UNA LITERATURA PARA REÍR
Literatura “para reír” en el doble sentido del término: la de
Raymond Roussel puede considerarse una obra dotada de una gran fuerza cómica,
fuerza cómica que es su punto más fuerte y paradójicamente el más “serio”; pero
también una obra, pese a todo, marginal en la historia de la literatura, donde
corre el gran riesgo de tener que desempeñar para siempre papeles secundarios,
si no de no importar un comino.
¿A qué se
debe principalmente la extravagancia de las “historias” de Roussel?
1) En primer lugar, y ante todo, a su
propia insignificancia, que en Roussel parece un prodigio. Lo que hace reír aquí no es solamente lo insólito o lo estrafalario, sino también la
imposibilidad de proceder a cualquier interpretación de la historia. Si las
historias imaginadas por Roussel acaban siendo interesantes, contra viento y
marea, es justamente en la medida en que carecen por completo de interés, pues
no hay nada en ellas que pueda retener un instante de atención de cualquier
orden, ya sea psicológico, filosófico, histórico o político. Carecen
absolutamente de peso; su inconsistencia es total. Ahora bien, es un logro tan
grande y tan desusado conseguir no decir nada, no descubrir ningún hilo, no
revelar ninguna connivencia con causa o interés alguno…No es insignificante
quien quiere. En este sentido, la literatura de Roussel es de una pulcritud (o
de una ineptitud) ideológica ejemplar.
2) A un efecto de aplanamiento y de
neutralización de todo valor cultural en general, y literario en particular. En
L’etoile au front, por ejemplo,
Haendel, Milton, Lope de Vega son reducidos al estado de piezas intercambiables
que el autor desplaza a su antojo sobre su tablero, como esas riquezas
fabulosas, la calle de la Paix o la plaza Vendôme, que el juego del Monopoly
solo entrega a un jugador como pequeña superficie de cartón condenada al
intercambio. Así Roussel, no contento con ser insignificante por sí mismo, se
propone también fagocitar, haciéndolo caer en su propia trampa, todo
significado exterior a él.
3) A la manera, en fin, en que estas
historias están escritas. El estilo de Roussel es de una banalidad
paradójicamente admirable porque no desfallece ni se debilita; tras una severa
selección, no admite en él más que el lugar común conocido y constatado, la
expresión gastada y convenida, en fin, la palabra absolutamente plana y muda;
no hay nada aquí que pueda informar sobre las intenciones o la sensibilidad del
escritor. Se trata de una escritura a contrapelo, que va victoriosamente en
contra de todo lo aconsejable y recomendable. Y una vez más el resultado es
extraordinario, porque tampoco es absolutamente banal quien quiere. Y si
quieren convencerse de ello, inténtenlo.
Ni que decir tiene que este efecto cómico es mucho más
sensible en el teatro de Roussel, donde lo absurdo del tema se ve forzado tanto
por la presencia del público en la sala, donde se espera otra fiesta y cuyo
gesto podemos imaginar fácilmente, como por los actores sobre el escenario,
obligados también ellos a escuchar con gravedad las locuras que se profieren
los unos a los otros y poner buena cara; y más aún: de responder a ellas y
desarrollarlas.
[Clément
Rosset, “Une littérature pour rire”, en Melusine
6. Raymond Roussel en Glorie, Paris, Editions L’age d’homme, 2001, pp.
39-40; trad.
de Carlos Valdés y Celia Recarey para la edición de Locus Solus, Madrid, Capitán Swing, 2012, pp. 455-457]
Pues siendo su escritura tan particular e irrepetible casi mejor que siga siendo un autor marginal, si se pusiera de moda en plan F.Wallace por ejemplo, no quiero ni imaginar cómo sería aguantar a sus frustrados imitadores.
ResponderEliminarUn abrazo veraniego
Ey, Zombie. A mí también me gusta que me cuenten historias (edificantes o desasosegantes) con su trama, su camisita y su canesú, pero la escritura...digamos...inoperante de Roussel es muy peculiar, muy atractiva y muy difícil de imitar (aunque hay muchos epígonos, no creas).
ResponderEliminarAbrazo.