viernes, 16 de diciembre de 2011

Siegfried Kracauer en la retaguardia de la vanguardia

Siegfried Kracauer






He agotado durante una conversación fugaz la dosis de pretenciosidad que, lo quiera o no, toda persona se siente impelida a derramar diariamente para saberse emplazada en el mundo. Decepción, qué decepción, ha dicho ella refiriéndose a una persona, aunque sé que señalaba implícitamente a toda la humanidad. El ser humano nunca falla: siempre decepciona, he respondido, añadiendo a continuación que sólo porque en contadas ocasiones alguien viola el imperativo de comportarse indebidamente y desobedece la ley de Murphy antropológica, sólo porque, de pronto, inopinadamente, salta la sorpresa y alguien se conduce a sí mismo irracionalmente, sólo, en fin, porque esos acontecimientos constituyen un verdadero misterio –o mejor, el gran misterio– seguimos respirando, seguimos emplazados en el mundo, resistimos, somos felices por un instante y no desenfundamos el arma. ¿Psicología de tocador?, ¿aforística de boy scout?, ¿lucidez de alcantarilla?, ¿autenticismo banal?, ¿micro-ensayística naïve?, ¿consejo self-help de la indescriptible hija televisiva del inefable Eduard Punset? s da﷽﷽﷽﷽﷽﷽alenisayística merluzavez mSiegfried Kracauer para justificar que no ero misterio, o mejor, el misterio, seguimos vivo Bien, todo esto para no decir que en este momento no se me ocurre nada que decir del gran Siegfried Kracauer (1889-1966), de quien releo Estética sin territorio, un conjunto de ensayos y artículos recopilados por Colección de  Arquilectura (Murcia, 2006) en una pulida  edición de Vicente Jarque. El libro reúne veinticuatro textos publicados por Kracauer en el Frankfurter Zeitung y en distintas revistas de literatura y filosofía durante la década de los veinte y los primeros años de los  treinta. Jarque firma una completa introducción (“Siegfried Kracauer en tierra de nadie”), de la que copio la semblanza de nuestro héroe que escribe en las primeras páginas:            

“Desde que Benjamin en su elogiosa recensión de Los empleados –una pieza típicamente inclasificable, en la encrucijada que formarían los caminos de la investigación sociológica, el reportaje periodístico y el ensayo hermenéutico–, hablase de su autor como ejemplar paradigmático del tipo de individuo “descontento” y “aguafiestas”, de Ausenseiter (outsider), voluntario habitante de los márgenes, al que veía como una suerte de “trapero madrugador” que trabajaba recogiendo desperdicios “al alba del día de la revolución”, la mayor parte de las caracterizaciones de la figura de Kracauer tiende a presentarlo tomando como punto de partida esa clase de imágenes y asociándolas a su propio concepto de extraterritorialidad, es decir, a su permanente experiencia de hallarse dirigiéndose al mundo desde una especie de tierra de nadie que, precisamente por ello, no podía tampoco ser la suya.
Ciertamente, Kracauer fue siempre un tipo raro. Ya en Ginster, novela autobiográfica escrita en 1928, se describía a sí mismo en los términos de la ginesta o retama, ese arbusto amargo de alegres flores amarillas que prolifera en los márgenes de la vía del tren o las carreteras. Joseph Roth compararía al protagonista con el inepto soldado Schweik y con Charlot: algo parecido a un paria, una figura ingenua y poco aprovechable que se ve inmersa en dimensiones y procesos históricos que se le escapan, cuando no es que le pasan por encima. Alguien que, en efecto, durante la guerra (frente a la cual abrigaría sentimientos confusos) no pudo servir para otra cosa que para la tarea poco gloriosa –pero, por otro lado, tan digna como necesaria– de “pelar patatas contra el enemigo.”
Con esa extraterritorialidad programática se vincula, sin duda, su indefinición disciplinaria, la imposibilidad de ubicarle plenamente en ningún lugar teorético ni práctico. Kracauer no quiso ser un filósofo profesional (estudió arquitectura, aunque apenas ejerció, y sólo como empleado de un estudio, durante pocos años), pero no dejó de ocuparse de la filosofía en sus aspectos más profundos (fue él quien introdujo a Adorno en Kant, en largas sesiones sabatinas en las que se dedicaban a comentar la Crítica de la razón pura). No fue un auténtico sociólogo (pese a los tempranos influjos de Simmel, cuyos seminarios berlineses frecuentó), pero sus textos quedaron impregnados de una innegable orientación sociológica. Hizo teoría, historia y crítica de cine, pero apenas desde el punto de vista que formalmente cabría esperar del verdadero especialista. Escribió dos novelas de corte más o menos autobiográfico y, por supuesto, centenares de artículos y ensayos breves, de miniatura acerca de los temas más dispares. Su último trabajo, inacabado, iba a ser una monografía sobre la historia (History: The Last Things before the Last), que, junto a la también tardía y no menos inopinada Teoría del cine. La redención de la realidad física, puede complementar la noticia de su efectiva extraterritorialidad con un vislumbre de carácter eventualmente intempestivo de algunos registros de una trayectoria que él mismo caracterizó, por cierto, como la de alguien situado “en la retaguardia de la vanguardia.”
En cualquier caso, esa condición extraterritorial es la que tal vez se ha revelado como la más idónea de cara al cumplimiento del empeño que habría de determinar las líneas principales de su itinerario. El propio Kracauer venía a definirlo retrospectivamente como el de una búsqueda en pos de “vistas” (views) que habrían de servir para “la rehabilitación de realidades objetivas y modos de ser a los que todavía no se ha dado nombre y que, por lo tanto, son pasados por alto o erróneamente juzgados”. Esta tarea de dar “nombre” a las cosas, renuente por necesidad a la prosecución del orden estricto del discurso argumental, no sólo le aproximaba a Benjamin, sino que se asentaba quizás sobre ese rasgo suyo que Adorno definió como una especie de “primado de lo óptico”, de la imagen pregnante  frente al desarrollo lógico de los conceptos.
Finalmente, en efecto, parece que su especialidad sería la que derivaba de ese empeño en el rescate de fenómenos marginales de la cultura, de manifestaciones efímeras, bien aparentes en la superficie pero, justamente por eso, apenas reconocibles sin más en cuanto que configuraciones en absoluto banales, sino portadoras de un significado profundo. En lugar de hacia la elaboración de una teoría social o filosofía plenamente desarrollada, hacia lo que se orientó en general fue hacia la práctica de una “ensayística fisiognómica” destinada a interpretar los “fenómenos de la superficie como cifras históricas” y, por ende, como instancias fundamentales de toda crítica de la cultura contemporánea (….)”     

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