John Langshaw Austin
"Hay un tercer sentido (C), según el cual realizar un acto locucionario, y, con él, un acto ilocucionario, puede ser también realizar un acto de otro tipo. A menudo, e incluso normalmente, decir algo producirá ciertas consecuencias o efectos sobre los sentimientos, pensamientos o acciones del auditorio, o de quien emite la expresión, o de otras personas. Y es posible que, al decir algo lo hagamos con el propósito, intención o designio de producir tales efectos. Podemos decir entonces, pensando en esto, que quien emite la expresión ha realizado un acto que puede ser descripto haciendo referencia meramente oblicua (C.a), o bien no haciendo referencia alguna (C.b), a la realización del acto locucionario o ilocucionario. Llamaremos a la realización de un acto de este tipo la realización de un acto perlocucionario o perlocución (...)"
[J. L. Austin, Cómo hacer cosas con palabras [1962], trad. G. Carrió y E. Rabossi, Barcelona, Paidós, 1998 (5ª reimpr.), conferencia VIII, p. 145]
Pierre Bourdieu
"La cuestión de los enunciados performativos se aclara en el momento en que estos se contemplan como un caso particular de los efectos de dominación simbólica que tiene lugar en todo intercambio lingüístico. La relación de fuerzas lingüísticas no se define nunca exclusivamente por la relación entre las competencias lingüísticas en presencia. Y el peso de los diferentes agentes depende de su capital simbólico, es decir, del reconocimiento, institucionalizado o no, que obtiene de un grupo; la imposición simbólica –esa especie de eficacia mágica que pretende ejercer no ya la orden o la consigna, sino también el discurso ritual, la simple comunicación, la amenaza o el insulto– sólo puede funcionar en tanto en cuanto se reúnan condiciones sociales absolutamente exteriores a la lógica propiamente lingüística del discurso (....) La investigación austiniana sobre los enunciados performativos sólo puede concluirse en los límites de la lingüística. La eficacia mágica de esos actos de institución es inseparable de una institución que defina las condiciones (en materia de agente, de lugar, de momento, etc.) que deben reunirse para que la magia de las palabras pueda actuar. Como indican los ejemplos analizados por Austin, esas "conciciones de felicidad" son condiciones sociales y quien quiera proceder con gozo al bautismo de un navío o de una persona debe estar habilitado para hacerlo de la misma manera que, para ordenar, hay que tener una autoridad reconocida sobre el destinatario de la orden. Cierto que los lingüistas se han apresurado en encontrar, en las vacilaciones de la definición austiniana de lo performativo, un pretexto para hacer desaparecer el problema que Austin les había planteado y para volver a una definición estrictamente lingüística que ignora el hecho del mercado: al distinguir entre los performativos explícitos, necesariamente autoverificantes, puesto que representan en sí mismos la realización del acto, y los performativos en sentido más amplio de enunciados que sirven para realizar un acto diferente al simple hecho de de decir algo –o, más simplemente, al distinguir entre un acto propiamente lingüístico como declarar la sesión abierta, y un acto extralingüístico como abrir la sesión por el hecho de declararla abierta– se creen con autoridad para recusar el análisis de las condiciones sociales del funcionamiento de los enunciados performativos. Las condiciones de felicidad de que Austin habla sólo se refieren al acto extralingüístico; en efecto, sólo para abrir la sesión hay que estar habilitado y cualquiera puede declararla abierta, con independencia de que su declaración tenga o no tenga efectos, ¿Es preciso tanto ingenio para descubrir que cuando mi hacer consiste en un decir, yo hago necesariamente lo que digo? Pero, llevando hasta sus últimas consecuencias la distinción entre la lingüística y la extralingüística en la que aquella pretende fundar su autonomía (especialmente respecto a la sociología), la pragmática demuestra por el absurdo que los actos que Austin describe son actos de institución que sólo pueden ser sancionados socialmente cuando, en alguna medida, están aceptados por todo el orden social (...)"
[P. Bourdieu, Qué significa hablar. Economía de los intercambios lingüísticos [1982], Madrid, Akal, 1985, pp. 46-47]
Bonus track: Bourdieu sobre la escuela:
¿Adónde van los comentarios que una escribe y blogger pierde por error? Joder, qué cabreo. En fin, decía que Bourdieu tendría que estar incluido en los programas de educación social, magisterio y pedagogía. Claro que Paulo Freire nunca lo estuvo, al menos cuando yo estudié; la cosa clama al cielo. Decía también que no había reparado en que la escuela exige, en efecto, competencias que ella misma no proporciona; y que lo de "servil" en el margen me ha tocado la fibra.
ResponderEliminarTerminaba -termino- diciendo que por fin entiendo para qué sirve la sociología y que pongo a Bourdieu en la torre de lecturas pendientes.
A ver si ahora sí...
Abrazo.
Bueno, es un modesto homenaje a Bourdieu, pero tampoco soy un seguidor a ultranza. Aportó conceptos y categorías muy fértiles (habitus, violencia simbólica, capital simbólico, campo, etc.) aplicables a diferentes esferas de la acción social. Claro, es una lectura recomendable. abzo.
ResponderEliminarEl gran poder de transmisión de ideas que tiene la perlocución audiovisual a la que estamos diariamente sometidos, la mayoría de las veces emitida por personajes públicos cuya ejemplaridad es prácticamente nula, contrasta con la apabullante ausencia de pensamiento crítico. Te recomiendo la lectura de "La cena de los notables" de Constantino Bértolo. Bordieu dignificó la sociología.Saludos Clement.
ResponderEliminarLlevo un tiempo detrás del libro de Bértolo, una laguna de lectura que no me perdono, Al-Juarismi. No sé si existe pensamiento crítico; si lo hay, en demasiadas ocasiones se expresa en forma tan ajerigonzada y poco clara que lo torna inocuo. En Bourdieu (que, como sabes, reaccionó en su día contra lo que llamó "delirios postmodernos") hay cierta voluntad rigor que, se compartan o no todas y cada una de sus tesis, se agradece mucho. Gracias por pasarte, y un saludo.
ResponderEliminarEn lugar de rescatar citas, deberías estar atento a las noticias. Dicho de otro modo, ¿te has enterado del veredicto? Me voy a esconderme debajo del somier, a ver si se me pasa la vergüenza ajena y la sensación de bochorno. Molt fort.
ResponderEliminarBuen post, por cierto.
Un abrazo
Si sirve de consuelo, la vergüenza ajena y la sensación de bochorno son compartidas -por este veredicto y por los que te rondaré, morena-.
ResponderEliminarMolt fort. Creo que me llevo el somier a Brasil.
Ey, S., me pillas con un libro de Holmes en una mano y uno de Pound en la otra: puro Law in Action (para que veas que el que no se consuela es porque no quiere)
ResponderEliminarabrazo, llorica.
hola Raquel,
bueno, el veredicto era bastante previsible, a pesar de las pruebas (bastante abrumadoras, me parece, aunque no he seguido mucho el juicio). Lo verdaderamente doloroso es la ruina (económica y moral) de la C. Val., una responsabilidad directa de este iluminado no culpable.
abrazo fuerte.
Ah, claro, realismo puro y duro. Pero bueno, ¿es que ahora caminas por el mundo resignado y ejerces de persona racional y distanciada? Ay... si es que no se puede, así no se puede.
ResponderEliminarMenos mal que todavía quedan personas atheridas en este orbe infame.
Gracias, S. No sé quién eres, pero me caes muy bien. Por cierto, busco novio incendiario para dejar de sentirme tan atherida; ya se lo dije a Clément, pero no me hace las tareas de celestinaje. En fin, dejo la dignidad a media asta, por si tengo que volver a izarla en algún momento.
ResponderEliminarAunque... en efecto, Clément: lo peor es lo peor, y los trajes no son lo peor.
ResponderEliminarAbrazo.