Dora Maar escucha
"Prospecciones para una hermenéutica del
lit-nerd-punk:
la ansiedad de la influencia en la comunidad sublime"
por Mª Vicenta Luz Mora (Gobierno de España)
Comencemos
ejercitando la imaginación. ¿Acaso ese ente conservador que todavía se asume
como sujeto-lector analógico podría concebir como real –si lo real, es decir,
la verdad, no fuera, como sabemos al menos desde Nietzsche, “una hueste de
metáforas, metonimias, antropomorfismos”[1])–
la ficción que propone Richard Rorty en Philosophy and social hope[2]?
En un pasaje que anticipaba visionariamente la transformación de la literatura
contemporánea en esa deslocalizada y neo-cosmopolita tele-narratividad servida
por HBO, AMC o Showtime que conforma
una ontología de nuestro presente inasible puesta al alcance del mando a
distancia[3],
Rorty sugirió el siguiente argumento de teleserie planetaria con trasfondo
filosófico:
Martin
Heidegger –sobre quien Jaspers escribió este fragmento que yo, María Vicenta,
no puedo hacer plenamente mío: “Si Heidegger no está él mismo ahí no puedo discutir
con él”[4]–
no abortó su romance con Hannah Arendt, abandonó a Elfriede –la nazi confesa
con la que había contraído matrimonio–, se exilió con la autora de Los orígenes del totalitarismo a los
Estados Unidos y, a la manera de un Thomas Mann instalado en el campus de la
Universidad de Chicago, denunció la situación de Europa en una alocución
radiofónica situada en las antípodas de su nunca pronunciado discurso de
aceptación del rectorado. Heidegger se convirtió, de este modo, en la voz de la
civilización frente al pragma de la
barbarie. Este nomadismo sexual y político de Heidegger –fundamental para
pre-comprender la genealogía de la literatura panglobal e iGea, noción que
acuñé en su día y sobre la que he tenido ocasión de teorizar en distintos
lugares– obligó al pensador de la Selva Negra a reescribir no sólo El ser y el tiempo[5],
sino también el texto de la conferencia que pronunciara el 25 de julio de 1924
en la Sociedad Teológica de Marburgo, semilla de su opus magnum cuyas hondas palabras iniciales (“Mis reflexiones van a
versar sobre el tiempo. ¿Qué es el tiempo?”[6])
inspiraron mi muy comentado poemario Reloj,
no marques el Tiempo, que ya me dice la hora la panta-página en Real Time.
Como
viese agudamente el profesor y escritor Eloy Fernández Porta en su aproximación
al lenguaje de Heidegger[7]
–un approach sarcástico que hasta hoy
nadie había acometido[8]–,
la jerga de la autenticidad se ha tornado absolutamente obsoleta en el marco de
la cosmovisión de nuestro tiempo, una WWWeltanschauung
que yo, María Vicenta, iría caracterizando ya como post-debordiana o
neo-macluhiana –en realidad, todo es relativo: hoy estoy ovulando como una
yegua y me siento bastante postdebordiana–. Debo decir que los escrúpulos que
llevo incrustados en mi software
gen(ético) me empujaron a manifestar humilde, cordial, amistosa y
afectuosamente al profesor y escritor Fernández Porta mi total discrepancia con
la categoría “humano fashion” que él acuñó en su último libro. Sea como fuere,
y partiendo de la sugerente y atinada tesis fernández-portiana de acuerdo con
la cual en nuestra época habría emergido una “cultura de la obsesión
relacional”[9] –tesis que,
entiendo, conduce, a través de lubricados pasadizos benjaminianos, a esta
luminosa y clarificadora consideración de Kristeva: “La noción de
constructibilidad implicada por el axioma de elección (…) explica la
imposibilidad de establecer una contradicción en el espacio del lenguaje
poético”[10]–, en este
ensayo me propongo analizar la emergencia de una figura Singular en el seno de lo que llamaré la “comunidad sublime”,
rótulo que acuño ahora mismo para definir el espacio metapoético, polilógico
–ergo polifónico–, reticular –ergo deleuziano–, fluyente, recodificante,
mestizo, fronterizo y postjerárquico en el que se está dirimiendo el por–venir
de la creación artística en general y de la poiesis
literaria en particular. Abro un paréntesis preliminar para anotar que
mi celo ético me impele a declarar públicamente que ha sido Michelle Palacio, joven y entusiasta
doctoranda hispana de la Universidad de Ohio, la persona que ha acuñado el
término “lit-nerd-punk”[11],
precisamente el rubro que da nombre a la figura in statu nascendi a la que acabo de hacer referencia. Los años
darán a Palacio la madurez requerida para pensar y teorizar con solvencia y refinamiento el ahora estético que nos
interpela. Más abajo tomaré en préstamo algunas de sus líneas argumentales
–rudimentarias, poco elaboradas y toscas, sí, aunque prometedoras–, confiada en
que Palacio sabrá apreciar mi gesto de aliento.
El
“se”: he ahí la clave de bóveda, la vía por la que Rorty no osó transitar en su
ficción proto-tele-filosófico-sociológico-política en torno al devenir otro de
Heidegger. Mi disposición intelectual inconformista, radical, excéntrica y Singular me espolea como cibereceptora
del relato de Rorty; me provoca la íntima necesidad de ir más allá, punza mi
anhelo de traspasar la película superficial del texto, la dermis textual, o, si
se quiere, y parafraseando al profesor y escritor Jorge/ Jordi Carrión, la piel
de la boca del decir el discurso. En esta coordenada sitúo yo, María Vicenta,
mi escena supra-ficcional imaginada –siempre en términos heterodiegéticos–
sobre el límite del texto (de Rorty): a la hora del lunch, la profesora Arendt entra en el estudio del profesor
Heidegger para pedirle su opinión sobre las notas seminales de lo que años
después se convertiría en un estimulante aunque, en mi opinión, vetero-humanista
párrafo de La condición humana[12],
y encuentra al profesor Heidegger abismado en las páginas de El ser y el tiempo, concretamente en los
célebres parágrafos 35 y 36, titulados, respectivamente, “Las habladurías” y
“El ansia de novedad”[13].
Paolo Virno realizó en su día una chata lectura de estos parágrafos,
pretendiendo “usar las palabras de Heidegger contra el propio Heidegger”[14]
en una vana tentativa de interpretación de la desarraigada comprensión del
ser-ahí sobre la que Heidegger habla allí. Si Virno se hubiera preocupado de
ubicarse en mi no lugar[15],
es decir, en el u-topos metaficcional
en el que me coloco en estas páginas, tal vez habría sido capaz de entender que
la frase de Heidegger (“Lo que le importa es que se hable”[16])
contiene el germen de la reescritura de El
ser y el tiempo. Es cierto que la mediación afectiva de Hannah Arendt
–todos los días, a la hora del lunch,
le servía al pensador una bandeja de pastas importadas del condado de Essex–
contribuyó en no poca medida a la unverborgenheit
ética de Heidegger. No es menos cierto, sin embargo, que fue el propio
Heidegger quien, precisamente en esa escena que Rorty no tuvo agallas
intelectuales de idear, levantó la cabeza y le espetó a Arendt: “Lo que le
importa al ser-ahí es que se hable de lo que está sucediendo en Europa, Hannah, y no tus
especulaciones sobre el agon del
poema”.
En mi celebrado ensayo “Cloud-crit
(o crítica-nube): pasadizos entre Heráclito y María Vicenta Luz Mora: a
propósito de la mutación permanente de (y en) la literatura y la crítica
literaria”, ya avancé esta idea: del mismo modo que el acelerador de partículas
LHC acelera las partículas, Internet potencia y acelera los nexos relacionales
de naturaleza iGéica, y esta tendencia está conformando un “se”
literario homologable al que Heidegger apenas barruntó en El ser y el tiempo y que yo, María Vicenta, he reficcionalizado.
Huelga señalar que la apasionante vis metamórfica
de la red y el imparable y esperanzador progreso de las tecnologías del
conocimiento reclaman la constante reconsideración de los presupuestos
epistemológicos a partir de los cuales pensamos y enunciamos este se literario (…)
[Continuará… o no]
[1] Nietzsche, F., Sobre verdad y mentira en sentido extramoral,
prólogo de M. Garrido, trad. L. M. Valdés y T. Orduña, Madrid, Tecnos, 41998,
p. 25.
[2] Cfr. Rorty, R., Philosophy and social hope,
Harmondsworth, Penguin Books, 1999, p. 190.
[3] Para profundizar en
esta tendencia, vid., entre otros textos, el irregular AAVV, The Wire. 10 dosis de la mejor serie de
televisión, introd. D. Simon, ilustraciones D. Sánchez, Madrid, Errata
Naturae, 2009; el interesante aunque, como ya señalé en la reseña que publiqué
en la revista Letras, algo
deslavazado libro de R. Greene y P. Vernezze, Los soprano y la filosofía, trad. M. Ruiz de Apodaca, Barcelona,
Ariel, 2010; y el útil aunque superficial volumen escrito por S. Ragazzoni, Perdidos. La filosofía, trad. M. A.
Cabré, Barcelona, Duomo, 2010.
[4] Jaspers, K., Notas sobre Heidegger, trad. y comp. V.
Romano García, introd. Hans Saner, Barcelona, Mondadori, 1990, p. 70.
[5] Heidegger, M., El ser y el tiempo [1927], trad. J.
Gaos, Madrid, Fondo de Cultura Económica, 1991 (8ª reimpr., por la que se
cita).
[6] Heidegger, M., El concepto de tiempo, prólogo, trad. y
notas de R. Gabás y J. A. Escudero, Madrid, Trotta, 1999, p. 23.
[7] Fernández Porta, E., €®0$ La
superproducción de los afectos, Barcelona,
Anagrama, 2010, pp. 141-146.
[8] Entiendo que no puede
considerarse seriamente como una parodia de la jerga de la autenticidad el
intento que en su día realizara Grass en Años
de perro. Tampoco resulta convincente el infundadamente celebrado texto de
T. W. Adorno, La ideología como lenguaje.
La jerga de la autenticidad, trad. J. Pérez Corral, Madrid, Taurus, 1971,
ni el pretencioso estudio de Mª Fernanda Benedito, Heigegger en su lenguaje, Madrid, Tecnos, 1992.
[9] Fernández Porta, E., €®0$.,
op. cit.
[10] Kristeva, J., Recherches pour une sémanalyse, Paris,
Le Seuil, 1969, pp. 189-190.
[11] Palacio, M., On lit-nerd-punks: an introduction,
Ohio, University of Ohio, 2011 (inédito).
[12] Vid. Arendt, H., La
condición humana [1958], trad. de R. Gil Novales, introd. M. Cruz,
Barcelona, Paidós, (3ª reimpr.) 1998, p. 187.
[13] Heidegger, M., El ser y el tiempo, op. cit., pp. 186-192.
[14] Virno, P., “Charla y
curiosidad. La formación difusa en el postfordismo”, Archipiélago. Cuadernos de crítica de la cultura, nº 48, 2001, p.
67.
[15] Sobre el concepto de
“no-lugar”, vid., Augé, M., Los “no
lugares” espacios de anonimato. Una anropología de la sobremodernidad,
Barcelona, Gedisa, 2000 (5ª reimpr), esp. 81 y ss.
Ja, ja, ja
ResponderEliminarSoberbios compases de obertura que había olvidado.
Un abrazo.
Lo estuve leyendo anoche Clément después de un viaje en autocar y a las tantas. Me quedé asombrado no tanto por el tono beligerante y audaz que te conozco cuanto por el afán que pones en restituir a María Vicenta del lugar del que no debería de haber salido, el río de Heráclito. Cada vez que me enfrento a un texto de esta señora me persigno y tiro de la sabana. La frase de Kristeva prolongará mi perplejidad de maimónides durante unos días con el consuelo de pertenecer a la "comunidad sublime" y el miedo a un más que posible batacazo. Ahí vengo de escribir lo que he dado en llamar Wikipoemas, doctores tiene la iglesia. Estoy metapoético perdido.
ResponderEliminarSaludos, Clément
Manolo Marcos
¿Cómo que "había olvidado", S.? Acabas de infligir una herida incurable a mi orgullo.
ResponderEliminarabrazo.
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Hola Manuel,
Bueno, es un fragmento de un pequeño ejercicio de estilo, un divertissement que pretende señalar con el dedo algunos vicios de cierta forma de hacer crítica: a) Overeading; b) Cita gratuita y exceso de notas al pie (muy recomendable la lectura de Anthony Grafton, "On footnote. A curious history", Londres, Faber and Faber, 1997); c) Manierismo académico con alto sentido de la jerarquía entreverado con ademanes radicaloides; d) Condescendencia con los autores jóvenes; e) Autoconciencia de formar parte de una suerte de elite prescriptora que decreta cómo se debe escribir (y aun pensar) "en nuestra época"; f) Manipulación abusiva del léxico y creación constante de palabros con el fin de epatar en la distancia corta, g) Actitud beata y celebratoria ante los avances de la tecnología etc., etc...
Saludos maimonidescos.
Confieso que he pecado. En los apartados c) y f) además, de pensamiento y hecho. A lo hecho, pecho.
ResponderEliminarTendré en cuenta a Grafton.
Aunque Maimónides se vista de seda...
Je, je... bueno, todos pecamos de cuando en cuando, pero el pecado es venial si se comete con ligereza y sentido del humor, ¿no? Es que ese tono de "en el siglo XXI hay que...", buf. Saludos.
ResponderEliminarSí, hay tonos bastante pedantes, no cabe duda. Uno más bien anda a tientas también, además de ligero y humorístico, por eso digo que el batacazo y la risa " Se puede llevar una corbata fea, pero sabiéndolo."
ResponderEliminarSaludos Clément