viernes, 21 de mayo de 2010

Normas para un parque lúdico-amoroso






“Ved aquel poeta que ejerce con sus imperfecciones un atractivo superior al de las cosas acabadas; su gloria y su mérito dependen más de su impotencia final que de su fuerza creadora (…) La gloria de este poeta gana, aunque no haya llegado en realidad al fin al que tendía”
(Friedrich Nietzsche, La gaya ciencia, Libro segundo, parágrafo 79)


“Por su lado la “bohème dorée” consideraba que en los embriagadores festejos con que se rodeaba, en su corte, se hacían realidad sus sueños de una vida “libre””
(Walter Benjamin, Poesía y capitalismo (Iluminaciones II))

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Interesante afán de experimentación narrativa que viaja sobre raíles reconocibles y mucha teoría empotrada, pero en el espeso bosque de una poética sobrealimentada de referencias más o menos explícitas no es preciso desencriptar el motivo eviterno, imperecedero… clásicamente… modernakis: la necesidad de ser amado


“Y nadie que conozcas que resista, si no es a duras penas, el paso de los días sin saberse
Amado
[Luna Miguel y Antonio J. Rodríguez, Exhumación, Barcelona, Alpha Decay, 2010, p. 12] 



sábado, 15 de mayo de 2010

Iguales ante la norma




“El Derecho es la razón universal, la suprema razón
fundada en la naturaleza misma de las cosas”
(J. E. M. Portalis, Discurso preliminar
al Código Civil francés de 1804)



Como cada segundo jueves del mes a las seis en punto de la tarde, los veinte miembros del Consejo de Decisión de las Cosas estaban convocados a sesión ordinaria en el lugar previsto por el sistema rotatorio de sedes establecido en los Estatutos y desarrollado en el Reglamento Orgánico de la institución. El otoño había venido lluvioso y ninguno de los presentes se extrañó de que la tormenta hubiera impedido reunir a esa hora el quórum necesario para que las actas quedaran plasmadas en un dictamen vinculante. El número de asistentes, cuatro, no era siquiera el requerido para redactar una mera recomendación directiva, siempre de acuerdo con el Reglamento. Había, pues, que esperar el tiempo estipulado para dar por cumplido el plazo de la segunda convocatoria e iniciar la sesión, intervalo cuya duración, según el tenor literal del final del inciso 487 del artículo 149.895 del Reglamento, que fue leído a viva voz por el miembro de mayor edad presente en la sala, tal y como prescribía el Reglamento, debía ser calculada



“(…) de forma prudencial y razonable, más allá de que el criterio que resulte finalmente dirimente para entender llegado el término de la meritada convocatoria de gracia no debe colisionar con las reglas elementales de la lógica ni con indicio racional alguno que funde la convicción de al menos un tercio de los miembros presentes en el instante preciso de la adopción de la decisión de que la demora ha podido deberse a alguna circunstancia impeditiva ajena a la voluntad de los convocados cuya pronta y satisfactoria remoción se esté en condiciones de conjeturar”.


Tras la lectura del inciso, uno de los asistentes se quejó leve aunque amargamente de la meteorología. Los cuatro miembros presentes del Consejo decidieron esperar hasta las siete y media de la tarde. El azar había querido reunir aquella tarde en torno a la mesa de roble de la sala a cuatro miembros de pleno derecho del Consejo cuyas relaciones personales no eran malas, pero tampoco buenas. Se llamó a un ujier recién contratado –el último se había despedido porque, según dijo, no podía soportar el sistema rotatorio– para que hiciera café. Quedaba hora y media para leer el orden del día o para suspender la sesión. Uno encendió un cigarrillo y todavía otro liberó su cuello de la presión de la pajarita, pero ninguno de los cuatro se animó a  distender el ambiente iniciando una conversación. Transcurridos diez minutos, la voz gutural de uno de los miembros del Consejo rasgó el espeso silencio de la estancia. A su juicio, informó a los demás, la interpretación de la norma que todos acababan de dar por buena no era plenamente satisfactoria. “Tal vez una lectura más atenta del inciso”, dijo. Fue suficiente aquella sugerencia para que los demás comenzaran a manipular las miles de páginas de papel biblia del Reglamento. Después de cinco rondas de intervenciones, el alcance de la cuestión había sido difusamente establecido. Había otras doce posibles interpretaciones de la disposición reglamentaria, además de un número indeterminado, “pero, en mi opinión, nada desdeñable”, aseveró uno, de posibles antinomias con otros preceptos del Reglamento, contradicciones normativas sólo resolubles, convinieron todos, mediante la aplicación del criterio de especialidad. Decidieron dividirse en dos grupos de trabajo. El primero examinaría una por una las doce interpretaciones alternativas del inciso del Reglamento. El segundo grupo se encargaría de delimitar con precisión los artículos del Reglamento que pudieran efectivamente colisionar con la norma que inicialmente se había considerado aplicable. Ambos grupos intercambiarían las tareas tres veces con el fin de revisar los resultados provisionales e intercambiar impresiones, asimismo provisionales, sobre sus hallazgos parciales. Hechos los tres intercambios y las revisiones recíprocas de los resultados provisionales, trabajarían conjuntamente para decidir la solución del problema. Obviamente –todos asintieron a la observación del que había leído el inciso–, primero era necesario llegar a un acuerdo sobre el significado del texto, objetivo cuya consecución precisaba del registro tanto de las interpretaciones realizadas por ambos grupos como de las acotaciones a las interpretaciones que los dos grupos hubieran ido haciendo en los tres intercambios de tareas e impresiones provisionales. Sólo tras la determinación del significado de la disposición discutida sería posible entrar a debatir con fundamento las posibles contradicciones normativas, el número preciso de las cuales tendría que ser delimitado revisando, a la luz de la interpretación definitiva de la norma, todas las eventuales antinomias propuestas por los dos grupos, una vez depuradas las discusiones que sobre la cuestión a resolver hubieran ido surgiendo a lo largo de los intercambios provisionales de impresiones. Decidieron no ponerse plazo para resolver la cuestión y acordaron, contraviniendo, por cierto, el Reglamento del Consejo, que la solución definitiva debía ser decidida por unanimidad. Empezaron a trabajar, la lluvia arreciaba afuera. El ujier había terminado su jornada y entró en la sala para despedirse. Preguntó si los miembros del Consejo de Decisión de las Cosas deseaban algo, pero no recibió respuesta. Tan sólo uno de los presentes murmuró una frase ininteligible con una deliberada expresión de desdén en su rostro. En el trance del levantamiento de los cadáveres, el ujier manifestó al juez de guardia que durante los veinte días siguientes al del inicio de la sesión ordinaria del Consejo había acudido disciplinadamente a su puesto de trabajo “(…), si bien declara que a partir del séptimo día empezó a cumplir el horario de su jornada de una manera laxa, atendida, según sus propias palabras, la sensación de inutilidad que le provocaba el hecho de que los asistentes a la sesión no demandaran ni una sola vez sus servicios”.  


sábado, 8 de mayo de 2010

sábado, 1 de mayo de 2010

John Fante, brutalmente sentimental




Debemos agradecer al traductor de Llenos de vida que tuviera el detalle de reproducir en una nota a pie de página esta dedicatoria que John Fante (1909-1983) escribió en 1944 a una amiga sobre las guardas de uno de sus libros ya publicados: “De esa puta de Hollywood, de este artista vendido (…) de este lameculos de la Paramount al que pagan por las perfumadas vomitonas que susurra Dorothy Lamour” (p. 89), cita que proporciona una de las claves de lectura de esta novela, publicada en 1952 y recuperada en 2008 por la editorial Anagrama en su loable empeño de verter al castellano toda la obra de Fante.

Estamos en la Norteamérica afirmativa de comienzos de los cincuenta, repuesta ya de la gran depresión tras el New Deal, cohesionada ideológicamente por el cemento de la naciente paranoia maccarthista y catapultada al esplendor económico gracias al aprovechamiento de los equipamientos industriales desarrollados en la segunda gran guerra, la robustez del dólar respaldada por los acuerdos de Bretton Woods y el bien engrasado funcionamiento del círculo virtuoso del modelo de producción y consumo fordista-keynesiano, el llamado capitalismo organizado. La fabricación serial de iconos de deseo, emulación e identificación colectiva corre a cargo de esa otra gran maquinaria hegemónica, la industria cultural críticamente diseccionada por los exiliados frankfurtianos, de la que Hollywood es la indiscutible e indiscutida punta de lanza.

Instalado en su nueva casa de Los Ángeles con Joyce, embarazada del primer hijo del matrimonio, Fante escribe guiones cinematográficos y los cheques llegan regularmente. Hay un problema de termitas en el suelo de la cocina y la pareja decide solucionarlo trayendo a su nuevo hogar al padre de Fante, albañil jubilado que reside en el valle de Sacramento junto a la madre del escritor. La novela gira en torno a la gestación y el nacimiento del hijo, pero esta trama es un sostenido Macguffin del que se sirve el autor para desnudar en clave casi confesional las heridas, las fijaciones y las pasiones del guionista próspero integrado en la pujante mid class que es ahora John Fante.

Llenos de vida apareció cuando apenas se habían publicado una novela y las dos primeras entregas de la tetralogía del alter ego de Fante, Arturo Bandini (Espera a la primavera, Bandini y Pregúntale al polvo). El escaso eco comercial de las descarnadas historias de Bandini –outcast de extracción proletaria que personificaba a los humillados, ofendidos y expulsados del paraíso prometido– obligó al escritor a emplearse creando mitos efímeros para la Paramount, un trabajo alimenticio que, si bien fue siempre despreciado por el artista autoconsciente Fante, le facilitó el ascenso social y la inserción en el todavía virginal formato de la American way of life. Esta escisión interior mueve los hilos de Llenos de vida, retrato paródico y corrosivo de los lugares comunes, las representaciones estereotipadas y las sombras del estilo de vida adoptado por el hijo de un humilde, tosco y supersticioso inmigrante italiano que, abandonada la rebeldía juvenil, ha sentado la cabeza para formar una familia estándar y se sienta a escribir sobre sí mismo y su entorno familiar antes de abandonar la literatura durante veinte años.

Entre visitas periódicas al médico y rodeado de libros y revistas sobre pediatría, el escritor asiste estupefacto a la conversión de Joyce al catolicismo –la religión es una de las constantes en la obra de Fante–, viaja a la casa familiar donde sus padres han reproducido un pedazo de Los Abruzos en el que hay limoneros, aceite de oliva y aroma de albahaca, se desespera pacientemente ante las escenas de psicodrama de sus progenitores, lleva a su tozudo padre en tren a Los Ángeles en un viaje literariamente memorable y vive el embarazo de Joyce, la alianza afectiva entre su padre y su mujer y el alumbramiento del niño instalado en el desasosiego, la ajenidad y la hipocondría, transmitiendo en primera persona la comezón del demiurgo del celuloide hecho a sí mismo que, aferrado a sus sentimientos más primitivos, negocia cada día su desencantada conformidad con la realización del sueño americano.

Detrás de todo está el amor, la “necesidad febril” de Joyce, una mujer alejada del mutilador cliché de la feminidad prototípica de la época, y la íntima devoción por sus padres, que encarnan el más acendrado familismo latino-mediterráneo analizado por Banfield en sus estudios antropológicos. Nada tiene que ver el sentimentalismo fantiano con el ternurismo almibarado y empalagoso; el de Fante es un sentimentalismo crudo, crispado y por momentos histriónico y virulento que brota en las tripas. ¿Un sentimentalismo sucio? Es sabido que Fante sólo conoció el éxito literario póstumamente y que ello se debió, en buena medida, a la reivindicación que hiciera Charles Bukowski de su obra narrativa. Al margen de precursores remotos, este redescubrimiento convirtió al autor italo-americano en el inconsciente padre fundador del realismo sucio, o al menos en una de sus principales referencias genealógicas, si bien hay cierta distancia entre el estilo Fante y el manierismo minimalista del dirty realism en su declinación madura. Llenos de vida no es  la mejor ni la más ambiciosa novela de Fante, pero siempre es gratificante regresar a su obra y pasar un buen rato con el fraseo seco, el ritmo ágil, la precisión en la adjetivación, la destreza expresiva en las descripciones sumarias y alguna que otra metáfora salvaje, ingredientes marca de la casa combinados en este libro bajo un fondo cómico, ácido y brutalmente sentimental. John Fante, artista.


John Fante, Llenos de vida, trad. Antonio-Prometeo Moya, Barcelona, Anagrama, 2008.

[Una versión previa de esta reseña se ha publicado en Agitadoras. Revista Cultural, nº 13, mayo de 2010]