jueves, 26 de mayo de 2011

¿Prêt à revolter? Demasiadas preguntas



“(…) Such path-shaping is mediated semiotically as well as materially. Crises encourages semiotic as well as strategic innovation. They often prompt a remarkable proliferation of alternative visions rooted in old and new semiotic systems and semiotic orders. Many of this will invoke, repeat or re-articulate established genres, discourses and styles; other may develop, if only partially, a “poetry for the future” that resonates with new potentialities (Marx, 1852/ 1996, pp. 32-34). With the proliferating alternatives, if any, is eventually retained and consolidated is mediated in part through discursive struggles to define the nature and significance of the crisis and what might follow from it. If the crisis can be interpretated as a crisis in the existing economic order, then minor reforms and passive revolution will first be attempted to re-regularize that order. If this fails and/ or if the crisis is already interpreted initially as a crisis of the existing economic order, a discursive space is open to explore more radical changes. In both cases conflicts also concern how the costs of crisis-management get distributed and the best policies to escape from the crisis.
In periods of major social reestructuring, diverse economic, political and sociological narratives may intersect as they seek to give meaning to current problems by construing them in terms of past failures and future possibilities. Different social forces in the private and public domains propose new visions, project, programmes, and policies and a struggle for hegemony grows. The plausibility of these narratives and their associated strategies and projects depends on their resonance (and hence capacity to reinterpret and mobilize) with the personal (included shared) narratives of significant classes, strata, social categories, or groups affected by the postwar ecomnomic and political order. Moreover, although many plausible narratives are possible, their narrators will not be equally effective in conveying their messages and securing support for the lessons they hope to draw. This will depend on the prevailing ‘web of interlocution’ and its discursive selectivities, the organization and operation of the mass media, the role of intellectuals in public life, and the structural biases and strategically selective operations of various public and private apparatus of economic, political and ideological domination. Such concerns take us well beyond a concern of narrativity and/ or the constraint rooted in specific organizational or institutional genres, of course, into the many extra-discursive conditions of narrative appeal and of stable semiotic orders. That these institutional and meta-narratives have powerful resonance does not mean that they should be taken at face value. All narratives are selective, appropiate some arguments, and combine them in specific ways. In this sense, then, one must consider what is left unstated or silent, what is repressed or suppressed in official discourse”

(Bob Jessop, “Critical semiotic analysis and cultural political economy”, Critical Discourse Studies, v. 1 (2), october 2004, pp.167-168; las negritas son mías). La referencia a Marx (1852/ 1996): El dieciocho brumario de Luis Bonaparte.    

viernes, 13 de mayo de 2011

Divagando II (en torno al discurso gubernamental sobre el derecho de sufragio de los no comunitarios)




Nota bene: este fragmento pertenece a un texto que fue redactado en 2008 y publicado en 2009. En el momento de ser escrito, España sólo había firmado un acuerdo bilateral de reciprocidad con Noruega (1991) que reconoce a los noruegos no nacionalizados residentes en España el derecho de sufragio en las elecciones municipales. A lo largo de 2009, España firmó acuerdo bilaterales de reciprocidad con los siguientes países no pertenecientes a la Unión Europea: Bolivia, Colombia, Perú, Chile, Paraguay, Ecuador, Islandia, Nueva Zelanda y Cabo Verde. Los nacionales de estos países  residentes en España podrán votar en las próximas elecciones municipales. De cualquier modo, la crítica al discurso del gobierno central (tan buenista y buenrrollista como incoherente) que plantea esta divagación sigue vigente, creo. Es un poco absurdo que puedan votar un ecuatoriano o un islandés y que no puedan hacerlo un argentino o un senegalés. Frente al recurso a la firma de acuerdos bilaterales, tal vez sería más operativo modificar la Constitución y eliminar el criterio de reciprocidad del artículo 13. 2 a fin de que los no comunitarios residentes, sea cual fuere su nacionalidad, puedan votar en las municipales, ello a pesar del desolador plantel de candidatos y, quizás también, de la inutilidad del ejercicio del derecho. Ahí va la divagación:


(...)

iii. 2) Una crítica puntual


“(…) un modo de mirar que se coloca a medio camino entre la admisión y la expulsión pura y simple: un modo que no dice ni sí ni no a la cosa percibida, o mejor dicho, le dice a la vez sí y no. Sí a la cosa percibida, no a las consecuencias que deberían seguirse. Esta otra manera de acabar de una vez con lo real se parece a un razonamiento correcto coronado por una conclusión aberrante: es una percepción acertada que se muestra impotente para articularse en un comportamiento adaptado a la percepción (…). Se trata aquí no tanto de una percepción errónea, cuanto de una percepción inútil
(Rosset, 1993:  11-12)  


De acuerdo con una tesis ligada al programa pragmatista de desdivinización de la teoría –o de desplatonización de la filosofía práctica–, un cambio en el vocabulario, en las maneras de hablar, una redescripción imaginativa de la realidad puede resultar mucho más eficaz para el cambio social y la reforma institucional que cualquier sesuda argumentación teórica que se presente a sí misma como una fundamentación de principios de justicia llevada a cabo mediante el uso esclarecido de una facultad humana más o menos transcultural llamada la razón: “(…) si hay esperanza social está en la imaginación, en la descripción de un futuro mediante términos que no hayan sido usados con anterioridad. Lo único que la imaginación no define, dice Castoriadis, es el número aproximado de calorías por día” (Rorty, 1988: 93)[1].
La idea de que las cosas cambian cuando empezamos a utilizar un vocabulario imaginativo para redescribirlas o a movilizar metáforas al servicio de la reforma tiene sus límites y sus derivas problemáticas –piénsese, por ejemplo, en el llamado lenguaje políticamente correcto en sus declinaciones apocalíptica e integrada–. Sin embargo, es cierto que la puesta en circulación de una retórica de nuevo cuño para describir fenómenos sociales –por ejemplo la inmigración- o para hablar de las personas –por ejemplo, de los inmigrantes, suponiendo que sea lícito hablar de “los inmigrantes” como una categoría homogénea– puede contribuir a que la percepción de las cosas y las personas cambie o, si se quiere, a fundar un nuevo sentido común, una nueva mirada que desencadene, a su vez, la idea de que es conveniente cambiar la política –sin que, como diría un pragmatista, resulte necesario montar un espectáculo trascendental para fundamentar la conveniencia del cambio–. Contra lo que presume el programa antifundacionalista del pragmatismo, quizás resulta todavía necesario seguir apelando a cosas tales como la dignidad humana en sentido no metafórico para generar cambios. Es lo que hizo, por ejemplo, el servicio jurídico del parlamento de Navarra, y es lo que ha hecho el Tribunal Constitucional en los F. J. 6, 7 y 8 de la STC 236/2007 para justificar la declaración de inconstitucionalidad sin nulidad de los preceptos de la LODYLE [Ley Orgánica de derechos y libertades de los extranjeros en España y su integración social] que, en la redacción dada por la LO 8/2000, privaban –y privan, hasta que quiera el legislador– a los extranjeros en situación de irregularidad administrativa del ejercicio de los derechos de reunión, asociación y libre sindicación.
Sea como fuere, la imaginación importa. Aunque se trate de una expresión inexacta desde cierto punto de vista, el hecho de llamar “ciudadanas y ciudadanos inmigrantes” a los no nacionales[2] puede tener alguna consecuencia nada desdeñable. Por ejemplo, que en el imaginario colectivo los inmigrantes económicos no sean percibidos como pura fuerza de trabajo necesaria para nutrir sectores específicos de la economía –los más sensibles a las coyunturas– y para compensar ciertas carencias del Estado del bienestar, o mejor, que sean madres, padres, contribuyentes, consumidores, alumnos, contratantes y usuarios de servicios o vecinos con intereses y necesidades bastantes parecidos a los de cualquiera. El uso imaginativo de esta expresión, “ciudadanos y ciudadanas inmigrantes”, puede, por otro lado, ayudar a que mucha gente empiece a percibir como una anomalía lo que ha considerado natural hasta hace poco tiempo. Si, por poner un ejemplo al azar, estamos más o menos convencidos de que la democracia tiene sentido porque permite a las personas sujetas a la jurisdicción de un espacio de soberanía participar en pie de igualdad en la toma de las decisiones públicas que les conciernen (quod omnis tangit ab omnibus adprobetur), es posible que, gracias a las nuevas figuras retóricas movilizadas, la gente empiece a preguntarse a sí misma cómo no se le había ocurrido antes que los extranjeros no comunitarios arraigados en España no sólo podrían, sino que deberían ser titulares del (y ejercer el) derecho de sufragio en la ciudad donde residen, aunque sea necesario reformar la Constitución.
A pesar de que esto no se le haya ocurrido al gobierno, el conjunto del PECI [Plan estratégico de Ciudadanía e Integración 2007-2010] merece una valoración positiva. En el texto del PECI, la administración que gestiona la entrada y la permanencia de los extranjeros en España viene a decir que la participación de los inmigrantes en la vida social es un elemento medial básico del proceso bidireccional de ajuste mutuo y negociado entre la población migrante y la sociedad receptora, es decir, de la integración. El gobierno declara solemnemente que el PECI expresa su “filosofía política”, pero quizás el PECI no sea más que un encadenamiento de figuras retóricas hasta hoy no utilizadas mediante las que el lenguaje gubernamental da un paso que los gobiernos precedentes no habían dado o habían dado sólo tímidamente. Realmente, no importa mucho si es una cosa u otra. Lo importante es que el texto del PECI explicita negro sobre blanco la idea de que sin participación, sin presencia, no cabe hablar propiamente de integración. Preliminarmente, debe reconocerse que esta inflexión en el vocabulario, a través de la cual el gobierno parece admitir también que la inmigración impone una redefinición de los criterios de pertenencia a la comunidad política vigentes todavía en nuestra democracia, es en sí misma valiosa. Lo es desde el punto de vista de la construcción del significado del fenómeno migratorio y quizás también porque la retórica del PECI puede contribuir a que socialmente se perciba la necesidad de un cambio.
Esto no significa que el lenguaje del PECI sobre la participación política de los inmigrantes sea inmune a la crítica, o mejor, que las innovaciones léxicas del plan no deban ser sometidas a análisis. Fundamentalmente, porque estas innovaciones léxicas provienen de la administración que gestiona la entrada y permanencia de los extranjeros en España, que es, también, la instancia que puede poner en marcha las reformas para que el “nosotros” político ampliado y la democracia plural e inclusiva que el PECI invita a imaginar –mucho más en su lenguaje que en sus propuestas de actuación– tenga traducción empírica. Aunque no se pretende discutir aquí la oportunidad de que la instituciones políticas adopten el rol de agente del cambio social –siguiendo el programa pragmatista o el programa fundacionalista–, sí es preciso señalar que la retórica gubernamental tiene límites derivados de la específica posición del emisor del discurso, pues un gobierno no es uno más en la construcción social del significado Dicho a la manera de Weber (1969), un político, o más bien un gobierno, no puede regirse únicamente por el pathos de la convicción y desresponsabilizarse de las consecuencias de sus actos, o más bien de sus palabras. Debe, por el contrario, ser bien consciente y hacerse cargo no sólo de los efectos de sus actos, sino también de las implicaciones de su lenguaje.
Por la relevancia de la cuestión, creo que el análisis del lenguaje del PECI debe partir de las poco ambiciosas medidas que propone el plan en relación con la participación de los inmigrantes en el subsistema electoral[3], aunque es necesario delimitar el objeto de la crítica. A propósito del discurso de las instituciones dialogantes de la UE y de la concepción de la integración asociada a la “ciudadanía cívica”, De Lucas (2006: 11 ss.) ha señalado que, si bien la pertinencia de la inflexión en el lenguaje no puede negarse, el cambio de discurso no debería producir el efecto de solapar el planteamiento riguroso de –léase la puesta en marcha de los cambios necesarios para hacer efectiva– una dimensión que es también una condición del proceso de integración entendido en sentido transversal y bidireccional, la dimensión política. Integración política que, según el autor citado, no cabe entender como algo epifenoménico, “sino como una exigencia básica, coherente con la tesis de que la inmigración es sobre todo una cuestión política, incluso el escenario privilegiado del debate político en la actualidad” (Ibíd.: 15). Corolario de la idea de que las migraciones operan como un catalizador que nos sitúa ante la necesidad de reformular la tradicional exclusión del otro como sujeto del espacio público es que “la (…) igualdad o integración debe significar también la integración política, porque la plenitud de derechos incluye los derechos políticos, el estatus de ciudadanía o su equiparación a él” (Ibíd.: 17)[4].
Me parece que la prevención que expresa De Lucas respecto a la retórica política de las instituciones de la UE es, en buena medida, extrapolable al lenguaje del PECI. El contraste que propongo no es un contraste entre las medidas propuestas en el PECI y la acción del gobierno. En realidad, la incoherencia entre las medidas que contempla el plan y la acción del ejecutivo para impulsar el reconocimiento del derecho del sufragio sólo es denunciable en el plano de la celebración y desarrollo de convenios bilaterales [véase la Nota bene]. En todo aquello –en todo lo demás– que concierne al derecho de voto de los extranjeros no comunitarios, las líneas de actuación recogidas en el PECI y la (in)acción del gobierno son coherentes: el plan no plantea seriamente en ningún momento la necesidad de iniciar la reforma constitucional para aquel reconocimiento y el gobierno central tampoco se ha planteado en ningún momento esa necesidad. Lo que resulta necesario contrastar es, por una parte, el lenguaje del PECI sobre el tema de la ciudadanía y los derechos políticos y, por otra, las medidas del plan sobre el reconocimiento de derecho de sufragio, que equivalen a la acción que el gobierno ha estado y está dispuesto a desplegar. El vacío de medidas sobre el reconocimiento del derecho de sufragio en el PECI no sería, tal vez, criticable, o sería mucho menos decepcionante, si no fuera, precisamente, por la constante presencia de expresiones como “ciudadanía”, “avanzar en el reconocimiento de plenos derechos de participación (…) política”, “derechos de ciudadanía”, “participación…en plano de igualdad”, “ciudadanas y ciudadanos inmigrantes”, “garantizar el pleno reconocimiento de derechos…políticos” y similares en el lenguaje del plan, es decir, en el lenguaje del gobierno que ha impulsado su aprobación. De la retórica política del PECI cabe retener su percepción de lo real y la redescripción del fenómeno migratorio que ha puesto en circulación. Pero, por lo dicho, quizás no era necesario un uso tan desinhibido de determinadas expresiones, o era esperable un comportamiento adecuado a la percepción que ni se ha producido ni tiene trazas de producirse.
 Al plantear el sentido de la utilización política –o mejor, de la utilización por el poder político– de la categoría “ciudadanía”, es preciso tener en cuenta que la polisemia y la versatilidad del término puede dar cobertura usos muy heterogéneos de la expresión en los discursos teóricos o académicos[5]. A propósito del relanzamiento de la ciudadanía en el debate sociológico y filosófico-político contemporáneo, Ferrajoli (1999) ha señalado que cada disciplina tiene su lenguaje propio y que su validez debe ser valorada según su capacidad explicativa con respecto a su objeto, pero que es llamativo que las expresiones “ciudadanía”, “derechos de ciudadanía” o “derechos ciudadanos” se utilicen actualmente de un modo sensiblemente alejado del uso jurídico de esos mismos conceptos: “es singular que al tratar esta clase de cuestiones se prescinda completamente de lo que los juristas designan con estas expresiones haciendo referencia al derecho positivo” (Ibíd.: 97). En referencia a la tripartición histórico-evolutiva de la ciudadanía propuesta por Marshall (1998 [1950]) en su célebre ensayo, pero también a la tendencia, más o menos normalizada en sede teórica, a emplear la expresiones “ciudadanía” y “derechos de ciudadanía” en un sentido que podríamos llamar holista u omnicomprensivo, Ferrajoli se pregunta –pensando, justamente, en el fenómeno migratorio– qué utilidad puede tener confundir en una única categoría, sobre la base de una noción genérica y ampliada de ciudadanía, “derechos del hombre” y “derechos del ciudadano”, presentando como derechos de ciudadanía aquellos derechos que, según el derecho positivo, son derechos de la persona (Ibíd.: 99-100)[6]. No tiene sentido negar la validez de la teoría –filosófico-política, sociológica– sobre la base de una distinción disciplinar –que es, por cierto, la distinción tradicionalmente receptada en el derecho positivo–, pero Ferrajoli tiene bastante razón cuando remarca que los derechos que han sido tradicionalmente considerados derechos del ciudadano por el derecho positivo son los derechos políticos y que el uso impreciso de “ciudadanía” y “derechos de “ciudadanía” en el lenguaje teórico contemporáneo resulta equívoco cuando se habla de los derechos de los inmigrantes. Aun cuando “ciudadanía” se use en el PECI como sinónimo de ideal incluyente, tiene sentido sugerir que quien impulsa la aprobación, modificación y derogación del derecho positivo debe tener en cuenta la distinción.
En España, los inmigrantes pueden ser titulares (y ejercer) los derechos civiles y sociales –también, por cierto, de la mayoría de los derechos de participación, léase, asociación, reunión, petición, manifestación, sindicación– reconocidos en la parte dogmática de la Constitución y desarrollados por la ley. Cuestión distinta –pero fundamental– es que esta posibilidad, bien real, de que el extranjero sea titular y ejerza los derechos a los que se ha hecho alusión (es decir, casi todos), se hace depender de los requisitos unilateralmente impuestos por la política de inmigración y, más específicamente, de los filtros selectivos establecidos por la regulación jurídica de la extranjería en base a una comprensión instrumental de la inmigración. En efecto, el Estado sigue siendo el principal agente en la determinación de los procedimientos de admisión y en la concreción de los derechos y las obligaciones de los inmigrantes, y él mismo es el que genera dinámicas de “estratificación cívica”[7]–o, en términos más contundentes y quizás más precisos, de “exclusión estratificada” (Solanes, 2006: 6)–, es decir, dinámicas de multiplicación de regímenes de derechos reconocidos a los extranjeros en función del tipo de permiso/ autorización, del programa de ingreso o de la situación administrativa. Es cierto, por tanto, que la nacionalidad es una meta-barrera exclusógena en el plano del acceso y que las dinámicas de estratificación cívica y de exclusión estratificada condicionan la titularidad y el ejercicio de los derechos de los extranjeros.
No es objeto de este trabajo analizar las tesis sociológico-descriptivas sobre la fragmentación o desagregación de la ciudadanía vinculada a estas dinámicas, ni las tesis filosófico-políticas y normativas sobre la “desnacionalización de la ciudadanía”. Mas modestamente, lo único que intento señalar –lo que debería tener en cuenta el discurso del PECI– es que el régimen de derechos de un extranjero no comunitario en España no puede no ser incompleto, no tanto, o no sólo, porque en la práctica la política de inmigración de los gobiernos, es decir, el derecho positivo, establezca diferenciaciones arbitrarias y pueda condicionar la titularidad y el ejercicio de los derechos civiles, sociales y de la mayor parte de los derechos de participación, limitaciones justificadas por el Tribunal Constitucional sobre la base de una confusa teoría tripartita elaborada al interpretar el artículo 13.1 de la Constitución antes de que se aprobara la L.O. 7/1985 (STC 107/ 1984), sino, ante todo, porque el derecho positivo nos dice que hay una clase específica de derechos de cuya titularidad y ejercicio están explícitamente excluidos los extranjeros no comunitarios. Son, precisamente, los derechos que los ordenamientos jurídicos modernos desde 1789 –con todas las matizaciones que sería necesario introducir en este punto– y la tradición jurídica ha identificado con el núcleo de los “derechos de ciudadanía” (Ferrajoli, 1999: 99)
La exclusión establecida en los artículos 13.2 y 23.1 de la Constitución y, más ampliamente, el férreo anclaje de los derechos políticos a la nacionalidad, no es un atributo pintoresco del ordenamiento jurídico español. Es una constante de la modernidad jurídico-política, tradición en la que el nexo nacionalidad-ciudadanía-derechos ha operado y opera en un reducto que marca la divisoria fundamental entre nacionales y extranjeros. No es casualidad que la mayor parte de los derechos reconocidos en los textos constitucionales contemporáneos no tengan como referencia subjetiva al ciudadano, es decir, al nacional, o, al revés, que sean precisamente los derechos políticos los que –con bastantes excepciones para el voto en el ámbito local y con contadísimas excepciones para el sufragio en la elecciones de ámbito estatal– están invariablemente reconocidos sólo a los “ciudadanos”, es decir, a los nacionales o naturalizados. No es casualidad que la mismísima Declaración Universal de 1948 establezca en su artículo 21 que toda persona tiene derecho a participar directa o indirectamente en el gobierno “de su país”, y que éste sea el único precepto de toda la Declaración en el que se hace referencia al vínculo nacionalidad (ciudadanía)-derechos, aunque sea de modo indirecto y más bien sutil.
La teoría tripartita de los derechos del TC (y la jurisprudencia constante del TC)  dice –y al menos en esto es clara, no podría no serlo– que los derechos privativos de los nacionales, explícitamente vetados a los extranjeros no comunitarios, son sólo los derechos políticos –para precisar más, los derechos de sufragio y de acceso a cargos públicos–. Por fortuna, el derecho es un producto artificial y, como tal, modificable, de modo que la expresión “existen derechos que no pertenecen en modo alguno a los extranjeros –los reconocidos en el art. 23 de la Constitución, según dispone el art.  13.2 y con la salvedad que contienen–” (STC 107/1984, F.J. 4) puede ser reinterpretada así: existen derechos que no pertenecen a los extranjeros –desde 1992, sólo a los no comunitarios– hasta que nos decidamos a cambiar las cosas –por ejemplo, eliminando el requisito de la reciprocidad o estableciendo criterios algo más razonables– para que los inmigrantes no comunitarios sean titulares y ejerzan los derechos que, en sentido estricto, definen la condición ciudadana, aunque sea únicamente en el ámbito local. Empezar a cambiar en España la secular tradición en la que lo político es hegemonizado por la esfera de representación territorial de los nacionales dentro de las fronteras físicas del Estado no es sencillo, pero es un paso que deberá darse en el futuro[8]. Otra cosa es que, como dolorosamente nos ha enseñado la experiencia, el comportamiento del filósofo-rey –figura, en mi opinión, nada sugerente– casi nunca se ha acompasado a sus propias percepciones.




[1] Sobre redescripción y cambio vid. también Rorty (1996: passim) y Fish (1992: 9-57 y  257 ss.). Al margen de esto, la idea rortyana de que hay que librar al etnocentrismo del anatema no resulta del todo convincente. El etnocentrismo incluyente y sin mala conciencia propuesto por Rorty –que por lo menos tiene la virtud de ser honestamente explícito– ha sido justificadamente criticado por su mala aplicación de la idea implícita en la filosofía de las formas de vida según la cual el significado se construye socialmente. Geertz ha reprochado a Rorty, con acierto, su tendencia a oscurecer el hecho de que “el mundo social, en sus articulaciones, no se divide en perspicuos “nosotros” con los que podemos simpatizar a pesar de las diferencias que tengamos con ellos, y enigmáticos “ellos” con los que no podemos simpatizar por mucho que defendamos hasta la muerte su derecho de diferenciarse de nosotros” (Geertz, 1996: 78, cursivas en el original). En todo caso, podría decirse que también el propio Rorty, autor criticado desde todos los ángulos del espectro ideológico (vid., sobre ello, el divertido Rorty 1998: 27 ss.) puede ser librado del anatema (tal vez más cuando habla en nombre de un “nosotros izquierdistas occidentales” que cuando lo hace en nombre de un “nosotros liberales burgueses postmodernos”). 

[2] En su significado restringido, ciudadanía se equipara a nacionalidad, es decir, a la afiliación formal de las personas a los Estados (Baübock, 2004: 179)

[3] Este déficit fue señalado por el Foro para la Integración Social de los Inmigrantes en su Dictamen preceptivo de 5 de febrero de 2007 (Cachón, 2007: 265).

[4] La paráfrasis de Weber propuesta por De Lucas (2004b: 215 ss.), según la cual la ciudadanía es, todavía hoy, una jaula de hierro para la integración de los inmigrantes cobra pleno sentido en relación a la dimensión política de la integración.  

[5] Vid., por todos, Añón (2001a: 220-222)

[6] Como sugiere el propio Ferrajoli (2001: 41), el anclaje teórico de todos los derechos (civiles, políticos y sociales) a la ciudadanía  respondía, tal vez, en Marshall, a la voluntad de proporcionar un fundamento más sólido a los derechos sociales, a la vista de la superación en sentido socialdemócrata de los viejos modelos liberal-democráticos que en la inmediata postguerra tenía lugar en los países de capitalismo avanzado. A pesar de las debilidades y lagunas de Ciudadanía y clase social –por ejemplo, el olvido de los extranjeros cuya mano de obra barata “subsidió en parte las glorias del Estado del bienestar británico” (Benhabib 2005: 126)-, el aspecto más perdurable de la obra de Marshall es, precisamente, su compromiso con el Welfare state. Como se ha señalado con acierto, el análisis del sociólogo británico es en buena medida recuperable en el contexto de la crisis y estancamiento del Estado social experimentado en las últimas décadas (sobre esto, vid. Añón, 2000: 160-167; y 2001b: 95-98). 

[7] Sobre estratificación cívica, en sentido no del todo coincidente, vid. Lockwood, (1996: 531 ss.) y Morris, (2002, passim).

[8] Sobre los estrechos márgenes interpretativos del artículo 13. 2 de la Constitución, la resistencia a la reforma constitucional en España y la conveniencia (y la deseabilidad ético-política) del reconocimiento del derecho de sufragio activo y pasivo a los extranjeros no comunitarios, vid., entre otros, Añón (2003: 133-134); De Lucas (2004a: 6 ss); Zapata-Barrero (2005b: 29 ss.); Aja y Díez Bueso (2005: 15); Solanes (2006: 26-29); Presno Linera (2004: 19 ss); De Asís (2005: 199 ss.); Ramiro Avilés (2008: 97 ss.); García Añón (2004: 179).


Referencias del fragmento:

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*

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viernes, 6 de mayo de 2011

Fabián Casas: modelo para armar



Disfruté con Los lemmings y otros (Barcelona, Alpha Decay, 2011), de Fabián Casas (Buenos Aires, 1965), por diversas razones que trataré de explicar en una reseña futura. Por ahora, me limitaré a lanzar la idea luminosa que me ha sugerido la lectura de este agregado de relatos que se interpolan entre sí configurando una nouvelle quebrada –evitemos la palabra fragmentaria– en la que Máximo Disfrute, memorable personaje aguja, hilvana algunos de sus retales. Soy, si puede decirse así, un poco argentino. Mi bisabuelo emigró a la Argentina y mi abuelo paterno nació y se crió en Buenos Aires. Este ascendiente remoto me hace sentir fascinación por la Argentina, país aporético, complejo y misteriosamente empecinado en hacerse el hara-kiri periódicamente a pesar de contar con un extraordinario capital humano y cultural. Una simple muestra del genio argentino es el pasaje de Los lemmings y otros que transcribo. No es un fragmento que represente cabalmente el universo que Casas plasma en su último libro, interesante anecdotario de épica barrial relatado a través de una mirada retrospectiva tan desencantada como contundente, tan melancólica como irónica. Lo traigo a colación porque el fragmento me inspiró la idea que procedo a proponer al colectivo Addison de Witt, combo de cinco poetas anónimos que practican una crítica a mi juicio demasiado blanda y mojigata. Si la idea se materializa a escala nacional, acaso se resolverá el tercer gran problema de España –a saber, que hay más poetas que funcionarios–, dado que no parece que los dos primeros (cinco millones de desempleados y 21% de tasa de pobreza) vayan a encontrar solución a corto plazo. Ahí va la sugerencia:

“La historia de los que hacían Dieciocho buitres también es interesante. Una revista de poesía que sólo duró dos números pero que causó una gran impresión en lo que podría llamarse “la joven poesía argentina”. A mí, particularmente, nunca me entusiasmaron como grupo. Me resultaban pedantes y agrandados y casi unos analfabetos. Y digo esto a pesar de que llegué a publicar unos poemas en el número dos y de que me gustaba mucho como escribían algunos de ellos. Rodolfo Lamadrid, con el tiempo, y como se sabe, se hizo conocido no por sus poemas, sino por su programa de radio “La Hora del Bastardo”. Pero yo nunca lo escuché. Lo de Daniel Dragón fue trágico. Era probablemente el poeta más dotado de su generación. Hasta que en algún momento cayó en sus manos una biografía de Mishima. Se identificó tanto con el japonés que empezó a dejar de ver a sus amigos íntimos y con fans jóvenes de su taller literario armó un ejército privado. Se entrenaban –dicen– en una quinta que uno de ellos tenía en El Tigre. A partir de ahí no frecuentó más los recitales de poesía, las presentaciones de libros, y no le abrió la puerta de su casa a nadie. Salvo que uno fuera descalzo, se arrodillara y pidiera ser iniciado en lo que él llamó Mi Legión. En esa época sacó en una edición casera lo último que publicó en vida: Resentimientos completos, un panfleto en contra de toda la poesía argentina de una virulencia casi genial. Actualmente, en un puesto de libros viejos del parque Centenario, aún se encuentran algunos (yo me compré varios y suelo regalarlos como souvenir).
El final es historia conocida por la opinión pública, pero, como suele pasar, no como realmente sucedió. Dragón y sus muchachos organizaron un encuentro de poesía en un hangar que se alquilaba para fiestas en el barrio de Colegiales. Sorpresivamente, parecían decididos a hacer las paces con todo el ambiente poético local e invitaron cuidadosamente, como se comprobó después, a varias revistas y grupos literarios de los cuales tenían la peor opinión. El lugar estaba repleto y los poetas invitados leyendo sus poemas y sus ponencias de acuerdo al cronograma de la jornada cuando los discípulos de Dragón, vestidos teatralmente de negro, cerraron las puertas del hangar, sacaron sus armas y esperaron a que su jefe subiera al escenario donde se estaban desarrollando las actividades. Amigos, dicen que dijo, ustedes son muy malos y no se pierde nada. Ésta es la verdadera forma de hacer crítica literaria: poniendo el cuerpo. Me ha costado encontrar cuál era mi misión. Ahora lo sé: cambiar la poesía argentina para siempre. Esta es una tarea de la que no se sale vivo. Después se hizo un silencio donde imagino que cada uno de los presentes se vio encadenado a una performance letal, hasta que, como si todo hubiese estado matemáticamente ensayado, empezó la balacera que terminó en la masacre por todos conocida. Salvo cinco que no se animaron (y entre ellos hay que contar a los que se les trabó la pistola porque eran armas berretas, compradas de segunda mano), casi toda la Legión del Dragón se suicidó, incluyendo al Gran Jefe. Al otro día los diarios hablaron de una secta extraña, con brasileños implicados y ritos satánicos; les costaba entender que era sólo un problema poético. No me llama la atención: el periodismo nunca entendió a la poesía”

(Fabián Casas, Los lemmings y otros, pp. 92-94)

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A volar por el aire. 



domingo, 1 de mayo de 2011

'El hacedor (de Borges), Remake' (Agustín Fernández Mallo): a view from the afternoon




Dos años después de que el escritor argentino Pablo Katchadjian ejecutara una cirugía aditiva en El Apeph consistente en siliconar el texto de Borges emboscando más de cinco mil palabras de cosecha propia en el relato original (El Aleph engordado, Buenos Aires, IAP, 2009), Agustín Fernández Mallo publica El hacedor (de Borges), Remake, otra intervención típicamente borgeana. Respetando escrupulosamente la estructura y la titulación de los relatos, fragmentos y poemas del texto que Borges diera a la imprenta en 1960, Fernández Mallo ha reconstruido por completo la obra homónima del escritor bonaerense con intenciones que parecen bascular entre el afán de rendir tributo al autor de Historia universal de la infamia y la no disimulada voluntad de realizar un aggiornamento del libro de Borges a la época en la que al presunto sujeto global high tech-mid class encastado en esa ilusoria neo-mesocracia teorizada por la sociología más ciega de las últimas décadas le es dado portar a Monica Vitti en el bolsillo y contemplarla en la pantalla del iPhone corriendo por la superficie de la isla en la que Michelangelo Antonioni filmó La aventura (cfr. El hacedor (de Borges), “Mutaciones”, pp. 58-99).

En el cierre de la sugestiva trilogía Nocilla, el dibujante Pere Joan plasmó la imagen de Fernández Mallo dialogando en la pista de una plataforma petrolífera con Enrique Vila-Matas en torno a la recurrente cuestión de la auto-inmolación simbólica del artista –“quería dejar de escribir, desaparecer”, dice Vila-Matas en una de las viñetas de Nocilla Lab (p. 172)–, una conversación ficticia que parecía sugerir que Fernández Mallo tenía poca cosa más que decir en el futuro. El desdeñoso silencio de Vila-Matas al verse retratado en el cómic y su reciente comentario –tan pertinente como mordaz– vertido en un artículo no por azar titulado “El brillo de lo auténtico” (“Viendo que entre nosotros se va poniendo de moda el engaño, el fraude artístico –el homenaje hispano tardío al Fake de Orson Wells, por ejemplo–, la poética trillada de lo heterónimo, el remake que traiciona el espíritu de lo imitado, lo cibernético como ilusoria acreditación de modernidad (…) uno termina por decidir que lo mejor será permanecer en lo auténtico que tiene todo camino propio”, Babelia, 26 de marzo de 2011, p. 14) invitan a pensar que Fernández Mallo ha elegido esta vez a un maestro muerto, Jorge Luis Borges, por la sencilla razón de que los cadáveres no pueden protestar. Hay que anotar, en descargo del escritor coruñés afincado en Mallorca, que el remake de El hacedor es un trabajo forjado en los últimos seis años cuya pausada e intermitente escritura no se ha visto condicionada por las consideraciones intempestivas del maestro vivo.

Dejando a un lado los comentarios dictados por el imperativo de la inmediatez, aproximaciones que, si nos atenemos a la etimología greco-latina del término –kríno, cernere, i. e., discernir, observar, distinguir–, poco tienen que ver con la crítica, me parece que tres malentendidos estrechamente relacionados recorren las reacciones que ha suscitado la publicación de El hacedor (de Borges) en nuestro medio literario. El primero –a saber, que Fernández Mallo ha hecho algo “nuevo”– no merece mayor comentario, siendo así que el remake, el cover, es un procedimiento que se pierde en la noche de los tiempos de la creación artística en general y de la producción literaria en particular. Tampoco hay, por cierto, nada propiamente nuevo en el resto de la obra del autor de la trilogía Nocilla. La justificación de este aserto reclama un ensayo aparte.  

El segundo equívoco, exteriorizado en tono generalmente celebratorio y fundado consciente o inconscientemente en ideas como las que propone Bourriaud en Postproduction (Culture as screenplay: how art reprograms the world), descansa en la asunción de que el bricolaje, el sampling, el apropiacionismo y la depredación de materiales, motivos y elementos ordinarios, plebeyos y lowbrow, de piezas y referentes ajenos al todavía supuestamente aurásico territorio del Arte y, más específicamente, la incorporación de este tipo de material al texto literario –en El hacedor de Fernández Mallo tropezamos con un huevo Kinder Sopresa (p. 50) vinculado a la épica helénica; con el guante blanco de Michael Jackson metaforizado en el cursor de Google Maps (p. 61); con los fuertes de los muñequitos Playmobil equiparados a los cajones que contienen las muestras radiactivas de una central nuclear, homologados, a su vez, al cajón que halló Robert Smithson en su deriva  de 1967 (p. 80); con un boli BIC tematizado como flecha del tiempo (ibid.); con una rebanada de pan que acoge ecos de Wittgenstein, Vico y Kant (p. 102) o con Ian Curtis oficiando de dandy baudeleriano de aeropuerto (p. 109)– expresa una voluntad de fractura y aun vehicula una fuerza “transgresora”. Con respecto a este punto, creo oportuno traer aquí el siguiente pasaje de un reciente texto de Alberto Santamaría sobre la naturalización del voyeurismo culto en el marco de la nostalgia por el posmodernismo: “la postproducción y su técnica de sampleado (también en su versión literaria hispana) no dejan de ser, como todo lo nostálgico, formas muy conservadoras en un doble sentido: por un lado, en cuanto que eliminan todo sentido crítico de lo usado y, por otra parte, como extensión de esta desactivación crítica, en tanto que tiene un desenfrenado interés por el éxito mercantil.”

Sentado, pues, que no hay nada transgresor bajo el sol de El hacedor (de Borges), Remake, sino más bien una amalgama de optimismo tecnológico y escepticismo político o, si se quiere, una fusión de tecno-progresismo y conservadurismo irónico cristalizada en las implícitas apologías de lo existente que Fernández Mallo disemina en el texto –los nuevos controles invasivos de los aeropuertos le “encantan” (p. 46); un Airbus “mejora más el mundo que toda la Historia de la literatura” (p. 51); los pesticidas son algo en lo que el autor-narrador “confía” (p. 74); o, en fin, la tierra vista desde el espacio es un objeto cursi y arcaico, “pasto de todo tipo de ecomitologías” (p. 120)–, el tercer equívoco que a mi juicio ha suscitado el lanzamiento al mercado de El hacedor (de Borges), Remake reenvía al pretendido conflicto de la última obra de Fernández Mallo con el imaginario establishment literario del que habla uno de los enfáticos blurbs del paratexto. Hace ya algunos años que la batalla por la hegemonía cultural en nuestro país se está  decantando, no sin apoyos institucionales, a favor de propuestas ubicadas en la onda de la producción de Fernández Mallo. En este sentido, la idea de que este remake “desafía” al establishment literario parece altamente desacertada, si no insensata.

Nada nuevo, nada transgresor y ningún desafío. ¿Entonces? Entiendo que el estante que le corresponde a El hacedor (de Borges), Remake en la archivística cultural es la balda de lo arrebatadoramente ingenuo, es decir, el estante de la poética naïve, e incluso la casilla de lo camp entendido a la manera heterodoxa que Sontag propuso allá por 1964 en sus “Notas sobre lo camp” (Contra la interpretación): “La sensibilidad camp es aquella que está abierta a un doble sentido en que las cosas pueden ser tomadas. Pero no es ésta la construcción familiar dicotómica de un significado literal, por una parte, y un significado simbólico, por otra. Es, más bien, la diferencia entre la cosa en cuanto significa algo, cualquier cosa, y la cosa en cuanto puro artificio”. Aun dando por buena esta conjetura interpretativa –el naïve como hipótesis–, resulta difícil discernir si este remake de Borges se encuadra en una estética naïve digamos, sincera, o si estamos ante un overacted naïve, es decir, un naïve sobreactuado y, como tal, paródico y paradójicamente serio porque autoconsciente. Esta indefinición es tal vez uno de los principales atractivos del decepcionante último libro de Fernández Mallo, que repite la receta que le ha proporcionado éxito como trend-setter literario entre los segmentos lectores más modernos –no necesariamente más cultivados– de nuestro país, una fórmula acogida con entusiasmo epigonal por la chavalería enamorada de la moda juvenil que hoy dictan autores nacidos en los sesenta y los setenta.

Una vez más, el autor de Postpoesía exhibe su habilidad para compensar sus limitaciones como prosista –señaladamente, su lábil aliento narrativo, del que tal vez quiso redimirse en el derrame cortazariano-bernhardiano de Nocilla Lab– con emocionantes chispazos poéticos y seductoras cabriolas iconológicas que nos recuerdan que es el autor de dos hermosos libros (Creta lateral travelling y Carne de píxel) y que hay vida antes y más allá de su trilogía. De nuevo, hace gala de su humor lacónico, un sarcasmo gélido –pp. 37 y 153, entre otras– que dibujará alguna sonrisa en el rostro del lector, más allá de la irritación que pueda provocar la axiología subyacente a ese ludismo seco. Y, otra vez, muestra su acreditada pericia a la hora de poner en marcha la turbina de la imaginación para hallar nexos, vínculos y relaciones, una inclinación muy bien compadecida con lo que Luc Boltanski y Eve Chiapello (El nuevo espíritu del capitalismo) denominan críticamente “las nuevas representaciones reticulares del mundo” o “el mundo conexionista”. Poco sugerentes resultan, en general y salvo excepciones puntuales, los poemas del último trecho del libro, especialmente si se cotejan estos textos con la poesía y la prosa poética que Fernández Mallo ha escrito en los últimos años. Queda añadir que la condición pop –dejemos para otra ocasión el juego de los prefijos–, de la que el autor de El hacedor (de Borges), Remake se reclama heredero –y que en su libro asocia a “lo totalmente visto” (p. 122) en contraste paradójico con la definición del pop sugerida por Eloy Fernández Porta (“el hallazgo casual de una verdad oculta en el corazón de un producto”)–, no se deja valorar desde parámetros que trasciendan su campo, dado que siempre resulta posible atribuir al receptor su incompetencia para comprender el sentido de la verdad oculta que a cada momento se le ocurra estipular al artista-emisor. Es, por tanto, al lector al que corresponde decidir si El hacedor (de Borges), Remake es una obra estimable o si conforma un capítulo más de esa metafísica de la ocurrencia banal y auto-blindada que, usando la expresión de Boris Groys (Sobre lo nuevo), queda tardíamente “museografiada” en nuestro medio a través de esta nueva repetición de un patrón estilístico exitoso. 
   
(p. m. –publicado en Agitadoras. Revista Cultural, nº 23, mayo de 2011)


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By the way, hoy es uno de mayo