Siegfried Kracauer
He agotado
durante una conversación fugaz la dosis de pretenciosidad que, lo quiera o no,
toda persona se siente impelida a derramar diariamente para saberse emplazada
en el mundo. Decepción, qué decepción, ha dicho ella refiriéndose a una persona,
aunque sé que señalaba implícitamente a toda la humanidad. El ser humano nunca
falla: siempre decepciona, he respondido, añadiendo a continuación que sólo
porque en contadas ocasiones alguien viola el imperativo de comportarse
indebidamente y desobedece la ley de Murphy antropológica, sólo porque, de
pronto, inopinadamente, salta la sorpresa y alguien se conduce a sí mismo irracionalmente, sólo, en fin, porque esos acontecimientos constituyen un verdadero misterio –o mejor, el gran
misterio– seguimos respirando, seguimos emplazados en el mundo, resistimos,
somos felices por un instante y no desenfundamos el arma. ¿Psicología de
tocador?, ¿aforística de boy scout?, ¿lucidez de alcantarilla?, ¿autenticismo
banal?, ¿micro-ensayística naïve?,
¿consejo self-help de la
indescriptible hija televisiva del inefable Eduard Punset? Bien, todo esto para no decir que en este momento no se me
ocurre nada que decir del gran Siegfried
Kracauer (1889-1966), de quien releo Estética sin territorio, un conjunto
de ensayos y artículos recopilados por Colección de Arquilectura (Murcia, 2006) en una
pulida edición de Vicente Jarque. El
libro reúne veinticuatro textos publicados por Kracauer en el Frankfurter Zeitung y en distintas
revistas de literatura y filosofía durante la década de los veinte y los primeros años de los treinta. Jarque firma una completa introducción (“Siegfried Kracauer en
tierra de nadie”), de la que copio la semblanza de nuestro héroe que
escribe en las primeras páginas:
“Desde que
Benjamin en su elogiosa recensión de Los
empleados –una pieza típicamente inclasificable, en la encrucijada que
formarían los caminos de la investigación sociológica, el reportaje
periodístico y el ensayo hermenéutico–, hablase de su autor como ejemplar
paradigmático del tipo de individuo “descontento” y “aguafiestas”, de Ausenseiter (outsider), voluntario habitante de los márgenes, al que veía como
una suerte de “trapero madrugador” que trabajaba recogiendo desperdicios “al
alba del día de la revolución”, la mayor parte de las caracterizaciones de la
figura de Kracauer tiende a presentarlo tomando como punto de partida esa clase
de imágenes y asociándolas a su propio concepto de extraterritorialidad, es decir, a su permanente experiencia de
hallarse dirigiéndose al mundo desde una especie de tierra de nadie que,
precisamente por ello, no podía tampoco ser la suya.
Ciertamente,
Kracauer fue siempre un tipo raro. Ya en Ginster,
novela autobiográfica escrita en 1928, se describía a sí mismo en los términos
de la ginesta o retama, ese arbusto amargo de alegres flores amarillas que
prolifera en los márgenes de la vía del tren o las carreteras. Joseph Roth
compararía al protagonista con el inepto soldado Schweik y con Charlot: algo
parecido a un paria, una figura ingenua y poco aprovechable que se ve inmersa
en dimensiones y procesos históricos que se le escapan, cuando no es que le
pasan por encima. Alguien que, en efecto, durante la guerra (frente a la cual
abrigaría sentimientos confusos) no pudo servir para otra cosa que para la
tarea poco gloriosa –pero, por otro lado, tan digna como necesaria– de “pelar
patatas contra el enemigo.”
Con esa extraterritorialidad
programática se vincula, sin duda, su indefinición disciplinaria, la
imposibilidad de ubicarle plenamente en ningún lugar teorético ni práctico.
Kracauer no quiso ser un filósofo profesional (estudió arquitectura, aunque
apenas ejerció, y sólo como empleado de un estudio, durante pocos años), pero
no dejó de ocuparse de la filosofía en sus aspectos más profundos (fue él quien
introdujo a Adorno en Kant, en largas sesiones sabatinas en las que se
dedicaban a comentar la Crítica de la
razón pura). No fue un auténtico sociólogo (pese a los tempranos influjos
de Simmel, cuyos seminarios berlineses frecuentó), pero sus textos quedaron
impregnados de una innegable orientación sociológica. Hizo teoría, historia y
crítica de cine, pero apenas desde el punto de vista que formalmente cabría
esperar del verdadero especialista. Escribió dos novelas de corte más o menos
autobiográfico y, por supuesto, centenares de artículos y ensayos breves, de
miniatura acerca de los temas más dispares. Su último trabajo, inacabado, iba a
ser una monografía sobre la historia (History:
The Last Things before the Last), que, junto a la también tardía y no menos
inopinada Teoría del cine. La redención
de la realidad física, puede complementar la noticia de su efectiva extraterritorialidad
con un vislumbre de carácter eventualmente intempestivo de algunos registros de
una trayectoria que él mismo caracterizó, por cierto, como la de alguien
situado “en la retaguardia de la vanguardia.”
En cualquier
caso, esa condición extraterritorial es la que tal vez se ha revelado como la
más idónea de cara al cumplimiento del empeño que habría de determinar las
líneas principales de su itinerario. El propio Kracauer venía a definirlo
retrospectivamente como el de una búsqueda en pos de “vistas” (views) que habrían de servir para “la
rehabilitación de realidades objetivas y modos de ser a los que todavía no se
ha dado nombre y que, por lo tanto, son pasados por alto o erróneamente
juzgados”. Esta tarea de dar “nombre” a las cosas, renuente por necesidad a la
prosecución del orden estricto del discurso argumental, no sólo le aproximaba a
Benjamin, sino que se asentaba quizás sobre ese rasgo suyo que Adorno definió
como una especie de “primado de lo óptico”, de la imagen pregnante frente al desarrollo lógico de los conceptos.
Finalmente, en
efecto, parece que su especialidad sería la que derivaba de ese empeño en el rescate de fenómenos marginales de la
cultura, de manifestaciones efímeras, bien aparentes en la superficie pero,
justamente por eso, apenas reconocibles sin más en cuanto que configuraciones
en absoluto banales, sino portadoras de un significado profundo. En lugar de
hacia la elaboración de una teoría social o filosofía plenamente desarrollada,
hacia lo que se orientó en general fue hacia la práctica de una “ensayística
fisiognómica” destinada a interpretar los “fenómenos de la superficie como
cifras históricas” y, por ende, como instancias fundamentales de toda crítica
de la cultura contemporánea (….)”
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