lunes, 28 de enero de 2013

Volverás a Benet



"A lo largo de una dilatada vida dedicada al estudio, la meditación y la dialéctica, un filósofo había llegado a adquirir un agudo ingenio y una extensa sabiduría; en cambio, el reconocimiento público de su talento era casi nulo y el desden ﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽u talento era casi nulo y el desdextensa sabidurditacicto en el imaginario colectivo-- no la corrupcién dominaba la mayor parte de sus relaciones con sus semejantes.

Molesto consigo mismo por no haber sabido despertar el interés de la sociedad hacia él ni, por consiguiente, haber aportado su ayuda a la resolución de los numerosos conflictos de su tiempo, el filósofo decidió cobijarse bajo un nombre ficticio y buscar tras el seudónimo (como todo buen hereje) lo que nunca había conseguido con su nombre propio. Y así inventó a Demonax, el pensador más revulsivo de su tiempo, el hombre que a punto estuvo de dar un giro a la cultura de su época.

Bajo el nombre de Demonax dio a luz lo que nunca se había atrevido a exponer y se apresuró a pensar lo que con nombre propio siempre le había parecido improcedente pensar. Pronto el nombre de Demonax se extendió por toda la Antigüedad y sus palabras y escritos eran esperados por toda una muchedumbre culta, ávida de conocer sus veredictos. Los que a sí mismos se llamaban sus discípulos fueron legión y de parecida manera creció el número de sus adversarios, impulsados por la envidia y el amor al orden a salir al paso de las opiniones heterodoxas del filósofo.

Como ya ocurrió en otras ocasiones, se levantaron contra él algunos Anitos y Melitos, acusando a Demonax de que nunca se le había visto ofrecer sacrificios a la diosa y de que era el único griego no iniciado en los misterios eleusinos. Rechazó estas acusaciones en un escrito dirigido a la asamblea y defendió su causa empleando a veces un lenguaje comedido, a veces más áspero del que acostumbraba. Tocante a la acusación de no haber ofrecido nunca sacrificios a Atenea: “No os admiréis, dijo, de que no haya ofrecido todavía sacrificios a la diosa, pues no pensaba que necesitaba de mis víctimas”. Respecto a los misterios, lo que le impedía iniciarse era que si fuesen malos, no podría por menos de revelárselos a los profanos para apartarlos de las orgías; y si fuesen buenos, los divulgaría también por amor a los hombres.

La asamblea no quedó satisfecha, sino que, por el contrario, airada con esa respuesta exigió la presencia del filósofo que no vaciló en comparecer ante ella, con el rostro cubierto tras la clámide, Ya tenían los atenienses las piedras en las manos para lapidarle, cuando descubrió su rostro diciendo así: “Sacrificadme, atenienses, ya que hasta ahora no habéis hecho felices sacrificios”. Pero la asamblea en lugar de apedrearle prorrumpió en risas y gritos jocosos y despectivos que finalmente fueron acallados por el decano, que se dirigió al filósofo en los siguientes términos: ¿Cómo puedes tú, que siempre fuiste respetuoso con nuestra religión y nuestras más sagradas costumbres, pretender ser ese Demonax que sólo vive animado para atacarlas y burlarse de ellas? Y aunque lo fueras, ¿no comprendes que al condenarte a ti, como espurio vicario de nuestro enemigo, no haremos sino fortalecerte y empujar al imperecedero reino del espíritu la carne y la voz de la herejía? Vuelve pues a tu casa y acógete a tus antiguos hábitos, ya que después de tu imperfecta confesión tampoco en lo sucesivo podrás seguir jugando a Demonax, pues ¿qué importancia daremos a cualesquiera de sus opiniones sin en lo sucesivo hemos de sospechar que proceden de un alma cándida como la tuya?”

Convencido por estas palabras y abrumado por tal humillación, el filósofo volvió a su casa y bebió la cicuta para hacer realidad el pronóstico del decano. Y como tras su muerte no prosperase su herejía se vino a demostrar una vez más que tanto él como el decano habían estado equivocados, acaso porque ambos confundieron condena con sacrificio y culpa con castigo".

[Juan Benet, “Fábula octava”, en Trece fábulas y media y fábula decimocuarta [1981 y 1991], Madrid, Alfaguara, 1998, pp. 67-69] 

martes, 15 de enero de 2013

3333 mexicanos



Ninguna persona me cree a la primera cuando me pide el número y respondo con esta frase: “no tengo teléfono móvil”. De hecho, nunca he tenido uno. No me manejo demasiado bien con las máquinas y no me siento orgulloso de ello. No soy un ludita ni un adepto de Morozov, aunque sospecho instintivamente de cualquier forma de celebración acrítica del así llamado progreso tecnológico. No quisiera exhibir impúdicamente mis fallas informáticas, mis gaps comunicacionales –me parece que nunca hay que caer en esa forma odiosa y aun sórdida, mostrarse vulnerable, de hacerse el interesante–. No quiero pararme a pensar si carecer de teléfono móvil es un signo de atraso o una forma más o menos inconsciente –o directamente lunática– de vindicar la libertad individual; simplemente es así: nunca he tenido un teléfono móvil. Estoy pensando en que a duras penas sabría utilizar un celular, pienso en mi impaciencia e impericia con la tecnología y me viene a la cabeza la célebre anécdota protagonizada por los fundadores de Hewlett-Packard que leí en Cyberselfish, libro clarividente de Paulina Borksook publicado hace ya más de diez años. Un entrevistador requirió a Bill Hewlett y David Packard su opinión sobre las “vigorosas iniciativas políticas encaminadas a educar tecnológicamente a las personas con problemas económicos”, pregunta a la que uno de ellos respondió quedamente: “Lo primero que hay que hacer es alimentarles”. Evoco la anécdota y me río a carcajadas imaginando la cara que debió de poner el tecnófilo que formuló la pregunta –convencido, supongo, de que iba a recibir una respuesta interesadamente entusiasta de los fundadores de la multinacional informática y no esa frase, seca como un uppercut de Sugar Ray Leonard, inteligente como el tramo final de un aforismo de Lichtenberg, “lo primero que hay hacer es alimentarles”–. Sonrío en el tramo final de mis carcajadas como sonreí ayer por la noche releyendo en el Dietario voluble esta anécdota que cuenta Vila-Matas: un día su ordenador se rebeló contra el inconveniente de haber nacido –es decir, contra su obligación de funcionar– y, desesperado porque debía terminar y enviar un artículo, el escritor llamó a un técnico para que tratara de solucionar el problema. Sumido en un estado de profunda perturbación –agravado por el recuerdo de unos párrafos de un libro de Enzensberger leídos la noche anterior y, especialmente, por la noticia que, imperturbable, le comunicó el técnico en tono suficiente (“acababa de perder mis direcciones de correo, el correo mismo y todos mis documentos personales”)–, Vila-Matas dejó al “tecnocientífico” en casa y salió a dar un paseo por su barrio. “Al regresar, le hice unas preguntas al tecnocientífico y me respondió con aires de suficiencia, como si yo fuera un pobre palurdo. “¿Cómo te llamas?”, le pregunté. Ludwig, dijo, y estaba intentando medrar en el mundo de la cibernética circulatoria. Le hubiera matado”. Sonrío recordando la sonrisa que ayer por la noche me dibujó en el rostro la lectura de este párrafo y pienso que yo también habría matado hace unos años a aquel técnico casi imberbe que me atendió en la tienda donde había comprado un ordenador portátil que dejó de funcionar.  Aquel ciber-cretino feo y bajito, que no tendría más de veinte años, estuvo unos veinte minutos abrumándome con comentarios y preguntas ininteligibles sobre el funcionamiento de mi máquina en un tono tan displicente como intimidatorio, comentarios y preguntas cuya ininteligibilidad crecía a medida que mis balbucientes respuestas evidenciaban mi ignorancia –ignorancia que, era obvio, le producía una gran satisfacción, una suerte de complacencia sádica–. Acaso este tecno-imbécil´﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽goó del alma, algo asífurecido por su  de las manos,  learreglarajara de humillar a un cliente indefenso. Me senta y a me ha elegido como objeto de reemplazo para vengarse simbólica y retrospectivamente de los cientos o miles de collejas y guantazos que recibió de pequeño en el patio del colegio, quizás se comporta igual con todos sus clientes, me pregunté ya profundamente irritado por sus preguntas y comentarios gratuitos e impertinentes mientras meditaba mis posibilidades de acción: darle un guantazo, arrancarle el ordenador de las manos e irme a otro sitio para intentar que alguien me lo arreglara o esperar pacientemente a que se cansara de humillarme. Pienso que tal vez aquel técnico feo, bajito y casi imberbe –que, por cierto, vestía bata blanca– es ahora uno de esos entusiastas que, sin haberse tomado la molestia de leer a Cass Sunstein, predican la buena nueva anti-política y proto-tecnócrata de la democracia digital –o el “wiki-gobierno”, última memez sacada de la inagotable chistera lexicográfica de los change makers imberbes que cada semana arreglan el mundo bajo la inspiración del deleznable discurso del emprendimiento para que nada cambie, esos seres tan innovadores que ignoran que la primera cuestión política es alimentar a la gente que tiene problemas económicos–. No lo sé. Antes de arrancarle el ordenador de las manos, le dije algo así como: ´﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ medrar en el mundo de la ciberna un pobre palurdo. "itamente,  migratorios do que hablvidan los mexicanos de so de la“Te voy a dar un consejo, aunque no me lo hayas pedido: procura limitarte a hacer tu trabajo, es decir, a identificar el problema y arreglar el ordenador, pues si estás aquí es justamente porque tus clientes no saben lo que pasa con su máquina y no tienen los conocimientos que, sin habértelo yo pedido, has estado media hora demostrándome no sé con qué objeto, pedazo de imbécil”. Ya lo he dicho: lo habría matado. Acaso porque soy poco ducho con la tecnología  no supe hasta hace unos meses que uno puede conocer las estadísticas de su blog: el número de visitantes, su procedencia, las entradas más leídas y otras informaciones más o menos inútiles –aunque, sospecho, deliberadamente puestas ahí para alimentar el narcisismo (o el sentimiento de fracaso digital) del administrador de la página–. De cuando en cuando miro las estadísticas y sonrío al constatar que por aquí se han dejado caer blogonautas de los países más insospechados, por ejemplo Cabo Verde. Se da el caso de que ayer abrí la pantalla que registra las visitas y vi que hasta hoy han pasado por aquí tres mil trescientos treinta y tres mexicanos. México tiene unos 122 millones de habitantes, de modo que los mexicanos –y mexicanas: ¿por qué no contentar al vigoroso y pueril lobby de la corrección política?– que me han visitado son más bien pocos, casi debería decir que la cifra es ridícula, pienso. No obstante, me alegró mucho saber que 3333 mexicanos han frecuentado este blog, así haya sido por azar; experimenté ayer esa clase de alegría que, como diría Rosset, es tan totalitaria como irracional, tan radical como injustificable. ¿Por qué? No lo sé. Tal vez si viviera en México detestaría profundamente el país, pero lo cierto es que amo discretamente a México en la distancia a pesar de todas sus lacras y de Peña Nieto, y pido perdón por la redundancia. ´﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ando en mi imca uí tres mil “De entrada –escribe Vila-Matas en su Dietario voluble–, México me fascina porque allí pierdo todo cristiano sentido de la culpabilidad. Allí, como si fuera súbdito de una religión de idioma olvidado, puedo sentir invadida el alma por grandes dioses pecadores. México me fascina por su culto a los muertos y porque es un pueblo ritual y sobre todo porque, a diferencia del resto del mundo, conserva intacto el antiguo arte de la Fiesta aunque –todo sea dicho– tiene una manera muy curiosa de divertirse: no se divierte. Como dice Octavio Paz, en los festejos el mexicano lo que quiere es sobrepasarse, gritar, cantar, disparar, saltar el muro de la soledad que tanto le incomunica normalmente. Cuando las almas estallan como lo hacen los colores, ¿se olvidan los mexicanos de sí mismos, muestran su verdadero rostro? Nadie lo sabe. México me fascina porque es el paraíso perdido de las máscaras. México me fascina por esa extrema y atractiva cortesía del mexicano, aunque sus silencios –todo sea dicho– hielan. México me fascina porque allí sin mala conciencia jugué en otros días a mostrar mi verdadero rostro en esas noches de muerte sin fin en las que siempre acababa pensando que había otro rostro detrás del que había yo descubierto. México me fascina porque, en su paraíso perdido de las máscaras, me encuentro a la deriva y paradójicamente en casa”. Me gusta este párrafo y las frases con las que Vila-Matas remata su declaración de fascinación, frases que la pereza no me deja copiar. Ignoro si la perspicaz Valeria Luiselli daría su visto bueno a semejante proclama o si arrojaría el párrafo de Vila-Matas al infierno del cliché identitario, pienso mientras recuerdo un filoso artículo publicado por la escritora mexicana en Letras libres que leí con interés y que, como hace un rato, cuando he recordado la anécdota que cuenta Paulina Borksook en su clarividente libro, me arrancó una carcajada a cuenta de una ironía hiriente sobre Spivak. Sonrío ahora por partida doble, si puede decirse así, recordando algunos pasajes del artículo de Luiselli y la anécdota de Borksook, sonrío tal vez para no pensar que amar a un país es algo ciertamente estúpido, si no imposible, porque un país es una entelequia –o peor aún, un fetiche lúgubre, una carcasa llena de nada–,  sonrío para no pensar que sólo se puede amar a un país en la distancia y de forma más bien discreta, sin efusiones, sonrío quizás para no pensar que la sola idea de amar a mi propio país, este país que se ahoga en un lodazal de estupidez, rapiña y barbarie, me resulta a día de hoy verdaderamente problemática, por no decir repugnante. Aun sin efusiones, me fascina México por muchas razones, entre ellas la inolvidable respuesta de Lázaro Cárdenas cuando fue preguntado por el número de exiliados españoles que podría acoger su país en 1939: “Que vengan todos”. Cómo no amar a un país cuyo presidente pronunció en 1939 esta frase, seca como un directo de Muhammad Ali, hermosa como el tramo final de un versículo de Olga Orozco, “que vengan todos”, me pregunto mientras pienso que estoy sonriendo porque no sé cómo rubricar este sumario ejercicio grafómano que, pensando en mi amor a México, he iniciado hace un rato con el único fin de olvidar que tengo que ponerme a escribir sobre un tema que me cansa y me aburre infinitamente, que en realidad sonrío para no pensar que me he puesto a escribir esto con el propósito de olvidar que debería atreverme a no escribir una sola palabra más sobre ese tema; ser extremadamente cortés, atractivamente cortés, sí, pero guardar sobre ese asunto un silencio que hiele.                          
 la cara del entrevistador, yomoDE LA LEY)  de felicidad, pureza, sabidur cualquier otra forma de ser, obteniendo asmitivo hasta

miércoles, 9 de enero de 2013

miércoles, 2 de enero de 2013

Contención



Contención es tal vez el término que mejor define la prescriptiva rectora de los sesenta y dos poemas reunidos por Anay Sala Suberviola (Sabadell, 1975) bajo un título de resonancias procesales que parece aludir al modo en que la autora concibe su quehacer poético, emplazado a caballo entre la poesía de la experiencia vivida –embridada casi siempre por un logos vigilante– y una sensibilidad próxima a lo que en su día dio en denominarse la poesía del silencio. Como escribe José Luis Piquero en el prólogo del volumen, los títulos de las cuatro partes en que está estructurado Medidas cautelares (“Orden”, “Rigor”, “Método”, “Anticipación”) acogen “resonancias muy cerebrales” que reenvían a las cualidades propias del jugador de ajedrez. Así es: la voluntad de precisión y la cuidada estrategia compositiva –articulada, en no pocos textos, alrededor de una base eminentemente endecasílaba– constituyen los dos principales dispositivos que alientan el procedimiento de ejecución de una poesía aplomada en una suerte de lirismo cartesiano en la que el flujo de los sentimientos es domeñado por “la crin de la conciencia” (p. 38) de la autora, por una voz razonante que atempera y templa constantemente la emoción y confiere al poema una textura despojada que lo avecina al axioma, al aforismo, al epigrama, a la máxima o al apunte sumario y lúcido (“La generosidad/ es dar/ por supuesto/ muchas cosas”, p. 21). Esta tenuidad expresiva, presente ya el primer poemario publicado por Sala (Y, turno de réplica, 2009), parece ser deudora del afán de hallar la distancia requerida para poetizar reflexivamente mediante un discurso de cuño diarístico o para dialogar con su interlocutor difuso en los textos que la autora escribe en segunda persona, pero refleja igualmente el “manantial de precauciones” (p. 14) con el que Sala encara la liturgia de la escritura. Una escritura que insinúa y sugiere más de lo que dice o afirma explícitamente (“Ver/ para no creer./ Dejar de ser/ la pupila de un sueño, p. 61), pero que, paradójicamente, aparece a la vez revestida de una recurrente inclinación a la sentenciosidad, tendencia que la autora reconoce con ironía (“Tendré que hacer las paces/ con mi tono interior./ Con mi timbre de voz (…)”, p. 63). Reforzado, en algunos poemas, por la rima consonante, este tono enfático, a veces inquisitivo, dota de frescura a unos textos carentes de referencias espacio-temporales específicas que encaran los temas de siempre –la conciencia del transcurso del tiempo, la perplejidad de ser, la ausencia de sentido, el dolor, el silencio, la experiencia amorosa– desde una perspectiva ecuménica pero íntima, universal pero cercana, abstracta pero familiar, y alejada de bogas y tendencias últimas, especialmente en lo que respecta a la presencia, discreta y tangencial, del yo en el poema. A pesar de que Sala deja alguna pista de sus influencias en las citas que disemina a lo largo de Medidas cautelares, en la dicción de su escritura pueden reconocerse ecos y resonancias de voces tan distintas como las de María Victoria Atencia, Claribel Alegría o Idea Vilariño. La acusada contención del fraseo es, en cualquier caso, la marca diferencial de una autora dotada para el poema de más largo aliento –habilidad que deja  apenas entrever en tres textos (“El asalto”, “Sobre las vías” y “Líneas de fuga”)– que, por ahora, ha elegido la “Aritmética sublime/ pero impar” (p. 76) de la brevedad y el laconismo para dar cuenta de su disposición a organizar el caos de la existencia plasmando con pericia en el texto únicamente el meollo de sus digresiones.                      
   
Anay Sala Suverbiola, Medidas cautelares, prólogo de José Luis Piquero, Barcelona, Rúbrica editorial, 2012.

[p. m., publicado en Agitadoras. Revista cultural, nº 39, enero 2013]