sábado, 25 de febrero de 2017

A propósito de la insignificancia




«Definiré de un modo sumario este descontento como el sentimiento de insignificancia, el continuo pensamiento de la igual y lúgubre insignificancia de todas las cosas –pensamiento que a veces se olvida, pero que no desaparece jamás, porque vuelve de manera invariable para llamar a la conciencia justo cuando se estuviera tentado de dejarse cautivar por tal o cual alegría del mundo–. Considerándola desde un punto de vista filosófico, cualquier cosa que exista es, dicho a grandes rasgos, doblemente insignificante por sí misma (insignificancia «intrínseca») y por su relación con las demás cosas (insignificancia «extrínseca»). Insignificancia intrínseca: la existencia es un agregado, un encuentro, un producto del azar; no muestra ningún sentido en la medida en que no puede apoyarse en ninguna necesidad [...]. Insignificancia extrínseca: la existencia es irrisoria por la situación que ocupa, imperceptible, en las series del espacio y del tiempo [...]. Conviene precisar con una palabra la naturaleza de esta situación irrisoria en la que cabe todo lo que existe. Situación «insostenible» sin más, como enseñan todos los filósofos desde Parménides y Platón, por no pertenecer al registro de lo que es (pues la existencia no tiene ninguno de los privilegios del ser, que es ingénito, imperecedero, eterno), ni al registro de lo que no es (pues la existencia tampoco tiene el privilegio de la nada). Lo que existe aquí y ahora, comparado con todo lo que ha existido, existe y existirá, tanto aquí como en cualquier otra parte, es, si se me permite decirlo así, infinitamente demasiado pequeño para aspirar a ser tomado en alguna consideración; pero, sin embargo, esa cosa existe. Por tanto, la paradoja de la existencia [...] es la de ser algo y al mismo tiempo la de no contar para nada». 

(Clément Rosset)

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