miércoles, 12 de junio de 2013

'Intento de escapada' (Miguel Ángel Hernández)





Un prólogo anticipatorio y un epílogo metanarrativo y dirimente escoltan el cuerpo central de Intento de escapada, extensa analepsis en la que Marcos Torres rememora el episodio que vivió cuando era alumno de último curso en una universidad de la periferia peninsulareri﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽o de bellas artes en una universidad perifel cuerpo central de su ese modo? Comunitat Valenciana para que se hagan car e iniciaba sus investigaciones sobre la ruptura del placer visual en el arte contemporáneo. Gordo, ultra-reflexivo, introvertido, nerdy, virgen y patológicamente empapado de teoría –lector, entre otros, de Blanchot, Bataille, Derrida, Agamben, Arthur C. Danto, Buchloch, Bishop, Rancière, Rosalind Krauss, Warburg, Hal Foster, Dickie y Adam Phillips–, el joven Marcos del año dos mil tres atiende la sugerencia de Helena, profesora que ejerce sobre él un vidrioso influjo y que gestiona un centro cultural de la Comunidad Autónoma, y deviene asistente no remunerado de Jacobo Montes, “el gran artista social del presente” (p. 16) aupado por el medio –es decir, por el mercado– como “modelo de artista social comprometido” (p. 57). Invitado por Helena a la ciudad, Montes –una figura cuyo lenguaje, ubicado entre la poética de la abyección y el sociologismo visceral, recuerda en la música y en la letra al del autor del pabellón español de la Bienal de Venecia precisamente del año dos mil tres– se propone ahondar en su investigación sobre las políticas migratorias. El artista desdeña los primeros esbozos, en los que Marcos ha trabajado disciplinadamente, y decide finalmente materializar su ocurrencia conceptual –“se me está ocurriendo ahora mismo una obra. Una obra absolutamente magistral” (p. 156)–, a saber, una vídeo-instalación que consiste en encerrar a Omar, inmigrante sin papeles –ergo, fácil de convencer: “El dinero hace milagros. Es el mejor argumento” (p. 165), dice Montes–, en una caja de madera de un metro de alto por uno y medio de ancho y remunerar al paria a razón de mil euros por día hasta ajustar siete jornadas, si aguanta, previa firma de un contrato de cesión de los derechos de imagen al artista que exime a Montes y a Helena de toda responsabilidad.   

No sería del todo exacto afirmar que Miguel Ángel Hernández (Murcia, 1977), buen conocedor del terreno que pisa, se ha limitado a escribir una novela interesante, bien ritmada –aunque con desmayos narrativos puntuales– y didáctica sobre el ambiguo estatuto –si no sobre el cinismo y la impostura poseur– de cierta clase de artista contemporáneo sedicentemente radical, híbrido de agitador de conciencias y empresario de sí íntimamente sabedor de que hace tiempo que sus gesticulaciones oraculares, incendiarias, subversivas o blasfematorias son asimiladas sin trauma por el sistema que el artista vitupera, es decir, por el mismo sistema-medio que le procura nombre, fama internacional, dinero y reconocimiento. Lo que resulta atractivo de Intento de escapada es el modo en que Hernández encara el tratamiento de esta verdad trivial a través de la voz de Marcos. Nucleada alrededor de la iconostasis, categoría nodal de la novela, la tormentosa reflexión exegética del estudiante se resuelve en un acelerado aprendizaje del desencanto y en la toma de conciencia de que es imposible rasgar la veladura que blinda a Montes del horror, de ese fragmento de vida mutilada que el artista pretende exponer y hacer visible mediante la invisibilización del sujeto instrumental de la obra –uno piensa en la “presencia ausente” o la doble ausencia teorizada por Abdelmalek Sayad y, antes de cuestionarlo todo, Marcos piensa en “La carta robada” de Poe–. Más allá de sus dos gestos éticos aparentemente resolutorios, el Marcos adulto que en dos mil trece evoca desde París su progresiva instalación en la “descreencia  en el arte” (p. 230) es un teórico instalado en el sistema-medio que, habiendo aprendido las reglas del arte y de la vida, conserva sin embargo la lucidez necesaria para preguntarse en voz baja si la actividad que despliega –“hacer hablar”, legitimándolas, a determinadas obras– conforma su propia iconostasis protectora que disuelve la disyuntiva que mortificó su mente virginal diez años atrás. Sugestiva novela ensayística; buen ensayo novelado.                    



Miguel Ángel Hernández, Intento de escapada, Barcelona, Anagrama, 2013, 237 p.

[p. m., La bolsa de pipas. Revista literaria trimestral, nº 90, verano 2013]