Argumentos
para un argumento improbable
Ya
nos gobierna, amor, el verano
y
estamos abatidos y felices.
Conquistamos
la arena absoluta y vemos el desdén inmarcesible
en
la cabeza del buda coronado de lentisco, el Montgó,
mirando
en su muda placidez
de
roca milenaria y soberana
las
aletas de los buceadores inciviles
que
creen en la aventura;
la
yacencia lánguida de las dos ninfas
pop frente al azul,
desnudos
sus pezones de avellana, la bolsa de Ben Sherman
y
el iPhone.
Derramadas sobre los guijarros, en
la
piedra de la rada, mordida por la sal, erosionada, las vemos adorables,
tan
sí mismas, pronunciando con pereza calculada
la
palabra semionáutica, un libro de
Bourriaud
entre las manos, mostrando los erizos
de
sus vientres, aullante pelo lacio entre sus ingles.
Ya
vemos los bikinis lácteos de las mujeres climatéricas,
bestialmente
sensuales en su áspero lamento
rubio y bronceado,
emancipadas
de estar emancipadas,
y los
Vilebrequin pastel de sus maridos, gestores de fondos
de
inversión
que
nunca leerán a Raymond Williams, ni citarán a Gramsci,
ni
se jactarán, afortunadamente, de ser los más malditos,
lo
son y tú lo sabes: estás en este mundo
y
funges fiebre de oro.
Y
arribará la muerte a lomos
de
un Beneteau de veinte metros
con
su marinerito hermoso, probablemente indie,
las
bollas blanquiazules impolutas
y
el tapizado blanco, blanco, blanco tan Rimbaud;
y
acaso pensarás en las virtualidades subversivas
del
capitalismo –oh, cambiar la vida–, y todo será bello, nada será
puro,
si alguna vez lo fue.
Pregunta
a las adelfas,
no hay nada negativo.
[p.m., este poema pertenece a Vacancias, Madrid: Celesta, 2014.]
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