Dejando
a un lado las definiciones meramente ostensivas, nadie –ni siquiera Herbert
Spencer (sí, el padre del darwinismo social), que allá por 1852 publicó un
artículo, «The philosophy of style», todavía leído en algunos campus
universitarios– ha sabido definir con cierto grado de precisión qué cosa es el
estilo. ¿Qué hacer?, con perdón de la expresión: tal vez lo único que podemos
hacer con el estilo literario es analizarlo
con cuidado y, si es posible, con distancia y sentido del humor. Después de
la aparición de Habitación doble en
2010, Luis Magrinyà (Palma de Mallorca, 1960) ha cumplido con disciplina postsoviética
su plan quinquenal de publicación, aunque este año no ha dado a la imprenta un
agregado de nouvelles o una novela,
sino una recopilación ordenada de los artículos que escribió entre 2012 y 2014
en su sección l&l («Lengua y
literatura») de
los periódicos El Diario y El País.
Puede parecer una boutade citar a
Rimbaud en la reseña del último libro del autor de Intrusos y huéspedes, pero cuando leí un pasaje de la introducción
de Magrinyà –precedida de un jovial prólogo de José Antonio Pascual– recordé inmediatamente
aquella frase del poeta eternamente niño según la cual el estilo es «una forma
de abandono, una renuncia». «El estilo –escribe Magrinyà– consiste precisamente
en la identificación de lo prescindible» (p. 30). Es verdad que esta aserción hace
referencia únicamente a la pobreza estilística, uno de los cuatro núcleos
temáticos (¿es lícito utilizar esta locución?) en que está dividido el libro. Me
parece, sin embargo, que el enunciado –suprímase el adverbio y leeremos un buen
aforismo– expresa una de las ideas rectoras de un volumen del que, si algo
interesa, es fundamentalmente su pars
destruens. Magrinyà –que, aunque trabajó nueve años en la rae como lexicógrafo, guarda una
prudente distancia respecto a las pulsiones normativas de la venerable
institución– no se arroga
competencias prescriptivas, rechaza explícitamente que su libro pueda ser
colocado en la balda de la
«investigación científica» –si bien su quisquilloso rastreo por los corpus corde y crea es
algo más que un divertissement gramatical
y, concretamente, léxico– y declara que Estilo
rico, estilo pobre es, ante todo, el resultado de su experiencia como
editor, ese lector de miles de páginas que, más pronto que tarde, acaba
preguntándose qué hacemos con la lengua con tal de expresarnos y escribir bien,
con tal de «encontrar estilo». A pesar de que no es la única, la principal
herramienta analítica a la que recurre el escritor y editor para identificar
estropicios estilísticos y destripar algún que otro curioso fenómeno gramatical
es la denominada «sintaxis léxica» (pp. 21, 211, 215 y 237, entre otras) o colocación, es decir, la relación que
establecen las palabras concretas al combinarse (o no) con otras palabras
concretas.
Si en la primera parte, «Estilo rico» –título obviamente irónico–,
en la que destacan por su minuciosidad y por la selección de algunos ejemplos
hilarantes los tres textos dedicados a los verbos declarativos (pp. 47-67),
Magrinyà carga irónica pero implacablemente contra esos aspirantes a estilistas
(o esos estilistas ya irrecuperables) que, dominados por la búsqueda del «buen
estilo», por el afán de acceder a un registro elevado, por la aspiración a ser
«matizados», intensos, precisos y exactos (p. 106) o, simplemente, por la
«ansiedad expresiva» (p. 53) ignoran las construcciones fijas, se empecinan en
eludir los verbos funcionales, asumen casi religiosamente la consigna de no
repetir, creen que la sinonimia –y no el siempre saludable vacío– es la gran panacea
y exhiben sin rebozo su irritante aversión a la simplicidad, en la segunda
parte («Estilo pobre»), de la que personalmente recomendaría la lectura atenta
de los textos sobre la hiperonimia (pp. 163-183), los mordaces dardos del autor
apuntan en sentido contrario: lo que aquí desnuda Magrinyà es la molicie
expresiva, la pereza inercial, el desconocimiento de la lengua, los
automatismos, los calcos del inglés inconscientes (es decir, la ignorancia) o
deliberados (es decir, la presunción), el regodeo en lo superfluo, la
alteración de locuciones asentadas (o «naturales») y, en fin, la falta de
memoria, diligencia y atención (p. 177). En su último tramo, el libro recoge
dos textos desenfadados (y muy divertidos) que tratan, respectivamente, de la
tantas veces fallida pretensión de naturalidad léxica y del interesante
fenómeno de la neutralización. Antes, en la tercera parte, a mi juicio la más
«científica», Magrinyà se ocupa de analizar algunas cuestiones que normalmente
no son objeto de atención en los estudios de los savants y muestra con rigor y mucha gracia que las preposiciones
–normalmente incluidas en la categoría de las denominadas stop words, es decir, en esa clase de palabras que tienen un
significado solo gramatical y no referencial– juegan un rol morfológico y
semántico no menor (cf. pp. 209-210)
cuando caen en manos de autores estilistas y/o abúlicos.
Cabe plantear si la
permanente apelación a la naturalidad, la neutralidad y las formas fijas que
hace el puntilloso Magrinyà encubre una suerte de tendencia «lexicida» o, peor
aún, una preferencia inconsciente por el denominado plain style. No creo que Magrinyà tenga ningún ánimo censor o
inquisitorial. A fin de cuentas, su último libro no trata, en realidad, de la
corrección en sentido estricto, sino más bien de las consecuencias tanto de las altas pretensiones como de las
negligencias estilísticas. Y la tesis, si es que hay una sola tesis, es que
podemos «explorar la variedad sin perder naturalidad» (p. 180) y, sobre todo,
que, en último término, el estilo es una cuestión que depende de las elecciones que hacemos al expresarnos (cf. pp. 179, 216 y 231, entre otras). Algún escritor damnificado
por la perspicacia de Magrinyà –tomando en préstamo un par de expresiones que Constantino
Bértolo escribió en el prólogo a la reedición de Cuentos de los noventa (2011), podría decirse que las observaciones del escritor mallorquín se mueven
entre el «respetuoso desapego» y la «compasión burlona»– ha protestado en
público en defensa de sus elecciones estilísticas. Bien, digamos aquí que el
propio Magrinyà se castiga a sí mismo en cinco ocasiones con ejemplos tomados
de su propia obra narrativa. Esto no solo revela una actitud necesaria en un
país caracterizado por la hostilidad beoda y cerril a cualquier forma de
autocrítica. Constituye también un signo de honestidad intelectual, virtud de
la que tampoco andamos sobrados.
Luis Magrinyà, Estilo rico, estilo pobre (prólogo de José Antonio Pascual), Madrid: Debate, 2015.
[p. m., La bolsa de pipas. Revista literaria trimestral, núm. 99, otoño 2015]
Ya "poseía ganas" de leer una reseña como esta, nene. Pero no te envanezcas.
ResponderEliminarun Abrazo,
Ja, ja, ja... Gracias. Me voy a empezar a arreglar, que tengo que «acudir a una fiesta» esta noche.
EliminarAbrazo.
Ay, yo soy de las de la secta del no repetir... Tomo nota ;)
ResponderEliminarBueno, Zombie, no repetir es casi una «norma». Yo también soy muy puntilloso con eso. Lo que dice Magrinyà, me parece, es que muchas veces buscamos un sinónimo obsesivamente (y otras tantas elegimos un mal sinónimo o un «falso sinónimo»); no reparamos en que buscarlo tan afanosamente no es necesario: en numerosas ocasiones, el vacío es la mejor fórmula. Abz.
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