Soy algo despistado para las fechas, así
que pido disculpas por este recordatorio extemporáneo de Francisco Fernández
Buey, a quien debí haber honrado el mes de agosto pasado, en el segundo
aniversario de su fallecimiento. Aprendí mucho de sus textos –aun sin compartir todo lo que en ellos sostenía el homenajeado en este modesto post–, de modo que la mejor manera de rendirle tributo es, me parece, reproducir este breve –y bello– fragmento de un texto titulado «Antonio
Gramsci, amor y revolución» (en Leyendo a
Gramsci, Barcelona, El Viejo Topo, 2001). Ahí va:
«Aquel Gramsci, muy enfermo pero libre,
acariciaba entonces la idea de volver a su Cerdeña natal y cerrar así,
definitivamente, todo un ciclo de su vida. Pero no quería tomar la decisión sin
saber antes qué iba a hacer Julia. También esto, esta manera de actuar, permite
entender mejor sus razones cuando, años atrás, se planteó “liberarla del
vínculo”. Lo que le dañaba psicológicamente era que su vida dependiera, de
forma burocrática, no sólo y especialmente de aquella parte de la cual no podía
esperar nada bueno sino, precisamente, de la parte de la que algo bueno espera.
Julia Schucht no acaba de entender aquello de “acabar un ciclo de la vida” y
Antonio Gramsci no acaba de encontrar la forma de decir “el sentido profundo”
de lo que quiere decir. Cuando ella insinúa que puede ir a Italia, él suscita
una dificultad: se siente débil, pero no quiere imponer, no quiere condicionar.
Así nace el último equívoco de aquella relación sentimental.
Y del equívoco
vuelve a brotar el Gramsci de los adverbios contundentes, el Gramsci que, en el
diálogo afectivo, nos quiere aparentar debilidad moral y lleva las cosas a
situaciones extremas. Le preocupa que, al hablar de un retiro en Cerdeña, en el
que su aislamiento aumentaría, ella piense que sus sentimientos expresan algún
tipo de pesimismo “histórico”. Ese tipo de pesimismo sigue sin ser el suyo. Y
cuando ella dice que está segura de poder hablarle “de todo”, ya en polémica
con esta supuesta seguridad, vuelve a ratificar su concepto de la veracidad
frente a la comedia de los equívocos:
Siempre he sido de la opinión de que la verdad
lleva en sí su propia medicina y, en cualquier caso, es preferible al silencio
prolongado, el cual, entre otras cosas, es además ofensivo y degradante, porque
quien calla acerca de algo que puede producir dolor parece estar convencido de
que la otra parte no comprende que el silencio mismo tiene un significado, y no
sólo eso, sino que es capaz de pensar que el silencio pueda ocultar cosas
todavía más graves que las que se pretende callar. Haya, pues, verdad, claridad
y sinceridad en nuestras relaciones.
La verdad lleva en sí su propia medicina,
efectivamente. Cuando Tatiana le entrega en la clínica las cartas que Julia le
escribió en el año malo de 1933 Gramsci relaciona aquel ocultamiento con el
silencio de los próximos sobre la muerte de la madre, se deja ir brevemente a
la efusión de los sentimientos, bordea una reflexión sobre la zona de las
“ocasiones perdidas”, pero enseguida se declara de una “hipersensibilidad
morbosa” y dice no poder escribir sobre ciertos temas. A continuación pasa a
hablar de los hijos. En enero del 1937 Gramsci hizo el último intento para
convencer a Julia de que viajara a Italia. Dice entonces sentirla como parte de
sí mismo, pero que nada puede sustituir la impresión directa. Es su última
confesión y su penúltimo adverbio, ahora atribuido a ella sobre él: “Creo que
tu siempre has sabido que hay en mí una dificultad grande, muy grande, para
exteriorizar los sentimientos y esto puede explicar muchas cosas ingratas”. En
su última carta conservada, de enero de 1937, Gramsci subrayaba todavía una
palabra que ha sido esencial en su vida: quiero. Quería, con motivo de su
cumpleaños, una hermosa fotografía de ella y los hijos».
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