Un prólogo
anticipatorio y un epílogo metanarrativo y dirimente escoltan el cuerpo central
de Intento de escapada, extensa
analepsis en la que Marcos Torres rememora el episodio que vivió cuando era
alumno de último curso en una universidad de la periferia peninsular e iniciaba sus investigaciones sobre la ruptura del
placer visual en el arte contemporáneo. Gordo, ultra-reflexivo, introvertido, nerdy, virgen y patológicamente empapado
de teoría –lector, entre otros, de Blanchot, Bataille, Derrida, Agamben, Arthur
C. Danto, Buchloch, Bishop, Rancière, Rosalind Krauss, Warburg, Hal Foster,
Dickie y Adam Phillips–, el joven Marcos del año dos mil tres atiende la
sugerencia de Helena, profesora que ejerce sobre él un vidrioso influjo y que
gestiona un centro cultural de la Comunidad Autónoma, y deviene asistente no
remunerado de Jacobo Montes, “el gran artista social del presente” (p. 16)
aupado por el medio –es decir, por el mercado– como “modelo de artista social comprometido” (p. 57). Invitado por
Helena a la ciudad, Montes –una figura cuyo lenguaje, ubicado entre la poética
de la abyección y el sociologismo visceral, recuerda en la música y en la letra
al del autor del pabellón español de la Bienal de Venecia precisamente del año
dos mil tres– se propone ahondar en su investigación sobre las políticas
migratorias. El artista desdeña los primeros esbozos, en los que Marcos ha
trabajado disciplinadamente, y decide finalmente materializar su ocurrencia conceptual –“se me está ocurriendo ahora mismo una obra. Una obra
absolutamente magistral” (p. 156)–, a saber, una vídeo-instalación que consiste
en encerrar a Omar, inmigrante sin papeles –ergo,
fácil de convencer: “El dinero hace milagros. Es el mejor argumento” (p. 165),
dice Montes–, en una caja de madera de un metro de alto por uno y medio de ancho
y remunerar al paria a razón de mil euros por día hasta ajustar siete jornadas,
si aguanta, previa firma de un contrato de cesión de los derechos de imagen al
artista que exime a Montes y a Helena de toda responsabilidad.
No sería del todo
exacto afirmar que Miguel Ángel Hernández (Murcia, 1977), buen conocedor del
terreno que pisa, se ha limitado a escribir una novela interesante, bien
ritmada –aunque con desmayos narrativos puntuales– y didáctica sobre el ambiguo
estatuto –si no sobre el cinismo y la impostura poseur– de cierta clase de artista contemporáneo sedicentemente
radical, híbrido de agitador de conciencias y empresario de sí íntimamente
sabedor de que hace tiempo que sus gesticulaciones oraculares, incendiarias,
subversivas o blasfematorias son asimiladas sin trauma por el sistema que el
artista vitupera, es decir, por el mismo sistema-medio que le procura nombre,
fama internacional, dinero y reconocimiento. Lo que resulta atractivo de Intento de escapada es el modo en que
Hernández encara el tratamiento de esta verdad trivial a través de la voz de
Marcos. Nucleada alrededor de la iconostasis, categoría nodal de la novela, la
tormentosa reflexión exegética del estudiante se resuelve en un acelerado aprendizaje
del desencanto y en la toma de conciencia de que es imposible rasgar la
veladura que blinda a Montes del horror, de ese fragmento de vida mutilada que
el artista pretende exponer y hacer
visible mediante la invisibilización del sujeto instrumental de la obra –uno
piensa en la “presencia ausente” o la doble ausencia teorizada por Abdelmalek
Sayad y, antes de cuestionarlo todo, Marcos piensa en “La carta robada” de
Poe–. Más allá de sus dos gestos éticos aparentemente resolutorios, el Marcos
adulto que en dos mil trece evoca desde París su progresiva instalación en la
“descreencia en el arte” (p. 230) es un
teórico instalado en el sistema-medio que, habiendo aprendido las reglas del
arte y de la vida, conserva sin embargo la lucidez necesaria para preguntarse
en voz baja si la actividad que despliega –“hacer hablar”, legitimándolas, a
determinadas obras– conforma su propia iconostasis protectora que disuelve la
disyuntiva que mortificó su mente virginal diez años atrás. Sugestiva
novela ensayística; buen ensayo novelado.
Miguel Ángel Hernández, Intento de escapada, Barcelona,
Anagrama, 2013, 237 p.