miércoles, 7 de abril de 2010

Sobre plagio y capacidad de resumir



"Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época; o, dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante. La clase que tiene a su disposición los medios para la producción material dispone con ello, al mismo tiempo, de los medios para la producción espiritual, lo que hace que se le sometan, al propio tiempo, por término medio, las ideas de quienes carecen de los medios necesarios para producir espiritualmente. Las ideas dominantes no son otra cosa que la expresión ideal de las relaciones materiales dominantes, las mismas relaciones materiales dominantes concebidas como ideas; por tanto, las relaciones que hacen de una determinada clase la clase dominante, o sea, las ideas de su dominación.”

[K. Marx & F. Engels, La ideología alemana, 1845-1846]


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“La regla de oro consiste en que quien tiene el oro hace las reglas”

[Aladín en Aladdin (1992), Walt Disney Pictures; Dirección: John Musker & Ron Clements; Guión: John Musker, Ron Clements, Ted Elliott, Terry Rossio y… ¿Marx y Engels?]






¿Por qué me ha parecido siempre tan siniestra la sonrisa de Walt?

jueves, 1 de abril de 2010

Patricio Pron y la lógica de la anomalía




Tres ejes vertebran el conjunto de relatos reunidos por Patricio Pron (Rosario, Argentina, 1975) en El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan (Barcelona, Mondadori, 2010), algunos ya publicados previamente en antologías o revistas: la cartografía física, histórica y anímica de Alemania –país en el que el autor se doctoró en filología románica y en el que ambienta la mayoría de los relatos, entre los que puede leerse un bio-diccionario del expresionismo tan erudito como cáustico–; la literatura como ambición y pasión y como forma de vida y muerte –pero también el mundo literario como ciénaga ignominiosa y miserable (“Es el realismo”)–; y, last but not least, la asechanza de una latente lógica de lo peor en lo que se muestra en los dieciocho cuentos que componen el volumen. 


El autor de El comienzo de la primavera exhibe una fina y, en ocasiones, portentosa habilidad para retratar o sugerir cursos de acción truncados, trayectorias estropeadas y derivas existenciales torcidas o a punto de torcerse, y recurre a un variado elenco de registros narrativos –entre ellos, la autoficción– que insuflan aire fresco a la técnica del relato. Si en algún texto Pron reflexiona sobre el género bajo la proverbial sombra del ocaso de la literatura (“El estatuto particular”), en otros tematiza abiertamente los vínculos entre realidad y ficción (“El mecanismo de la historia”, “Los peces y las montañas”), incrustando, aquí y allá, bien administradas dosis de metaliteratura. El irrealizable y, como tal, irónico desideratum que parece anidar en el enunciado que da título al libro y al cuento homónimo –una devastadora evocación de la infancia perdida–  aleja a El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan de una chata estética de la catástrofe. Los relatos de Pron se encuadran, más bien, en una sutil poética de lo anómalo normalizado, un territorio habitado por la complejidad, el azar, la vileza, la pérdida y la brutalidad, pero también por la belleza y la (siempre frágil) esperanza de redención. 


La falsa apariencia, la doble verdad y lo sorpresivo (vgr. el soberbio “Tu madre bajo la nevada sin mirar atrás”, las dos versiones/ perspectivas de “La historia del cazador y el oso” o “Abejas”), la culpa, el remordimiento, la gestión de la memoria y el pasado nazi (vgr. “Dos huérfanos”, “Una de las últimas cosas que me dijo mi padre” y, a su modo, “Exploradores del abismo”), la dialéctica entre mezquindad e inocencia (“El viaje”), la inquietante coherencia del sinsentido (“Las ideas”, “Un cuervo sobre la nieve”) o el dolor asociado a la quiebra de lo que aún no ha comenzado (“El corte”) son algunos de los motivos recreados con una prosa firme, penetrante y precisa que aúna la contención estilística y una especie de desordenada elegancia que confiere un sello muy singular a la francamente atractiva escritura de Pron. En “La visita al maestro” (¿Bolaño?) leemos que “en el mundo había [hay] una cantidad limitada de felicidad que iba [va] pasando de persona en persona”. Quizás la dolorosa conciencia de esta agria verdad es lo que hace que Pron, escritor dotado de una voz sutil y poderosa, palie con tenues hebras de piedad y compasión la fea y arruinada realidad que relata. Un libro extrañamente hermoso y contundente. 


[p. m. Publicado en Agitadoras. Revista cultural, nº 12, abril 2010]


martes, 30 de marzo de 2010

Ser o no ser: una diatriba



Bien dosificada, la escritura panderogatoria es terapéutica. De vez en cuando hay que purgarse con esas enmiendas a la totalidad que te van dibujando una sonrisa en el rostro hasta que estalla la carcajada. Otro día hablaremos de Bernhard, de Cioran o del enfadado Debord. ¿El hipercriticismo se autorrefuta y deja las cosas como están? Es posible, pero… En su día recorté este breve artículo, que ayer encontré amarilleado en un libro. Se publicó como columna en la última página de un periódico de gran tirada. Era 28 de enero de 2001. Aunque el texto es bueno, la diatriba de Manuel Vicent es, me parece, un fracaso como diatriba porque hay en ella una mirada lateral a la poesía (¿último expediente de salvación?) y roza la jeremiada. Igual que el cretinismo y la maldad, parece decir Vicent, la poesía está en todas partes [aquellos versos de Giannuzzi: “La poesía no nace./ Está allí, al alcance de toda boca/ para ser doblada, repetida, citada/ total y textualmente”]. Está en todas partes y hay que saber verla, aunque sea con los ojos cerrados. Sobra decir que el texto mantiene intacta su vigencia, especialmente para nosotros, que andamos descorazonados ante el espectáculo de tanto tonto apabullante abrazado al poder en todas partes, total y textualmente en todas partes. Ahí va extractado:




Ser o no ser
“Sólo los desesperados muy lúcidos se permiten esta clase de fuga que es la más parecida a la cobardía: ante cualquier ignominia cierran los ojos y en la oscuridad levantan una fortaleza. En realidad, ésta es una de las dos salidas que Shakespeare propone en el célebre monólogo de Hamlet. Ser o no ser: afrontar con gran ánimo los golpes de la fortuna o dormir, tal vez soñar, y con ese sueño dar fin a las miserias de la vida. Creerán muchos que es mucho más noble combatir las injusticias, levantar la voz contra la opresión, devolver los agravios o vengar las afrentas. Así sería, tal vez, en los tiempos en que se sabía qué era el mal, quién era el enemigo y dónde estaba la gloria. (…) Pero hoy se vive bajo una tiranía difusa y la maldad es inaprensible porque se confunde en el aire con el resto de la basura humana. La lees en los periódicos, la oyes por la radio, aparece en la pantalla del televisor, la contagian como la peste esos tipos mediocres y condecorados que se abrazan en cualquier fiesta y sin darte cuenta, sólo por haber descuidado las defensas, descubres que ya eres incapaz de rebelarte (…). No creo que haya existido una época en que los cretinos hayan sido tan apabullantes, ni los tontos hayan mandado más, ni la idiotez haya tratado de meterse como la humedad por todas las ventanas de las casas y los poros del cuerpo. Se habla mucho de la carne contaminada de los animales, pero aún es peor epidemia la degradación moral de las personas, que está en todas y en ninguna parte. Ser o no ser. Hay que rendir homenaje a los desesperados más lúcidos que resuelven esta duda de Hamlet huyendo de la basura a través de los sueños. Innumerables ciudadanos han elegido esta forma de salvación sin necesidad de ser poetas ni seres privilegiados. Ante cualquier ignominia se aferran en la oscuridad a un instante puro de su vida y lo convierten en una cima inexpugnable (…) Así resisten cuando un imbécil intenta devolverlos a la realidad con una bajeza. Esos desertores nunca serán derrotados”.

martes, 23 de marzo de 2010

Fotos de James

Unas fotos de James literaturizadas. Antes, Lou canta "Sweet Jane" aquí



"–Yo estoy empezando a saber varias cosas que no quiero–dijo Herf tranquilamente–. Al menos empiezo a tener el valor de confesarme lo mucho que detesto las cosas que no quiero."
(John Dos Passos, Manhattan transfer)




"Los domingos Wall Street está más desierto que Petra y todas las noches de todos los días queda completamente vacío. Este edificio, que en los días laborales rezuma de vida y actividad, por la noche retumba de silencios, y el domingo queda desolado. Y aquí precisamente hacía Bartleby su hogar, espectador solitario de una soledad que había visto poblada, una suerte de inocente y trastornado Mario meditando entre las ruinas de Cartago".
(Herman Melville, Bartleby, el escribiente)

  

"Un granizo amargo y enemigo me azota y pierdo el 
aliento.
Me siento hundido en un baño dulce de morfina y
mi garganta se anuda como si fuera a morir.
Al fin vuelvo otra vez a este enigma de los enigmas
que llamamos el Ser."
(Walt Whitman, Canto a mí mismo)





"Las horas mejores –por todos los conceptos– son las de la noche. Son las horas en las que flaquea la voluntad de los más allegados, a los que acaba por rendir la fatiga. Son las horas del gran silencio, cuando los ruidos de la ciudad cesan por completo, se oye el sueño pesado de los que descansan en otras habitaciones, las alas de los insectos atraídos por la única luz"
(Calvert Casey, Notas de un simulador)


"Si la vida pudiera ser como esto, sólo un largo día perezoso"
(Chester Himes, Una cruzada en solitario)


martes, 16 de marzo de 2010

martes, 9 de marzo de 2010

Perucho, la fatalidad


“Demoro todo lo que puedo el acto de escribir. Llega, no obstante, el momento (una fuerza oscura me empuja) de someterme a la tortura. Entonces una inexplicable cosa sucede: de la tortura saco un goce, un cierto placer, pero sin que éste deje de ser al mismo tiempo un sufrimiento. Es, por tanto, un acto masoquista. Ahora bien, es el único acto que me justifica totalmente como el que soy y posiblemente sea un acto inscrito en la más ciega fatalidad”

(Joan Perucho)