«Cuando finalmente fui dado de alta en el pabellón Hermann, en lugar de
morirme como me habían predicho, y volví a Nathal, durante cierto tiempo no
supe nada más de mi amigo. Me costó el mayor esfuerzo normalizarme, no había ni
que pensar aún en un nuevo trabajo, pero me esforcé por poner orden en mi casa,
realmente bastante abandonada durante mi ausencia, despacio, me decía, solo
despacio volver a crear poco a poco las condiciones que me permitirán un día
empezar un trabajo. El enfermo que ha estado lejos de su casa durante meses
vuelve como alguien para el que todo se ha vuelto extraño y tiene que
familiarizarse solo poco a poco y de la forma más penosa con todo y
apropiárselo todo otra vez, da igual de lo que se trate, entretanto lo ha
perdido realmente y ahora tiene que volver a encontrarlo. Y como el enfermo, básicamente, está siempre abandonado, todo lo
demás es una mentira perversa, tiene que recurrir ya a fuerzas completamente
sobrehumanas si quiere continuar donde meses antes, o, como en mi caso ya varias
veces, años antes, se interrumpió. Eso no lo comprende el sano, se impacienta
enseguida, y precisamente con su impaciencia hace más difícil para el enfermo
que vuelve todo lo que debería facilitarle. Los sanos nunca han tenido
paciencia con los enfermos y, como es natural, tampoco los enfermos con los
sanos, lo que no hay que olvidar. Porque el enfermo, como es natural, espera de
todos mucho más que el sano, que al fin y al cabo no tiene que esperar tanto
porque está sano. Los enfermos no comprenden a los sanos, lo mismo que, a la
inversa, los sanos a los enfermos, y ese conflicto es a menudo un conflicto
mortal, porque en fin de cuentas el enfermo no está a la altura de las
circunstancias, pero tampoco, como es natural, lo está el sano, al que un conflicto
así basta para poner a menudo enfermo. No es fácil tratar con un enfermo que de
repente está otra vez allí de donde fue arrancado meses o años antes por la
enfermedad, y de hecho de todo, y la
mayoría de las veces los sanos no tienen deseos de ayudar al enfermo, la verdad
es que fingen continuamente ser samaritanos, cosa que no son ni quieren ser y
que, al ser algo fingido, solo perjudica al enfermo y no le aprovecha en lo más
mínimo. El enfermo está realmente siempre solo y la ayuda que se le presta desde
el exterior resulta ser casi siempre solo un impedimento o una molestia, como
sabemos. El enfermo necesita la más
imperceptible de las ayudas pero los sanos no están en condiciones de
prestársela. Solo perjudican al enfermo con su fingimiento de ayuda, egoísta en
fin de cuentas, y se lo hacen todo más difícil en lugar de facilitárselo.
Los que lo ayudan no ayudan al enfermo la mayoría de las veces, sino que lo
molestan. Sin embargo, el enfermo que vuelve a casa no puede permitirse ninguna
clase de molestias. Si el enfermo hace notar que, en lugar de ayudarlo, en verdad
lo molestan, aquellos que solo han fingido ayudarlo lo ofenden. Lo acusan de
arrogancia, de egoísmo sin límites, cuando sin embargo solo se trata, en su
caso, de la legítima defensa más extrema. El
mundo de los sanos recibe al enfermo que vuelve a casa solo con aparente
amabilidad, solo con aparente altruismo, solo con aparente abnegación; pero
si el enfermo pone realmente a prueba esa amabilidad y ese altruismo y esa
abnegación, se revelan como una buena disposición solo aparente y, por
consiguiente, afectada, a la que el enfermo hará mejor en renunciar. Pero, como
es natural, nada es más difícil que la
verdadera amabilidad y el verdadero altruismo y la verdadera abnegación, y la
frontera entre lo verdadero y lo aparente es también en ese aspecto difícil de
trazar. Creemos durante mucho tiempo que se trata de algo verdadero cuando, sin
embargo, solo se ha tratado de algo aparente, ante lo que durante mucho tiempo
hemos estado ciegos. La hipocresía de los sanos hacia los enfermos es la más
difundida. En el fondo, el sano no quiere tener ya nada que ver con el enfermo
y no le gusta que el enfermo, hablo de un enfermo realmente grave, pretenda de
repente tener derecho a la salud. Los sanos sólo hacen siempre
especialmente difícil para los enfermos recuperar la salud o, por lo menos,
volver a normalizarse o, por lo menos, mejorar su estado de salud. El sano, si es sincero, no quiere tener
nada que ver con el enfermo, no quiere que le recuerden la enfermedad y con
ello, como es natural y lógicamente, la muerte. Los sanos quieren estar entre ellos y con sus iguales, y en el fondo no
toleran a los enfermos. A mí mismo me ha sido siempre difícil volver del
mundo de los enfermos al mundo de los sanos. Durante el período de enfermedad,
es decir durante el período intermedio, los sanos se habían apartado
completamente del enfermo, habían renunciado a él, siguiendo así únicamente su
instinto de conservación. Ahora, de repente, aquel al que habían liquidado ya y
que, en fin de cuentas, no entraba ya en consideración, aparecía otra vez
reclamando sus derechos. Y como es natural se le hacía comprender
inmediatamente que, en el fondo, no tenía ningún derecho. Los enfermos, desde el punto de vista de los sanos, no tienen ya ningún
derecho. Hablo nada más que de los enfermos graves, que tienen una
enfermedad mortal como yo y como tenía Paul Wittgenstein. Los enfermos son
incapacitados por su enfermedad, y solo pueden vivir de la caridad de los
sanos. El enfermo, por su enfermedad, ha
dejado un puesto, y de repente reclama otra vez ese puesto. Esto lo consideran
los sanos siempre como algo absolutamente inaudito. Por eso el enfermo que
vuelve tiene siempre la sensación de que trata de meterse en una esfera en la que
no se le ha perdido nada».
[Fragmento de El sobrino de Wittgenstein, de Thomas Bernhard]
Las negritas son mías.
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