Sam Savage
“Concebía la
primera frase como una especie de útero semántico repleto de atareados
embriones de páginas sin escribir, resplandecientes pepitas de genio, ansiosas
de nacer. De ese gran recipiente fluiría, por así decirlo, el relato completo”,
escribe Sam Savage en Firmin,
una novela ciertamente menor, aunque encantadora, que arranca con un meandro metaliterario del narrador, el ratón Firmin, en torno al comienzo de su propio texto.
“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas”; “Todas las familias felices se
asemejan, pero cada familia desdichada es desdichada a su manera”; “Éste es el
relato más triste que nunca he oído”; “Cuando sonó el teléfono, a las tres de
la madrugada, Morris Monk supo antes de levantar el aparato que la llamada era
de una dama, y algo más: que decir damas es decir problemas”; “Poco antes de
que lo descuartizaran los sádicos soldados de Gamel, el coronel Benchley tuvo
un vislumbre de la blanca casita de campo de Shropsire, con la señora Benchley a la puerta y los
niños”; “París, Londres, Djibuti, todo le parecía irreal ahora, sentado entre
las ruinas de otra cena más de Acción de Gracias, con su madre y su padre y el
idiota de Charles”
Dice Firmin que la lectura de estas célebres primeras frases no fue para él un trampolín de
lanzamiento hacia la gran novela sin escribir, sino una barrera insuperable. ¿La
razón? Eran demasiado buenas. Me interesa el fetichismo de la primera frase.
Se trata, lo admito, de una frivolidad, quizás una frivolidad lamentable, siendo
así que el inicio de un texto de ciento cincuenta o cuatrocientas páginas no
suele decir nada de la calidad de lo que viene detrás. Probablemente desde Homero flota en el aire el tópico de
acuerdo con el cual el inicio de cualquier texto –y, a fortiori, de un texto literario– es absolutamente determinante.
No comparto esta idea, pero siempre estoy dispuesto a hacer excepciones. Pienso un poco al azar en algunas primeras frases que,
por razones de diverso orden, en su día me parecieron seductoras:
“La casa era
grande porque nuestros proyectos también lo eran” (John Fante, Llenos de vida); “La voz procedente de
los altavoces del camión estaba diciendo: –A cada familia, por numerosa o
reducida que sea, se le pedirá que aporte mil dólares. Con ello, tendrá derecho
a transporte gratis, dos hectáreas de tierra fértil en África, una mula, un
arado y toda la semilla que necesite. Completamente gratis. Las vacas, cerdos y
gallinas se pagarán aparte, pero a precios mínimos. No queremos hacer negocio”
(Chester Himes, Algodón en Harlem); “Como
para alguien que ama la más pura sinceridad es muy doloroso que el menor rasgo
indirecto de vanidad parezca tan
siquiera haberse filtrado a los anales de una profunda pasión y como, de otra
parte, resulta imposible –a menos de imponer una limitación artificial a la
espontaneidad de la narrativa– impedir que lleguen oblicuamente al lector los
resplandores del lujo y la elegancia de que en realidad estuvo rodeada mi
infancia, creo que lo mejor será exponer desde un principio, con la sencillez
de la verdad, la condición social de mi familia en la época de que trata este
relato preliminar” (Thomas De Quincey, Suspiria
de profundis). “Aunque
por tradición familiar y por expreso deseo de su padre Kurt Crüwell debería
haberse hecho cargo de un reputado negocio de sastrería en el número 64 de la
Güterslholer Strasse, en la ciudad de Bielefeld, no muy lejos del frondoso
Teutoburger Wald y a escasas manzanas de donde décadas tarde, entre 1966 y
1968, el aclamado arquitecto de Cleveland Philip Johnson levantaría la célebre
Kunsthalle, lo cierto es que el 1 de septiembre de 1939 un suceso no por
esperado menos traumático vino a cambiar sus plácidos sueños de propietario
–amén de una futura posición de privilegio en el seno de una sociedad
pequeñoburguesa bielefeldiana– por un destino mucho menos plácido y azaroso en
grado sumo” (Ricardo Menéndez Salmón, La
ofensa, libro, por cierto, que presté a un amigo y que me devolvió encolerizado, tachándolo de “novela tramposa”:
¿?)
¿A qué viene todo esto? Abebe Bikila nunca será publicada: hay demasiados escritores; se
publican muchos libros. No tengo intención de contribuir a la dinámica
delirante consistente en la sobrepublicación de novelas y poemarios con tiradas
ridículas para no-lectores. Me interesa escribir y no publicar: PREFIERO NO
HACERLO, no quiero dar, en definitiva, el coñazo. Para mí, la escritura es una
actividad autotélica, un plaisir
homologable al onanismo. Placenteramente escribí El descanso de la humanidad, otra novela que me tuvo muy ocupado y
que redacté, creo, para no volverme loco pensando en la catástrofe que vivimos
desde 2008. Comprendo y respeto mucho a los escritores que abrazan una
concepción hormonal y estajanovista de la literatura. No es mi caso. Soy, por
otra parte, bien consciente de que nada pierde el mundo por la no publicación
de Abebe Bikila, El descanso de la humanidad o Una
deliciosa acumulación, textos que, bueno, son publicables, pero que no son
nada del otro mundo. Cualquiera –tú mismo, sin ir más lejos– puede escribir una
novela; ahora bien, tal y como está el panorama, si no eres un genio ¡¡¡¡no la
publiques!!!! Me divertí escribiendo los primeros pasajes de Abebe Bikila. Ahí van (y pido perdón,
amigo lector, por darte el coñazo con mis
primeras frases):
Abebe
Bikila
(p. m.)
1
Quizás porque
fumo dos paquetes y medio de tabaco al día y porque la nicotina y el humo han
dejado su despiadada huella en la piel de mi rostro y en mi dentadura
amarilleada y cada vez menos presentable, casi nadie me cree cuando cuento que
entre los trece y los quince años corrí tres maratones de cuarenta y dos
kilómetros y ciento noventa y cinco metros, distancia equivalente a la que
recorrió el soldado Filípides en el año cuatrocientos noventa antes de Cristo
para anunciar, recién llegado a Atenas y antes de morir exhausto por el
esfuerzo realizado, la victoria del ejército ateniense sobre las tropas persas
en la batalla de Maratón, pienso mientras contemplo el mar, plano esta mañana
como el vientre de aquella prostituta famélica, Irina, doy una calada larga al cigarro y
cambio la pierna de apoyo sin despegar los codos del listón de madera que
remacha la barandilla maleada por el salitre. A lo largo de todos estos años he
pensado muchas veces en las razones que pudieron empujar a un adolescente
–todavía un niño– a tomar la decisión de lanzarse a correr maratones por su
cuenta y riesgo, y esos ejercicios de introspección, encauzados por la pericia
cómplice de mi mente para interponer filtros y censuras en el flujo de la
memoria, para racionar y compartimentar selectivamente los recuerdos, para
resguardarme, a fin de cuentas, de la verdad, para protegerme y blindarme, han
desembocado recurrentemente en la hipótesis de la autodestrucción dramatizada;
mi decisión de correr maratones entre los trece y los quince años fue, he
querido creer siempre, una especie de sublimación teatral y apaciguadora de mi
anhelo de quitarme la vida, una materialización calculadamente inofensiva de mi
deseo de dimitir de la existencia. Ese gaseoso impulso suicida traía causa no
tanto de mi desinterés hacia la vida adulta y de mi violento rechazo de la idea
de que indefectiblemente habría de convertirme en un adulto en el futuro,
sentimientos que durante algunos años me dominaron con una virulencia casi
eufórica, cuanto de la desorientación y la insoportable impotencia que me provocaba
presenciar día tras día el desmoronamiento gradual de Lucía, mi primera
entrenadora.
2
El ferry que me
devuelve a la península apenas avanza, progresa pesadamente sobre la lisura del
agua con la molicie de una sofocante tarde mallorquina de agosto; unos delfines
han remontado la espuma de la estela del barco y dejan ver a estribor sus lomos
acrílicos entre zambullida y zambullida, espectáculo, se me ocurre de pronto,
organizado por la compañía Transmediterránea para hacer soportable el tedioso
trayecto de ocho horas a estos niños que, vigilados por las miradas extáticas
de sus padres y madres –seres cuyos ojos viajan raudos de las pantallas de sus
cámaras digitales a los delfines, de los delfines a sus hijos, de sus hijos a
las pantallas de sus cámaras digitales–, han empezado a gritar y a saltar a mi
lado y que me contagian por un instante su entusiasmo y arrancan aun un amago
de sonrisa de mi boca, medio abierta todavía en una mueca grotesca que traduce,
pienso, el estupor en que he quedado sumido tras la fugaz conversación con
Martín Gelvet. En este momento mataría a esos padres y a esas madres; ellos no
comprenden (…)"
Me gusta mucho su ironía. ¿Es ironía?
ResponderEliminarGracias, pero no entiendo muy bien la pregunta. Si te refieres al post: no, no pretende ser irónico. Saludos.
ResponderEliminar"Me interesa escribir y no publicar: PREFIERO NO HACERLO"
ResponderEliminarChico, tú lo que necesitas es que te bajen esos humos.
Pero qué estás esperando un plauso?
Resultas bastante cómico, con ese uniforme de impostura que te colocas para sentarte a escribir sentencias sobre lo que "se debe" y lo que "no se debe" hacer.
Onanismo o exhibicionismo?
Qué sentido tiene entonces este blog si no eres un genio?
Por qué nos muestras tus pobres creaciones alejadas de todo genio creativo?
Si que parece que te "ponga" bastante dar el "coñazo"...
No sé de qué humos hablas. No estoy esperando ningún aplauso: sencillamente, en mi casa divago sobre lo que me place. Tampoco pretendo decirle a nadie lo que "se debe" hacer. ¿Qué te hace pensar eso? Como la mayoría de las cosas, este blog no tiene ningún sentido. Confío en que leas de nuevo y entiendas.
ResponderEliminarSaludos.
Anónimo agresivo,
ResponderEliminarTranquilo, muchacho. En este blog hay cualquier cosa menos impostura. De vez en cuando, es cierto, se dice alguna verdad que jode.
Cadou, no entiendo por qué pierdes el tiempo respondiendo con educación a un idiota sin sentido del humor.
ResponderEliminarYo tampoco.
ResponderEliminarClément, me ha gustado mucho la última entrada. Disfruto su blog desde la distancia. Llevo varios meses encerrado en una ciudad holandesa bastante europea ("europea" en el mal sentido) y, francamente, su blog es estupendo. Quizás haber leído ahí arriba ese comentario injusto & disgusting me ha empujado a esta innecesaria e improvisada laudatio. ¡Eso le pasa por subir a desatascar la veleta! Sinceramente, después de leer textos como los suyos, preferiría que fueran otros (y no usted) los que no lo hicieran.
ResponderEliminarEy, Jesús, qué alegría verte de nuevo por aquí. Sé de tus andanzas holandesas a través de Cívico & Co. Hace muchos años usaba mucho la palabra disgusting (concretamente, la expresión ¡qué disgusting!), de modo que tu comentario no sólo me ha dado alegría, sino que me ha hecho mucha gracia. Que vaya bien por "Europa". A ver si nos vemos pronto. Abrazo fuerte.
ResponderEliminarP.