por la formulación que realizó Albert Tucker del juego que el propio Tucker denominó el dilema del prisionero, de modo que acordaron realizar el juego emulando torpemente una de las reglas de Tucker.
Convinieron en encerrarse en habitaciones separadas pertrechados con un cuaderno –detalle puerilmente fetichista, atendido que el poema de Bolaño había sido encontrado precisamente en un cuaderno del escritor chileno-mexicano, el junior infrarrealista, el senior maximalista, etc…–, un ordenador y un silbato. En cuanto el jugador 1 soplara su silbato, ambos pulsarían el play para ver el vídeo y escribirían el poema en sus respectivos cuadernos. El primero en terminar soplaría  su silbato, y el otro jugador debería detenerse en ese preciso momento. Posteriormente, comprobarían los resultados buscando el texto original. Ambos sabían que era posible acceder al texto original, pero asumieron la regla cooperativa de prohibirse buscar el poema en la soledad de sus habitaciones. Era obvio –simple cuestión de probabilidad– que resultaba imposible calcar el texto original en la transcripción a ciegas, de modo que era estúpido consultarlo. No querían desvirtuar el juego. El jugador 2 terminó el primero. El jugador 1 oyó el silbato, dejó de escribir y fue a reunirse con el jugador 2 en la habitación de éste. Los resultados:

Jugador 2: Poema para EVM 
Qué lugar es ése al que nos llevarán nuestras palabras,
las bellas durmientes, por caminos a menudo distintos.
Qué eriazo, qué infierno.
Qué nos espera allí, Enrique, en esa blancura
en la que nos reuniremos finalmente.
Qué aullidos, qué silencio.
Qué permutaciones nos aguardarán
cuando hayamos atravesado todo lo que hay que atravesar,
cuando nos hayamos despojado de todo, qué olvidos, 
qué.
En algún lugar infinito se esconde, en un tiempo
que nos es ajeno, que ni siquiera nos molestamos en mensurar.
Allí, donde tiene una casa nuestro terror de alquiler. 

Jugador 1: poema para EVM 
Qué lugar es ése al que nos llevarán
nuestras palabras, las bellas durmientes,
por caminos a menudo distintos, qué eriazo, qué infierno.
Qué nos espera allí, Enrique, en esa blancura
en la que nos reuniremos finalmente, qué aullidos, qué silencio.
Qué permutaciones nos aguardarán
cuando hayamos atravesado todo lo que hay que atravesar,
cuando nos hayamos despojado de todo, qué olvidos, qué.
En algún lugar infinito se esconde,
en un tiempo que nos es ajeno, 
que ni siquiera nos molestamos en mensurar…

Como todas las noches, la jefa de enfermeras, a quien los dos jugadores llamaban Ratched, recorría la planta baja antes de encerrarse en su despacho para preparar el plan de actividades del día siguiente. Oyó unos gritos, o mejor, unos aullidos y vio un filo de luz en el quicio de la puerta de la sala de ordenadores. Aceleró el paso y al llegar a la sala abrió la puerta con determinación. Simón estaba sentado frente a un ordenador encendido en cuya pantalla Ratched vio cuatro estrofas. Había dos cuartillas emborronadas sobre el teclado. Ratched era gélida, jamás se alteraba, pero esa noche las escalofriantes carcajadas de Simón –parecidas a esos terremotos que, según dicen, presienten algunos animales especialmente aptos– hicieron que, por primera vez, vacilara al dar una orden. 



viernes, 19 de noviembre de 2010

La sonrisa de Beckett y el estupor de Joyce


“En Dublín sindicatos y empresarios jugaron limpio y dieron una bocanada de aire fresco a las empresas”
(Capital, diciembre de 1995)

“Costes salariales bajos y sindicatos moderados han permitido barrer la imagen ancestral de un país rural y perezoso”
(Le point, 6 de abril de 1996)

“Irlanda demuestra de modo indiscutible que abrazar la globalización representa el camino más rápido hacia la opulencia”
(The Economist, 16 de enero de 1997)

“Celebramos el siempre notable comportamiento de la economía irlandesa, que descansa en unas políticas económicas sanas y ofrece una invaluable lección para los demás países”
(Fondo Monetario Internacional, 2004)

“El crecimiento económico se estimula reduciendo los impuestos y la burocracia. Irlanda demuestra que es posible y cómo hacerlo”
(Brussels Journal, 25 de noviembre de 2005)

“Francia y Alemania sólo tienen una alternativa: transformarse en Irlanda o transformarse en un museo”
(The New York Times, 1 de julio de 2005)




“Irlanda se resigna a la ayuda externa. Admite que los bancos precisan apoyo, mientras crece la hostilidad contra la cesión de soberanía y el empeño en mantener las ventajas fiscales. A pesar de la resistencia planteada de los últimos días, y de un nacionalismo que percibe la ayuda exterior como cesión de la propia soberanía, los gestores políticos y económicos de Irlanda parecían ayer resignados a convertirse en el segundo país de la eurozona rescatado de la crisis en lo que va de año, después de Grecia. La República necesita “un préstamo muy importante de decenas de miles de millones de euros” para socorrer a su debilitado sector financiero, admitió el gobernador del banco central irlandés, Patrick Honohan, coincidiendo con la llegada a Dublín de una misión negociadora de la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional”
(El País, 19 de noviembre de 2010)


¿Quién pagará la factura?…En esto, Irlanda seguirá siendo un modelo. De hecho, lo es desde hace un año y medio. Bien pensado, no hace falta irse a Irlanda para saber quién está pagando la factura. 

Siempre nos quedará The Pogues. 




jueves, 4 de noviembre de 2010

Híbridos casi posibles III (Giannuzzi & Turner)


Ilustración de Carlos Maiques

*

No importa si vuela ella o si vuela él. Un poco de almíbar para llorar orillas del río Mapocho o de cualquier río imaginable.


Aeropuerto (J. O. Giannuzzi)

En la partida
el último tema de tu cabeza
en mi costado soñador.
El mundo
que se dispone a dividirse en dos;
y el avión
que suavemente se desprende
de esas consistencias amarradas entre sí.
Y el azul que te alza y te devora
mientras yo desciendo
a la mitad sombría del planeta.

(Joaquín O. Giannuzzi, Antología poética, prólogo de O. Picardo, Madrid, Visor, 2006)


*

En 2006 Arctic Monkeys, cuatro niñatos de Sheffield, irrumpieron en la escena indie –sea cual fuere el significado de este concepto esencialmente controvertido, como diría Walter Bryce Gallie– con un espléndido primer álbum, Whatever they say I am, that’s what I’m not, cuyo inesperado éxito convirtió al grupo casi en un fenómeno de fans –preferentemente, niñatas/ os obnubiladas/ os por el charm de Alex Turner, letrista, cantante y guitarra–. Esta canción no pertenece al primer disco y nada tiene que ver con el pulso post-punk –sea, de nuevo, cual fuere el significado de esta expresión– que impregna la mayoría de las canciones de Whatever they say I am…, pero aquí sólo buscamos híbridos casi posibles. 
Turner es un buen cantante y no es mal poeta. 

 

sábado, 30 de octubre de 2010

Imbéciles y totalitarios, totalitariamente imbéciles

"Sin embargo, la lealtad de quienes ni creen en los clichés ideológicos ni en la infalibilidad del jefe tiene también razones más profundas y no técnicas. Lo que liga a estos hombres es una firme y sincera fe en la omnipotencia humana. Su cinismo moral, su creencia de que todo está permitido, descansan en la sólida convicción de que todo es posible[1]"
(Hannah Arendt, Los orígenes del totalitalismo, v. 3, trad. G. Solana, Madrid, Alianza editorial, 1987, p. 587.)


[1] Addenda a destiempo: Zizek sobre significado específico de este "todo es posible" (me acabo de tropezar con esto): "(...) En la actualidad, la división entre lo que se puede y lo que no se puede se organiza de manera extraña, con un mismo exceso en la definición de cada categoría. Por un lado, en el campo del entretenimiento y las tecnologías, nos insisten con que "nada es imposible": podemos disfrutar de una amplia gama de servicios sexuales, de archivos enciclopédicos de canciones, películas y series de televisión, que están a nuestra disposición mediante pago electrónico, y hasta podemos viajar al espacio (si somos multimillonarios). Y nos prometen que, en un futuro cercano, será "posible" optimizar nuestras capacidades físicas y psíquicas mediante la manipulación del genoma humano. Incluso el sueño tecnognóstico de la inmortalidad parece ahora estar al alcance de la mano, gracias a la transformación de nuestras identidades en "software" para descargar al disco duro. En el ámbito socioeconómico, en cambio, nuestra época se caracteriza por la creencia en una humanidad que ha llegado a su completa madurez, después de haber sido capaz de renunciar a las viejas utopías milenarias y aceptar las limitaciones de la realidad (debe leerse: de la realidad capitalista), con todos los imposibles que la arman. Su lema, su primer mandamiento, es "usted no puede": usted no puede participar en las grandes acciones colectivas, que necesariamente terminarán en terror totalitario; usted no puede aferrarse al Estado del bienestar, so pena de perder su competitividad y provocar una crisis económica; usted no puede salise del mercado mundial, salvo que jure lealtad a Corea del Norte. La ecología, en su versión ideológica agrega a este inventario de sus propias prohibiciones, esos famosos valores de la tierra –no más de dos grados de calentamiento climático– basados en opiniones de expertos (...)" 
(Slavoj Zizek, "Salir de la trampa, y hacer lo imposible", en LMD edición en español, nº 181, Noviembre de 2010, p. 7)


*

"Todo aquel que desde la distancia histórica pretenda comprender el efecto producido por Hitler tiene que renunciar al intento de investigar al dictador como una figura dotada de una personalidad demoníaca. La específica adecuación del papel desempeñado por Hitler dentro del psicodrama alemán no estriba en sus extraordinarias aptitudes o en su archisabido y resplandeciente carisma, sino, antes bien, en su incomprensible y evidente vulgaridad, por no hablar de su consecuente disposición a vociferar sin rebozo alguno delante de grandes multitudes"
(Peter Sloterdijk, El desprecio de las masas, Ensayo sobre las luchas culturales en las sociedades modernas, trad. G. Cano, Valencia, Pre-textos, 2002, p. 25)

Con ustedes, Steve Ballmer:




viernes, 22 de octubre de 2010

Quinismo, potlatch, amor, sol





“Una anécdota y dos líneas extraídas del corpus cínico me llevan siempre más lejos intelectual y concretamente que las obras completas del conjunto de producciones del idealismo alemán”
(Michel Onfray, Teoría del cuerpo enamorado. Por una erótica solar, trad., prólogo y notas de Ximo Brotons, Valencia, Pre-textos, 2002, p. 41)

Y a mí. No es muy difícil, Michel.

Lástima que no pueda editarse el vídeo y dejar sólo el primer poema. 



jueves, 7 de octubre de 2010

Homer y Langley: arte de la fuga




A raíz de la publicación de Homer y Langley se recordó el final de los hermanos Collyer. Una mañana de 1947 la policía y los bomberos de Nueva York tuvieron que forzar los postigos de la mansión familiar de estilo victoriano tardío, ubicada en la Quinta Avenida, para acceder al inmueble de cuatro plantas y recuperar los dos cadáveres tras abrirse paso entre las toneladas de materiales de todo tipo, “la colección de artefactos de nuestra vida americana” (p. 29) –entre ellos, un Ford T–, que habían acumulado durante años. A Homer, el hermano ciego, lo encontraron en su butaca mordido por las ratas, esperando ya inerte a que Langley le llevara la comida diaria. El cadáver de Langley, víctima directa del trastorno que alimentó el afán de almacenar cosas en casa, el mal llamado síndrome de Diógenes, fue hallado después de una prolongada búsqueda sepultado bajo un amasijo de objetos accidentalmente desmoronados sobre su cuerpo. El plato de comida nunca llegó a su destino. “Jacqueline, cuántos días llevo sin comer. Se produjo un estruendo, la casa entera tembló. ¿Dónde está Langley? ¿Dónde está mi hermano?” (p. 203), pregunta un Homer terminal y languideciente en el pasaje final.

Con semejante material, Doctorow retoma en su último libro la reescritura de la historia norteamericana y sus patologías sin atenerse estrictamente a los códigos de la novela de no ficción, la faction (facts & fiction) que cultivaron, entre otros, el Capote de A sangre fría en los Estados Unidos y autores de la talla de Walsh (¿Quién mató a Rosendo?) en otras geografías literarias. Homer y Langley es más bien un ejercicio de hermenéutica mitográfica deudor de los protocolos de la “nueva novela histórica” encuadrada, à tort ou à raison, en el posmodernismo. Al margen de taxonomías, la novela es una interpretación liberada del imperativo de sujeción a los hechos, el espacio y el tiempo reales en la que la acreditada maestría del autor de Ragtime y El libro de Daniel salva al texto de tres potenciales naufragios: la mera exposición de un retablo de extravagancias; el encarnizamiento en los detalles más sórdidos del progresivo aislamiento de los Collyer; y la romantización inocua de dos desertores de buena familia con estudios superiores que declaran simbólicamente la guerra al mundo. Uno queda bien enterado, no obstante, de la condición excéntrica de los hermanos y no puede eludir un sentimiento de secreta empatía hacia estos dos artistas de la fuga y la acumulación.

Una de las claves para que la reinvención novelada del mito pop de los Collyer salga indemne de los riesgos mentados es la cesión de la voz narrativa al musical, cálido, desvalido y sensitivo Homer, convertido por Doctorow en el hermano menor –en la vida real era el mayor–, que toma literalmente de la mano al lector para guiarlo a través de sus cada vez más mermados sentidos por la novela, extenso texto escrito por Homer en una máquina de Braille a su musa, Jacqueline Roux –personificación de la mirada del otro europeo–, que fluye sin un solo desfallecimiento narrativo. Aunque es Homer el que relata linealmente el itinerario del “abandono del mundo exterior” (p. 78) en el que las personas son lentamente reemplazadas por las cosas, el peso protagónico recae en el lúgubre, beligerante, lucidísimo y tendencialmente paranoico Langley, motor de la lucha perdida de antemano para “plantar cara al mundo” (p. 127) y auténtico centro de un nutrido dramatis personae que, por mediación de la dislocación temporal con la que Doctorow alarga la vida de los Collyer hasta los 70, incluye figuras mitológicas o mitologizadas del siglo XX y sus respectivas miradas otras: entre ellos, unos mafiosos para quienes la mansión es “un manicomio” (p. 118) y una fratría de hippies que la perciben como un “templo de la disidencia” (p. 145).

Sin duda, el gran Otro de la novela –una golosina para la teoría de la desviación– es la sociedad. Homer y Langley es una obra abierta, legible bajo distintos registros interpretativos: la casa atestada de los Collyer, “nuestro reino inviolado” (p. 90), como epítome hiperbólico de la sociedad adquisitiva; el chiflado proyecto de Langley de crear un periódico platónico de arquetipos intemporales como crítica profética de los media; el propio relato de la relación de los dos hermanos como hermosa parábola sobre la fraternidad… La exégesis inmediata de la novela reenvía, sin embargo, a la desconexión de esos entretejimientos objetivos –la luz, el agua y el gas– que constituyen las ataduras tal vez más superficiales del imaginario contrato social en virtud del cual renunciamos al estado de naturaleza y nos sometemos a unas normas preordenadas a la convivencia pacífica. Doctorow no ha escrito una novela explícitamente política, dicho esto en el sentido de que no incurre en la hagiografía apologética y, digamos, proto-foucaultiana de los Collyer, sujetos sin duda diferentes y anómicos. Ahora bien, parece plausible sostener que en Homer y Langley late, sin ser nunca explicitada, la cuestión esencial de la filosofía política moderna, el denominado problema del orden formulado por Hobbes: ¿cuáles son las condiciones en las que los individuos están dispuestos a aceptar limitaciones en su libertad para vivir como miembros de una sociedad normalizada? Cuestión a la que, se diría, los Collyer replican elípticamente con otra pregunta: ¿qué sentido tiene habitar normalizadamente la sociedad cuando todo nos dice que no tiene ningún sentido y que lo más razonable es sustraerse, huir, tomar la senda de la fuga discrepante, del “aislamiento como camino más sensato para eludir el dolor, la pesadumbre y la humillación” (p. 79)? El lector queda invitado al festival de interpretaciones de una gran novela, magníficamente escrita y muy bien traducida.


E. L. Doctorow, Homer y Langley, trad. I. Ferrer y C. Milla, Barcelona, Miscelánea, 2010
(publ. en La Bolsa de Pipas. Revista Literaria Trimestral, nº 79, oct.-dic., 2010)

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Un poco más: 

“¿Cómo puede hacerse una distinción ontológica entre fuera y dentro? (…) ¿Qué puede decirse en definitiva sobre la circunstancia de tener un techo sobre la cabeza que tenga sentido filosófico? Dentro es fuera y fuera es dentro” (Langley)

En “Casa tomada” Cortázar relata el avatar de Irene y el narrador, dos seres anodinos unidos en un “simple y silencioso matrimonio de hermanos” que son lentamente expulsados de su espacioso piso de Buenos Aires. Gente que nunca se hace visible va ocupando las estancias y arrincona a los hermanos hasta que éstos se ven obligados abandonar su hogar. El mundo real entra en casa y pone en fuga a sus moradores. En Al revés, Joris-Karl Huysmans cuenta la historia de Des Esseintes, un raro que, hastiado del París de finales del XIX, escapa a una mansión de Fontenay-aux-Roses y crea un estrafalario universo paralelo en el que se entrega a la contemplación estética. El fugitivo expulsa al mundo real de su nueva casa, donde construye otro mundo. En Homer y Langley los hermanos Collyer declaran la guerra al mundo y a la sociedad –la imagen que ilustra esta entrada, tomada el día del acceso a la casa y el rescate del cadáver de Homer, constituye la mejor metáfora del asedio al que se vieron sometidos los Collyer en los últimos años de su existencia–,  pero la fuga y el abandono del mundo de Homer y Langley se resuelven en la reconstrucción del mundo real dentro de su propia casa. Dentro es fuera y fuera es dentro.   

martes, 5 de octubre de 2010

Bernhard en un cumpleaños


“(…) Pero en realidad tampoco sin Paul hubiese estado solo en aquellos días, semanas y meses en la Baumgartenerhöhe, porque al fin y al cabo tenía al ser de mi vida, el que, después de la muerte de mi abuelo, fue decisivo para mí en Viena, a la amiga de mi vida, a la que no sólo debo mucho sino, dicho sea francamente, desde el momento en que hace más de treinta años [nota bene: hace más de quince años], apareció a mi lado, se lo debo más o menos todo. Sin ella no estaría ya ni siquiera con vida y, en cualquier caso, no hubiera sido nunca el que soy, tan loco y tan infeliz, pero también feliz, como siempre. Los iniciados saben lo que se esconde tras esta expresión ser de mi vida, a través de la cual y del cual extraigo mis fuerzas y, una y otra vez, mi supervivencia, y de nadie más, ésa es la verdad. Esa mujer para mí ejemplar en todos los sentidos, inteligente, que nunca me ha dejado en la estacada en un solo momento decisivo y de la que en los últimos treinta años [n. b.: diecisiete años] he aprendido, o, por lo menos, aprendido a comprender casi todo, y de la que todavía hoy aprendo y, por lo menos, aprendo a entender lo decisivo (….)”





Thomas Bernhard, El sobrino de Wittgenstein, trad. Miguel Sáenz, Barcelona, Anagrama, 1ª ed. compactos, 1999, p. 28. 





viernes, 1 de octubre de 2010

Franz y la sabiduría



“(…) Estos datos se desprenden de la Estadística de la Producción Editorial, correspondiente al año 2009, dada a conocer hoy por el Instituto Nacional de Estadística (INE). Este estudio revela que la producción editorial disminuyó un 13,7 por ciento en 2009 pero que, pese a esta bajada, el número total de títulos editados (74.521) es el segundo más elevado de la última década (2008 alcanzó la cifra récord con 86.330 libros editados).”


“Todo lo que escribo me parece fútil, además lo es”
(Cartas a Milena