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El otro día cayó en mis manos el Babelia y me
alegró constatar que no todo está perdido y que todavía pueden encontrarse
artículos sugerentes en el suplemento cultural del así llamado “periódico global
en español”. José Luis Pardo firmaba un texto titulado “Teoría del disturbio” cuya
lectura me trajo inmediatamente a la cabeza un artículo de Beatriz Preciado –cabal
representante aggiornata al siglo XXI
de lo que hace ya algún tiempo Rodney Hilton denominó sarcástica y certeramente
intelligentsia lumpenburguesa– que se
publicó el pasado mes de marzo en Libération.
Confieso que leí varias veces este texto porque no daba crédito a la sarta de
banalidades que Preciado derrama en su proclama. Semejante despliegue de
vacuidad auto-celebratoria me dio hasta vergüenza ajena. Ah, ese discurso
pretendidamente crítico y radicalísimo...tan caro a los lepidópteros del
turbocapitalismo financiero-emocional… Por muchas razones, me parece que ambos
textos pueden y deben ser contrastados para que el lector, si es que hay
alguno, elija. Por mi parte, diré solamente que hay una diferencia sustancial
entre agitar el sonajero retórico (Preciado) y pensar (Pardo), entre la
autocomplacencia fotogénica (Preciado) y la lucidez (Pardo). ¿El artículo de
Pardo es un poco cenizo? Puede ser, pero uno ya sabe que aquí se está empezando
a pasar hambre y no tiene ganas de escuchar la enésima convocatoria a la
definitiva insurrección híbrido-volcánica voceada desde un cálido despacho de
una universidad de París. Ahí van los textos:
“Nous disons RÉVOLUTION” (Libération, 20 de marzo de 2013), por Beatriz
Preciado
“Parece que los gurús de la vieja Europa colonial se
obstinan últimamente en querer explicar a los activistas de los movimientos
Occupy, Indignados, dicapacitados-trans-gays-lésbicos-intersex y postporno que
no podemos hacer la revolución porque no tenemos una ideología. Dicen “una
ideología” como mi madre decía “un marido”. Ciertamente, nosotros no tenemos
necesidad de una ideología ni de marido. Las nuevas feministas no tenemos
necesidad de maridos porque no somos más mujeres. Como no tenemos necesidad de
ideología, porque ya no somos un pueblo. Ni comunismo, ni liberalismo. Ni la
cantinela católica-musulmana-judía. Nosotros hablamos otra lengua. Ellos dicen
representación. Nosotros decimos experimentación. Ellos dicen identidad.
Nosotros decimos multitud. Ellos hablan de controlar los barrios. Nosotros
decimos mestizar la ciudad. Ellos dicen deuda. Nosotros decimos cooperación
sexual e interdependencia somática. Ellos dicen capital humano. Nosotros
decimos alianza multiespecie. Ellos dicen carne de caballo en nuestros platos.
Nosotros decimos montemos en los caballos para escapar juntos del matadero mundial.
Ellos dicen poder. Nosotros decimos potencia. Ellos dicen integración. Nosotros
decimos códigos abiertos. Ellos dicen hombre-mujer, blanco-negro,
humano-animal, homosexual-heterosexual, Israel-Palestina. Nosotros decimos que tú sabes bien que tu aparato de producción de verdad ya no camina más…
¿Cuántos Galileos serán necesarios esta vez para aprender a nombrar las cosas
por nosotros mismos? Nos hacen la guerra económica a golpe de machete digital
neoliberal. Pero nosotros no vamos a llorar por el fin del Estado de Bienestar,
porque el Estado de Bienestar era también el hospital psiquiátrico, el centro de
inserción de los discapacitados, la prisión, la escuela
patriarcal-colonial-heterocentrada. Es tiempo de poner a Foucault en la dieta
de los discapacitados-queer y escribir la Muerte de la clínica. Es tiempo de
invitar a Marx a un taller eco-sexual. Nosotros no vamos a jugar al Estado
disciplinario contra el mercado neoliberal. Esos dos han alcanzado un acuerdo:
en la nueva Europa el mercado es la única razón gubernamental, el estado deviene
brazo punitivo cuya única función será recrear la ficción de la identidad
nacional para el miedo de la seguridad. No queremos definirnos ni como
trabajadores cognitivos, ni como consumidores fármaco-pornográficos. No somos
Facebook, ni Shell, ni Nestlé, ni Pfizer-Wyeth. No queremos producir francés,
menos aún europeo. No queremos producir. Somos la red viviente descentralizada.
Rechazamos una ciudadanía definida por nuestra fuerza de producción o nuestra
fuerza de reproducción. Queremos una ciudadanía total definida por compartir
las técnicas, los fluidos, las semillas, el agua, los saberes… Ellos dicen que
la nueva guerra limpia se hará con los drones. Nosotros queremos hacer el amor
con los drones. Nuestra insurrección es la paz, el afecto total. Ellos dicen
crisis. Nosotros decimos revolución.”
“Teoría del disturbio” (Babelia, 7 de septiembre de 2013), por
José Luis Pardo
En 1979, y con
ocasión de la sublevación liderada por el ayatolá Jomeini que derrocó al Sah de
Persia, Michel Foucault escribió un importante artículo en Le Monde titulado “¿Es inútil sublevarse?”, una pregunta que hoy no
podría estar más de actualidad; el sentido del título era más o menos este:
¿merece la pena dar tantas vidas contra un dictador autócrata para llevar al
poder a un “clérigo sanguinario” (que es como el filósofo de Poitiers llamaba a
Jomeini)? Aunque los casos no son comparables, no sería extraño hacer una
pregunta semejante a esa en la actual coyuntura de Egipto y de otros países de
Oriente Próximo, o incluso preguntarse de qué han servido las “sublevaciones”
del 15-M o de Brasil, pues tal parece que el descontento social no ha tenido,
en ninguno de estos casos por otra parte tan diferentes, una respuesta por
parte de las instituciones políticas.
Lo cual no sería
nada sorprendente para Foucault, que anunciaba en aquel texto el final de un
período histórico de más de doscientos años al que llamaba “la era de las
revoluciones”, el período que se habría iniciado más o menos con la revolución
de julio de 1789. No quería con esto decir que ya no habría revueltas,
insurrecciones, rebeliones…Quería decir que estos movimientos ya no tendrían,
en el futuro, su origen ni su destino en la política, que ya no serían
susceptibles de ser políticamente controlados, programados, administrados o
resueltos (y su incurable romanticismo le hacía decir todo esto frotándose las
manos por las mismas razones que hoy nosotros nos tiramos de los pelos al
escucharlo). Es sabido que el pensador francés tenía mucha afición a decretar
finales (se recordará la noticia de la “muerte del hombre”, proclamada en Las palabras y las cosas), sino una
capacidad verdaderamente genial para el diagnóstico. Lo que él llamaba “la era
de las revoluciones” corresponde a lo que desde finales del siglo XVIII conocemos
simplemente como la Historia, ese
gran teatro del mundo en donde los antiguos héroes trágicos se han convertido
en líderes nacionales y miden su supremacía mediante la guerra, lamentable pero
eficaz instrumento del progreso de la civilización europea. Desde 1945, ese
capítulo está cerrado: la idea misma de “guerra”, concebida como guerra entre
Estados de capacidad ofensiva y defensiva comparable, se oscurece del todo tras
1989, cuando ya sólo hay un poder
militar, inconmensurable con cualquier otro, y que por tanto no oficia
exactamente como ejército (nacional) sino como una suerte de policía
internacional. Lo que por costumbre hemos seguido llamando “guerras” están
condenadas a la desigualdad y a la desproporción (nuestros antepasados hablaron
a este propósito de “guerrillas”, del mismo modo que se llama “historietas” a
lo de los tebeos, por no otorgarles la misma dignidad que a las crónicas de
Tucídices). Si por algo se caracterizan estos conflictos, al menos desde la
guerra del Vietnam, es por su ambigüedad política y por su equivocidad militar;
las campañas de EEUU en Afganistán o Irak fueron “coronadas por el éxito”
(¿cómo podría haber sido de otra manera?), pero nadie tiene idea alguna de qué
tendría que ocurrir para que los vencedores –a menudo ejércitos regulares
mezclados con mercenarios privados y fuerzas locales de lealtades dispersas–
pudieran genuinamente hablar de “victoria” o para que se pudiera considerar
definitivamente “derrotados” a los combatientes que resisten mediante atentados
y ataques sorpresa, que han terminado por diluir lo que quedaba de una posible
distinción entre “civiles” y “militares”.
En términos de
política interior (que siempre fue la óptica preferida de Foucault), el
equivalente de este ocaso de la guerra es lo que él consideraba el crepúsculo
de las revoluciones. Pero, ¿qué puede ser una revuelta cuyas motivaciones y
cuyos objetivos no son políticos (al
menos en el sentido convencional de “política”)? Se trata de algo que,
difusamente, conocemos desde siempre: motines, levantamientos que tienen como
protagonista a una muchedumbre, no a una clase social, que surgen sin que se
pueda preverse su aparición y que, por carecer de finalidades concretas, nadie
sabe cómo aplacar, pues desafían al orden establecido sin presentar
alternativas viables. En este tiempo los llamamos disturbios. Tenemos varias teorías de las revoluciones, pero no
tenemos ninguna teoría del disturbio, que se refugia en su propia
insignificancia y en su carácter “impolítico” para escapar de toda posibilidad
de reflexión, y que resulta especialmente apropiado para expresar el malestar
de una época de decadencia de lo político y de fluidificación de lo social
(póngase un fluido a circular por un canal
y en cualquier momento, en cualquier lugar imprevisible de antemano,
brotará una turbulencia, gustaba de recordar Michel Serres). Probablemente mayo
del 68 fue ya un gran disturbio, aunque al principio disfrazado de consignas
aparentemente políticas, y luego hasta de reivindicaciones económicas. O los
terribles disturbios del barrio de Watts en Los Ángeles en 1965, cuando, como
decía (encantado) Guy Debord, los insurrectos no asaltaban las tiendas para
apoderarse de sus productos, sino para quemarlos en un gran sacrificio nocturno
a un dios desconocido al grito de Burn,
baby, burn. O los disturbios “raciales” que de cuando en cuando asolan
Londres, y que aun en 2011 inundaron repentinamente Tottenham. O los disturbios
insistentes de la banlieue parisina,
esa especie de territorio comanche en medio del Estado-Razón. Y tantos otros.
En el siglo XIX,
Marx se burlaba de lo que llamaba teoría “volcánica” de las revoluciones (esa
que dice que, con tantas injusticias como hay, esto acabará por estallar),
señalando que si fuera cierta no pasaría un solo día sin que viviéramos un
levantamiento popular. En el siglo XXI tenemos que aprender a tomar al menos
una distancia irónica con respecto a estas “teorías del disturbio”, nostálgicas
de un pasado feudal idealizado, que ven en la desarticulación de la ciudadanía
en una multitud ingobernable una esperanza para superar las formas de
organización política que despectivamente se llaman “convencionales” (como si
hubiera una política “natural” más fiable), sobre todo cuando entran en
connivencia, aunque sea involuntaria, con las actuales modalidades de
una política ahogada por los señores de la Bolsa que tienen la tentación de
catalogar como tumultos sociales las demandas que se ha vuelto incapaz de
atender”. íis﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽a interpretaciud autonejante a esa en la actual
coyuntura de Egipto y de otros paos puntos, en la interpretaciud auton