“Aforismo,
macarrismo”. El enunciado es de Eloy Fernández Porta; lo leí hace ya algún
tiempo en una entrevista, creo recordar, y me levantó una sonrisa. Aislado de
su específico contexto de enunciación, este metaforismo captura, me parece, una
disposición de ánimo muy extendida hacia –o, tal vez mejor, contra– el género. Paradójicamente, en esa misma entrevista –escribo,
insisto, de memoria, no estoy demasiado seguro de lo que digo– Fernández Porta
vertió una frase altamente corrosiva que puede a mi juicio ser considerada un
gran aforismo desacralizador y que copié entre carcajadas: “El vacío es una cosa que no
puede experimentar cualquiera: hace falta una preparación”. Viene esto a cuento de
que el otro día tropecé con un extenso artículo en el que Juan Poz construye una
taxonomía tentativa y zumbona –pero no por eso poco rigurosa y carente de sólidos fundamentos– del género aforístico tomando como referencia los textos de la
antología publicada este año por la editorial Trea (Pensar por lo breve). Si la introducción de José Ramón González,
compilador del libro, me pareció en su día realmente buena, la
clasificación de Poz me divirtió mucho y, en cierto modo, me deslumbró. Ahí va
el texto completo:
JUAN POZ
“Pensar por lo breve. Aforística española de entresiglos.
Antología [1980-2012] –II. El género
que sale del armario: Canonicación del aforismo. (II)”
En esta segunda
entrega de la calurosa acogida crítica a Pensar por lo breve quiero
centrarme en lo que los posibles lectores de la entrega anterior habrán echado
de menos: los 2.549 (salvo error u omisión) aforismos de la antología y el
análisis de los mismos, juicio crítico incluido, a pesar de los pesares. Acabé
el texto anterior agradeciéndole a José Ramón González que me hubiera dado la
oportunidad de reflexionar de nuevo sobre ciertos aspectos de la aforística,
algunos de ellos obvios; los otros, nuevos. Entre los obvios estaba la
valoración de la disposición formal de los aforismos en el espacio de la
página, porque se trata de un género en el que la brevedad, además de ser
fundamento básico del mismo, exige la parvedad: pocos han de ser, y
suficientemente oreados, los aforismos que compongan un volumen. Eugenio Trías,
en La dispersión, señalaba con clarividente intuición
que el espacio que separa un aforismo de otro es una invitación a
olvidar, lo que representa una visión del género que se acerca más a la
poesía que a la reflexión filosófica. El espacio en blanco no es un marco del
aforismo, sino su razón de ser: el aforismo surge del silencio, como un abracadabra etimológico
–y pragmatista–: “Creo lo que digo”, aunque otras versiones nos lo traducen
como “Envía tu rayo hasta la palabra” o “Envía tu rayo hasta la muerte”;
y busca precipitarse en él, a fuerza de contención expresiva. No afecta,
sin embargo, ese principio compositivo, a las antologías, como, por la muestra,
es evidente que sucede; pero, y de ahí la abundancia de editoriales
“independientes” que los publican, los libros de aforismos requieren esa
generosidad tempo/espacial de la que ya henos hablado. El hecho de que tantos
libros de aforismos hayan aparecido en editoriales de corto radio de alcance
social indica bien a las claras que estamos ante lo que podríamos llamar la
pariente pobre de los géneros, por delante de la poesía, que hasta ahora se llevaba
la gloria de ser la “palabra esencial” y sus creadores la de ser la encarnación
de “la voz de la tribu”. Aún está por ver la dimensión socioliteraria que
acabarán teniendo los cultivadores de este género aforístico que cada día que
pasa gana más adeptos, si bien no está de más consignar aquí que se trata de un
dominio literario en el que algunos poetas se mueven con envidiable soltura y
en el que algunos pensadores reconocidos naufragan aparatosamente: no
se hizo el aforismo para la boca del rumiante…, podríamos decir, sin ánimo
ofensivo, lo cual prueba, por si hiciera falta prueba alguna, que el aforismo
es siempre algo más que mero pensamiento y algo distinto de la pura lírica o el
travieso juego lúdico. De todas maneras, una muestra tan extensa como la
presente peca, quizá, de esa afición a la “física de los grandes números” que
fácilmente se cuela de rondón en el mundo de la aforística, como lo exhiben
algunas infames páginas de internet: 20.000 aforismos, 25.000 refranes, 30.000
proverbios, publicitan: ¡el saber universal a un clic de ratón! Si una de
las más famosas colecciones de aforismo, el Viking Book of Aphorisms no
pasa de los 3.000, contando la historia universal del género, es evidente que
en una entrega de la magnitud de la presente haría falta una poda
extraordinaria para reducir a sus justos términos la producción aforística
memorable –una de las condiciones del aforismo, según Carlos
Marzal: No hay nadie tan idiota como para no ser capaz de
escribir un aforismo memorable – y relegible, porque es necesario
distinguir, en primer lugar, entre los aforismos rutinarios y los que marcan la
ruta del género como faros que los principiantes toman como punto de
referencia
Entre los nuevos aspectos de la aforística sobre los que esta antología me ha movido a reflexionar está lo que, al final, se ha convertido en el primer intento de clasificación retórica de los mismos, un proceso que he llevado a cabo aprovechando tan generosa oportunidad como la de esta publicación. Se trata de un afán taxonómico que me ha permitido, por ese bonito juego de la inclusión y la exclusión, fijar las líneas básicas de la producción aforística que se recoge en la antología, lo que, per se, equivale a disponer de una suerte de mapa mediante el que recorrer los principales parajes aforísticos de nuestro noviviejo género ahora remozado. No se trata, por supuesto, de nada definitivo, pero creo que todos los avances que puedan hacerse en este terreno, aún por desbrozar, de la consolidación del nuevo género de la Aforística habrán de ser tenidos en cuenta.
La distribución de
la cuota por autores no revela, en principio, sino las afinidades electivas del
compilador, como se aprecia por el hecho de que Fernando Menéndez sea el autor
con más obra recogida, seguido por Ramón Eder, Dionisia García, Jordi Doce,
Juan Varo y Vicente Núñez. En un segundo grupo vendrían autores como Carlos
Marzal, José Luis Gallero, Luis Felipe comendador, Rafael Gonzalo Verdugo,
Ángel de Frutos Salvador y Andrés Ortiz-Osés. En un tercero, Eugenio Trías,
Carlos Edmundo de Ory, Ángel Guinda, Rafael Argullol, Luis Valdesueiro y,
después de estos grupos, apenas habría ya diferencia entre los restantes.
Esta contabilidad en modo alguno tiene nada que ver con la posible calidad de
los aforismos recogidos, porque dentro de un mismo autor no es infrecuente que
haya notables abismos de calidad entre unos y otros aforismos, algo que solo se
justifica desde el punto de vista de la paternidad. Esos desniveles
cualitativos quizás tengan que ver con el carácter intuitivo del género, con
esa naturaleza de hallazgo feliz, completamente ajeno al
método, algo que es consustancial al aforismo. Cuando se tiende la plantilla
para escribir una aforismo es cuando se queda uno plantado fuera del género, y
se trata de una tentación a la que ningún aforista parece hurtarse, a juzgar
por lo leído.
Bien, no demoremos
más el inicio del análisis que había prometido. He clasificado 366 aforismos,
lo que equivale, aproximadamente, a un 14% del total. No es una base de datos espectacular,
pero nos permitirá tener una idea aproximada de lo que el lector se encontrará
en el volumen. Por otro lado, tampoco quiero excederme de las mil palabras del
derecho de cita que gentilmente están obligados a ceder los dueños del
copyright de la obra.
El primer grupo de
aforismos que hemos de considerar es el que denomino Parodiásticos,
de los cuales lo mejor que puede decirse es que constituyen un diálogo vivo con
la tradición, aunque no siempre la réplica está a la altura del interlocutor.
Se trata de aforismos que toman como pie no forzado referencias literarias,
filosóficas o literarias de dominio común, al menos para los buenos lectores:
Ángel Crespo: Ser y no
ser: he aquí el poema.
Ramón Eder: Uno no
puede ahogarse dos veces en el mismo río.
Rafael Marín: La
cópula del Sueño y la Razón engendra monstruos.
Miguel Ángel Arcas:
Cuando desperté, mi soledad todavía estaba allí.
Juan Varo Zafra:
Misantropía, dame el nombre exacto de las cosas.
El segundo grupo en
orden de importancia numérica es el que denomino Paradoxales, por
constituir la paradoja uno de los recursos constructivos fundamentales del
género aforístico, dado el carácter transgresor y desubicador del
discurso aforístico. La paradoja desconcierta y desorienta al lector, y le
fuerza a recomponer el sentido del aforismo desde su propia lectura y nivel de
comprensión:
Jordi Doce: No basta
con tener razón. Hay que aparentar no tenerla.
Enrique Baltanás: Soy
como el árbol, fiel a sus raíces, continuamente alejándose de ellas.
Vicente Núñez: ¿Quién
está libre de ser esclavo?
Ángel Guinda: La
poesía es una pregunta a todas las respuestas.
Ricardo Martínez Conde:
Escribe como duda, con la misma convicción.
El tercer grupo es
el de los Metaforismos, exigencia de cualquier género, que acaba indefectiblemente
interrogándose por su naturaleza y sus límites, como ha hecho la novela con
Cervantes, el teatro con Pirandello o la poesía con Bécquer:
Andrés Ortiz-Osés: El aforismo no es un
lenguaje limitado sino lenguaje-límite: limita con el silencio del
sentido.
Manuel Neila: Lo que dice un aforismo es la punta
de un iceberg cuya parte sumergida corresponde a lo que sugiere.
Fernando Menéndez: Los aforismos son relámpagos
del pensamiento.
Luis Valdesueiro: Arte aforística: concreción y
belleza.
Erika Martínez: Todo aforismo exige su
refutación.
El cuarto grupo es
el de las Greguerías. Ramón se empeñó toda su vida en deslindar la
greguería del aforismo, pero no triunfó en el empeño: Tampoco es
aforística la greguería. Lo aforístico es enfático y dictaminador. No soy un
aforista. Reprochaba al aforismo su sequedad sentenciosa, tan próxima a la
máxima, y su falta de humor. En su momento pudo tener algún sentido el intento
diferenciador. Las nuevas generaciones son conscientes de que “aforismo” es,
hoy en día, marbete que acoge también, con feliz entusiasmo risueño, las
amables greguerías de toda la vida:
Rafael Pérez Estrada:
Con el ángel caído empieza la gravedad.
Ramón Andrés: Cebo de
los creyentes, la eternidad.
Miguel Ángel Arcas:
¿Cuál es el sueño de un barco? / ¿Navegar o llegar a puerto?
Lorenzo Oliván: Sólo
quien vuela bien alto consigue darle esquinazo a su sombra.
Carlos R. Pavon:
El protocolo es la moral de los mediocres.
El quinto grupo, y
lamento que haya quinto malo, es el de los aforismos a los que he
llamados Aforemnes o Prosopopéyicos, uno de los
más tristes paisajes que nos muestra el aforismo de cualquier época, porque
traslucen el engolamiento, el envaramiento, la pomposidad vana de la afectación
que con ajustada expresión criticaba Cervantes: Llaneza, muchacho, no
te encumbres, que toda afectación es mala... Monterroso, por su parte
–y hasta por su porte…– nos dejó un texto definitivo sobre la “falsa
solemnidad” al que remito a quien quiera entender el porqué de la afectación
que lastra con el enorme peso de la pedantería tantos y tantos aforismos de los
que apenas ofrezco esta expresiva docena más que adocenada. Bien podría
haberles llamado también Coturnales, por aquello de las ínfulas de los cómicos
de la farándula, pero quédense en Aforemnes, que expresa ceñidamente la pomposa
cojera de que hacen gala:
Rafael Argullol: Sólo somos
auténticamente libres cuando olvidamos que formamos parte de la rutina de la
eternidad.
Rafael Argullol: La entera
civilización occidental es una respuesta a la soledad.
Antonio Fernández Molina: Vivir
conversaciones donde no suenen los vocablos.
Antonio Fernández Molina: Cruzar
un poema lleno de espinas.
Dionisia García: El tiempo no pasa
por los escritores altos.
Ricardo Martínez Conde: ¡La
consumación de las estaciones nos trae el entendimiento de la lentitud!
Fernando Menéndez: En el corazón,
florecen laberintos.
Luis Felipe Comendador: Sé que mis
versos son efímeros a pesar de la inmortalidad que los madura.
Rafael Gonzalo Verdugo: llevo en
mi corazón la estela de todos los mundos que fracasaron.
Juan Varo Zafra: A lo más profundo
ladra la nada.
Carmen Camacho: Yo estoy hecha de
derribos.
Ricardo Martínez Conde: ¡Tardes de
invierno, cuadernos en blanco que intimidan!
El sexto grupo es el
de los denominados Aforobvios, pariente cercano del quinto grupo y
producto de ese ensimismamiento intuitivo que, de repente, producto del mismo
fulgor, nos deja ciegos para impedirnos reconocer que hemos caído en la
obviedad más chata del mundo. Nadie está exento de no ver lo obvio, pero lo que
en un político forma parte de su ADN, en un aforista es pecado imperdonable:
Dionisia García: Residimos,
fundamentalmente, en nosotros mismos.
Ricardo Martínez Conde: ¡Todo
viaje es hacia el final!
Álvaro Salvador: El horror merodea
constantemente, el horror no descansa.
Miguel Ángel Arcas: La mediocridad
no afecta sólo a los mediocres.
Rafael Gonzalo Verdugo: Los
obstáculos del camino forman parte del camino.
El séptimo grupo lo forman los
aforismos a los que denomino Apodícticos, que tampoco andan muy lejos de
los dos grupos anteriores, aunque aspiran a emparentar directamente con la
sentencia y la máxima por su impersonalidad y pretendida universalidad. En el
marco de esta reflexión retórica sobre el aforismo, he llegado a pensar que la
figura retórica más íntimamente emparentada con él es el Epifonema,
del que el aforismo constituiría, a su vez, una sinécdoque. El carácter
concluyente del epifonema, la virtud de rúbrica brillante y persuasiva de un
razonamiento -los fulmina in clausula de la
epigramática- lo comparte con el aforismo, que alude a un discurso de
innecesaria pero inexcusable enunciación:
Fernando Menéndez: Un pensamiento no depende de su belleza
sino de sus axiomas.
José Luis Gallero: Sólo quien no logra nada –y mientras no
logra nada– aprende.
Andrés Trapiello: el hombre sagaz siempre es oblicuo.
Mario Pérez Antolín: Emocionar como un poeta, contar como un
novelista, pensar como un filósofo y, sobre todo, callar como un cartujo.
Pablo Miravet: El destino miente, el carácter somete.
El octavo grupo lo forman los aforismos que hacen bueno el de
Samuel Johnson: El infierno está empedrado de buenas intenciones (que
otros atribuyen, por cierto, a San Bernardo de Claraval), y a los que
denomino Homiléticos, en congruencia con la actitud y la intención
de quienes los escriben y sin desmerecer, ¡hasta ahí podríamos llegar!, el
talante filantrópico que anima a sus creadores, por supuesto. Como expresión
del pensamiento destilado, quintaesenciado, el aforismo puede sufrir también el
contagio de la predicación y confundir juicios subjetivos con verdades o
dogmas:
Castilla del Pino: No hagas el mal
porque te lo haces.
Rafael Argullol: En los días de
soledad debemos ir a la caza de lo mejor de nosotros mismos.
Fernando Aramburu: La gramática
civiliza.
Jordi Doce: No esgrimas tu
sinceridad como un arma.
Andrés Neuman: Nuestra fuerza
radica en la honestidad de nuestros límites.
A partir del noveno grupo, los Calambúricos:
Ángel Guinda: Estilo: este hilo de
voz que con la vida enhebro.
Ángel de Frutos Salvador: Haz
hablar al azar.
Rafael Gonzalo Verdugo: Estética:
Estilo de la ética.
nos adentramos en el conocido
terreno de recursos formales propios del género, como el de los Paronímicos:
Cristóbal Serra: Quieras o
no: la Revolución francesa es hito y también hiato.
Andrés Ortiz-Osés: Las identidades
cerradas son cerriles.
Álvaro Salvador: Cretinos y
discretos tienen los mismos deseos.
el de los Paradiastólicos:
Castilla del Pino: Lo indescifrado
es un problema, no un misterio.
Ángel Crespo: El diablo sabe pero
no entiende.
José Luis Gallero: Lo grande exige
ambición; lo pequeño, audacia.
Juan Varo Zafra: Sencillo, a
veces; simple, jamás.
el de los Derivativos:
Guillermo Puerto: Existió sin ser:
fue sido.
Álvaro Salvador: El seductor,
cuando seduce, se disfraza de seducido.
Luis Valdesueiro: Unas palabras
hieren, otras son la herida.
Juan Varo Zafra: Nunca fuimos lo
que éramos.
y el de los Quiásmicos:
Luis Valdesueiro: Hablar hacia
dentro, callar hacia fuera.
Luis Felipe Comendador: El cielo
de un poeta es su silencio. El infierno, la palabra.
Andrés Ortiz-Osés: Simplificar lo
complejo para poder vivirlo, y complejizar lo simple para poder revivirlo.
Finalmente, quiero ofrecer una brevísima muestra de otros
procedimientos que forman parte del arsenal de recursos utilizados por los
aforistas y que todos los lectores distinguen a simple vista, no sólo por su
carácter fijo, casi de matriz –El aforismo es lengua matriz de la intuición,
me permití formular, modestamente, en su momento–, sino también porque su
existencia es una prueba inequívoca de que hacen, los aventureros lectores, una
lectura genérica adecuada, lo que les permite moverse con mayor confianza en y
entre los textos aforísticos. Saberse en el ámbito inequívoco de un
género satisface buena parte de las expectativas del lector, si bien es parte
intrínseca de lo literario forzar esas expectativa para llevar a los lectores
más allá de la comodidad genérica, hacia la incertidumbre y el fértil desasosiego
consiguiente. No es mi intención agotar la catalogación de los recursos
formales usados en la construcción de los aforismos, pero quedaría bastante
cojo este intento taxonómico si no aparecieran los siguientes:
Bucléicos:
Rafael Gonzalo Verdugo: Poeta: Escritor de poesías que
inventan al poeta que las escribe.
Neológicos:
Carlos Edmundo de Ory: Todo suicida es existicida.
Carlos Edmundo de Ory: Soy un sabelonada.
Toposales:
Cristóbal Serra: Refulgente es la memez, y la agudeza, tan
difícil de descubrir como aguja en pajar.
Jordi Doce: Nadie menciona el miedo, mucho más común, a lo
conocido.
Jordi Doce: ¿Y la insatisfacción del deber cumplido?
y
Sinestésicos:
Antonio Fernández Molina: El letal olor de la estupidez.
No le habrá pasado desapercibido al
lector atento que un buen número de los aforismos catalogados pueden pertenecer
a dos o más de los grupos propuestos, porque es característico del género
de la quintaesencia tener ese espíritu sincrético. Así pues, la inclusión en
uno o en otro atiende a lo que podríamos llamar rasgo dominante del aforismo,
elección que cae de lleno en ese casi obligado e ineludible margen de
subjetividad con que han de hacerse estas taxonomías.
He querido dejar para la conclusión de esta
presentación crítica el comentario sobre el criterio de selección del corpus
aforístico seguido por José Ramón González, puesto que plantea un curioso
problema genérico y canónico que convendría resolver para unificar criterios
entre lectores y, sobre todo, estudiosos de la lacónica materia. Ha sido
voluntad inicial del antólogo la de incluir en la antología aforismos
pertenecientes a obras publicadas como volúmenes dedicados exclusivamente al
aforismo, y ello se cumple en la mayoría de los casos. En los casos en que no
sucede así, el autor justifica la inclusión de un corpus de aforismos extraídos
de algunos libros, frecuentemente de naturaleza genérica inclasificable,
próximos a las Silvas de varia lección, por el valor
intrínseco de los tales, en condición de estricta igualdad con los
concebidos tradicionalmente como tales. ¿Es genéricamente legítimo dicho
proceder? Aceptarlo supone, a mi parecer, concebir el aforismo como un texto
específico e independiente que puede aparecer en cualquier contexto con
idéntico valor, de modo que, extraído de esos contextos ajenos al tradicional
libro de aforismos de autor, pueda formar parte de uno que no ha sido concebido
como tal por autor alguno, sino por el antólogo de turno. Es evidente que la
figura del editor en este género cumple un papel de primera importancia, porque
en comparación con la publicación habitual de los aforismos en voluminosas
antologías, han sido, hasta hace poco, relativamente escasas las obras
concebidas por sus autores con una distribución inmodificable y no aleatoria de
los aforismos, de acuerdo con el criterio organizador de su autor. Se
trata de una cuestión abierta a muchas interpretaciones, porque, en relación
con el canon, según se conciba el género, podrían, y acaso deberían, reeditarse
los aforismos machadianos, por ejemplo, para formar un solo volumen unitario,
desgajándolos de su pertenencia a libros concebidos como obra acabada por el
poeta, como es el caso de Campos de Castilla y Nuevas
canciones, si bien no pocos de esos aforismos se publicaron de forma
independiente en la prensa, lo que abonaría la opción de la concepción del
aforismo como un texto específico no ligado ni necesaria ni genéticamente al
contexto en el que aparece. Diferente es, me parece, el caso de los aforismos
extraídos de obras a las que están ligados como parte esencial del texto,
cual es el caso de los volúmenes tradicionales de aforismos extraídos de las
obras de grandes autores: Cervantes, Shakespeare, Goethe, etc.
Aquí lo dejo. Como se advierte, la
Aforística es un nuevo género lleno de atractivas cuestiones pendientes de ser
resueltas, siquiera sea de forma provisional. En ello estamos. En ello está
José Ramón González y prueba evidente de tan noble, apasionada e inteligente
dedicación es esta antología, Pensar por lo breve, que bien podría
haber llevado por subtítulos Emocionar por lo intenso y Deslumbrar
por lo lúcido.
No soy muy amiga de los aforismo (aunque sí de algún aforista) pero el artículo es genial.
ResponderEliminarAbrazo
Qué malos son los prejuicios. Al menos estamos de acuerdo en que el texto de Pos es muy bueno.
ResponderEliminarAbz.
Poz, quise decir Poz.
ResponderEliminarPrejuicios, yo? No lo dirás por mi convencimiento de que son todos unos pedantes sentenciosos compitiendo por ver quién es el más ingenioso?
ResponderEliminarEs broma....(pero es cierto que, como dice Poz, cuando te sueltan tres mil de una atacada, es difícil no sentirlo así, se hace más evidente la importancia del espacio en blanco y el respiro...)
Je, je. Claro, claro, lo de la cantidad es cierto. By the way, me acabo de inventar una nueva categoría: el protoaforismo. Se trata de un fragmento extraído de un texto literario que de ningún modo ha sido escrito como un aforismo pero que, convenientemente retocado y reducido, puede ser transformado en un aforismo comme il faut. Estoy de acuerdo con lo que dice Marzal (vid. supra), de modo que te voy a retar. Ahí va un protoaforismo localizado en un texto de Mario Bellatin ('Damas Chinas', en Obra reunida, Madrid, Alfaguara, 2013, p. 129):
ResponderEliminar"La anciana le explicó al niño que le daba lástima que aquella muerte no le hubiese causado una verdadera tristeza"
Transfórmalo en un aforismo. ¿Fácil?
abrazo.
Protoaforismo, menudo morro tienes, jajaja.
ResponderEliminarA ver, así a bote pronto te compongo uno que podríamos incluir tanto en el grupo de los Aforobvios (los que más me ponen personalmente) y los Bucléicos:
La tristeza más triste es alcanzar el lamentable punto en el que nada entristece.
Jajaja.
No está mal, Zombie, no está mal. Quizás hay demasiadas palabras.
ResponderEliminarabz.
"[...]escribo aforismos, decía una y otra vez, pensé, se trata, desde mi punto de vista, de un arte mediocre, fruto de la falta de aliento espiritual, del que ciertas personas, sobre todo en Francia, han vivido y viven, los llamados semifilósofos para mesillas de noche de enfermeras, podría decir también filósofos de calendario para todos y cada uno, cuyas máximas leemos con el tiempo en todas las paredes de las salas de espera en los médicos...."
ResponderEliminarBernhard, El Malogrado.
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