Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) se
hizo acreedora del iv Premio
Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero con este agregado de relatos
postkafkianos que revelan la fina habilidad de la escritora argentina para mostrar –mostrar, en literatura, no es
explicar– la lábil frontera que separa la insania y la normalidad –y, quizás
también, para invitar al lector a reflexionar sobre la insania de la normalidad
y la normalidad de la insania, sobre el horror cotidiano y la cotidianidad del
horror–. Valiéndose de una prosa pulcra y contenida y de un estilo
extremadamente sobrio, Schweblin dibuja siete estampas que conforman un
prontuario de vidas dañadas, patológicas insatisfacciones sin objeto, impulsos
absurdos, manías descabelladas, actuares dementes y episodios delirantes
protagonizados por sujetos ubicados en la periferia –o el centro– de la
enajenación, esa casa vacía que, parafraseemos a Clément Rosset (Logique du pire), constituye el
corolario trágico y necesario de la imposibilidad de toda felicidad. No hay en Siete casas vacías una sola
gesticulación: justamente en la inteligentísima austeridad narrativa de Schweblin
radica el valor de este inquietante volumen de relatos.
[p. m. para Ecos de la caverna Canibaal. Revista Canibaal, núm. 8: «Arquitectura y terror»]
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