jueves, 24 de agosto de 2017

Arquitectura y terror . Una reseña.




En 1979 hacía ya algunos años que Syd Barrett, alma mater de la formación original de Pink Floyd, navegaba en solitario por las tormentosas aguas de la demencia lisérgica –la banda de Cambridge le había dedicado cuatro años antes el disco Wish you were here y la canción homónima–; en aquel año thatcherita, Roger Waters concibió este monumental y ambicioso doble álbum conceptual conformado por 26 cortes que cosechó un extraordinario éxito comercial y que es ya un indiscutible punto de referencia de la cultura musical del último cuarto del siglo xx. Waters fue, en efecto, el verdadero factotum de The Wall –la participación de David Gilmour en las composiciones es casi marginal–, un relato lineal de impecable factura en el que Pink, estrella musical ficticia y alter ego de su creador, repasa uno por uno los factores de alienación que impelen a los individuos sometidos a escrutinio público –pero también al sujeto cualquiera– a imaginar una arquitectura de la contención, a edificar una barrera para protegerse del mundo, un muro existencial que al final del disco se derrumba en un desenlace equívocamente redentor. Llevado al cine por Alan Parker en 1982, The Wall es un álbum que merece ser escuchado atentamente, pero que también puede ser leído como un poema lúgubre, imponente y premonitorio.  
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[p. m. para Canibaal. Revista de arte, literatura y filosofía del colmillo. Especial «Arquitectura y terror», núm. 8, mayo de 2017]

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