viernes, 25 de febrero de 2011

Chukri y Doc Cornelius







“La fotografía, tan impactante como poética, fue tomada en las revueltas de Túnez y anda  ya diluida como un desecho orgánico en el desaguadero digital, cloaca de la fugacidad que todo lo engulle, esófago inmaterial que aboca a ese magma de circuitos, conexiones y bits que como jugos gástricos disuelven todas las cosas en un tiempo real signado por la paradójica convivencia de la presencia perpetua y el olvido instantáneo…”

–Por el amor de Dios, un poco de contención, un poco de sobriedad, José María. Borre y empiece a escribir de nuevo. Adelante.

“Esta tarde plomiza de febrero contemplas demoradamente la instantánea que captó un fotógrafo cuyo nombre lamentas mucho no haber averiguado y piensas que la imagen dice demasiadas cosas. La visión de ese desarrapado ciudadano tunecino te ha provocado, es verdad, una sonrisa irreflexiva, pero inmediatamente te ha sacudido una punzada de dolor jubiloso; has recordado El pan desnudo, la enmudecedora novela autobiográfica de Mohammed Chukri  que leíste hace tantos años, el libro que te hizo sentir gozosamente humillado y avergonzado, que disfrutaste hasta el punto de que casi se te saltaron las lágrimas cuando lo cerraste por última vez sabiendo que lo tenías que devolver y pensando que algo bueno debía de tener el derecho de propiedad si ese derecho te habilitaba para disfrutar a perpetuidad de la posesión de un libro como el de Chukri. Pensaste que ella, la vieja cerúlea de la ventanilla de los préstamos, no se daría cuenta, pensaste que era posible robar El pan desnudo porque en la biblioteca municipal había miles de libros y que la oquedad dejada en las vetustas estanterías de roble por el lomo de ese libro pasaría desapercibida. Ese diminuto hueco te parecía tan insignificante como tú entre los miles de millones de habitantes del mundo, pero no te atreviste a no devolver el libro y tu pusilanimidad te hizo cobrar conciencia de que nunca serías como Chukri…”

–Pare, que me voy a quedar dormido. ¿Quién se cree usted que es?, ¿Muñoz Molina? Elimine el párrafo y empiece a escribir otra vez. Que sé yo, algo un poco más fresco, más trendy. Venga.     

“Trisha se puso el vestido de Jocomomola –subtexto: ya sabéis, lectores, Sybilla– y la chaqueta de Loreak Mendian. Antes de salir de casa de Frogg, con quien había estado follando durante toda la tarde en la cama de Ikea, se metió un par de tiros de farla y dijo mirando las imágenes que emitía el plasma: “¡qué bien que se maten estos putos moros entre sí, así habrá menos, ja!” Frogg soltó un alarido y una carcajada. Sentado en pelotas frente al portátil recién encendido, exclamó: “¡ey, tía, mira esto!” Trisha se acercó y vio la fotografía en la pantalla del MacBook Air de trece pulgadas, se sentó en la cama y dijo: “te la felo una vez más si pones esa foto en la portada del próximo número de la revista, amore…””

–Por favor, José María, pare, paaaare, esto es insufrible. ¿Qué se propone?, ¿ganar un premio de novela joven? Por cierto, está usted muy puesto en contemporaneidades, pero intente escribir algo más aséptico, no sé, algo periodístico. Vamos.

“En Túnez, y días después en Egipto, los árabes y los musulmanes se manifiestan en masa, con valentía y disciplina pacífica, en defensa de la dignidad humana y contra los gobernantes corruptos y represores. Es el grito de los mujeres y hombres oprimidos, que vencen la barrera del miedo y viven, aunque sea de forma pasajera, la sensación de libertad y dignidad. Esta fotografía simboliza…”

–José María, cierre el periódico. Está usted copiando literalmente el artículo de Timothy Garton Ash. Edificante, florido, celebratorio y cargante, dicho sea de paso. Empiece a escribir otra vez. No tenemos toda la mañana, ya sabe que el taller cierra a la una.
–Es que no se me ocurre nada más,  profesor. 
–Ya le he dicho varias veces que me llame Francisco y que me tutee, José María, soy treinta años más joven que usted.
–¿Es necesario que mires por encima de mi hombro cada vez que me pongo a teclear, Francisco?
–Perdone, no había pensado que podía molestarle. A ver, ¿qué le sugiere la fotografía?
–Ya lo he escrito, profesor, perdón, Francisco. He escrito que la fotografía me recuerda a El pan desnudo de Mohammed Chukri
–Buen libro, por cierto, pero hombre, adopte referentes más actuales, que a este paso nos van a quitar la subvención cuando le mandemos los trabajos de fin de curso y la memoria anual a ese burócrata analfabeto de la Conselleria. Venga, salgo a fumar un cigarro y a tomar una caña. Le dejo tranquilo para que escriba lo que quiera. 

“Asimismo, dudo de que los principios de “orden partiendo del estrépito” o de “organización partiendo del estrépito” puedan ayudar a dilucidar el nacimiento de formas sociales nuevas. Como ya dije, no creo que se pueda hablar de “estrépito” o “anomalía” en un sentido riguroso, tratándose de una sociedad. Ni siquiera el término desorden es adecuado aquí. Lo que se manifiesta como “desorden” en el seno de una sociedad es, en realidad, algo interno de la institución de esa sociedad, algo significativo y negativamente evaluado…y esto es algo completamente diferente. Creo que los únicos casos en que podríamos hablar correctamente de “desorden” son aquellos de “viejos sistemas en crisis” o “en proceso de desmoronamiento”” [1]

–Bueeeeno, ya estoy aquí, José María. ¿Ha escrito algo?
–Sí.
–¿De dónde ha sacado usted esa fraseología? 
–….
–¿Lo ha escrito usted?
–…
–¿Es suyo?
–No. 
–¿De quién es?
–Castoriadis.
–¿Qué?
-Cornelius Castoriadis.
–Parece el nombre de un rapero. ¿Quién es?
–Un filósofo de origen griego que vivió en Francia.
–¿Es que va por la vida con un libro de ese filósofo?
–Me lo sé de memoria.
–Ah, vale. Bueno, no está mal. Me gusta, suena bien. Demasiadas comillas. 
–Ya…
–No pasa nada, hombre, no ponga esa cara. Lo intentaremos de nuevo el sábado que viene.
–Me marcho ya, Francisco…
–Vaya, es usted una caja de sorpresas, José María. No es frecuente ver a gente de su edad con un shuffle. ¿Qué tipo de música escucha? ¿Me permite? 


[1] C. Castoriadis, “Lo imaginario: la creación en el dominio historicosocial”, en Id., Los dominios del hombre. Las encrucijadas del laberinto, trad. A. L. Bixio, Barcelona, Gedisa, 1998 (3ª reimpr.), p. 75. 

viernes, 18 de febrero de 2011

Self-Deprecation: Gordon Lish, Leiris y el prólogo de Cristóbal Serra

Anselm Kiefer


La lectura de Epígrafe (Cáceres, Periférica, 2011), de Gordon Lish, el controvertido editor conocido en el medio literario estadounidense con el sobrenombre de “Capitán ficción”, deja al lector en un estado de parálisis. Lish escribe como un maníaco torturado, se desnuda, se exhibe, chapotea en la charca de la impudicia, se reboza en la aflicción que le provoca la muerte de su mujer, se autoparodia y se desdobla en un histrión patético que vomita una prosa sencillamente extraordinaria. Da igual si pide comprensión a los destinatarios de sus cartas (“Usted sabe que yo soy un individuo trágico, entiéndame”, p. 95), les perdona la vida (“Os he mentido, ¡así que id a denunciarme ante el Funcionario de la Corte, bastardos! ¡Bastardos! Yo, yo, Gordon –¡Gordon!–, no os tengo miedo!, p. 89) o les expresa su gratitud (“Estimada Sra. Gekker: ¿Cómo no darle a usted las gracias por todo lo que hizo y lo que ha hecho, por todo lo que estuvo haciendo por la Sra. Lish?”, p. 19). Da lo mismo: tarde o temprano te ves obligado a abrir la ventana para que entre aire en la habitación y tienes que ir a buscar una toalla para secarte los esputos que el verdadero autor de De qué hablamos cuando hablamos de amor te escupe en la cara.

El libro de Gordon Lish –que no es una gran novela, aunque sí una enorme lección de escritura– me ha recordado vagamente al elegante ejercicio de auto-desprecio que Michel Leiris hizo en Edad del hombre, otro libro que salpica. Y el recuerdo del libro de Leiris me ha traído a la cabeza algo que tenía un poco olvidado: las virtudes medicinales de auto-denigración. Vamos allá.

Antes de abandonar casi por completo la escritura publiqué un libro. Sí, yo también lo hice, aunque en mi descargo diré que el tiraje fue sólo de trescientos ejemplares, creo, y que ya es completamente imposible encontrarlo. Al editor, un amigo, se le ocurrió la idea de que lo prologase el escritor Cristóbal Serra (Palma de Mallorca, 1922). Serra accedió a la petición de Román, leyó las pruebas del librito y le entregó un prefacio de cinco caras de folio escritas a mano con una apretada, pulcra e inquietante caligrafía. El editor tuvo el detalle de mandarme el texto original. Me sorprendió que un escritor como Serra –autor venerado en cenáculos cultos que ha producido una vasta y valiosa obra, jurista y filósofo de formación, Doctor Honoris Causa por la UIB, en fin…­– se hubiera tomado la molestia de leer la obrita de un desconocido y de redactar un escrito tan extenso. Creo que Serra no entendió algunas cosas de ese libro y que otras le enfurecieron por razones que sería demasiado estúpido tratar de explicar. ¿Importa eso ahora? Leí el texto de Serra con curiosidad e interés y pasé un buen rato. De vez en cuando recuerdo la existencia de ese prólogo inédito –ayer noche, sin ir más lejos, al terminar Epígrafe– y vuelvo sobre él. Cada nueva lectura equivale a la ingesta de una gragea de la medicina que todos, incluso los que somos inofensivos, necesitamos tomar periódicamente.  

Sintiéndose impelido a aleccionarme sobre el ser del aforismo, Serra me denigra de la manera más diplomática que puede. Lo que más me gusta del texto de Serra es la honestidad con la que está escrito y, especialmente, el crescendo de su cabreo. Pienso que lo que quiso decir Serra en su prólogo está bien resumido en este pasaje de los Pensées de Pascal: “El último paso de la razón consiste en reconocer que hay una infinidad de cosas que la sobrepasan”. Por una vez, estoy de acuerdo con Pascal.

Sin ironía, quisiera agradecer a Cristóbal Serra la deferencia que tuvo conmigo, aunque sea con muchos años de retraso. Me gustaría tener el talento de Gordon Lish para dar las gracias a Serra como Lish lo hace con las “Personas misericordiosas” de Epígrafe; dado que no lo tengo, sería bastante idiota por mi parte tratar de emular a "Capitán ficción". El mundo, como bien sabe Serra, ya está demasiado poblado de idiotas. Ahí va el texto (se ha respetado escrupulosamente el original). 

***

Notas para un prefacio (por Cristobal Serra, 2002)

“El libro que sigue a estas “notas” no es de los de fácil clasificación. Te pongo sobre aviso, lector, porque ya el título esconde una ironía, que se pone al descubierto, cuando se conoce íntegramente el contenido.
Si por tibieza entiende el autor su franca rebeldía, o su presunto escepticismo, seguimos preguntándonos dónde está el escepticismo del autor. Para mí, un escéptico es un hombre carente de valores, un indiferente, un pirrónico. Y en Miravet no encuentro la viva imagen del escéptico, pues, es hombre de absolutas creencias, valga la paradoja. La furia de su cinismo y de su ironía no da lugar a dudas.
El lector de Fragmentos tibios va a toparse con un autor de muchas agallas dialécticas, ya que no tiene límites su capacidad demoledora de materialista nato.
Creo infinitamente saludable la publicación de este libro testimonial, que está dictado por la más pura sinceridad. La estimo saludable, porque ya está bien de falsos remansos del pensamiento, dictados por la tradición o por el pragmatismo imperante. Además, cuando un libro está en las antípodas de otros paradigmas por sí solo se justifica.
Leyendo el libro de Miravet, me ha venido a la cabeza el dicho de Sri Aurobindo, que tiene un claro acento axiomático: “la ley de la vida divina transforma todo en miel”. Por el contrario, el antagonista de esta ley (divina) lo transforma todo en hiel. Y asimismo he recordado el verso de Michaux: “La rabia no ha hecho al mundo, pero la rabia debe vivir en él”.
Miravet, el muy razonador, pertenece a un tipo de pensadores que desconfían de la anárquica intuición. Por eso, no es extraño que aquí manifieste por el dadaísmo y por sus nietos-punk un total desdén.
Miravet no tiene pacto alguno con la imaginación. Los mejores logros de su expresión son hijos de la más pura lógica: “El nacimiento puede ser una muerte, pero la muerte no puede ser un nacimiento”. De un salto pasa al silogismo. ¿Cree de verdad, Miravet, que con un salto, que no produce sobresalto, se zanja de una vez el viejo pleito del alma con su supervivencia? No quisiera con ello insinuar que el autor de este libro sea un razonador ingenuo, pero tengo la impresión de que, a través de estas páginas, Miravet se ha labrado su “criadero” de prejuicios.
Creo que una carcajada vale por diez mil silogismos. La carcajada elocuente es la que no encuentro en este libro, poco afín con los sabios chinos que supieron carcajearse ante la pesada pomposidad de la sólida vida práctica. Carcajeo y aleteo de mariposa fue lo suyo, porque lo que escribieron es algo aéreo, fantástico.
El humor de Miravet, como el de Cioran, es un insidioso veneno que gotea desde una trabazón de lugares comunes. Casi nunca es ingenioso, pues, el ingenio es espontáneo por naturaleza. La ironía de Miravet da la impresión de que haya sido destilada en el alambique de su mente consciente, por cuyos tubos no pasa ni un gramo de misterio. De ahí que, tal vez sin pretenderlo, estemos ante un enaltecedor del prejuicio. Tal vez sea esta su contribución original, en una época como la nuestra, en la que toda arrogancia es poca para echar del pedestal a tanto falso ídolo.
Menos le debe el aforismo, porque, a mi juicio, el estilo de Miravet es demasiado vital y directo para ser aforístico. Si he de atenerme a ideas expuestas en otros lugares, he de hacer observar al lector que a Miravet le falta desasimiento para ser aforista.
Es condición sine qua non del aforista ser hombre sin ataduras. Aunque haya de parecer paradójico, el cristiano, si conoce a fondo el horror del apego al mundo, puede ser un aforista. Ejemplos los hay y no pocos. Quien no puede serlo es alguien como Sartre, el de la mecánica infernal que acaba en filosofía y en escuela. El francés, con su inclín a escuelas, ismos y modas, suele ser comprometido o falto de compromiso. Revolucionario o indiferente, suele ser más apegado que desapegado a la vida. Por eso, no tiene instintivamente el espíritu aforístico propio del desapego. Esto lo observamos en el existencialista y en el surrealista. Breton pudo tener el gusto innato para el aforismo, pero no tuvo el espíritu. Era escasamente incomprensible, se le veía venir…Y no digamos de su lenguaje, que era más el del “oráculo” que el del humilde conocedor de los misterios. Había en su expresión algo regio, algo solemne, que estaba en enemistad con el humor.
El aforista, sea poeta o filósofo, se deberá a la palabra, que es epifanía, y se limitará a dejar caer sus gotas de luz. Será la suya “luz seca”, aunque no falta de luminosidad.
A la luz de estas observaciones, que he juzgado oportunas, los Fragmentos tibios de Miravet, se leerán como notas y no como aforismos. La nota es el casillero que les corresponde. Dado que hay en todo el libro mucho repique de campana, aunque el estilo no sea campanudo, la nota lo define. Y se tiene observado que la nota (la misma palabra lo subraya) quiere ser notada, quiere dar la campanada. Ante todo, quiere sonar y resonar, en espera del alma ingeniosa que la entienda.
Desventurada la que no sea notada, pues, es señal de que no ha sabido “coquetear” con el lector. Por esto, los anotadores más coquetos son los más paradójicos y los satíricos los más plausibles.”

[Para acercarse a la obra de Cristóbal Serra: Notulas, Madrid, Árdora, 1999

miércoles, 9 de febrero de 2011

El duelo, Barthes





Hace ocho años, en el primer aniversario de la muerte de mi padre, escribí un texto que se publicó por ahí, en un periódico. Se trataba de una breve nota cuyo tono obligadamente elegíaco estaba atemperado por alguna que otra esquirla de ironía –él era una persona con mucho sentido del humor, un humor extraño, cáustico, corrosivo y piadoso, a veces críptico–. El texto arrancaba con unas consideraciones sobre la aporía de la Carta a Meneceo de Epicuro, continuaba con una alusión velada a Merleau-Ponty  y terminaba con una referencia explícita a la célebre distinción que hizo Marx entre las cosas de la lógica y la lógica de las cosas. Recuerdo que escribí aquello penetrado por un sentimiento de futilidad y sospecha. Supongo que era bien consciente de que la sensación de vacío que su repentina desaparición provocó en nosotros era, un año después, todavía indecible. Había barajado la posibilidad de reproducir ese escrito aquí, dado que hoy se cumplen nueve años de su adiós. Pensé que superar el pudor y transcribir ese texto podía ser una forma idónea de recordarle, un modo paradójicamente “privado” –considérese que un espacio tan sobresaturado como la blogosfera es una constelación de millones de soledades en la que casi nadie lee a casi nadie– de celebrar que existió. Pensaba, en fin, reproducir ese escrito para rememorar su compleja personalidad, sus fragilidades y rarezas humanas, demasiado humanas, su valentía, su inteligencia y su bondad –qué extraña, artificiosa y hasta lamentable resulta hoy esta palabra–. El sábado, en medio del mogollón que estaban montando Javier, Miguel y Paula, los tres nietos que él no llegó a conocer, leí en casa de mi madre un artículo de Andrés Barba sobre un inédito de Barthes que acaba de publicar Paidós (Diario de duelo). Esa lectura me transportó a aquel año de intemperie, me llevó de inmediato a aquella mañana gélida de 2003 en la que me senté frente a un folio para tratar de expresar lo inexpresable. Leí el artículo de Barba mirando de reojo a mi madre y lo releo ahora pensando que, a pesar del dolor, ella ha querido hacer más firme y real la vida. Ahí va:

Describir el duelo (por Andrés Barba, Babelia, 5 de febrero de 2011)

“La cosa más común entre todas las vidas: perder a alguien. Se sobrelleva que el muerto, el ausente, se haya convertido en algo imaginario, en algo casi falso, pero el deseo que se tiene de él no es imaginario. La presencia del muerto es imaginaria, pero su ausencia es muy real y sabemos que, a partir de ahora, ésa será su forma de aparecer. Y el grito de ese sufrimiento: “¿Por qué?”, resuena no sólo a lo largo de toda la historia de la Literatura, sino a través de la plena conciencia de todas las acciones humanas. El carácter irreductible del sufrimiento hace que uno no pueda sentir horror por sí mismo mientras sufre de la misma manera que el absurdo detiene la inteligencia y la impide avanzar, pero -como es bien sabido- la ausencia de aquel a quien hemos amado no detiene el amor, el amor continúa tras la muerte en la obstinación del duelo. Sobre ese tema hay libros tan conmovedores como El libro de mi madre, de Albert Cohen, o Una pena en observación, de C. S. Lewis. Ahora se ha añadido otro, inédito hasta hoy: Diario de duelo, de Roland Barthes. Notas simples como golpes de aguja, un dietario de las impresiones, los descubrimientos diarios, las breves fulguraciones que asaltan a cualquiera que llora una desaparición... Barthes confirma lo que todos hemos sentido alguna vez al perder a alguien: el amor manifestado a los muertos es perfectamente puro pues el deseo por una vida que ya ha terminado no puede dar nada nuevo: se desea que el muerto haya existido y ha existido, pero junto a ese sentimiento, que es perfectamente real, se percibe que el mundo se ha despedazado y vuelto irreal. Dice Barthes: “La soledad donde me deja la muerte de mamá me deja solo en terrenos donde ella no tenía parte. Hay pues en el duelo una domesticación radical y nueva de la muerte; pues antes era sólo un saber prestado (torpe, venido de los otros, de la filosofía, etcétera), pero ahora es mi saber. Esto es para mí el universo: este lugar falso en el que nada es verdad, donde nada cristaliza.
Después de esta lectura conmovedora, uno siente la seguridad de que ese descubrimiento, que en parte es consustancial a la simple idea de estar vivo (y de estar vivo para los otros), es un conocimiento para el que no hay instrucción posible y al que cada hombre deberá acceder antes o después en solitario y en la medida de su imaginación y su inteligencia. Pero si ese sufrimiento penal es en parte la garantía de la autenticidad del amor, no lo es menos la alegría que produce pensar que esa vida ha sido real, que ha existido, que ha sido exterior en el sentido más radical de la palabra. Y algo más misterioso aún: la convicción íntima de que ese dolor puede, o bien hacer más firme y real la vida, o bien despeñarla hacia el barranco de lo imaginario.”

viernes, 4 de febrero de 2011

Híbridos casi posibles IV (Epicuro & Facto Delafé)


"El límite máximo de la intensidad del gozo es la supresión de todo dolor. Y en donde haya gozo no hay, durante el tiempo que esté, dolor ni sufrimiento ni ambas cosas a la vez"
(Epicuro, "Máximas capitales", 139 III, Obras completas, J. Vara (ed.), Madrid, Cátedra, 1995, p. 93)




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Que vuelva la calma. 
Blandito, muelle, babosillo, sí, pero poético, hermoso, epicúreo: Facto Delafé y las flores azules. 


martes, 1 de febrero de 2011

Judy was (sobre Poetry is not dead)


Estructurado en tres partes, el título de una de las cuales parafrasea a Baudelaire, Poetry is not dead (Barcelona, DVD, 2010) se presenta como una vindicación letraherida de la poesía –género que, al decir de la poeta, “no es lo que el mundo necesita” (p. 39) y que “se hizo para llorar” (p. 18)– o, si se quiere, como un aullido ginsbergiano vertido en un solar dominado por la narrativa en el que la palabra poética experimentaría un pretendido declive o sería objeto de público menosprecio, aunque ese grito gemebundo se eleva también en diálogo más o menos ígneo frente al pleonástico y desdeñoso prosista destinatario de los ocho poemas que forman el tercer bloque del libro (“Poemas para un narrador”) y de alguno más. Quizás con la excepción de la segunda parte, “El spleen de Madriz”, la más lograda y compacta, no hay unidad temática en el escueto poemario con el que Luna Miguel se hizo acreedora del premio Hermanos Argensola 2010. Sí es claramente identificable, no obstante, un tono que permea el libro entero y dota de cierta cohesión al conjunto: la autorreferencialidad (“Escribo para quienes conocen mi mentira”, p. 29) asociada a un pathos en el que se entreveran el dolor, el amor, la corporeidad, la muerte, la enfermedad y el sexo, motivos ya frecuentados por la autora en su todavía breve producción. 


Poesía hegemonizada por la primera persona, en Poetry is not dead el verso libre se constituye en vehículo de la sobre-exposición del yo, una apuesta riesgosa que esquiva la caída en el exhibicionismo hipertrofiado mediante el empleo de distintos recursos que, en ocasiones, socavan el vuelo prometido en los textos. Hay una suerte de propensión preventiva en la escritura de Miguel, orientada, se diría, a no hacer concesiones al lirismo, o mejor, a imprimir sequedad, aridez y dureza a su decir brut o punk –ojo, punk de tercera generación, el matiz es importante–. Si en algunos poemas (vgr., “Poesía ortodoxa”, “Juventud”) esta estrategia funciona –debe subrayarse, por lo demás, la solvencia de la autora en la ejecución del verso corto de inflexión epigramática y aun aforística (“Tan sólo tu silencio es mi reclamo”, p. 61), así como su talento para construir imágenes con una gran economía de medios (“A mi lado alguien,/ ebrio de dolor,/ vomita/ lo breve/ de mi noche.” (“Nocturno 223, segunda parte”), pp. 35-36)–, los estilemas de tenor epatante o ambición transgresora diseminados en otros textos bordean tal vez la impostación. No parece, por otra parte, plenamente justificado el permanente recurso a la cita, o tal vez mejor, al nombre. Este recurso aparece modulado en Poetry is not dead  no sólo, o no tanto, como soporte meta-poético o intertextual cuanto como una especie de ejercicio de name-dropping por momentos agobiante. En esa inacabable nómina –de Valente a Foster Wallace, de Cioran a Pizarnik, de Plath a Bolaño, de Nietzsche a Ballard, de Panero (Leopoldo María, claro) a García Valdés, de Catulo a Aleixandre y un largo etcétera, sin olvidar a la actriz porno Jenna Haze– no figura Sexton, autora a la que podría avecinarse la coloración sensual de algunos versos de Miguel y que, junto a Pizarnik, Plath y Forrest Thompson conforma un cuarteto de poetas que “levantaron la mano sobre sí mismas”, como diría Jean Améry. Referencias explícitas aparte (“Pájaros suicidas resuenan/ en mí como el miedo” (p. 51), “Recuerdo el deseo de morir,/ recuerdo el intento de cortar mi blanca/ piel/ a la altura de la muñeca”, (p. 58)), y al margen también de las heterogéneas fuentes en las que abreva la poeta –entre las que destaca, pensamos, Aleixandre–, el ascendiente arriba señalado se percibe en el pulso desgarrado, carnal y todavía autolacerante que late en algunos poemas de Poetry is not dead, precisamente los más creíbles.


Además: rabia postpolítica, digresiones generacionales, deseo y declaraciones de amor tangenciales o febriles pace Beigbeder, algún que otro poema prescindible, un muy comedido uso de bisutería pop, episódicas referencias musicales y dos buenos textos en prosa poética (“Nocturno 233, tercera parte” y “Dársena 10: poetique de la ville”) integrados en un  segundo bloque que, como se ha apuntado, es el más sólido del libro. Flâneur de las periferias degradadas de la ciudad expandida, allí la poeta vuelca la expresión de un desasosiego flotante que cifra en las prostitutas y los perdedores de los polígonos desérticos de un Madrid difuso pero que recala por una u otra vía en el yo omnipresente que poetiza en clave casi solipsista. Más allá de que se le pueda reprochar algún tropiezo en la resolución del verso y en el remate –a veces premioso– del poema, en esa deriva por los márgenes urbanos y en otros poemas Miguel muestra su buen oído, su inusual madurez y su pericia para acomodar el ritmo al motivo del poema. Con excepciones puntuales (“Nocturno 223, cuarta parte” o “Garganta del hombre sonoro”), el fraseo de la autora guarda un pulcro respeto a la sintaxis canónica. No hay, pues, heterodoxia en el plano formal; es más bien en la fuerza de las imágenes, en la expresión directa y despojada de verbosidad, y en la atmósfera desolada y la rebeldía sin objeto preciso que transmiten estos poemas donde puede acaso encontrarse su marca distintiva.


Poetry is not dead es un libro desigual pero sugestivo que contiene momentos de alta tensión poética y que tal vez –y paradójicamente– esconde a una prosista de fuste. Añadamos que el interés de este poemario trasciende su texto en un sentido muy específico. Miguel, cuyo precoz estrellato infosférico nos hace recordar el argumento ontológico de Anselmo de Canterbury –“tropecientos seguidores en su blog no pueden equivocarse”–, es posiblemente la autora más visible o visibilizada de una hornada de poetas nacidos entre fines de los ochenta y los primeros noventa cuya emergente producción desmiente por enésima vez la conjetura que lanzara Adorno a mediados del siglo XX y corrobora la vitalidad de la poesía en la época de la reproductibilidad tecnológica del narcisismo, tan distinta a aquélla en la que Shelley proclamó la necesidad de implorar “la luz y el fuego de las regiones eternas” (The defence of poetry). Ecléctica e internamente heterogénea, esta novísima brat pack poética merece atención expectante antes que indulgencias celebratorias, adulaciones acríticas, paternalismos condescendientes o descalificaciones apriorísticas. Tomando en préstamo dos versos del poema que abre el libro aquí comentado (“Cave lunam”): cuidado (…) muerden. Estemos atentos, entonces.

[p. m. Publicado en Agitadoras. Revista Cultural, nº 20, febrero de 2011]


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Bonus track: Judy is a punk (1974), incluida en Ramones (1976). 
"second verse, same as the first". Enorme.