martes, 5 de octubre de 2010

Bernhard en un cumpleaños


“(…) Pero en realidad tampoco sin Paul hubiese estado solo en aquellos días, semanas y meses en la Baumgartenerhöhe, porque al fin y al cabo tenía al ser de mi vida, el que, después de la muerte de mi abuelo, fue decisivo para mí en Viena, a la amiga de mi vida, a la que no sólo debo mucho sino, dicho sea francamente, desde el momento en que hace más de treinta años [nota bene: hace más de quince años], apareció a mi lado, se lo debo más o menos todo. Sin ella no estaría ya ni siquiera con vida y, en cualquier caso, no hubiera sido nunca el que soy, tan loco y tan infeliz, pero también feliz, como siempre. Los iniciados saben lo que se esconde tras esta expresión ser de mi vida, a través de la cual y del cual extraigo mis fuerzas y, una y otra vez, mi supervivencia, y de nadie más, ésa es la verdad. Esa mujer para mí ejemplar en todos los sentidos, inteligente, que nunca me ha dejado en la estacada en un solo momento decisivo y de la que en los últimos treinta años [n. b.: diecisiete años] he aprendido, o, por lo menos, aprendido a comprender casi todo, y de la que todavía hoy aprendo y, por lo menos, aprendo a entender lo decisivo (….)”





Thomas Bernhard, El sobrino de Wittgenstein, trad. Miguel Sáenz, Barcelona, Anagrama, 1ª ed. compactos, 1999, p. 28. 





2 comentarios:

  1. La contraportada del libro anuncia que hay pasajes desternillantes. No los he encontrado -salvo que el asunto de las defecaciones sobre la cabeza de uno cuando recibe un premio sea desternillante para alguien-.
    Me ha encantado, sin embargo, como todo lo que voy leyendo de Bernhard. Una especie de alegre amargura. Y la lucidez, claro. Y el ritmo incomparable, endiablado.

    Saludos.

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  2. Ahora que lo dices, tampoco yo fui capaz de encontrar las cosas "divertidas hasta saltarse las lágimas" a las que hace referencia la contratapa –aunque también dice que Bernhard habla "sin el menor miramiento, y eso hace daño"–, y eso que he leído varias veces el libro, igual que otros de Bernhard. Quizás mejor hablar de sinfonías panderogatorias que, al final, hacen sonreir por el machaque sistemático que Bernghard inflige al sentido común. Y, por supuesto, la lucidez. Alguien definió la literatura de Bernhard como "música para tullidos". Y tenía razón. Gracias por tu comentario. Saludos.

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