[Imre Kertész deja la escritura; no publicará más]
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Bonus track bartlebyano: irónico texto de Héctor Abad Faciolince publicado hace casi tres años –un incunable– sobre Amedeo Furst:
"La muerte de J. D.
Salinger ha puesto de moda el tema de los artistas que evitan cualquier
contacto con el público, bien sea en persona o a través de los medios de
comunicación. Se hacen listas: Pynchon, que no habla en televisión; Joseph
Beuys, que se envolvía en sábanas para que nadie lo viera; Philip Roth, que se
precia de no haber sonreído jamás en una foto. De todos los esquivos que en el
mundo han sido, ninguno me fascina tanto como Amedeo Furst. De Furst me habló
por primera vez Santiago Gamboa, hace ya mucho tiempo, y me hizo jurar que no
revelaría su secreto. Hoy rompo mi palabra, porque conviene que se sepa de él.
Amedeo Furst es un gran autor del Cantón Ticino y un artista de tan extrema
discreción que no sólo no ha sido fotografiado nunca, sino que nadie lo ha
visto jamás. Su caso es tan especial, y llega tan lejos su discreción, que
nunca ha querido publicar ningún libro, porque no sólo no quiere que lo vean,
sino que tampoco quiere que lo lean, pues para él escribir no es más que una
forma sutil de exhibicionismo, en el que incluye incluso a aquellos escritores
que, aunque no se dejen ver, cometen la desvergüenza de publicar. Ustedes se
preguntarán cómo se ha tenido noticia de las tesis de Furst, o de su
nacionalidad, e incluso de su nombre, si nunca las ha escrito ni expuesto de
viva voz. Yo también me lo pregunto. En realidad hay quienes sostienen que sus
libros sí existen y que son magníficos, pero que nadie está seguro de cuáles
son, pues suele publicarlos en editoriales menores y bajo nombres absolutamente
anodinos, en oscuros idiomas que muy pocos entienden, como el muinane y el
vasco. A mí esto no me consta. Los escritores secretos, en realidad, tienen un
modelo importante: el más grande de todos los escritores invisibles es Dios. El
Espíritu Santo ha dictado, al oído de apóstoles y profetas, algunos de los más
sugestivos textos literarios: versículos del Nuevo Testamento, proverbios de
los Salmos, profecías de los mayas, versos del Cantar de los Cantares, suras
del Corán... ¿Y quién lo ha visto nunca? Nadie, porque el Altísimo no se deja
ver y, en sentido estricto, ni siquiera tiene nombre. Dios es tan famoso, y
vive en boca de todo el mundo, tanto de devotos como de detractores, gracias
precisamente a su invisibilidad. Los escritores que no se dejan ver se quieren
volver invisibles, como Dios, y como Él hablar solamente a través de la
Palabra. No hay culto más puro y más profundo que el culto por aquello que no
se conoce. Un rostro humano, indudablemente, humaniza. No tener cara ni cuerpo,
en cambio, en cierto sentido diviniza. Muchos adoran a los grandes escritores
escurridizos, a esos que, de algún modo, viven bajo el burka del anonimato sin rostro, como esas bellas imágenes de Mahoma
velado. El mecanismo psicológico de su idolatría, si uno lo piensa bien, es
bastante elemental: cuando un escritor, un intelectual, no se siente
suficientemente reconocido por los medios, cuando le parece que no hay
correspondencia entre la popularidad de unos mediocres y la propia oscuridad
(siendo él un genio comparado con tantos deficientes mentales), entonces su
predilección, y más aún su devoción, se concentra en esos escritores que,
pudiendo ser célebres, se resisten a cualquier aparición mediática, y se
esconden en una austera intimidad, rechazando los premios, odiando la
televisión, los periódicos, las entrevistas y en general cualquier aparición
pública. "Ése sí es un tipo digno, pulcro, discreto; no como otros...",
recalcan los artistas oscuros e incomprendidos. En aquellos que a pesar de ser
célebres no se dejan celebrar está su desquite. Aunque éstos sean invisibles
voluntarios, los invisibles involuntarios se sienten vengados por los famosos
escurridizos".
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