viernes, 26 de febrero de 2010

Clarice Lispector, Slavoj Zizek y todo lo demás












i) Leer a Clarice Lispector (La hora de la estrella), pensar intensamente en Clarice Lispector, tropezar con esta lasca lispectoriana, puro pensamiento trágico: “Escribo porque no tengo nada que hacer en el mundo: estoy de sobra y no hay lugar para mí en la tierra de los hombres. Escribo por mi desesperación y mi cansancio, ya no soporto la rutina de ser yo, y si no existiera la novedad continua que es escribir, me moriría simbólicamente todos los días”. Pensar que “morir simbólicamente todos los días” es una seductora metáfora del posible itinerario hacia un diariamente renovado no ser, un des-nacer.

ii) Recordar, a propósito del inconveniente de haber nacido, lo que Onetti escribió en Dejemos hablar al viento, algo parecido a que todos somos culpables por traer hijos al mundo, un acto equiparable al asesinato. Buscar y encontrar el libro –edición trash del libro amigo de Bruguera–, pero no la página con la cita literal. Consolarse con esta genialidad onettiana cuando uno ya ha desesperado en el rastreo: “(…) el único y desconocido amigo de verdad que me concedió la vida podía basarse en lo que trató de explicarme un tal Marx brothers en Santa María. Era un mantenido con barba de comandante, decía que todo es cuestión de dinero".


iii) Pasar entre carcajadas a “¡Es la economía política, estúpido!”, capítulo 13 del ¿último?, ¿penúltimo? libro de Slavoj Zizek traducido al castellano, un ensayo provocativamente titulado En defensa de la intolerancia (Madrid, Sequitur, 2009), enésima andanada hegelo-lacaniana de Zizek contra el buenrollismo multiculti integrado (toda otredad será atendida y neutralizada, oremos), denuncia de las diversificadas formas de despolitización de la economía –archi-política; para-política; meta-política; ultra-política y… post-política–, requisitoria formulada a los gurús de la sociedad del riesgo, la segunda ilustración y la modernidad reflexiva, a saber, Giddens, Beck, e tutti quanti –otro día habrá que hablar del coitus interruptus del desmelenado Castells con su Madame Bovary, la así llamada sociedad-red, y del algo más estoico ensayismo poético-trendy de Verdú–, lúdica respuesta a la eterna pregunta (what’s left?) con referencia a Dashiell Hammett incrustada en el texto y algunas cosas más. Abrir el libro al azar y leer este fragmento de Zizek: “Los teóricos de la sociedad del riesgo suelen hablar de la necesidad de contrarrestar el “despolitizado” imperio del mercado global con una radical re-politización que quite a los planificadores y a los expertos estatales la competencia sobre las decisiones fundamentales para trasladarla a los individuos y grupos afectados (mediante la renovada ciudadanía activa, el amplio debate público, etc.). Estos teóricos, sin embargo, se callan tan pronto como se trata de poner en cuestión los fundamentos mismos de la lógica anónima del mercado y del capitalismo global: la lógica que se impone como el Real neutro aceptado por todos y, por ello, cada vez más despolitizado”.


iv) Experimentar un efímero espasmo de radicalismo y reconciliación, imaginario orgasmo político que deriva en dulce desmoronamiento momentáneo –precisamente, el malestar de lo Real y sus imposibilidades–. Mirar fotografías de Diane Arbus. Escuchar a Amália Rodrigues cantando este fado infinitamente triste aquí (atención a los pómulos de la primera imagen del vídeo). Buscar ese poema de Alejandra Pizarnik en La extracción de la piedra de locura. Otros poemas, “Fragmentos para dominar el silencio”, ese poema que suena a cristales rotos, y leer estos vidrios del poema: “Cuando a la casa del lenguaje se le vuela el tejado y las palabras no guarecen, yo hablo./ Las damas de rojo se extraviaron dentro de sus máscaras aunque regresarán para sollozar entre flores./ No es muda la muerte. Escucho el canto de los enlutados sellar las hendiduras del silencio. Escucho tu dulcísimo llanto florecer mi silencio gris./ La muerte ha restituido al silencio su prestigio hechizante. Y yo no diré mi poema y yo he de decirlo. Aun si el poema (aquí, ahora) no tiene sentido, no tiene destino.” 


v) Mirar al vacío y deplorar con pose grave, á la T. W. Adorno, el sentido fundado en el sinsentido y el destino de la teoría crítica, la opiácea y mortíferamente narcótica redescripción habermasiana, ese neotrascendentalismo débil contestado por el a veces soporífero y a veces genial Sloterdijk. Releer la interpretación que Sloterdijk hiciera –mirando de reojo a Habermas– de El nacimiento de la tragedia (P. Sloterdijk, El pensador en escena. El materialismo de Nietzsche). Más específicamente, asombrarse de nuevo con la exégesis de la obra seminal de Nietzsche que propone Sloterdijk: nada menos que lo dionisíaco embridado por lo apolíneo y… la síntesis “Ésta es la opción de Nietzsche –por más que el lector no dé crédito a lo que ven sus ojos. Si el texto continuara como comienza, hoy podría considerarse El nacimiento de la tragedia como un manifiesto socialista capaz de resistir la comparación con El manifiesto comunista. La obra podría interpretarse como el escrito programático de un socialismo estético, como la Carta Magna de una fraternité cósmica”, interpretación luego matizada o muy matizada por el propio Sloterdijk.




vi) Preguntar: "¿he dicho El nacimiento de la tragedia?", y volver otra vez a Clarice Lispector, oh, Clarice, paz inalcanzable y brutalmente secreta, volver a La hora de la estrella, a ese pasaje que, cerrando el bucle, sintetiza el nacimiento de la tragedia: “quien vive sabe, aun sin saber que sabe”. Oír el telefonillo. No es Clarice, ella es mejor que Clarice.



3 comentarios:

  1. www.youtube.com/watch?v=Dl2drtHqUvo&feature=related

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  2. "Mientras tenga una pregunta sin respuesta, seguiré escribiendo", C.L.
    Disculpa si no es exacto. Cito más o menos de memoria. Encantada de haber caído en tu blog.
    Saludos.

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