domingo, 10 de enero de 2010

Recordando a Camus



“(…) Por la tarde los grandes ventiladores seguían agitando la espesa atmósfera de la sala y los pequeños abanicos multicolores de los jurados se movían todos en el mismo sentido. Me pareció que el alegato del abogado no debía terminar jamás. Sin embargo, en un momento dado, escuché que decía: “Es cierto que yo maté.” Luego continuó en el mismo tono, diciendo “yo” cada vez que hablaba de mí. Yo estaba muy asombrado. Me incliné hacia un gendarme y le pregunté por qué. Me dijo que me callara y después de un momento agregó: “Todos los abogados hacen eso”. Pensé que era apartarme un poco más del asunto, reducirme a cero y, en cierto sentido, sustituirme. Pero creo que estaba ya muy lejos de la sala de audiencias. Por otra parte, el abogado me pareció ridículo. Alegó muy rápidamente la provocación y luego habló de mi alma. Pero me pareció que tenía mucho menos talento que el fiscal (…)”

El extranjero [1942], trad. Bonifacio Del Carril, Buenos Aires, Emecé Editores, 1964, pp. 131-132.   

*


“Terminado el festín, placer y frustración de inmediato olvidados, venía la carrera hacia el extremo oeste de la playa, bajo el duro sol, hasta unos cimientos semiderruidos de lo que debía de haber sido una cabaña desaparecida, detrás de los cuales podían desvestirse. En unos instantes estaban desnudos y poco después en el agua, nadando vigorosa y torpemente, lanzando exclamaciones, escupiendo todo el tiempo, desafiándose a zambullirse o a permanecer más tiempo  debajo del agua. El mar estaba tranquilo, tibio, el sol ahora ligero sobre las cabezas mojadas, y la gloria de la luz llenaba esos cuerpos jóvenes de una alegría que los hacía gritar sin interrupción. Reinaban sobre la vida y sobre el mar, y lo más fastuoso que puede dar el mundo lo recibían y gastaban sin medida, como señores seguros de sus riquezas irreemplazables”

El primer hombre [inconclusa, publicada póstumamente en 1994], trad. Aurora Bernárdez, Barcelona, Tusquets, 1994, p. 53.  



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