Rememoro dos metáforas
de Musil (Las tribulaciones del
estudiante Törless) y me transformo en un personaje literario que cavila
sobre el tiempo. Siempre me ha fascinado la expresión coloquial “perder el
tiempo”, un sintagma en verdad absurdo, siendo así que, indefectiblemente, el tiempo se pierde en el peregrinaje más o menos trágico que aboca al dulce sosiego
de la nada, a esa paz indolora y sin color de la que un día fuimos arrancados a
la fuerza y… interrumpo la escritura de esta secuencia de frases porque de
pronto cobro plena conciencia de que es bastante ridículo montar un númeroSi yo fuera pobre,
parado, desahuciado, inmigrante sin papeles, cualquier combinación de esos
estados o hasta las cuatro cosas a la vez (…) organizaría una
quedada en el aulario de la universidad con un amplio número de pobres, parados
y/o inmigrantes y entraríamos todos a 1º de la carrera de Derecho, empezando
por la asignatura Filosofía del Derecho y siguiendo por Derecho Penal.
Escucharíamos atentamente las clases magistrales de los profesores. La mayoría
de los alumnos matriculados no podrían sentarse en el aula. Muchos se quedarían
de pie, otros se irían, y quizá algunos se quejarían ante el decano o ante el
rector (…) No hay nada que tenga más efecto que un acto totalmente pacífico. No
hay nada como una actitud mansa y reposada para provocar un auténtico caos en
el mundo”. [Enrique Rubio, “Si yo fuera pobre”, incluido en Me arrepiento del mañana]. Los
profesores…, ah, los profesores hablan y hablan en medio del caos, hablan más o menos convencidos de lo que dicen, hablan más o menos magistralmente, y nunca
se sabe si ellos, los profesores, han
advertido que en el cielo frío de febrero flota la eterna sombra del nonsense, que allá, en el helado
firmamento del invierno, habita la cifra de una realidad ilegible, bárbara,
brutal, muda y sin significado, como diría Chet Baker mientras piensa en su
arte. pseudo-existencialista por el simple hecho de que me han puesto
gafas o, mejor dicho, por el simple hecho de que el tiempo me ha puesto gafas.
El tiempo ha hecho su trabajo de demolición en mi mirada y ha colocado esta
fastidiosa prótesis sobre la nariz de la isla despojada que ambiciono ser. Un amable
dependiente de la óptica trató de asesorarme. Le interrumpí educadamente. Dije
que quería las gafas más baratas que tuviera. Como ves, son gafas de pasta (¡de
pasta!). Era la oferta del mes. No podía rechazarla. Son para leer. Ojalá esto
fuera todo. Quisiera…, bien, quisiera hablar del caudaloso río de tristeza y
dolor que ha inundado mi casa este año y quisiera hacerlo sin caer en ese
exhibicionismo à la Greenberg que tan
discutible me parece; quisiera hallar el tono adecuado, pero no lo encuentro.
Cambio, por ello, de registro; ingreso en la acogedora región del umore y recuerdo estos cáusticos fragmentos
de un texto de Enrique Rubio que leí el jueves: “
“Nos habíamos parado en una empinada calle de Taxco para contemplar
la casa de la abuela de Aura, la casa que ahora estaba ocupada por la vieja
sirvienta de Mamá Violeta y su familia, aunque Mamá Violeta seguía vivita y
coleando. La casa de dos plantas hacía esquina y estaba incrustada en la ladera
de la colina, las paredes eran de fuerte color añil con postigos amarillos, y
estaban decoradas con azulejos. Desde aquella parte elevada de la calle parecía
posible correr y caer de un asalto en el tejado, pero el tejado estaba rodeado de densas hileras de alambres
de púas y trozos de cristales de botella”.
[Francisco Goldman, Di
su nombre, traducción de Roberto Frías, Barcelona, Sexto piso, 2012, p.
196, cursivas mías].
Me invento la etiqueta “novela-Sísifo” para definir en
términos estipulativos el último y casi unánimemente celebrado libro de
Francisco Goldman, Di su nombre. Pienso
que Liu (a.k.a. María José Furió) acierta al señalar que la novela “relata, con la profusión de detalles característica en
toda su narrativa [i. e., la de Goldman], un caso sintomático de síndrome de
estrés postraumático”. Me hago cargo de que Goldman escribió el libro navegando
en un océano de tristeza y dolor, advierto trazos de gran maestría en su prosa, fluida, puntillista a veces; todo está bien, pero… la lectura de Di su nombre se me hace cuesta arriba a
medida que avanzo porque tanto el autor como Aura Estrada, la joven escritora in pectore casada con Goldman que
falleció desdichadamente en una playa mexicana, me van resultando algo cargantes
qua personajes literarios. Retengo, en
cualquier caso, la observación que hizo Liu en su reseña, publicada en Culturas (La Vanguardia): “En cierto
momento, Aura se queja de la jerga con que debe escribir sus ensayos para la
Universidad de Columbia, pues la moda que predican los profesores es que la
teoría crítica puede prescindir incluso de la novela sobre la que teorizan. El
libro que ha escrito Goldman (…) refuta con maestría a esos teóricos”. Y me
quedo con la última frase del párrafo de Goldman reproducido arriba, una línea
cuya lectura me puso orejas de liebre y me hizo saltar de la silla y abrir el
archivo de la foto que nos envió Miguel a finales de este verano. Sabíamos de
la existencia de la calle, pero no habíamos sido capaces de localizarla, ni
siquiera en Internet. Hace un par de años la busqué en google maps. Nada. El
misterio quedó desvelado este verano. Miguel nos contó en su correo electrónico
que un amigo suyo pasó por allí
azarosamente, la vio, frenó, bajó del coche, hizo la foto y se la mandó. No la
encontré en google maps hace un par de años porque el nombre de la calle, que
es el tuyo, está escrito en mallorquín, no en castellano, mi lengua de búsqueda
y de existencia. Me gustan las sobrias placas de mármol de las calles de Palma,
tan distintas a los horribles carteles de metal que dan nombre a las calles de
esta ciudad gobernada por un dinosaurio que, indefectiblemente, sigue ahí al
despertar, una ciudad que amo a mi modo, aunque a veces, demasiadas veces, se
muestre ilegible, bárbara, brutal, muda y sin significado. Te recordamos hoy, nueve de febrero, y te recordamos siempre.
*
By the way, hacía
tiempo que no escuchaba a Lole y Manuel.
Que desde la calle de tu padre se vea un molino, es un gran lujo. El otro día pasé por un barrio anodino donde descubrí la calle Josep Melià. Me pregunté dónde había ido a parar la de tu padre. Un abrazo RPV
ResponderEliminarSí, RPV, lo del molino es muy curioso. La verdad es que no tengo idea de dónde está. Oye, los diarios secretos del hombrecito que toca la batería me están resultando muy interesantes. Abrazo.
ResponderEliminarGafapasta y encima sentimental, ay, ay, ay, vas degenerando... Muy significativo que hayan retirado la placa de las Ramblas dedicada a la pareja de ladrones Reales, ¿no crees? Bonita foto. Me ha gustado la entrada.
ResponderEliminarun abrazo
Presuntos, tío, di presuntos, que algún idiota te llamará populista. Bueno, es una gafapastez privada y tolerable., creo.
ResponderEliminarabrazo para ti.
A mí esta entrada me ha conmovido y dejado sin palabras...
ResponderEliminarUn abrazo
Ey, Zombie. Espero que sigas acumulando munición para nuestra revolución de los Icebergs.
ResponderEliminarabrazo(mbie)
Muy bien traido. Me recordó los andares de Lole por las callejuelas de Lavapiés, cuando cantaba en la Iglesia Evangelista de Filadelfia. Feliz la mariposilla, presumidilla y coqueta, parecía una flor de almendro..
ResponderEliminarhttps://www.youtube.com/watch?v=ea5PkIcz2LE
Muy bien traído por tu parte: de la banda sonora de 'Deprisa deprisa' recuerdo haber escuchado cientos de veces "Me quedo contigo". ¿Así que veías a Lole por Lavapiés? Suerte la tuya; cuando era pequeño me parecía la mujer más atractiva del mundo (y, por una vez, yo tenía razón). Saludos.
ResponderEliminarSí, quien tuvo, retuvo. La última década, anduvo por allí. Dentro del laberinto. Su hija tampoco salió manca.
ResponderEliminarA ver cuando organizas una reunión con las grupies, en la isla. Tipo formentor revival, performance campestre..
Habría que hablar con Cecilia Molano, que pasa parte del año por alli.
http://ceciliamolano.com/2012/01/das-fest-some-pics-from-performance/
DrJ, caja sorpresas.
Vaya, Doc. No me creerás, pero no piso la isla desde el verano de 2001. Me apunto, en todo caso, esa sugerencia. Precisamente al lado de Formentor he pasado los mejores veranos de mi vida.
ResponderEliminarSaludos, observador
Desde 2001? Nunca lo hubiera dicho, Clement.
ResponderEliminarRPV
Así es. Precisamente fue el verano en el que nos vimos en el puerto de pollensa y cenamos en tu casa (no sé si lo recuerdas). Abrazo
ResponderEliminar