domingo, 28 de septiembre de 2014

Whitman



«I celebrate myself,
And what I assume you shall assume, 
For every atom belonging to me as good belongs to
    you». 

[Walt Whitman, Song of myself]


 *


 

jueves, 25 de septiembre de 2014

De poetas: un inédito de Bonilla

Juan Bonilla, Hecho en falta (Poesía reunida), Madrid, Visor, 2014. 

*


No creo que sea necesario comentar o interpretar este poema inédito incluido en la selección de la poesía de Juan Bonilla que recientemente ha publicado Visor. 

Sin más, ahí va el texto: 

Los poetas malditos

ah esas muchachas a las que les apasiona Sylvia Plath  
porque fue capaz de hacer lo que ellas no harán nunca
(no me refiero a escribir atropelladas metáforas del miedo a amarse un poco
sino a suicidarse)

y esos muchachos que imitan a Bukowski
(no me refiero a escribir poemas descosidos sobre su propia miseria
sino a emborracharse muy seguros de que un día
alguien los sacará de su propia miseria)

y los Rimbaud de barrio bajo 
que ya que no pueden traficar con armas y dejar de escribir poemas
escriben poemas y se masturban fantaseando
con un cirujano del desierto que les amputa una pierna

y cuánto Lautréamont de barrio alto
a los que les encantaría tener un asomo de fuerza
para quitarse la jeringuilla del brazo
y escribir con propia sangre algún verso asesino

ah los maiakovskis de las discogrescas
dando mamporros a diestro y siniestro y abriendo cejas
y magullando pómulos y recibiendo alguna vez un cabezazo, 
con las narices rotas y felices, 
puestos en pie para decir revolución

y los tiernos mancebos tristes que vallejan, gildebiedman o gamonedan, 
o hacen tintinear las monedas musicales de Machado
y escriben ironías sentenciosas sin haber perdido nada todavía
y hacen melancolía fugitiva de su tedio

a todos os envidio por tener
aquello que perdí ya para siempre:
la ciega confianza en que escribir
es un modo de engrandecer la vida

la confianza ciega en que vivir
no es nada si luego no sirve para caer de bruces
en un poema 

sábado, 20 de septiembre de 2014

Vintage: de nuevo sobre la literatura pos(t)moderna




Sobre la postmodernidad (o la posmodernidad) y el postmodernismo (o el posmodernismo) se pueden escribir parrafadas tan insoportablemente pedantes como esta:
«(…) la emergencia de un ambiente filosófico que tematizó, desde perspectivas heterogéneas y aun extrañas entre sí, la conciencia del agotamiento –por exceso o por defecto– del llamado proyecto de la modernidad, climatología teórica que reunió en una especie de anuncio civilizatorio, él mismo bastante moderno, todos los puntos de quiebra de las grandes narrativas surgidas de la matriz ilustrada. Si bien es cierto que existen estrechos vínculos entre la crisis del Estado del bienestar y el debate sobre la posmodernidad escenificado en las décadas de los setenta, ochenta y noventa, no disponemos de un mapa seguro y fiable de lo que sea o lo que haya sido la posmodernidad. Entre los obstáculos con los que tropieza cualquier intento de delimitar sus contornos pueden destacarse la heterogénea  genealogía y el diverso alcance semántico de los términos acuñados para definirla (posmodernidad/ posmodernismo), ligados a ámbitos distintos de la experiencia, la dificultad que entraña la acotación precisa de los perfiles de la teoría posmoderna –que, como es sabido, se ha nutrido de orientaciones absolutamente dispares, adscritas, a su vez, a disciplinas distintas–, las desemejantes ambiciones de la mirada retrospectiva sobre la modernidad de las corrientes habitualmente identificadas con el pensamiento posmoderno, no siempre autoproclamadas como tales, y, en fin, los problemas para clarificar los términos de un debate fragmentario y multipolar en el que las interpretaciones cruzadas sobre el objeto de la controversia –la modernidad– han propiciado percepciones muy distintas de las complicidades políticas y de las potencialidades críticas del pensamiento posmoderno en sus diversas declinaciones (…)».

Prolongadísimos bostezos (el párrafo, by the way, es mío).

Con respecto al postmodernismo (o posmodernismo) literario, la cosa, creo, es todavía más complicada. No tengo intención de largar una digresión sesuda, inútil y agotadora sobre todos los significados asignados al sintagma «posmodernismo (o postmodernismo) literario». Creo que entre los connaisseurs hay un consenso más o menos establecido sobre la cuestión. Me interesa, más bien, imaginar al típico hipstercillo con ganas de discutir que, en una reunión con sus amigos sa-be-lo-to-do, y con el único propósito de distinguirse, se saca de la manga la lista elaborada en su día por Carolyn Kellogg. Hace más o menos un mes, mientras eliminaba de mi ordenador todos los archivos que quería olvidar, tropecé con el artículo que Kellogg publicó en Los Angeles Times en julio de 2009 («61 essential postmodern reads: an annotated list»). Estaba convencido de que había extraviado el documento, pensaba que la lista de marras había desaparecido entre los miles de archivos-basura que he ido almacenando a lo largo de estos años a la manera de un Collyer digital. Recuerdo que, cuando leí el artículo de Kellogg por primera vez, me hizo mucha gracia el tono enternecedoramente camp de la autora –lo camp, me interesa aclararlo, es perfectamente compatible con la inteligencia, al menos esa es mi opinión–. En su día –era la época de plena ebullición, o mejor, del clímax que precede a la implosión, de la así llamada burbuja literaria–, pensé que la lista de Kellogg era extraordinariamente provocadora y que su lectura podía ser muy provechosa para esos teorizantes y/o prescriptores solemnes que abundan en nuestro medio literario. Bueno, más vale tarde que nunca. Ahí va el texto de Kellogg –y el enlace con la lista–.          

“The thing about postmodernism is it's impossible to pin down exactly what might make a book postmodern. In looking at the attributes of the essential postmodern reads, we found some were downright contradictory. Postmodern books have a reputation for being massive tomes, like David Foster Wallace's "Infinite Jest"  –but then there's "The Mezzanine" by Nicholson Baker, which has just 144 pages. And while postmodern books would, you'd think, have to be published after the modern period –in the 20th or 21st centuries– could postmodernism exist without "Tristram Shandy"? We think not.
Below is our list of the 61 essential reads of postmodern literature. It's annotated with the attributes below –the author is a character, fiction and reality are blurred, the text includes fictional artifacts, such as letters, lyrics, even whole other books, and so on. And while this list owes much to George Ducker and David L. Ulin, you can address all complaints to me”.
Carolyn Kellogg, Los Angeles Times, july 16, 2009

Mi traducción:

«Lo que sucede con el postmodernismo es que es imposible precisar con exactitud qué es lo que  hace a un libro posmoderno. Al analizar las características de las lecturas postmodernas esenciales, encontramos que algunas eran francamente contradictorias. Los libros postmodernos tienen fama de ser tomos enormes, como La broma infinita de David Foster Wallace, pero luego está The Mezzanine, de Nicholson Baker, que tiene sólo 144 páginas. A pesar de que ustedes podrían pensar que los libros postmodernos deberían haber sido publicados después de la época moderna –en los siglos XX o XXI–, ¿podría el postmodernismo existir sin Tristram Shandy? Creemos que no.

A continuación mostramos nuestra lista de las 61 lecturas esenciales de la literatura posmoderna. Está anotada con las siguientes características –el autor es un personaje, la ficción y la realidad se difuminan, el texto incluye artefactos de ficción tales como cartas, letras de canciones, incluso otros libros enteros, y así sucesivamente–. Si bien esta lista debe mucho a George Ducker y David L. Ulin, pueden dirigir todas sus quejas a mí».

Pincha aquí para leer la lista y ponte a discutir.

*

Ya que estamos metidos de lleno en el universo vintage, y aunque no tiene nada que ver con el asunto del post, aprovecho la ocasión para colar una canción que, en su día, me dejó absolutamente anonadado y que, de cuando en cuando, revisito con placer culpable. Tendría yo unos nueve o diez años cuando escuché por primera vez «Le freak», de Chic. «¿Qué es esto?», me pregunté al prestar atención al increíble sonido de la guitarra de Nile Rodgers –productor, por cierto, del primer single de The Sugarhill gang– y al bajo alucinante de Bernard Edwards. Acotación adicional: en aquella la época, las mujeres negras eran todavía reinas (Donna Summer, Gloria Gaynor, Amii Stewart, tantas otras: basta ver la ubicación de las dos vocalistas de Chic en el escenario) y no starlettes cuya máxima aspiración es ser elegidas como comparsas del último rapero border line
Me parece. 


sábado, 13 de septiembre de 2014

'Venid hasta el borde, les dijo' (Joanna Kavena): inmolarse para vencer




Avalada por su inclusión en la lista Granta 2013 de los veinte mejores escritores jóvenes del panorama literario británico, Joanna Kavenna (1974) presenta en su tercera novela una historia de contrastes encuadrable en la variante más sugestiva de la literatura política. Si es cierto que, como tantas veces se ha dicho, toda producción literaria es política en algún sentido, también lo es que la lectura de una novela con marbete social se hace tanto más atractiva cuanto más se aleja el texto de la homilía edificante, la denuncia panfletaria y la plática misionera o, dicho en otros términos, y en aparente paradoja, cuanto más literario es. Y si, como es el caso, la afinación en la prosa va acompañada del sentido humor –un humor inequívocamente británico, sí, pero muy personal– y de la deliberada caricaturización de los principios antagónicos a la ideología que ha generado el crudo statu quo que Kavenna muestra, el lector accede entonces a algo más que a un agradable pasatiempo.    


Kavenna prescinde de complicaciones estructurales y relata en breves capítulos la peripecia de una joven profesional londinense –narradora en primera persona de la novela– que, abandonada por su marido debido a los problemas de fertilidad de la pareja, decide dejarlo todo y responder a un anuncio de la «Granja White», ubicada en el gélido Valle de Duddon (Condado de Cumbria), en el extremo noroeste de Inglaterra. Su titular, Cassandra White, de la que la narradora será «asistente», es una viuda de carácter endiablado y pelo rojo, intimidatoriamente alta, adepta a la frugalidad autogestionaria y mal avenida con la legislación reguladora de la propiedad inmobiliaria que urde un «plan de realojo» de los habitantes del valle con vivienda precaria o sin vivienda en las mansiones desocupadas de «las fuerzas de la depravación y de la destrucción» (p. 242), es decir, en las segundas (o terceras) residencias de los banqueros y los potentados del sur –conviene aquí recordar que la brecha territorial norte/sur es, en Inglaterra, inversa a la de nuestro país–, proyecto cuya materialización adquiere tintes apocalípticos.       


El me﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ogro de Kavenna no es haber denorte/sur es, en Inglaterra, inversa a la de nuestro pa a un anuncio  financiero érito de la autora no radica solo en la construcción del personaje de Cassandra White, una suerte de híbrido de Kropotkin y Mr. Natural –el célebre eremita que tenía todas las respuestas creado por Robert Crumb–. Lo que hace verdaderamente interesante la lectura de Venid hasta el borde… es la habilidad, la aparente ligereza y el humor con los que Kavenna expone por boca de su narradora dos marcados contrastes. En primero es la «brecha física y, sin duda, psicológica» (p. 40) abierta entre la bregada granjera anarco-comunista –en cuyo ideario se advierten inercias maoístas («Estoy salvando sus almas hediondas» [las de los millonarios, se entiende], p. 108) y algún que otro ramalazo postestructuralista («Puede que no exista eso que llamamos el yo. Y punto», p. 69)– y la joven urbanita sensata y civilizada que ha de pechar con la total ausencia de melindres higiénicos de Cassandra, atemperar como puede el impulso justiciero y la firme determinación de la granjera y soportar la dureza de la vida en el agro, apenas endulzada por un romance no demasiado bucólico con un atractivo mocetón del valle que está involucrado en el plan de Cassandra. El segundo es el clivaje entre la escandalosa opulencia de los ricos muy ricos –Kavenna es sumamente ducha en la descripción de los interiores de las mansiones del valle– y la falsa ilusión de estar a un paso de ingresar en la gentry de los profesionales urbanos que colman sus aspiraciones de petit bourgeois con el último iPhone y el dormitorio japonés de Ikea. Una novela ágil, amena, divertida y, en cierto modo, trágica, recomendable tanto para quienes todavía no han comprendido que hay una estrecha relación entre la riqueza de los ricos y la pobreza de los pobres como para esas bellas almas que no han pisado jamás el campo pero que se empeñan en que la aplicación de la máxima formal de la ética kantiana sobre los instrumentos y los fines en sí a todo bicho viviente –o, como se dice ahora, una vez desempolvada nada menos que la terminología de Zubiri, «sintiente»– es fácilmente hacedera. ¿He escrito al principio «caricaturización»? Bien, lean hasta el final.      
  


 
Joanna Kavenna, Venid hasta el borde, les dijo,
 traducción de Pilar Vázquez, Barcelona, Alba, 2014, 246 p. 


[p. m., La bolsa de pipas. Revista literaria trimestral, nº 95, otoño de 2014]

 

domingo, 7 de septiembre de 2014

Spanish splendor














En el próximo post volveremos a hablar de libros. 
Por ahora, celebro mi cumpleaños y pienso en un imposible regreso al útero materno.

  


 *