Kate a los catorce
“Había que comentar, entre otros textos, un fragmento
de la Summa theologiae del
aquinatense. Una alumna escribió: “Respecto al texto de Santo Tomás, podemos
observar cómo plasma la idea del bien y su consecuencia, es decir, el mal”
(sic). Si el profesor no hubiera estado seguro, después de varias
intervenciones en las clases, de que era una analfabeta filosófica, si en el
momento de corregir en el examen no hubiera tenido la más absoluta convicción
de que no había comprendido nada, le habría puesto una nietzscheana matrícula
de honor. Tuvo que conformarse con la ilusión
de que aquello era la corrosiva sutileza de una alumna aventajada”
“La tentación del adoctrinamiento es la fruta
podrida que cae del árbol de la libertad de cátedra. ¿Cuántos profesores consideran tonto o simplemente malvado a todo aquel que se desliza un pie fuera
del molde de “naturaleza humana” confeccionado en un oscuro despacho de
Universidad? Hay una distancia sideral entre la voluntad de influir, esa
locura, y el campo baldío de un cerebro demasiado embrutecido por la publicidad
televisiva. Condenada a no ser nunca salvada, esa distancia es el mullido
colchón sobre el que descansa cada razón singular del docente, sabedor de que,
idiotas desarmados sin tiempo para pensar, a ninguno de los desdichados que
necesitan un título para seguir obedeciendo se le ocurrirá comprometer su
calificación pensando, y menos aún haciendo preguntas. Y sin embargo, de vez en
cuando obra el milagro y logos asoma
su maltrecho hocico en los lodos de la ciénaga universal. Bañado entonces en
lágrimas felices, uno remastica otra vez esa vieja idea de fundar una reserva
para especies protegidas”
*
Escribí
estos dos párrafos hace unos trece años, creo. Todavía no había alcanzado la
condición de idiota autoconsciente y estaba convencido de que la gente se
matricula en una carrera para obtener un título, pero también para aprender
algo. Prometo que por aquel entonces pensaba que la función de un profesor no
es adoctrinar ni hacer apologías del presente, y menos aún contribuir a la
creación de free riders
competitivos/as, eficientes y dispuestos/as a despellejar al/la otro/a si es
necesario –pero de buen rollo, eh, con inteligencia emocional, espíritu
emprendedor y todo lo demás– recurriendo a las “habilidades” y las “competencias” a
la boloñesa adquiridas en un aula convenientemente equipada con todo tipo de
prótesis tecno-militares. Peor todavía: creía que lo único que debe hacer un profesor es enseñar a
pensar –no obligar a pensar como él piensa–. En pocas palabras, era yo
un idiota bastante inconsciente. Viene esto a cuento de una carta al director
que he leído esta mañana y que me ha recordado mi idea de fundar una reserva
para especies protegidas. Constanza Cisternas Fierro, una chica de 16 años, ha
enviado un breve texto al diario El País que arrancaría una sonrisa aprobatoria a la calavera de Theodor W. Adorno y pondría a bailar a Lewis Mumford en la tumba.
Se lo leo a Ana, sonríe y asiente, “aunque me parece un poco redicha”, dice.
Puede ser, pero me gusta mucho eso de “sin instantes reales en su ahora”, digo.
Es muy tierno y, a la vez, añado, levemente nietzscheano. Ahí va la carta:
¿Nos
comunican las redes sociales?
“La llaman la era de las
comunicaciones, mas, lo que la sociedad refleja, se aleja soberanamente de
aquello. Con mis 16 años de edad, puedo ver cómo jóvenes tienen las
conversaciones más profundas de sus vidas a través de Facebook u otra clase de
interfaz, y cómo la instantaneidad de Twitter deja a los adolescentes sin
instantes reales en su ahora. Por esa razón hace ya un año cerré mi Facebook;
jamás tuve Twitter y no es mi intención tenerlo, porque quiero que las máquinas
estén a mi disposición y no yo a la de ellas, porque recordemos, siempre fue ese
el objetivo de su invención”.
Constanza Cisternas Fierro.
http://www.youtube.com/watch?v=23SKWM1Ra50
ResponderEliminarJa, ja, ja...buenísimo (y atrezzo perfecto). Besos.
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