La lectura –y la
perpleja relectura– de Incendiario me
trajo a la cabeza un pasaje de How to
read a poem en el que, glosando la primera estrofa de “Musée des Beaux Arts”,
el poema de W. H. Auden, Terry Eagleton habla de “la naturaleza incongruente
del sufrimiento humano, el contraste entre su pura intensidad, que parece
apuntar hacia un momentáneo significado, y la manera en que los hechos
cotidianos que lo rodean se muestran indiferentes a él”. Hay, ciertamente,
mucho sufrimiento diseminado en los versos y los versículos de este manojo de
diecisiete poemas dado a la imprenta por Bárbara Butragueño (Madrid, 1985) algunos
años después de su factura –sabia postergación que desentona con las precipitaciones
y los esbozos mal fermentados de tantos poetas jóvenes y no tan jóvenes, y que revela,
creo, el elevado grado de autoexigencia de la autora–, y hay también temores,
temblores, culpas, soledades anhelantes y desgarros vertidos por una voz para
la que la palabra es “terco pavor enmudecido” (p. 25). La imponente profundidad
expresiva de Butragueño y la distancia que la poeta interpone entre el yo que
dialoga con sus llagas y con el mundo y la carnalidad feral de su experiencia
subjetiva e intransferible vadean el deslizamiento de su decir hacia ese tosco
y desaliñado inmediatismo que se recrea en la plana mostración de lo
consuetudinario. Aquel espacio está colmado en Incendiario por fecundas arquitecturas sonoras y por una sucesión
ininterrumpida de imágenes cuya extraordinaria potencia avisa del insólito dominio
del lenguaje que Butragueño exhibe en su poesía, una poesía lejanamente tributaria
de la Pizarnik más herida y febril –y, pienso, de las declinaciones menos realistas
de autoras como Luisa Castro o Ada Salas–. La mixtura de profundidad e
inmanencia, de elevación y materialidad incandescente, es el cemento que aúna
las tres partes del volumen: si en Turba
el yo que “se sabe grieta abierta entre/ la calma y el incendio” (p. 31) y que
ha “sangrado todos los muertos de este mundo” (p. 34) muestra implacablemente
su ser roto ante sí y ante los otros, y en Combustión
predomina la conversación íntima con el cuerpo de un tú cuya mirada tiene “algo
de bestia/ delicada con vocación de jungla” (p. 44), en Cremación la poeta convoca a sus distintos interlocutores para
proclamar que la poesía es búsqueda, indagación sin fe ni objeto, y que el
poema es fulgor que se infecta adentro y que no conoce “cuántos/ cuerpos se
quedaron en el camino” (p. 69). La desnudez agramatical de los primeros textos
–en los que, a pesar de la práctica ausencia de puntuación (“pero hay algo de
negación en la apertura algo de carencia/ que abre huecos” (p. 23), “he de
erigirme isla torre mazmorra”, (p. 31)), las unidades semánticas quedan sobradamente
preservadas– contrasta con la sintaxis densa de algunos poemas del final del
libro (“y tú esperas, inocentemente, algo/ de baile de máscaras, una cierta
sutileza en el viento, la/ elegancia de un acorde abandonado” (p. 68)), produciendo
un efecto de crescendo, una sensación
de quiebra de una voz acaso ya entrecortada en los hipos del llanto a la que,
como mucho, se le pueden afear tres diminutivos (pp. 34 y 47). Poeta intensa, desdomeñada
y excepcional, Bárbara Butragueño ha tenido la paciencia necesaria para pulir
una epifanía sostenida y ha entregado un poemario cuidadosamente editado que nunca
se acaba de leer del todo: este es, a mi entender, el mayor elogio que se le
puede hacer a un libro de poesía.
Bárbara
Butragueño, Incendiario,
prólogo de
Batania, epílogo de Isabel Bono, Madrid, Polibea, 2013, 72 pp.
[p. m., La bolsa de pipas. Revista literaria trimestral, invierno 2013-2014]
*
Bonus track:
Como sabes también a mí me ha encantado Incendiario y coincido en tu apreciación final de que es uno de esos libros inagotables. También me acordé de Pizarnik y en ocasiones de la más iluminada y jovencísima Blanca Andreu y su Niña de Provincias...
ResponderEliminarA mí me ocurre que cuando leo un buen libro de poesía me entran unas ganas enormes de salir corriendo a escribir. Pero cuando el libro es sublime lo que siento es no tener la fuerza de voluntad necesaria para no escribir una palabra más.
Gracias por la estupenda reseña. Un abrazo
Eso de que es un libro que nunca se acaba de leer del todo está inspirado en una idea tuya. Y en el caso de Incendiario es así. No pensé en Blanca Andreu, pero está bien traída, está bien traída. Y bueno, tampoco es cuestión de autoflagelarse, Zombie: todavía no hay ningún cuerpo de policía que obligue a (o prohíba) escribir, aunque tal y como se está poniendo el ministerio del interior.... ¡Ni se te ocurra dejar de escribir!
ResponderEliminarabz.
Sí, he pensado en tu libro al leer esa parte ;)
ResponderEliminarY no me autoflagelo, hombre. Es sólo una sensación que me desborda de forma puntual, luego vuelvo a mi sitio y mis circunstancias y sigo a lo mío (ya te digo, tampoco tengo tanta fuerza de voluntad, jajaja).
Besos
Ese libro me está dando muchos quebraderos de cabeza, Zombie. Ah, vale, si te desborda de forma puntual, no pasa nada: incluso es algo bueno, pienso.
ResponderEliminarBs.
I don't give a fuck about Butrageño, despite that...
ResponderEliminarhttp://www.youtube.com/watch?v=217JOBWTolg
muy buena canción, Precesión.
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