¿Debemos preservar la ilusión de que el día veinte de noviembre elegiremos a quienes nos van a gobernar durante los próximos cuatro años aunque en nuestro fuero interno alberguemos la fundada sospecha de que no elegimos a quienes realmente nos gobiernan?
jueves, 27 de octubre de 2011
viernes, 21 de octubre de 2011
La muerte como espejo
“Nuestra salvación es la muerte, pero no ésta”, escribe Kafka en Cuadernos en octavo. la explotacie autonomdo para hacerse acreedor del tue hacen al individuo vulnerable a la explotacie autonom Acaso esa otra muerte salvífica de la que parece hablar Kafka tiene algo que ver con el intenso deseo de fuga que, creo, se apodera de cualquier ser dotado de inteligencia cuando contempla con distancia el triste espectáculo de la así llamada vida humana, lodazal en el que, como sugiere el propio Kafka a lo largo de toda su obra –dejemos a un lado el capítulo octavo de El desaparecido (América)–, la redención es imposible y el delirio inevitable, necesario. Puede que la literatura sea la menos dañina de las variadas formas de muerte salvífica –es decir, de huida– que han inventado los seres humanos para soportar la obligación de existir en un yermo absurdo y para acarrear sobre los hombros la conciencia de su finitud, pensaba ayer por la mañana en el bar. De pronto, los gritos y las risas de un imbécil muy aparatoso que hablaba por su teléfono móvil de un viaje a Florida, creo recordar, rompieron la ilación de mis divagaciones. Desesperante. Antes de este incidente ya me había irritado levemente la contemplación de unas instalaciones artísticas conmovedoramente inocuas emplazadas en la planta baja del edificio departamental con motivo de la celebración de la denominada semana de bienvenida. Intentando olvidarlas, me senté en la terraza del bar, encendí un cigarro y abrí al azar mi ejemplar de Amarillo (Madrid, Plot, 2008). La relectura de un pasaje de este libro desconcertante y conmovedor me recordó que, como escribió Kafka, nuestra salvación es la muerte, pero no ésta, y los gritos del imbécil que hablaba por teléfono de su viaje a Florida me desconcentraron cuando intentaba tomar algunas notas –precisamente las que en este momento debería repasar para escribir algo sobre algunas muertes que no he querido conocer, pero he conocido, a lo largo de este año, entre ellas la de Félix Romeo (1968-2011)– en una hoja que llevaba dentro del libro a modo de separador. No es tarea fácil escribir un libro sobre un amigo que decide quitarse la vida a los 24 años. El escritor Chusé Izuel, íntimo amigo de Romeo, se suicidó arrojándose desde el balcón del piso que ambos compartían en la Barcelona pre-olímpica; Romeo se demoró dieciséis años en pergeñar un texto que fácilmente podía haber naufragado en las aguas pantanosas del drama lacrimógeno, pero Amarillo es una bella y contenida elegía inquisitiva que me recuerda que a veces ni siquiera la fuga a través de la literatura, la muerte salvífica, nos libra de la muerte. Imposible decir en cuál de los cuatro tipos de suicidio que diferenció Durkheim –egoísta, altruista, anómico, fatalista– se encuadra el suicidio de Izuel, personalidad atormentada cuya historia me llamó la atención por lo excéntrica que a día de hoy parece la razón de su dimisión de la vida: el desamor. La literatura debe hablar de cómo es la vida y no de cómo debe ser el mundo; sobre esto, y sobre muchas otras cosas, habla el recientemente fallecido Félix Romeo en Amarillo, un libro que exuda verdad y literatura y que soporta una relectura.
Tal vez Carles Canals (1965-2011) se habría reído a carcajadas si hubiera tenido noticia de una reciente polémica literaria de bajo vuelo que ha confirmado por enésima vez el visionario vaticinio de Flaubert : “Llegará un tiempo en que todo el mundo se habrá convertido en un hombre de negocios”. Todo el mundo parece haberse convertido en un hombre de negocios en la vida en general y en el mundo de las letras en particular; incluso aparecen hombres de negocios literarios sin sentido del ridículo que son capaces de vender humo, nada, vaho. Delirante. De pequeños fuimos al mismo colegio, pero Canals era mayor que yo y la estratificación feudal entre cursos que se establece en la infancia impidió que nos conociéramos. Dotado de un gran talento para la escritura, que plasmó en su trabajo como periodista, Canals únicamente publicó en vida un muy buen relato largo, Visiones de los encantados. Supe de su muerte en abril por esta breve nota aparecida en la revista que acogió su único texto literario: “Nos ha dejado Carles Canals a los 45 años. Un caso extraordinario de escritor alérgico a la visibilidad y a la vanidad, a quien le trajo sin cuidado publicar”. Bartleby de lujo, Canals prefirió no hacerlo, aunque unos meses antes de morir, cuando ya era plenamente consciente de la gravedad de la penosa enfermedad que acabaría con él, abrió Con los pies por delante, un blog recomendable (el enlace, aquí) cuya filosofía está sintetizada en el título de una de las entradas que escribió entre diciembre de 2010 y marzo de 2011: “No voy a dejar que la muerte me amargue la vida”. No hay rastro de autocompasión en los escritos del blog de Canals, y menos aún de exhibicionismo. Como si hubiera decidido rebelarse contra la concepción actual de la muerte –una concepción que, según los finos análisis histórico-evolutivos de Philippe Ariès, es producto de un largo itinerario al cabo del cual la desaparición de la vida se ha convertido en un asunto opaco, en un hecho escandaloso que debe ser escondido entre tubos, batas blancas, goteros, monitores y parabanes–, Canals compartió con los lectores su despedida del mundo de los vivos y los desencantados destilando inteligencia, serenidad e ironismo estoico. Seguí su blog disciplinadamente porque me gusta mucho su escritura limpia, periodística, en la que no faltan reflexiones literarias y algún que otro certero disparo filosófico, y todavía me estremece un hecho que no sé cómo interpretar: no hay un solo comentario de los lectores en los veintidós posts que escribió.
Estoy olvidando poco a poco la fisonomía de la ciudad en la que vivo; de vez en cuando visito lugares que no he pisado hace años y me llevo alguna sorpresa, por lo general muy desagradable. Tampoco estoy al corriente de las vidas de la mayoría de las personas que he conocido en el pasado, y esa ignorancia casi autista, bastante Collyer, dicho sea de paso, me depara a veces sorpresas tristes. El otro día vino James y comimos en la playa; entre las sesudas divagaciones de James en torno a la catástrofe financiera, Carlos me comentó que a principios de septiembre murió Pere Andrés (1965-2011), frontman de Jah Macetas, grupo pionero del reggae español formado a finales de los años ochenta. Dejo aquí una de las canciones del primer LP de Jah Macetas para recordar a Pere Andrés, un buen cantante que me hizo bailar hace muchos años y cuya desaparición me ha apesadumbrado.
Nuestra salvación es la muerte, pero no ésta.
Nuestra salvación es la muerte, pero no ésta.
viernes, 14 de octubre de 2011
Gracq, intempestivo e inactual
Julien Gracq (Louis Poirier, 1910-2007) en el curso 1924-1925
"Cuando el placer literario "se desengancha" cada vez más del deleite solitario y sentido para socializarse al máximo, para convertirse en perpetuo intercambio de señas de reconocimiento, en "placer reflejo", en sistema para unirse a una colectividad en movimiento y, en último término, para convertirse en buenas palabras, la presión multiforme que nos oprime por todos lados consigue que acabemos por no ver (en el sentido literal de la palabra) aquello en que de verdad se plasma, consigue que no veamos en realidad sino la moda del día, "lo que se lleva", y sus aspectos monstruosos, grotescos, aberrantes"
Julien Gracq, La littérature à l'estomac [1950], incomprensiblemente traducido como La literatura como bluff por Nortesur en una hermosa edición de 2009 (trad. María Teresa Gallego Urrutia; prefacio de Luis Prat Claros), pp. 46-47.
jueves, 13 de octubre de 2011
viernes, 7 de octubre de 2011
martes, 4 de octubre de 2011
Este vacío tan tedioso
“¿Cómo dar sentido a unas experiencias sociales y profesionales caracterizadas por el desmoronamiento del tiempo largo y la precariedad?”, pregunta Christian Salmon en un capítulo de su irregular ensayo Storytelling significativamente titulado “El relato de la política”. El interrogante de Salmon capta, me parece, el pulso de la primera novela del poeta Carlos Pardo (Madrid, 1975), autobiografía ficcionada de Carlos, trasunto del autor, en la que Pablo, el amigo pintor que prefiere no pintar, hace las veces de un Macguffin parpadeante que sirve de apoyatura al narrador para construir una estampa generacional a partir del relato en dos tiempos de su avatar como poeta perteneciente a una bohême narcófila que, según el hiperbólico señuelo del paratexto, habita el mundo “a un paso de la marginalidad”. Uno diría, más bien, que los personajes que circulan por el libro habitan el mundo a un paso de la autoconciencia de su desencantada instalación en ese páramo social resultante de la enésima disolución en el aire de todo lo sólido en el que, recurriendo a la manida y polivalente fórmula popularizada por Bauman, decimos que la amistad, las expectativas vitales y laborales y aun el amor se han tornado líquidos.
En un pasaje que cualquier lector malévolo puede interpretar como un juicio inconsciente del autor sobre su propio texto, Carlos dice que El desierto de los tártaros de Buzzati es “un libro deprimente” (p. 73). Si en la novela de Buzzati el asalto del enemigo no llega a materializarse, lo que no llega a cuajar en Vida de Pablo es la propia novela. El problema estriba en la elección de la historia vehicular: la relación del poeta con María Jesús –una mujer mayor que Carlos, a la sazón antigua pareja de Pablo–, historia que se apodera de las dos partes del libro y a la que afluye un nutrido grupo de secundarios que exponen sus fragilidades existenciales y sus desigualmente colmadas ambiciones en unos diálogos cultiheridos y pueriles y escoltan a la pareja protagonista a lo largo de la novela, ficción testimonial con pretensiones de bildungsroman que no logra levantar el vuelo, o que lo hace sólo tímidamente en la segunda parte, situada en Lanzarote. Entre ambas partes media una elipsis de varios años en los que Carlos, que cultiva una autoimagen mordaz y complaciente, ha dejado de pinchar discos en el bar de una pequeña ciudad del sur para convertirse en organizador de eventos culturales.
Vida de Pablo es un libro bien escrito en el que Pardo saca puntualmente al estimable poeta que es en fraseos aliterativos y metáforas logradas, introduce algún texto ajeno –un buen poema de su amigo Abraham (pp. 131-134), por ejemplo–, escribe notas interesantes sobre la creación poética y recurre episódicamente a la metaficción. El texto está, por otra parte, anegado de marcas literarias –Renard, Rilke, Musil, Ashbery, Marechal, Léautaud, Apollinaire, Ribeyro, Gide, Perec, Cortázar, Sterne, Walser, Sebald, entre otros–, referencias filosóficas –Spinoza, Hegel, el I Ching, Vattimo, Deleuze y la inevitable alusión implícita al topos de filiación nietzscheana sobre la realidad y la metáfora (pp. 30 y 232), entre otras–, citas musicales –Carlos, debe reconocerse, tiene muy buen gusto– y guiños o bromas privadas quizás sólo comprensibles por los integrantes de la pomada cosmopoética de la España meridional. Todo esto no basta para armar una novela recordable; incluso cuando se pretende cartografiar el sinsentido epocal o el vacío ralentizado del presente perpetuo mediante el relato de aconteceres anodinos, hace falta algo más para convencer al lector de que el libro que tiene entre las manos merece la pena –o al menos para tratar de amortiguar su previsible tedio–. El resultado de la primera incursión de Pardo en la narrativa es una novela insípida cuya lectura deja la sensación de que el autor desperdicia a sus personajes más prometedores, malogra vetas narrativas –uno querría saber más de la “tristeza irónica de Pablo” entendida como “forma de fortaleza” (p. 297)–, y omite –o, quizás mejor, aborda parca y elusivamente– la cuestión política que subyace al texto, a saber, la contradicción del artista de la vida moderna, que, como sabemos desde Baudelaire, ejerce de poeta maudit y vitupera al mercado, pero depende del mercado editorial y periodístico –o, más prosaicamente, del zoco de las subvenciones públicas o del premio del Ayuntamiento de turno– para sobrevivir sin abandonar el ademán de maldito.
Carlos Pardo, Vida de Pablo, Cáceres, Periférica, 2011, 308 p.
(p. m., publicado en La bolsa de pipas. Revista literaria trimestral, nº 83, octubre-diciembre 2011)
Carlos Pardo, Vida de Pablo, Cáceres, Periférica, 2011, 308 p.
(p. m., publicado en La bolsa de pipas. Revista literaria trimestral, nº 83, octubre-diciembre 2011)
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