jueves, 19 de enero de 2017

El Montgó nevado. Una metáfora hiriente.




Argumentos para un argumento improbable

Ya nos gobierna, amor, el verano

y estamos abatidos y felices.

Conquistamos la arena absoluta y vemos el desdén inmarcesible

en la cabeza del buda coronado de lentisco, el Montgó,

mirando en su muda placidez

de roca milenaria y soberana

las aletas de los buceadores inciviles

que creen en la aventura;

la yacencia lánguida de las dos ninfas

pop frente al azul,

desnudos sus pezones de avellana, la bolsa de Ben Sherman

y el iPhone.

Derramadas sobre los guijarros, en

la piedra de la rada, mordida por la sal, erosionada, las vemos adorables,

tan sí mismas, pronunciando con pereza calculada

la palabra semionáutica, un libro de

Bourriaud entre las manos, mostrando los erizos

de sus vientres, aullante pelo lacio entre sus ingles.

Ya vemos los bikinis lácteos de las mujeres climatéricas,

bestialmente sensuales en su áspero lamento

rubio y bronceado,

emancipadas de estar emancipadas,

y los Vilebrequin pastel de sus maridos, gestores de fondos

de inversión

que nunca leerán a Raymond Williams, ni citarán a Gramsci,

ni se jactarán, afortunadamente, de ser los más malditos, 

lo son y tú lo sabes: estás en este mundo

y funges fiebre de oro.

Y arribará la muerte a lomos

de un Beneteau de veinte metros

con su marinerito hermoso, probablemente indie,

las bollas blanquiazules impolutas

y el tapizado blanco, blanco, blanco tan Rimbaud;

y acaso pensarás en las virtualidades subversivas

del capitalismo –oh, cambiar la vida–, y todo será bello, nada será

puro, si alguna vez lo fue.

Pregunta a las adelfas,

no hay nada negativo.


[p.m., este poema pertenece a Vacancias, Madrid: Celesta, 2014.]




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