En 1979 hacía ya algunos años que Syd
Barrett, alma mater de la formación
original de Pink Floyd, navegaba en solitario por las tormentosas aguas de la
demencia lisérgica –la banda de Cambridge le había dedicado cuatro años antes
el disco Wish you were here y la
canción homónima–; en aquel año thatcherita, Roger Waters concibió este
monumental y ambicioso doble álbum conceptual conformado por 26 cortes que
cosechó un extraordinario éxito comercial y que es ya un indiscutible punto de
referencia de la cultura musical del último cuarto del siglo xx. Waters fue, en efecto, el verdadero factotum de The Wall –la participación de David Gilmour en las composiciones es
casi marginal–, un relato lineal de impecable factura en el que Pink, estrella
musical ficticia y alter ego de su
creador, repasa uno por uno los factores de alienación que impelen a los
individuos sometidos a escrutinio público –pero también al sujeto cualquiera– a
imaginar una arquitectura de la contención, a edificar una barrera para protegerse del mundo, un muro
existencial que al final del disco se derrumba en un desenlace equívocamente
redentor. Llevado al cine por Alan Parker en 1982, The Wall es un álbum que merece ser escuchado atentamente, pero que
también puede ser leído como un poema
lúgubre, imponente y premonitorio.
*
[p. m. para Canibaal. Revista de arte, literatura y filosofía del colmillo. Especial «Arquitectura y terror», núm. 8, mayo de 2017]
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