Hace ocho años, en el primer aniversario de la muerte de mi padre, escribí un texto que se publicó por ahí, en un periódico. Se trataba de una breve nota cuyo tono obligadamente elegíaco estaba atemperado por alguna que otra esquirla de ironía –él era una persona con mucho sentido del humor, un humor extraño, cáustico, corrosivo y piadoso, a veces críptico–. El texto arrancaba con unas consideraciones sobre la aporía de la Carta a Meneceo de Epicuro, continuaba con una alusión velada a Merleau-Ponty y terminaba con una referencia explícita a la célebre distinción que hizo Marx entre las cosas de la lógica y la lógica de las cosas. Recuerdo que escribí aquello penetrado por un sentimiento de futilidad y sospecha. Supongo que era bien consciente de que la sensación de vacío que su repentina desaparición provocó en nosotros era, un año después, todavía indecible. Había barajado la posibilidad de reproducir ese escrito aquí, dado que hoy se cumplen nueve años de su adiós. Pensé que superar el pudor y transcribir ese texto podía ser una forma idónea de recordarle, un modo paradójicamente “privado” –considérese que un espacio tan sobresaturado como la blogosfera es una constelación de millones de soledades en la que casi nadie lee a casi nadie– de celebrar que existió. Pensaba, en fin, reproducir ese escrito para rememorar su compleja personalidad, sus fragilidades y rarezas humanas, demasiado humanas, su valentía, su inteligencia y su bondad –qué extraña, artificiosa y hasta lamentable resulta hoy esta palabra–. El sábado, en medio del mogollón que estaban montando Javier, Miguel y Paula, los tres nietos que él no llegó a conocer, leí en casa de mi madre un artículo de Andrés Barba sobre un inédito de Barthes que acaba de publicar Paidós (Diario de duelo). Esa lectura me transportó a aquel año de intemperie, me llevó de inmediato a aquella mañana gélida de 2003 en la que me senté frente a un folio para tratar de expresar lo inexpresable. Leí el artículo de Barba mirando de reojo a mi madre y lo releo ahora pensando que, a pesar del dolor, ella ha querido hacer más firme y real la vida. Ahí va:
Describir el duelo (por Andrés Barba, Babelia, 5 de febrero de 2011)
“La cosa más común entre todas las vidas: perder a alguien. Se sobrelleva que el muerto, el ausente, se haya convertido en algo imaginario, en algo casi falso, pero el deseo que se tiene de él no es imaginario. La presencia del muerto es imaginaria, pero su ausencia es muy real y sabemos que, a partir de ahora, ésa será su forma de aparecer. Y el grito de ese sufrimiento: “¿Por qué?”, resuena no sólo a lo largo de toda la historia de la Literatura, sino a través de la plena conciencia de todas las acciones humanas. El carácter irreductible del sufrimiento hace que uno no pueda sentir horror por sí mismo mientras sufre de la misma manera que el absurdo detiene la inteligencia y la impide avanzar, pero -como es bien sabido- la ausencia de aquel a quien hemos amado no detiene el amor, el amor continúa tras la muerte en la obstinación del duelo. Sobre ese tema hay libros tan conmovedores como El libro de mi madre, de Albert Cohen, o Una pena en observación, de C. S. Lewis. Ahora se ha añadido otro, inédito hasta hoy: Diario de duelo, de Roland Barthes. Notas simples como golpes de aguja, un dietario de las impresiones, los descubrimientos diarios, las breves fulguraciones que asaltan a cualquiera que llora una desaparición... Barthes confirma lo que todos hemos sentido alguna vez al perder a alguien: el amor manifestado a los muertos es perfectamente puro pues el deseo por una vida que ya ha terminado no puede dar nada nuevo: se desea que el muerto haya existido y ha existido, pero junto a ese sentimiento, que es perfectamente real, se percibe que el mundo se ha despedazado y vuelto irreal. Dice Barthes: “La soledad donde me deja la muerte de mamá me deja solo en terrenos donde ella no tenía parte. Hay pues en el duelo una domesticación radical y nueva de la muerte; pues antes era sólo un saber prestado (torpe, venido de los otros, de la filosofía, etcétera), pero ahora es mi saber. Esto es para mí el universo: este lugar falso en el que nada es verdad, donde nada cristaliza”.
Después de esta lectura conmovedora, uno siente la seguridad de que ese descubrimiento, que en parte es consustancial a la simple idea de estar vivo (y de estar vivo para los otros), es un conocimiento para el que no hay instrucción posible y al que cada hombre deberá acceder antes o después en solitario y en la medida de su imaginación y su inteligencia. Pero si ese sufrimiento penal es en parte la garantía de la autenticidad del amor, no lo es menos la alegría que produce pensar que esa vida ha sido real, que ha existido, que ha sido exterior en el sentido más radical de la palabra. Y algo más misterioso aún: la convicción íntima de que ese dolor puede, o bien hacer más firme y real la vida, o bien despeñarla hacia el barranco de lo imaginario.”
La semana que viene hará dos años que murió mi padre. En el funeral, un amigo cuyo padre también murió joven me dijo: 'ya verás. Llegará un momento en que recordarlo ya no dolerá'. Espero que sea cierto.
ResponderEliminarMary
Sí, es cierto. Imagino que depende también de cada cual, pero creo que en general es así y que, finalmente, pesa más"la alegría que produce pensar que esa vida ha sido real" .
ResponderEliminarSaludos, Mary.
Estoy en el cole y sólo me ha dado tiempo a leer tu texto, aunque me lo llevo a casa para leerlo entero.
ResponderEliminarGracias. Me he emocionado mucho.
Muriel.
Eh, un beso, nos vemos mañana, supongo.
ResponderEliminarUna mezcla de excitación y triteza?
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