
“La fotografía, tan impactante como poética, fue tomada en las revueltas de Túnez y anda ya diluida como un desecho orgánico en el desaguadero digital, cloaca de la fugacidad que todo lo engulle, esófago inmaterial que aboca a ese magma de circuitos, conexiones y bits que como jugos gástricos disuelven todas las cosas en un tiempo real signado por la paradójica convivencia de la presencia perpetua y el olvido instantáneo…”
–Por el amor de Dios, un poco de contención, un poco de sobriedad, José María. Borre y empiece a escribir de nuevo. Adelante.
“Esta tarde plomiza de febrero contemplas demoradamente la instantánea que captó un fotógrafo cuyo nombre lamentas mucho no haber averiguado y piensas que la imagen dice demasiadas cosas. La visión de ese desarrapado ciudadano tunecino te ha provocado, es verdad, una sonrisa irreflexiva, pero inmediatamente te ha sacudido una punzada de dolor jubiloso; has recordado El pan desnudo, la enmudecedora novela autobiográfica de Mohammed Chukri que leíste hace tantos años, el libro que te hizo sentir gozosamente humillado y avergonzado, que disfrutaste hasta el punto de que casi se te saltaron las lágrimas cuando lo cerraste por última vez sabiendo que lo tenías que devolver y pensando que algo bueno debía de tener el derecho de propiedad si ese derecho te habilitaba para disfrutar a perpetuidad de la posesión de un libro como el de Chukri. Pensaste que ella, la vieja cerúlea de la ventanilla de los préstamos, no se daría cuenta, pensaste que era posible robar El pan desnudo porque en la biblioteca municipal había miles de libros y que la oquedad dejada en las vetustas estanterías de roble por el lomo de ese libro pasaría desapercibida. Ese diminuto hueco te parecía tan insignificante como tú entre los miles de millones de habitantes del mundo, pero no te atreviste a no devolver el libro y tu pusilanimidad te hizo cobrar conciencia de que nunca serías como Chukri…”
–Pare, que me voy a quedar dormido. ¿Quién se cree usted que es?, ¿Muñoz Molina? Elimine el párrafo y empiece a escribir otra vez. Que sé yo, algo un poco más fresco, más trendy. Venga.
“Trisha se puso el vestido de Jocomomola –subtexto: ya sabéis, lectores, Sybilla– y la chaqueta de Loreak Mendian. Antes de salir de casa de Frogg, con quien había estado follando durante toda la tarde en la cama de Ikea, se metió un par de tiros de farla y dijo mirando las imágenes que emitía el plasma: “¡qué bien que se maten estos putos moros entre sí, así habrá menos, ja!” Frogg soltó un alarido y una carcajada. Sentado en pelotas frente al portátil recién encendido, exclamó: “¡ey, tía, mira esto!” Trisha se acercó y vio la fotografía en la pantalla del MacBook Air de trece pulgadas, se sentó en la cama y dijo: “te la felo una vez más si pones esa foto en la portada del próximo número de la revista, amore…””
–Por favor, José María, pare, paaaare, esto es insufrible. ¿Qué se propone?, ¿ganar un premio de novela joven? Por cierto, está usted muy puesto en contemporaneidades, pero intente escribir algo más aséptico, no sé, algo periodístico. Vamos.
“En Túnez, y días después en Egipto, los árabes y los musulmanes se manifiestan en masa, con valentía y disciplina pacífica, en defensa de la dignidad humana y contra los gobernantes corruptos y represores. Es el grito de los mujeres y hombres oprimidos, que vencen la barrera del miedo y viven, aunque sea de forma pasajera, la sensación de libertad y dignidad. Esta fotografía simboliza…”
–José María, cierre el periódico. Está usted copiando literalmente el artículo de Timothy Garton Ash. Edificante, florido, celebratorio y cargante, dicho sea de paso. Empiece a escribir otra vez. No tenemos toda la mañana, ya sabe que el taller cierra a la una.
–Es que no se me ocurre nada más, profesor.
–Ya le he dicho varias veces que me llame Francisco y que me tutee, José María, soy treinta años más joven que usted.
–¿Es necesario que mires por encima de mi hombro cada vez que me pongo a teclear, Francisco?
–Perdone, no había pensado que podía molestarle. A ver, ¿qué le sugiere la fotografía?
–Ya lo he escrito, profesor, perdón, Francisco. He escrito que la fotografía me recuerda a El pan desnudo de Mohammed Chukri
–Buen libro, por cierto, pero hombre, adopte referentes más actuales, que a este paso nos van a quitar la subvención cuando le mandemos los trabajos de fin de curso y la memoria anual a ese burócrata analfabeto de la Conselleria. Venga, salgo a fumar un cigarro y a tomar una caña. Le dejo tranquilo para que escriba lo que quiera.
“Asimismo, dudo de que los principios de “orden partiendo del estrépito” o de “organización partiendo del estrépito” puedan ayudar a dilucidar el nacimiento de formas sociales nuevas. Como ya dije, no creo que se pueda hablar de “estrépito” o “anomalía” en un sentido riguroso, tratándose de una sociedad. Ni siquiera el término desorden es adecuado aquí. Lo que se manifiesta como “desorden” en el seno de una sociedad es, en realidad, algo interno de la institución de esa sociedad, algo significativo y negativamente evaluado…y esto es algo completamente diferente. Creo que los únicos casos en que podríamos hablar correctamente de “desorden” son aquellos de “viejos sistemas en crisis” o “en proceso de desmoronamiento”” [1]
–Bueeeeno, ya estoy aquí, José María. ¿Ha escrito algo?
–Sí.
–¿De dónde ha sacado usted esa fraseología?
–….
–¿Lo ha escrito usted?
–…
–¿Es suyo?
–No.
–¿De quién es?
–Castoriadis.
–¿Qué?
-Cornelius Castoriadis.
–Parece el nombre de un rapero. ¿Quién es?
–Un filósofo de origen griego que vivió en Francia.
–¿Es que va por la vida con un libro de ese filósofo?
–Me lo sé de memoria.
–Ah, vale. Bueno, no está mal. Me gusta, suena bien. Demasiadas comillas.
–Ya…
–No pasa nada, hombre, no ponga esa cara. Lo intentaremos de nuevo el sábado que viene.
–Me marcho ya, Francisco…
–Vaya, es usted una caja de sorpresas, José María. No es frecuente ver a gente de su edad con un shuffle. ¿Qué tipo de música escucha? ¿Me permite?
[1] C. Castoriadis, “Lo imaginario: la creación en el dominio historicosocial”, en Id., Los dominios del hombre. Las encrucijadas del laberinto, trad. A. L. Bixio, Barcelona, Gedisa, 1998 (3ª reimpr.), p. 75.
Aha!
ResponderEliminarEh. Por cierto, borré un comentario en el que insultabas a un anónimo. Aquí no se dicen chingaderas. abrazo.
ResponderEliminar"En una revolución, como en una novela, la parte más difícil de inventar es el final" (Tocqueville)
ResponderEliminarTremenda, la foto.
¿Qué produjo la revolución francesa? Napoleón. ¿Qué produjo la revolución industrial? Los telares de Manchester. ¿Qué produjo la revolución rusa? Stalin. ¿Qué produjo la revolución digital? Steve Ballmer. Todo mal. Casi es mejor no imaginar el final de esto. La foto es muy buena, sí.
ResponderEliminarSaludos.
Bueno, bueno, ¿es que ahora vas de pureta por la vida? De la lectura de tu respuesta al último comentario deduzco la urgencia de una sesión sobre filosofía de la historia. Prohibido hablar de Giacomo Marramao Un abrazo
ResponderEliminarHola, Clément Cadou. He leído el texto y me encanta, pero tengo una duda. Asumo que lo has escrito todo tú excepto el último párrafo entrecomillado, donde ya lo indicas. ¿no?
ResponderEliminarAl no conocer a Cornelius ni a Mohamed es lo que ocurre, que dudo.
Por cierto, he trato de ponerte entre los blogs favoritos en mi perfil, pero no lo consigo.
saludos.
S., te perdono la impertinencia, pero Marramao es imprescindible. abrazo.
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Hola Otto. Los tres primeros son míos y el penúltimo es un remedo de un artículo de prensa. Vaya, no sé cuál puede ser la causa del problema que comentas (¿una conspiración del Mossad?). Gracias por tus palabras y un saludo cordial.
(ah, y gracias a Anay por la cita, olvidé decirlo)