miércoles, 7 de julio de 2010

El Estado como psico-personal trainer disciplinante



[Breve fragmento del textillo para el libro de los amigos de Red Renta Básica]

(…) Obviamente, también la representación de la función del Estado en el ámbito de la intervención social ha adoptado nuevos perfiles. Un motivo recurrente del discurso sobre la exclusión social y las nuevas políticas de activación/ workfare es la conveniencia de involucrar a los distintos agentes del Welfare mix a través del partenariado social. El aparato público aparece en esta narrativa como un responsable más en la red plural de actores que deben intervenir en la gestión estratégica de los nuevos riesgos sociales. Esta redefinición, adecuada en la medida en que aboga por la implicación de toda la sociedad en los procesos de inserción social, incorpora no obstante una prescripción implícita de cambio de la actuación del Estado en un sentido bien definido. Aunque matizable, el concepto de “Estado schumpeteriano de workfare” (Schumpeterian workfare state) propuesto por Jessop (1994) y más tarde redefinido como Schumpeterian workfare post-national regime (Jessop, 2000, 2002) captura de modo bastante adecuado esta inflexión. Si, como se ha señalado arriba, la intervención estatal a través de las políticas sociales ha desempeñado siempre una doble función (desmercantilizar y al mismo tiempo incorporar la fuerza de trabajo al mercado), lo que singulariza a la redescripción neo-empleocentrista del rol del Estado es el énfasis en la segunda dimensión. En esta representación se atenúa, por tanto, la función protectora frente al mercado y se redefine discursivamente la política social como un factor productivo puesto al servicio del nuevo modelo de economía globalmente competitiva. Al Estado le corresponde promover la innovación, el aprendizaje y la adaptabilidad a las nuevas condiciones mediante la intervención por el lado de la oferta, subordinando la política social a las necesidades de la flexibilidad del mercado de trabajo y los imperativos de la competencia internacional. Se pueden, en este punto, identificar varios desplazamientos terminológicos y retóricos para sintetizar la reasignación de la responsabilidad estatal prescrita por el discurso neo-empleocentrista. Primero, el Estado no es ya representado como un regulador de mínimos indisponibles e inderogables, sino como un Estado en apariencia postpaternalista que debe gestionar reflexivamente la inserción individualizada de los sujetos en el mercado de trabajo mediante la promoción de su empleabilidad. Segundo, el Estado no es ya representado como una instancia protectora frente a contingencias objetivas que garantiza la seguridad económica, sino como un Estado incitador, movilizador o capacitador que debe crear las condiciones para que los individuos se acomoden a los requerimientos de una economía en permanente mutación, o también como un Estado motivador que debe enseñar a los sujetos a adquirir destrezas para no depender de las instituciones de bienestar y a ser socialmente útiles, siempre a través del empleo. Tercero, el Estado no es ya representado como un agente desmercantilizador que asegura la no dependencia completa del mercado, sino como un Estado inversor que debe proveer de competencias a los individuos para asegurar su participación normalizada en el proceso productivo. Esta reasignación de  responsabilidades de ningún modo implica la retirada del Estado, sino la modificación de su actuación. En la práctica, la “remercantilización administrativa” impulsada por las políticas neo-empleocentristas hacen del Estado un agente más intervencionista (Holden 2003), si bien los nuevos instrumentos de intervención –entre ellos, señaladamente, lo que Clasen y Clegg (2007) denominan condiciones de conducta– y los tratamientos individualizados que tienden a desplazar la atención hacia los rasgos personales, psicológicos y aun morales del receptor de prestaciones por desempleo o de rentas mínimas asistenciales basculan a ambos lados de la cada vez más difusa frontera que separa la protección social básica y la coacción disciplinante (...) 


sábado, 3 de julio de 2010

Ciudad


ciudad, escucho tus cloacas,
fisgo en tu vientre como un flâneur voluble
            


[Ariadna, otoño de 2009]


sábado, 19 de junio de 2010

La catalaxia era esto



Que me llamen raro, pero me lo he pasado como un enano leyendo de principio a fin el Real Decreto-ley 10/2010, de 16 de junio, de medidas urgentes para la reforma del mercado de trabajo. Pura poesía de la experiencia. La exposición de motivos, redactada con ese inconfundible estilo agónico de drafter sudoroso encerrado hasta las cuatro de la mañana en un oscuro despacho del Ministerio, es sencillamente espléndida.  Sería injusto destacar  este u otro artículo del Real Decreto: todos y cada uno de ellos desprenden el aroma del ritual de lo habitual de las últimas tres décadas. Todavía mejor ha sido la crónica del telediario de TVE del mediodía. Acabada la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros, una periodista sonriente ha dicho en directo que el director del Fondo Monetario Internacional, Dominique Strauss-Kahn, “ha dado el visto bueno a la reforma laboral” (sic). Vaya, uno estaba convencido de que Strauss-Kahn andaba preparando cócteles molotov en su casa y quitándole el polvo al pasamontañas para ir a la enésima mani contra el ludo-capitalismo (Ferré dixit) mientras lidiaba con los efectos del insomnio feliz que le provocó anoche la relectura de aquel viejo, vigorizante y algo cándido texto de Pierre Bourdieu sobre el movimiento de los parados franceses de finales de los noventa (“El movimiento de los parados franceses. Un milagro social”, en Contrafuegos). Haría falta un Karl Kraus para destripar las toneladas de resignación inconsciente y naturalizada que hay detrás de la frase de la periodista de TVE, una frase que ya ni siquiera puede ser calificada como un acto fallido en sentido freudiano. La foto que ilustra la entrada nos ha hecho recordar aquel artículo de Ferlosio en el que se puede leer esto: “(…) el único gran acierto de aquella en su tiempo célebre novela de John Steinbeck, Las uvas de la ira –de un populismo absolutamente detestable en lo que atañe a la obra en general– (…) es el de aquel viejo al que lo que más le enfurecía y desesperaba de verse arrojado, con lo puesto, por esas carreteras, a causa de la Gran Depresión de 1929, era precisamente “no saber a quién tenía que matar””. Yo tampoco sé a quién hay que matar –metafóricamente, claro–. 



sábado, 12 de junio de 2010

Lábil, suelo frío

Pienso si Alessandro de Giorgi me convence o no me convence y sigo peleado con el maldito texto-balbuceo sobre Homer y Langley, la última novela de Doctorow. Empezamos a hablar del automodelaje psi, de la paradójica y contradictoria genealogía del prudencialismo, de sus sombras. De pronto, sin explicación aparente, Jean-Claude Lauzon se apodera de la conversación. Recuerdo como si fuera ayer aquel día salvajemente caluroso de agosto en el que la noticia de su muerte en un accidente de aviación me dejó helado y busco esa canción de la banda sonora de Léolo, la enorme película de Lauzon que ganó en Cannes, creo que en el 92, pero no hay ningún fragmento de la película en youtube con ese fondo musical. Lástima. Mientras todo esto sucede estoy pensando que tengo que pensar algo para colgar aquí, una absurda disciplina que me he impuesto para que no languidezca. Te pregunto y dices que bueno, que bien.
Esto, entonces.

Lábil

esta vulnerable barricada 
de fluidos levantada 
para que el sucio guante del desastre 
no nos acaricie nunca, 
esta piel de mayo lamida
esta tarde solar en la que nos recorremos,
este borrado de límites 
que desmiga el tiempo 
consuntivo, este nunca consumado
fracaso del amor en casa, esta efímera
alegría sin fundamento en las bocas,
este grito brotado en el quicio
de un vértigo tibio,
este empate entre centro y periferia,
este exilio

[LBDP, nº 75, para ana, claro]

************

Y esto, aunque sea sin imágenes de Léolo 



lunes, 7 de junio de 2010