“ (…) Hablan ustedes de Europa, pero la diferencia estriba en que la
conciben como una propiedad, en tanto que nosotros nos sentimos dependientes de
ella. No empezaron a hablar así de Europa hasta el día en que perdieron África.
Esa clase de amor no es la buena. Esta tierra en la que tantos siglos han
dejado sus ejemplos no es para ustedes sino un retiro forzado, mientras que ha
supuesto siempre para nosotros nuestra mejor esperanza. Tan súbita pasión es
producto del despecho y de la necesidad. Es un sentimiento que no honra a nadie
y entenderá entonces por qué no ha querido compartirlo ningún europeo digno de
tal nombre.
Cuando dicen ustedes Europa, piensan: «Tierra de soldados, granero de
trigo, industrias domesticadas, inteligencia dirigida». ¿Voy demasiado lejos?
Pero sí sé que cuando dicen Europa, aun en sus mejores momentos, cuando se
dejan llevar por sus propias mentiras, no pueden por menos de pensar en una
cohorte de dóciles naciones dirigidas por una Alemania de señores, hacia un
futuro fabuloso y ensangrentado. Me gustaría que captase usted bien esa
diferencia. Europa es para ustedes ese espacio rodeado de mares y montañas,
perforado de minas, cubierto de mieses, donde Alemania juega una partida en la
que lo que está en juego es su destino. En cambio, para nosotros es esa tierra
del espíritu en la que desde hace veinte siglos prosigue la más asombrosa
aventura del espíritu humano. Es ese privilegiado palenque donde la lucha del
hombre de Occidente contra el mundo, contra los dioses, contra sí mismo,
alcanza hoy su momento más desquiciado. Ya ve usted que no existe un rasero
común.
(…)
Haga memoria: me dijo usted un día en que se burlaba de mis indignaciones:
«Don Quijote nada puede si Fausto quiere vencerle». Le dije entonces que ni
Fausto ni Don Quijote estaban hechos para vencerse el uno al otro, y que el
arte no se había inventado para traer el mal al mundo. Por aquel entonces, le
gustaban a usted las imágenes un poco recargadas y continuó con su
argumentación. A su entender, había que elegir entre Hamlet y Sigfrido. En aquella época, yo no quería elegir y sobre
todo me parecía que Occidente no podía situarse sino en ese equilibrio entre la
fuerza y el conocimiento. Pero a usted le traía sin cuidado el conocimiento,
sólo hablaba de poder. Hoy me entiendo mejor y sé que ni el propio Fausto les
servirá de nada. Porque, en efecto, hemos admitido la idea de que, en
determinados casos resulta necesaria la elección. Pero nuestra elección no tendría
más importancia que la suya si no la hubiéramos hecho con la conciencia de que
era inhumana y de que las grandezas espirituales no podían separarse. Nosotros
sabremos reunirlas después, cosa que ustedes nunca han sabido. Como ve, la idea
es siempre la misma, hemos remontado grandes peligros. Pero la hemos pagado lo
bastante cara como para poder aferramos a ella. Ello me impulsa a afirmar que
su Europa no es la buena. No tiene nada capaz de reunir o de enaltecer. La
nuestra es una aventura común, en la que seguiremos trabajando, a pesar de
ustedes, por la vía de la inteligencia (…)”
[Albert Camus, Lettres á un ami allemand,
Paris, Gallimard, 1945 (1948), troisième lettre]
Diana, Clément, diana. Esta guerra en la que estamos sigue siendo una puja de Alemania contra el resto de Europa, en la que se impone por el momento el chato interés de los bancos teutones y los lobbies empresariales del norte.
ResponderEliminarJuan Torres López, en artículo censurado por El País, ha puesto también, desde la economía exclusivamente, el dedo en la llaga.
Salud y abrzo
Hola, Manuel
ResponderEliminarCada vez que pienso en la Conferencia de Londres de febrero de 1953 siento un asco profundo. En esa conferencia se reunieron 21 países acreedores de una Alemania hundida –entre ellos, por cierto, Grecia–, decidieron reducir la deuda nominal de Alemania en un 60% (lo que oyes) y concedieron una prórroga de 5 años (1953-1958) y un plazo de 30 años para pagar. En los 60, Alemania se convirtió en el motor económico de Europa, pero el así llamado "milagro alemán" no habría sido posible sin ese gesto de 1953, un gesto, y esto también es importante recordarlo, hacia un país que, con sus típicos delirios y abstracciones kitsch, había provocado 60 millones de muertos entre 1939-1945. Repito: asco profundo.
Gracias por pasarte y un abrazo.
Grande Camus.
ResponderEliminarNo obstante, a mí ese segundo párrafo me resulta difícil de entender, creo que lo tendré que leer más veces para captar su esencia, al menos en parte.
Es curioso, H., ese segundo párrafo (sobre todo las últimas frases) me parece el mejor de los tres. Camus, siempre cauto frente al maniqueísmo y la ramplonería, escribe allí como el "Nietzsche humano" que, según algunos, fue. Pensar es dudar: no dudar, dejarse seducir por los demonios del destino, es una forma de estupidez, y la estupidez es, siempre, una forma de maldad.
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