domingo, 23 de junio de 2013

"Sin instantes reales en su ahora"


Kate a los catorce


“Había que comentar, entre otros textos, un fragmento de la Summa theologiae del aquinatense. Una alumna escribió: “Respecto al texto de Santo Tomás, podemos observar cómo plasma la idea del bien y su consecuencia, es decir, el mal” (sic). Si el profesor no hubiera estado seguro, después de varias intervenciones en las clases, de que era una analfabeta filosófica, si en el momento de corregir en el examen no hubiera tenido la más absoluta convicción de que no había comprendido nada, le habría puesto una nietzscheana matrícula de honor. Tuvo que conformarse con la ilusión de que aquello era la corrosiva sutileza de una alumna aventajada”

“La tentación del adoctrinamiento es la fruta podrida que cae del árbol de la libertad de cátedra. ¿Cuántos profesores consideran tonto o simplemente malvado a todo aquel que se desliza un pie fuera del molde de “naturaleza humana” confeccionado en un oscuro despacho de Universidad? Hay una distancia sideral entre la voluntad de influir, esa locura, y el campo baldío de un cerebro demasiado embrutecido por la publicidad televisiva. Condenada a no ser nunca salvada, esa distancia es el mullido colchón sobre el que descansa cada razón singular del docente, sabedor de que, idiotas desarmados sin tiempo para pensar, a ninguno de los desdichados que necesitan un título para seguir obedeciendo se le ocurrirá comprometer su calificación pensando, y menos aún haciendo preguntas. Y sin embargo, de vez en cuando obra el milagro y logos asoma su maltrecho hocico en los lodos de la ciénaga universal. Bañado entonces en lágrimas felices, uno remastica otra vez esa vieja idea de fundar una reserva para especies protegidas”

*

Escribí estos dos párrafos hace unos trece años, creo. Todavía no había alcanzado la condición de idiota autoconsciente y estaba convencido de que la gente se matricula en una carrera para obtener un título, pero también para aprender algo. Prometo que por aquel entonces pensaba que la función de un profesor no es adoctrinar ni hacer apologías del presente, y menos aún contribuir a la creación de free riders competitivos/as, eficientes y dispuestos/as a despellejar al/la otro/a si es necesario –pero de buen rollo, eh, con inteligencia emocional, espíritu emprendedor y todo lo demás– recurriendo a las “habilidades” y las “competencias” a la boloñesa adquiridas en un aula convenientemente equipada con todo tipo de prótesis tecno-militares. Peor todavía: creía que lo u﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽rofesor . Peor todavç´. Peor todavçprender a pensar.  único que debe hacer un profesor es enseñar a pensar –no obligar a pensar como él piensa–. En pocas palabras, era yo un idiota bastante inconsciente. Viene esto a cuento de una carta al director que he leído esta mañana y que me ha recordado mi idea de fundar una reserva para especies protegidas. Constanza Cisternas Fierro, una chica de 16 años, ha enviado un breve texto al diario El País que arrancaría una sonrisa aprobatoria a la calavera de Theodor W. Adorno y pondría a bailar a Lewis Mumford en la tumba. Se lo leo a Ana, sonríe y asiente, “aunque me parece un poco redicha”, dice. Puede ser, pero me gusta mucho eso de “sin instantes reales en su ahora”, digo. Es muy tierno y, a la vez, añado, levemente nietzscheano. Ahí va la carta:

¿Nos comunican las redes sociales?
La llaman la era de las comunicaciones, mas, lo que la sociedad refleja, se aleja soberanamente de aquello. Con mis 16 años de edad, puedo ver cómo jóvenes tienen las conversaciones más profundas de sus vidas a través de Facebook u otra clase de interfaz, y cómo la instantaneidad de Twitter deja a los adolescentes sin instantes reales en su ahora. Por esa razón hace ya un año cerré mi Facebook; jamás tuve Twitter y no es mi intención tenerlo, porque quiero que las máquinas estén a mi disposición y no yo a la de ellas, porque recordemos, siempre fue ese el objetivo de su invención”.
Constanza Cisternas Fierro.         



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