Malevich, Blanco sobre blanco
“(…) Porque todos llevamos dentro un niño muerto, llorando,
que espera también esta mañana, esta tarde como siempre
festejar con los Otros, los invisibles, los lejanos
algún día por fin su cumpleaños”
(Leopoldo María Panero, “Pavane pour un enfant défunt”)
Inventaron un rito. A la hora de la cena se sentaban en las dos butacas que habían dejado estar ahí contraviniendo los consejos del médico –las butacas que la desidia y la pereza habían dejado estar a ambos lados de la mesa que sirvió al niño tantas veces de pupitre para pintar– y uno de los dos encaraba la lectura diaria.
I
El primer día leían “Argentina y los muertos sin adiós”, ensayo en el que Sánchez Ferlosio recrea ese viejo motivo de la antropología, la función del rito como protector del límite. La despedida, dice Ferlosio, es el rito cuya función es proteger la separación que toda partida comporta, ese límite que divide el estado de unión y el estado de ausencia. La doble tensión que el sentimiento experimenta –la confianza de volverse a ver y el temor de no volverse a ver– precisa de una salvaguardia, una salvaguardia aun ilusoria, que sólo el rito, la despedida, puede brindar. Porque el rito pauta, delimita, ubica; el rito es el aparato de marcas sobre el que se establecen las relaciones topológicas primarias en que acierta a moverse la conciencia, y –los dos estaban de acuerdo– la más fundamental de esas relaciones es la referida al límite de la muerte, el deslinde entre el mundo de los vivos y el de los muertos, límite que ha de estar absolutamente definido en la mente: no por casualidad la muerte es el adiós que reclama para sí la protección del rito de la despedida con mayor fuerza y exigencia. Por eso, dice Ferlosio, a la crueldad de los asesinatos cometidos por la junta militar debe añadirse una segunda y más refinada forma de crueldad: el impedimento del refrendo y de la nítida acreditación de tantas y tantas muertes a las que no se pudo señalar y proteger con el rito del adiós. La muerte argentina –leía él– no produjo muertos y dejó vivos, porque de los desaparecidos hizo medio vivos y, por reflejo, de quienes no volvieron a verlos ha hecho medio muertos. A ese mismo ensayo trae Ferlosio un ejemplo para ilustrar lo señalado en torno a la importancia del rito de la despedida, el del niño de cuyo ahogamiento en el río hay certeza casi plena, y alude con pertinencia a esa segunda y póstuma agonía de los padres que se prolongará inevitablemente hasta que el cuerpo sea encontrado y resulte posible señalar el límite; sólo entonces descansarán en el dolor, sólo entonces podrá su conciencia disponerse a reconocer el alcance de lo acontecido. Se sabían trágicamente confortados porque ellos sí conocían el lugar.
II
En la segunda lectura de la liturgia semanal revisitaban la muerte de Jim Sears hijo, protagonista espectral de una parábola sobre la responsabilidad escrita por Raymond Carver, “Limonada”, cuento puntuado a manera de poema que narra la conversación del abuelo, Howard Sears, con un tercero sobre el lento descenso a los infiernos de la locura que Jim Sears, el padre del niño, inició después de contemplar cómo unas tenazas sujetas a un cable ensogado a un helicóptero sacaban el cuerpo inerte de su hijo del río Elwha. Nadie era más culpable que él, decía Jim Sears padre a cualquiera que quisiera escucharle. A fin de cuentas, él mandó al niño a buscar los termos de limonada al coche, él había comprado la tarde anterior los limones –al niño le gustaba la limonada, decía. Y sin embargo, repetía Jim Sears padre, aquellos limones habían sido plantados, regados, cuidados , recolectados, metidos en cajas, llevados a la tienda y finalmente ofertados en un cajón bajo un cartel que decía “¿ha tomado usted limonada últimamente?”. “Mucha gente participó en esta tragedia”, decía Jim Sears padre a cualquiera que quisiera escucharle, retrocediendo invariablemente a las primeras causas, a ese primer limón que se cultivó en la tierra, al origen de la catástrofe. Si nunca hubiera habido limones en el mundo todavía tendría a mi hijo, repetía Jim Sears padre a cualquiera que quisiera escucharle; y si nunca hubiera habido vehículos de motor, decían ellos sin hablar; y si… si aquel mono desnudo no se hubiera alzado sobre sus cuartos traseros, si aquel sofisticado y radicalmente innecesario proceso cimentado en la replicación fiel de la información genética inscrita en la estructura química del ácido desoxirribonucléico, replicación alterada por una serie de mutaciones azarosas, si ese accidente evolutivo no se hubiera dado, si…
III
El tercer día leían “En el potosí”, un cuento en el que Calvert Casey, el Kafka cubano nacido en Baltimore que abandonó voluntariamente el mundo en Roma a los cuarentaicinco herido por la luz, el exiliado como tantos otros de una revolución que no consentía la homosexualidad, relata la mañana del día de difuntos en que un hombre, el narrador, sale de su casa de La Habana para visitar el cementerio de El Potosí. Allá descansa el cuerpo del hijo de su hermana Merci, madre soltera que, enloquecida, había sido encerrada en “la mazmorra” –o tal vez en el Castillo– y había muerto también. Los textos de Casey, decían quitándose la palabra, están plagados de momentos de genialidad trágica que provocan la carcajada que no termina de estallar. Y así era, ellos contenían la risa cuando leían que el hombre que llevaba flores al niño muerto se distraía mirando el “Osario general del potosí” –o tal vez el osario general de Oklahoma–, mantenido a cielo abierto por los responsables del cementerio para que el sol pusiera los huesos muy blancos “porque así se ven más bonitos”. O que le gustara mucho leer las lápidas y apuntar en un cuaderno lo que decían los muertos. Por ejemplo, aquel epitafio incomprensible que un padre sordomudo había puesto en la lápida de su hijo sordomudo. Y siempre regresaban el tercer día de la semana a los fragmentos en los que Casey había introducido con sutileza al niño enfermo y después muerto en el relato: “el entierro del niño no, eso sí que no, porque el entierro del niño lo pagué yo que entonces estaba trabajando en la oficina –o tal vez la Mutua de Accidentes de Trabajo–, porque el niño se murió antes de que me botaran y como yo tenía dinero y Merci me pidió antes de perder la razón que le pagara un entierro de primera al niño yo se lo pagué y me gasté un montón de dinero en un entierro muy lindo”; un entierro escrito bajo la herida de la luz. [1]
IV
El cuarto día de la semana abrían al azar la edición original de Destino para leer algún que otro fragmento el de Mortal y rosa, el libro pergeñado durante y después de la enfermedad y muerte del hijo de Umbral cuya escritura, pensaban, acaso fue la única respuesta posible ante el deplorable escándalo de una vida tan pronto abortada en el seno de la también escandalosa asepsia de un hospital. Al final aterrizaban invariablemente en el tramo que más de cerca toca el señalamiento del límite. En la página cientoveintisiete uno de los dos leía que también el horror puede llegar a ser de alguna manera confortable, que tener a un ser en la muerte –fórmula un poco heideggeriana que no desluce la belleza del libro– es tenerlo ya “seguro, a salvo, fijo como una estrella libre de todos los peligros, más allá de todas las riadas de la vida”. Y después, respetando el rito, iban a parar a la página donde está la cita de Blake (“si el sol dudara un momento se apagaría”), máxima con la que –piensa ella– el escritor quiso connotar la inmunidad de los niños con respecto al peso constrictivo de la cultura, la libérrima espontaneidad heracliteana de los soles párvulos que no dudan al fundar una tradición en cada trazo de su pintura, la pintura del niño apoyado siempre sobre la mesa escoltada por las dos butacas dejadas allí contraviniendo los consejos del doctor por pereza y desidia.
V
El quinto día leían pasajes de Carta a una desconocida de Stefan Zweig, lascas de la eterna espera de la amante que escribe junto a su hijo muerto al escritor que no conocía al niño y que no supo reconocerla a ella. “Ayer murió mi hijo, nuestro hijo yace…”, repite como un mantra la madre que relata en la carta, en la novela, los sucesivos desencuentros en Viena del hombre ligero, mundano, epicúreo y la adolescente enamorada, la joven virgen que regresó de Innsbruck y yació tres noches con él sin resistirse a nada, la mujer que parió sola entre la cochambre de la maternidad de pobres y sobrevivió gracias a amigos ricos y amantes ricos que la buscaron a ella. Ella, que le envió un ramo de rosas blancas cada cumpleaños. “Mi hijo nuestro hijo yace muerto junto a los cirios encendidos, he alzado mis puños hacia dios y le he llamado asesino…”, dice. Y sobre el límite del adiós del niño se proyecta la doble naturaleza del desencuentro eternizado, el amor loco y servil, la incondicionalidad incomprensible y hasta estúpida, y la distancia, el juego despreocupado, inconsciente, la ligereza, la desmemoria. Después de dejar gritar a su alma –expresión de Zweig– ella se despide también de la vida, dejando testimonio de las soberanas prerrogativas de la indiferencia, del estatuto frágil de lo que parece verdadero, del absoluto desprestigio de todo lo que es un fin en sí mismo.
VI
La prosa de Thomas Bernhard percutía en las cabezas de los dos el sexto día de la semana, la prosa catártica y devastadora de El origen, el alucinante ritmo del virulento ataque en dos tiempos al mismo horror – el nazismo, Grünkranz; el catolicismo, el tío Franz–, el horror sufrido por el niño adolescente en Salzburgo antes y después de la guerra en las instituciones de las que, dice Bernhard, uno no escapa nunca porque lo que queda “para el resto de su vida y para el resto de su siempre dudosa existencia, quienquiera que sea y sea de él lo que fuere, una naturaleza en cualquier caso mortalmente humillada y, al mismo tiempo, desesperada y, por ello, una naturaleza desesperadamente perdida, ha sido aniquilado como consecuencia de su estancia en ese calabozo educacional como detenido educacional, ya puede vivir decenios, en calidad de lo que sea y dondequiera que sea…” La diatriba salvaje de Bernhard y en ella los niños muertos, los niños que se suicidaban tirándose desde el Mönchsberg, los colegiales aplastados en la calle de los suicidios, montones de carme vestida con ropa de colores. Leían también el incidente en el camino de la Gstättenngasse: el niño Bernhard pisa una cosa blanda, una mano de niño arrancada a un niño después del bombardeo de los aviones americanos, “una mano de niño que creí que se trataba de una mano de una muñeca”, pero no era la mano de una muñeca, era una mano de niño arrancada a un niño muerto. La atroz intervención de la violencia, catástrofe como catástrofe la brutalidad y el desamparo que la sigue, la coincidencia casi completa de los métodos de castigo de los dos horrores, la mano que funda una tradición en cada trazo, la mano arrancada a un niño muerto.
VII
El séptimo día leían sentados en las butacas “Homenaje a Masoch”, el relato de Augusto Monterroso sobre un recién divorciado que, sintiéndose muy libre en su nueva situación, alterna todas las noches con amigos que se mueren de risa con sus chistes, con las cosas que dice en el cóctel, en la exposición, en el café, el cuento que versa sobre el hombre que ha adquirido un hábito, que ha inventado un rito. Cada noche, cuando regresa a su apartamento, se sienta en una butaca situada entre el tocadiscos y una mesita sobre la que coloca una botella y un vaso, toma su ejemplar de Los hermanos Karamazov (editorial Nueva España, México, 1944), pone en el aparato una grabación de la tercera sinfonía de Brahms y abre el libro por el capítulo III del Epílogo para leer los pasajes infinitamente tristes en los que aparecen el niño Ilucha muerto en el féretro azul, el niño Kolia proclamando a Mytia inocente y declarando su voluntad de morir por toda la humanidad y Aliocha Karamazov pronunciando el discurso que culmina con el grito enardecido de los niños –¡viva Karamazov!–, esa explosión de entusiasmo que el muy bien calculado ritmo de lectura del hombre divorciado hace coincidir con los últimos acordes de la sinfonía, operación que repite cuantas veces lo permita el alcohol ingerido para finalmente irse a la cama y hundir la cabeza en la almohada y llorar por Ilucha, por Mytia, por Kolya, por Aliocha , llorar por sí mismo… Y ellos también homenajeaban a Masoch y abrían el séptimo día el volumen III de las obras completas de Dostoievski que Cansinos Assens tradujera para Aguilar (décima edición, Madrid, 1968) para leer el capítulo III del Epílogo (pp. 590-596), ese perturbador empate entre sentimentalismo y delirio, esa tarada y genial recreación dostoievskiana de lo que acontece en el alma…El que leía llegaba al viva Karamazov –“hurra” en la edición de Aguilar– muy castigado. Los balbuceos apenas dejaban entender algo, el agua avanzaba como el fuego por la deteriorada superficie del papel biblia, un pesar líquido derramado sobre los brazos de las butacas inundaba la sala, la casa, el cielo y el universo interestelar en la forma y ocasión estipuladas por el rito. Algunos días hurgaban en la biblioteca y la búsqueda ya había dado resultados: “Para una tumba de Anatole” de Mallarmé. Pero algo les impedía alterar el elenco, algo les impedía dejar de llorar por los muertos argentinos sin adiós, por Jim Sears hijo, por el niño rosa enfermo, por el hijo de Merci, por el hijo de la amante de Viena, por el niño bombardeado en Salzburgo, por Ilucha, por ellos mismos. Algo les impedía trasponer el límite, transgredir el rito.
[escrito en 2001; reescrito en 2006; encontrado y retocado hoy]
[1] “Calvert Casey. Herido por la luz” es el título de un ensayo de Rafael Rojas publicado en Letras libres.
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