miércoles, 16 de septiembre de 2015

Estilo rico, estilo pobre, de Luis Magrinyà



Dejando a un lado las definiciones meramente ostensivas, nadie –ni siquiera Herbert Spencer (sí, el padre del darwinismo social), que allá por 1852 publicó un artículo, «The philosophy of style», todavía leído en algunos campus universitarios– ha sabido definir con cierto grado de precisión qué cosa es el estilo. ¿Qué hacer?, con perdón de la expresión: tal vez lo único que podemos hacer con el estilo literario es analizarlo con cuidado y, si es posible, con distancia y sentido del humor. Después de la aparición de Habitación doble en 2010, Luis Magrinyà (Palma de Mallorca, 1960) ha cumplido con disciplina postsoviética su plan quinquenal de publicación, aunque este año no ha dado a la imprenta un agregado de nouvelles o una novela, sino una recopilación ordenada de los artículos que escribió entre 2012 y 2014 en su sección l&l («Lengua y literatura») de los periódicos El Diario y El País

Puede parecer una boutade citar a Rimbaud en la reseña del último libro del autor de Intrusos y huéspedes, pero cuando leí un pasaje de la introducción de Magrinyà –precedida de un jovial prólogo de José Antonio Pascual– recordé inmediatamente aquella frase del poeta eternamente niño según la cual el estilo es «una forma de abandono, una renuncia». «El estilo –escribe Magrinyà– consiste precisamente en la identificación de lo prescindible» (p. 30). Es verdad que esta aserción hace referencia únicamente a la pobreza estilística, uno de los cuatro núcleos temáticos (¿es lícito utilizar esta locución?) en que está dividido el libro. Me parece, sin embargo, que el enunciado –suprímase el adverbio y leeremos un buen aforismo– expresa una de las ideas rectoras de un volumen del que, si algo interesa, es fundamentalmente su pars destruens. Magrinyà –que, aunque trabajó nueve años en la rae como lexicógrafo, guarda una prudente distancia respecto a las pulsiones normativas de la venerable institución no se arroga competencias prescriptivas, rechaza explícitamente que su libro pueda ser colocado  en la balda de la «investigación científica» –si bien su quisquilloso rastreo por los corpus corde  y crea es algo más que un divertissement gramatical y, concretamente, léxico– y declara que Estilo rico, estilo pobre es, ante todo, el resultado de su experiencia como editor, ese lector de miles de páginas que, más pronto que tarde, acaba preguntándose qué hacemos con la lengua con tal de expresarnos y escribir bien, con tal de «encontrar estilo». A pesar de que no es la única, la principal herramienta analítica a la que recurre el escritor y editor para identificar estropicios estilísticos y destripar algún que otro curioso fenómeno gramatical es la denominada «sintaxis léxica» (pp. 21, 211, 215 y 237, entre otras) o colocación, es decir, la relación que establecen las palabras concretas al combinarse (o no) con otras palabras concretas. 

Si en la primera parte, «Estilo rico» –título obviamente irónico–, en la que destacan por su minuciosidad y por la selección de algunos ejemplos hilarantes los tres textos dedicados a los verbos declarativos (pp. 47-67), Magrinyà carga irónica pero implacablemente contra esos aspirantes a estilistas (o esos estilistas ya irrecuperables) que, dominados por la búsqueda del «buen estilo», por el afán de acceder a un registro elevado, por la aspiración a ser «matizados», intensos, precisos y exactos (p. 106) o, simplemente, por la «ansiedad expresiva» (p. 53) ignoran las construcciones fijas, se empecinan en eludir los verbos funcionales, asumen casi religiosamente la consigna de no repetir, creen que la sinonimia –y no el siempre saludable vacío– es la gran panacea y exhiben sin rebozo su irritante aversión a la simplicidad, en la segunda parte («Estilo pobre»), de la que personalmente recomendaría la lectura atenta de los textos sobre la hiperonimia (pp. 163-183), los mordaces dardos del autor apuntan en sentido contrario: lo que aquí desnuda Magrinyà es la molicie expresiva, la pereza inercial, el desconocimiento de la lengua, los automatismos, los calcos del inglés inconscientes (es decir, la ignorancia) o deliberados (es decir, la presunción), el regodeo en lo superfluo, la alteración de locuciones asentadas (o «naturales») y, en fin, la falta de memoria, diligencia y atención (p. 177). En su último tramo, el libro recoge dos textos desenfadados (y muy divertidos) que tratan, respectivamente, de la tantas veces fallida pretensión de naturalidad léxica y del interesante fenómeno de la neutralización. Antes, en la tercera parte, a mi juicio la más «científica», Magrinyà se ocupa de analizar algunas cuestiones que normalmente no son objeto de atención en los estudios de los savants y muestra con rigor y mucha gracia que las preposiciones –normalmente incluidas en la categoría de las denominadas stop words, es decir, en esa clase de palabras que tienen un significado solo gramatical y no referencial– juegan un rol morfológico y semántico no menor (cf. pp. 209-210) cuando caen en manos de autores estilistas y/o abúlicos. 

Cabe plantear si la permanente apelación a la naturalidad, la neutralidad y las formas fijas que hace el puntilloso Magrinyà encubre una suerte de tendencia «lexicida» o, peor aún, una preferencia inconsciente por el denominado plain style. No creo que Magrinyà tenga ningún ánimo censor o inquisitorial. A fin de cuentas, su último libro no trata, en realidad, de la corrección en sentido estricto, sino más bien de las consecuencias tanto de las altas pretensiones como de las negligencias estilísticas. Y la tesis, si es que hay una sola tesis, es que podemos «explorar la variedad sin perder naturalidad» (p. 180) y, sobre todo, que, en último término, el estilo es una cuestión que depende de las elecciones que hacemos al expresarnos (cf. pp. 179, 216 y 231, entre otras). Algún escritor damnificado por la perspicacia de Magrinyà –tomando en préstamo un par de expresiones que  Constantino Bértolo escribió en el prólogo a la reedición de Cuentos de los noventa (2011), podría decirse que las observaciones del escritor mallorquín se mueven entre el «respetuoso desapego» y la «compasión burlona»– ha protestado en público en defensa de sus elecciones estilísticas. Bien, digamos aquí que el propio Magrinyà se castiga a sí mismo en cinco ocasiones con ejemplos tomados de su propia obra narrativa. Esto no solo revela una actitud necesaria en un país caracterizado por la hostilidad beoda y cerril a cualquier forma de autocrítica. Constituye también un signo de honestidad intelectual, virtud de la que tampoco andamos sobrados.

Luis Magrinyà, Estilo rico, estilo pobre (prólogo de José Antonio Pascual), Madrid: Debate, 2015.

[p. m., La bolsa de pipas. Revista literaria trimestral, núm. 99, otoño 2015]

4 comentarios:

  1. Ya "poseía ganas" de leer una reseña como esta, nene. Pero no te envanezcas.
    un Abrazo,

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    1. Ja, ja, ja... Gracias. Me voy a empezar a arreglar, que tengo que «acudir a una fiesta» esta noche.
      Abrazo.

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  2. Ay, yo soy de las de la secta del no repetir... Tomo nota ;)

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    1. Bueno, Zombie, no repetir es casi una «norma». Yo también soy muy puntilloso con eso. Lo que dice Magrinyà, me parece, es que muchas veces buscamos un sinónimo obsesivamente (y otras tantas elegimos un mal sinónimo o un «falso sinónimo»); no reparamos en que buscarlo tan afanosamente no es necesario: en numerosas ocasiones, el vacío es la mejor fórmula. Abz.

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