jueves, 27 de junio de 2013
domingo, 23 de junio de 2013
"Sin instantes reales en su ahora"
Kate a los catorce
“Había que comentar, entre otros textos, un fragmento
de la Summa theologiae del
aquinatense. Una alumna escribió: “Respecto al texto de Santo Tomás, podemos
observar cómo plasma la idea del bien y su consecuencia, es decir, el mal”
(sic). Si el profesor no hubiera estado seguro, después de varias
intervenciones en las clases, de que era una analfabeta filosófica, si en el
momento de corregir en el examen no hubiera tenido la más absoluta convicción
de que no había comprendido nada, le habría puesto una nietzscheana matrícula
de honor. Tuvo que conformarse con la ilusión
de que aquello era la corrosiva sutileza de una alumna aventajada”
“La tentación del adoctrinamiento es la fruta
podrida que cae del árbol de la libertad de cátedra. ¿Cuántos profesores consideran tonto o simplemente malvado a todo aquel que se desliza un pie fuera
del molde de “naturaleza humana” confeccionado en un oscuro despacho de
Universidad? Hay una distancia sideral entre la voluntad de influir, esa
locura, y el campo baldío de un cerebro demasiado embrutecido por la publicidad
televisiva. Condenada a no ser nunca salvada, esa distancia es el mullido
colchón sobre el que descansa cada razón singular del docente, sabedor de que,
idiotas desarmados sin tiempo para pensar, a ninguno de los desdichados que
necesitan un título para seguir obedeciendo se le ocurrirá comprometer su
calificación pensando, y menos aún haciendo preguntas. Y sin embargo, de vez en
cuando obra el milagro y logos asoma
su maltrecho hocico en los lodos de la ciénaga universal. Bañado entonces en
lágrimas felices, uno remastica otra vez esa vieja idea de fundar una reserva
para especies protegidas”
*
Escribí
estos dos párrafos hace unos trece años, creo. Todavía no había alcanzado la
condición de idiota autoconsciente y estaba convencido de que la gente se
matricula en una carrera para obtener un título, pero también para aprender
algo. Prometo que por aquel entonces pensaba que la función de un profesor no
es adoctrinar ni hacer apologías del presente, y menos aún contribuir a la
creación de free riders
competitivos/as, eficientes y dispuestos/as a despellejar al/la otro/a si es
necesario –pero de buen rollo, eh, con inteligencia emocional, espíritu
emprendedor y todo lo demás– recurriendo a las “habilidades” y las “competencias” a
la boloñesa adquiridas en un aula convenientemente equipada con todo tipo de
prótesis tecno-militares. Peor todavía: creía que lo u﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽rofesor . Peor todavç´. Peor todavçprender a pensar. único que debe hacer un profesor es enseñar a
pensar –no obligar a pensar como él piensa–. En pocas palabras, era yo
un idiota bastante inconsciente. Viene esto a cuento de una carta al director
que he leído esta mañana y que me ha recordado mi idea de fundar una reserva
para especies protegidas. Constanza Cisternas Fierro, una chica de 16 años, ha
enviado un breve texto al diario El País que arrancaría una sonrisa aprobatoria a la calavera de Theodor W. Adorno y pondría a bailar a Lewis Mumford en la tumba.
Se lo leo a Ana, sonríe y asiente, “aunque me parece un poco redicha”, dice.
Puede ser, pero me gusta mucho eso de “sin instantes reales en su ahora”, digo.
Es muy tierno y, a la vez, añado, levemente nietzscheano. Ahí va la carta:
¿Nos
comunican las redes sociales?
“La llaman la era de las
comunicaciones, mas, lo que la sociedad refleja, se aleja soberanamente de
aquello. Con mis 16 años de edad, puedo ver cómo jóvenes tienen las
conversaciones más profundas de sus vidas a través de Facebook u otra clase de
interfaz, y cómo la instantaneidad de Twitter deja a los adolescentes sin
instantes reales en su ahora. Por esa razón hace ya un año cerré mi Facebook;
jamás tuve Twitter y no es mi intención tenerlo, porque quiero que las máquinas
estén a mi disposición y no yo a la de ellas, porque recordemos, siempre fue ese
el objetivo de su invención”.
Constanza Cisternas Fierro.
jueves, 20 de junio de 2013
Pavese mediante: Time lapse
No es fácil escribir tumbado, á la Oblomov, y es casi imperdonable hablar de memoria, lanzarse a
la piscina mnemotécnica y confiar únicamente en la materia gris; nunca puede
uno estar completamente seguro de su capacidad para reproducir fielmente esa
frase que vaca en el promiscuo agregado de citas literarias que, lo queramos o no, almacenamos en la mente como una bendición o una condena. Pero así, tumbado, he
terminado de releer Time lapse, de
Salvador Alís, así, en horizontal, he releido﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽melaci libro,sno el mejor, no el mcuatro poemas que releído
despacio uno de los cincuenta y cuatro poemas de que consta el libro –no el
mejor, no el más representativo, pero sí, a mi juicio, el más significativo– y he
recordado a Cesare Pavese, y, en fin, así, derramado en el sofá, he decidido
que la pereza o el hastío o el desánimo o tal vez las tres cosas operando en armónica sincronía no me dejan levantarme para buscar y localizar ese pasaje de El oficio de vivir en el que, creo recordar, Pavese dice que el
gozo de componer no es barato, que la vida se venga si alguien le roba el
oficio, que la preocupación de componer, en sí misma un tormento, es una
bagatela –“no es nada”, creo recordar que escribió Pavese– si se la compara con
la preocupación de haber compuesto y no saber luego qué hacer.
Elegía
No hay otro descubrimiento más importante que la soledad.
Uno empieza a ser uno cuando por primera vez percibe que
está
solo.
Por conveniencia nos instalamos entre otros,
punto que se hace pertenecer a una constelación de
puntos,
insignificancia en medio de la insignificancia.
Por debilidad se construye la falacia de la familia y la
amistad.
Y no contentos por esa falacia, inventamos el amor.
Y puestos a inventar y exagerar, se crea el grupo, la
partida,
la clase,
la iglesia, la patria, la raza, la especie, el universo…
En realidad, vosotros no sois nada; únicamente yo me leo,
me escucho, me admiro, me compadezco y me desprecio.
Recluido en la hermética celda, hago surgir de la nada a
mi
alrededor
vanas sombras que
mutan en mí mismo.
Por no enloquecer con el monólogo, hablo con imaginarios.
Tú y el otro y aquel, mis hipotéticos lectores, no sois
nada
y como nada os contemplo y os hablo.
Por escuchar mi propia voz cuando mi voz es sólo ruido,
creo teneros a mi lado. Lo cierto es que estoy solo.
Así me reconozco y aprendo a ser quien soy.
(Salvador Alís, Time lapse)
Salvador Alís ganó el I Premio Internacional de Poesía Círculo de Bellas Artes de Palma de
Mallorca con Time lapse (Palma de
Mallorca, Círculo de Bellas Artes–Sloper (Colección Minerva), 2013). Pintor,
fabricante de máscaras, ocupado en oficios varios a lo largo de su vida, Alís
publica su primer libro, una obra artesanal y pulida, a los cincuenta y seis:
casi un Bartleby.
miércoles, 12 de junio de 2013
'Intento de escapada' (Miguel Ángel Hernández)
Un prólogo
anticipatorio y un epílogo metanarrativo y dirimente escoltan el cuerpo central
de Intento de escapada, extensa
analepsis en la que Marcos Torres rememora el episodio que vivió cuando era
alumno de último curso en una universidad de la periferia peninsulareri﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽o de bellas artes en una
universidad perifel cuerpo central de su ese modo? Comunitat Valenciana para
que se hagan car e iniciaba sus investigaciones sobre la ruptura del
placer visual en el arte contemporáneo. Gordo, ultra-reflexivo, introvertido, nerdy, virgen y patológicamente empapado
de teoría –lector, entre otros, de Blanchot, Bataille, Derrida, Agamben, Arthur
C. Danto, Buchloch, Bishop, Rancière, Rosalind Krauss, Warburg, Hal Foster,
Dickie y Adam Phillips–, el joven Marcos del año dos mil tres atiende la
sugerencia de Helena, profesora que ejerce sobre él un vidrioso influjo y que
gestiona un centro cultural de la Comunidad Autónoma, y deviene asistente no
remunerado de Jacobo Montes, “el gran artista social del presente” (p. 16)
aupado por el medio –es decir, por el mercado– como “modelo de artista social comprometido” (p. 57). Invitado por
Helena a la ciudad, Montes –una figura cuyo lenguaje, ubicado entre la poética
de la abyección y el sociologismo visceral, recuerda en la música y en la letra
al del autor del pabellón español de la Bienal de Venecia precisamente del año
dos mil tres– se propone ahondar en su investigación sobre las políticas
migratorias. El artista desdeña los primeros esbozos, en los que Marcos ha
trabajado disciplinadamente, y decide finalmente materializar su ocurrencia conceptual –“se me está ocurriendo ahora mismo una obra. Una obra
absolutamente magistral” (p. 156)–, a saber, una vídeo-instalación que consiste
en encerrar a Omar, inmigrante sin papeles –ergo,
fácil de convencer: “El dinero hace milagros. Es el mejor argumento” (p. 165),
dice Montes–, en una caja de madera de un metro de alto por uno y medio de ancho
y remunerar al paria a razón de mil euros por día hasta ajustar siete jornadas,
si aguanta, previa firma de un contrato de cesión de los derechos de imagen al
artista que exime a Montes y a Helena de toda responsabilidad.
No sería del todo
exacto afirmar que Miguel Ángel Hernández (Murcia, 1977), buen conocedor del
terreno que pisa, se ha limitado a escribir una novela interesante, bien
ritmada –aunque con desmayos narrativos puntuales– y didáctica sobre el ambiguo
estatuto –si no sobre el cinismo y la impostura poseur– de cierta clase de artista contemporáneo sedicentemente
radical, híbrido de agitador de conciencias y empresario de sí íntimamente
sabedor de que hace tiempo que sus gesticulaciones oraculares, incendiarias,
subversivas o blasfematorias son asimiladas sin trauma por el sistema que el
artista vitupera, es decir, por el mismo sistema-medio que le procura nombre,
fama internacional, dinero y reconocimiento. Lo que resulta atractivo de Intento de escapada es el modo en que
Hernández encara el tratamiento de esta verdad trivial a través de la voz de
Marcos. Nucleada alrededor de la iconostasis, categoría nodal de la novela, la
tormentosa reflexión exegética del estudiante se resuelve en un acelerado aprendizaje
del desencanto y en la toma de conciencia de que es imposible rasgar la
veladura que blinda a Montes del horror, de ese fragmento de vida mutilada que
el artista pretende exponer y hacer
visible mediante la invisibilización del sujeto instrumental de la obra –uno
piensa en la “presencia ausente” o la doble ausencia teorizada por Abdelmalek
Sayad y, antes de cuestionarlo todo, Marcos piensa en “La carta robada” de
Poe–. Más allá de sus dos gestos éticos aparentemente resolutorios, el Marcos
adulto que en dos mil trece evoca desde París su progresiva instalación en la
“descreencia en el arte” (p. 230) es un
teórico instalado en el sistema-medio que, habiendo aprendido las reglas del
arte y de la vida, conserva sin embargo la lucidez necesaria para preguntarse
en voz baja si la actividad que despliega –“hacer hablar”, legitimándolas, a
determinadas obras– conforma su propia iconostasis protectora que disuelve la
disyuntiva que mortificó su mente virginal diez años atrás. Sugestiva
novela ensayística; buen ensayo novelado.
Miguel Ángel Hernández, Intento de escapada, Barcelona,
Anagrama, 2013, 237 p.
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