martes, 10 de mayo de 2016

Los enfermos y los sanos: un dicterio



«Cuando finalmente fui dado de alta en el pabellón Hermann, en lugar de morirme como me habían predicho, y volví a Nathal, durante cierto tiempo no supe nada más de mi amigo. Me costó el mayor esfuerzo normalizarme, no había ni que pensar aún en un nuevo trabajo, pero me esforcé por poner orden en mi casa, realmente bastante abandonada durante mi ausencia, despacio, me decía, solo despacio volver a crear poco a poco las condiciones que me permitirán un día empezar un trabajo. El enfermo que ha estado lejos de su casa durante meses vuelve como alguien para el que todo se ha vuelto extraño y tiene que familiarizarse solo poco a poco y de la forma más penosa con todo y apropiárselo todo otra vez, da igual de lo que se trate, entretanto lo ha perdido realmente y ahora tiene que volver a encontrarlo. Y como el enfermo, básicamente, está siempre abandonado, todo lo demás es una mentira perversa, tiene que recurrir ya a fuerzas completamente sobrehumanas si quiere continuar donde meses antes, o, como en mi caso ya varias veces, años antes, se interrumpió. Eso no lo comprende el sano, se impacienta enseguida, y precisamente con su impaciencia hace más difícil para el enfermo que vuelve todo lo que debería facilitarle. Los sanos nunca han tenido paciencia con los enfermos y, como es natural, tampoco los enfermos con los sanos, lo que no hay que olvidar. Porque el enfermo, como es natural, espera de todos mucho más que el sano, que al fin y al cabo no tiene que esperar tanto porque está sano. Los enfermos no comprenden a los sanos, lo mismo que, a la inversa, los sanos a los enfermos, y ese conflicto es a menudo un conflicto mortal, porque en fin de cuentas el enfermo no está a la altura de las circunstancias, pero tampoco, como es natural, lo está el sano, al que un conflicto así basta para poner a menudo enfermo. No es fácil tratar con un enfermo que de repente está otra vez allí de donde fue arrancado meses o años antes por la enfermedad, y de hecho de todo, y la mayoría de las veces los sanos no tienen deseos de ayudar al enfermo, la verdad es que fingen continuamente ser samaritanos, cosa que no son ni quieren ser y que, al ser algo fingido, solo perjudica al enfermo y no le aprovecha en lo más mínimo. El enfermo está realmente siempre solo y la ayuda que se le presta desde el exterior resulta ser casi siempre solo un impedimento o una molestia, como sabemos. El enfermo necesita la más imperceptible de las ayudas pero los sanos no están en condiciones de prestársela. Solo perjudican al enfermo con su fingimiento de ayuda, egoísta en fin de cuentas, y se lo hacen todo más difícil en lugar de facilitárselo. Los que lo ayudan no ayudan al enfermo la mayoría de las veces, sino que lo molestan. Sin embargo, el enfermo que vuelve a casa no puede permitirse ninguna clase de molestias. Si el enfermo hace notar que, en lugar de ayudarlo, en verdad lo molestan, aquellos que solo han fingido ayudarlo lo ofenden. Lo acusan de arrogancia, de egoísmo sin límites, cuando sin embargo solo se trata, en su caso, de la legítima defensa más extrema. El mundo de los sanos recibe al enfermo que vuelve a casa solo con aparente amabilidad, solo con aparente altruismo, solo con aparente abnegación; pero si el enfermo pone realmente a prueba esa amabilidad y ese altruismo y esa abnegación, se revelan como una buena disposición solo aparente y, por consiguiente, afectada, a la que el enfermo hará mejor en renunciar. Pero, como es natural, nada es más difícil que la verdadera amabilidad y el verdadero altruismo y la verdadera abnegación, y la frontera entre lo verdadero y lo aparente es también en ese aspecto difícil de trazar. Creemos durante mucho tiempo que se trata de algo verdadero cuando, sin embargo, solo se ha tratado de algo aparente, ante lo que durante mucho tiempo hemos estado ciegos. La hipocresía de los sanos hacia los enfermos es la más difundida. En el fondo, el sano no quiere tener ya nada que ver con el enfermo y no le gusta que el enfermo, hablo de un enfermo realmente grave, pretenda de repente tener derecho a la salud. Los sanos sólo hacen siempre especialmente difícil para los enfermos recuperar la salud o, por lo menos, volver a normalizarse o, por lo menos, mejorar su estado de salud. El sano, si es sincero, no quiere tener nada que ver con el enfermo, no quiere que le recuerden la enfermedad y con ello, como es natural y lógicamente, la muerte. Los sanos quieren estar entre ellos y con sus iguales, y en el fondo no toleran a los enfermos. A mí mismo me ha sido siempre difícil volver del mundo de los enfermos al mundo de los sanos. Durante el período de enfermedad, es decir durante el período intermedio, los sanos se habían apartado completamente del enfermo, habían renunciado a él, siguiendo así únicamente su instinto de conservación. Ahora, de repente, aquel al que habían liquidado ya y que, en fin de cuentas, no entraba ya en consideración, aparecía otra vez reclamando sus derechos. Y como es natural se le hacía comprender inmediatamente que, en el fondo, no tenía ningún derecho. Los enfermos, desde el punto de vista de los sanos, no tienen ya ningún derecho. Hablo nada más que de los enfermos graves, que tienen una enfermedad mortal como yo y como tenía Paul Wittgenstein. Los enfermos son incapacitados por su enfermedad, y solo pueden vivir de la caridad de los sanos. El enfermo, por su enfermedad, ha dejado un puesto, y de repente reclama otra vez ese puesto. Esto lo consideran los sanos siempre como algo absolutamente inaudito. Por eso el enfermo que vuelve tiene siempre la sensación de que trata de meterse en una esfera en la que no se le ha perdido nada». 

[Fragmento de El sobrino de Wittgenstein, de Thomas Bernhard]

Las negritas son mías. 


jueves, 14 de enero de 2016

Cien números de La bolsa de pipas (revista literaria trimestral). Cien





No tiene sentido ponerse solemne. Me interesa, no obstante, anotar que muy pocas publicaciones en papel llegan a los cien números. En el caso de La bolsa de pipas (revista literaria trimestral), este hecho poco común no habría sido posible sin el tesón, la vocación, el esfuerzo y el... casi no me atrevo a decirlo... el amor a la literatura de su factotum unipersonal, Román Piña. Pero bueno, dejemos a un lado los sentimentalismos, celebremos este número redondo –cifra que merecería, lo sabemos, un encendido dicterio de Ferlosio– y felicitemos al promotor porque lo merece. Ahí va el índice de este número tan especial. Muchas felicidades, Román. 


LA BOLSA DE PIPAS
revista literaria trimestral · enero-marzo 2015 · núm. 100
/ 03 Carlos Jover / 04 Juan Pardo Vidal / 06 Rubén Castillo Gallego / 08 Pablo Miravet / 10 Joan Payeras / 11 Jesús Pérez / 15 Rodrigo Olay / 16 Macky Chuca / 20 David Torres/ 23 Andoni Sarriegi y Nessy Cohen / 25 Juan Bonilla / 30 Miguel Dalmau / 33 Pablo Gallo / 34 Enriqueta Llorca / 35 Pere Joan / 39 Albert Pinya / 40 Bartomeu Seguí / 41 Gabi Beltrán / 48 Begoña Méndez / 47 Román Piña Valls / 04 Álex Fito / 49 Alberto Blanco / 54 Antonio Rigo / 57 Juan José Delgado / 58 Guillermo Aguirre / 66 Juame C. Pons Alorda / 68 Frederic X. Ruiz Galmés / 72 Ernesto Maruri/ 75 Antonio Manilla / 77 Colectivo Juan de Madre / 82 Ester Pellejero / 84 José Luis García Herrera / 89 Laura Pelegrina / 90 Francesca Pujol / 95 Jordi Vidal / 99 Diego Prado / 100 Jesús Urceloy Beltrán / 102 Julián Ruiz-Bravo / 104 Carlos Maleno / 108 Carmen Arche Ortiz / 111 Álex Oviedo / 114 Críticas a Urceloy, Ángel Gracia, González Álvaro y Carrere, por Muñoz Robledano Prado, Espina, Rubén Sáez y Marina P. de Cabo / 122 Max
Todo inéditos

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Perdón por la canción... pero si falta el umore... 

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Estilo rico, estilo pobre, de Luis Magrinyà



Dejando a un lado las definiciones meramente ostensivas, nadie –ni siquiera Herbert Spencer (sí, el padre del darwinismo social), que allá por 1852 publicó un artículo, «The philosophy of style», todavía leído en algunos campus universitarios– ha sabido definir con cierto grado de precisión qué cosa es el estilo. ¿Qué hacer?, con perdón de la expresión: tal vez lo único que podemos hacer con el estilo literario es analizarlo con cuidado y, si es posible, con distancia y sentido del humor. Después de la aparición de Habitación doble en 2010, Luis Magrinyà (Palma de Mallorca, 1960) ha cumplido con disciplina postsoviética su plan quinquenal de publicación, aunque este año no ha dado a la imprenta un agregado de nouvelles o una novela, sino una recopilación ordenada de los artículos que escribió entre 2012 y 2014 en su sección l&l («Lengua y literatura») de los periódicos El Diario y El País

Puede parecer una boutade citar a Rimbaud en la reseña del último libro del autor de Intrusos y huéspedes, pero cuando leí un pasaje de la introducción de Magrinyà –precedida de un jovial prólogo de José Antonio Pascual– recordé inmediatamente aquella frase del poeta eternamente niño según la cual el estilo es «una forma de abandono, una renuncia». «El estilo –escribe Magrinyà– consiste precisamente en la identificación de lo prescindible» (p. 30). Es verdad que esta aserción hace referencia únicamente a la pobreza estilística, uno de los cuatro núcleos temáticos (¿es lícito utilizar esta locución?) en que está dividido el libro. Me parece, sin embargo, que el enunciado –suprímase el adverbio y leeremos un buen aforismo– expresa una de las ideas rectoras de un volumen del que, si algo interesa, es fundamentalmente su pars destruens. Magrinyà –que, aunque trabajó nueve años en la rae como lexicógrafo, guarda una prudente distancia respecto a las pulsiones normativas de la venerable institución no se arroga competencias prescriptivas, rechaza explícitamente que su libro pueda ser colocado  en la balda de la «investigación científica» –si bien su quisquilloso rastreo por los corpus corde  y crea es algo más que un divertissement gramatical y, concretamente, léxico– y declara que Estilo rico, estilo pobre es, ante todo, el resultado de su experiencia como editor, ese lector de miles de páginas que, más pronto que tarde, acaba preguntándose qué hacemos con la lengua con tal de expresarnos y escribir bien, con tal de «encontrar estilo». A pesar de que no es la única, la principal herramienta analítica a la que recurre el escritor y editor para identificar estropicios estilísticos y destripar algún que otro curioso fenómeno gramatical es la denominada «sintaxis léxica» (pp. 21, 211, 215 y 237, entre otras) o colocación, es decir, la relación que establecen las palabras concretas al combinarse (o no) con otras palabras concretas. 

Si en la primera parte, «Estilo rico» –título obviamente irónico–, en la que destacan por su minuciosidad y por la selección de algunos ejemplos hilarantes los tres textos dedicados a los verbos declarativos (pp. 47-67), Magrinyà carga irónica pero implacablemente contra esos aspirantes a estilistas (o esos estilistas ya irrecuperables) que, dominados por la búsqueda del «buen estilo», por el afán de acceder a un registro elevado, por la aspiración a ser «matizados», intensos, precisos y exactos (p. 106) o, simplemente, por la «ansiedad expresiva» (p. 53) ignoran las construcciones fijas, se empecinan en eludir los verbos funcionales, asumen casi religiosamente la consigna de no repetir, creen que la sinonimia –y no el siempre saludable vacío– es la gran panacea y exhiben sin rebozo su irritante aversión a la simplicidad, en la segunda parte («Estilo pobre»), de la que personalmente recomendaría la lectura atenta de los textos sobre la hiperonimia (pp. 163-183), los mordaces dardos del autor apuntan en sentido contrario: lo que aquí desnuda Magrinyà es la molicie expresiva, la pereza inercial, el desconocimiento de la lengua, los automatismos, los calcos del inglés inconscientes (es decir, la ignorancia) o deliberados (es decir, la presunción), el regodeo en lo superfluo, la alteración de locuciones asentadas (o «naturales») y, en fin, la falta de memoria, diligencia y atención (p. 177). En su último tramo, el libro recoge dos textos desenfadados (y muy divertidos) que tratan, respectivamente, de la tantas veces fallida pretensión de naturalidad léxica y del interesante fenómeno de la neutralización. Antes, en la tercera parte, a mi juicio la más «científica», Magrinyà se ocupa de analizar algunas cuestiones que normalmente no son objeto de atención en los estudios de los savants y muestra con rigor y mucha gracia que las preposiciones –normalmente incluidas en la categoría de las denominadas stop words, es decir, en esa clase de palabras que tienen un significado solo gramatical y no referencial– juegan un rol morfológico y semántico no menor (cf. pp. 209-210) cuando caen en manos de autores estilistas y/o abúlicos. 

Cabe plantear si la permanente apelación a la naturalidad, la neutralidad y las formas fijas que hace el puntilloso Magrinyà encubre una suerte de tendencia «lexicida» o, peor aún, una preferencia inconsciente por el denominado plain style. No creo que Magrinyà tenga ningún ánimo censor o inquisitorial. A fin de cuentas, su último libro no trata, en realidad, de la corrección en sentido estricto, sino más bien de las consecuencias tanto de las altas pretensiones como de las negligencias estilísticas. Y la tesis, si es que hay una sola tesis, es que podemos «explorar la variedad sin perder naturalidad» (p. 180) y, sobre todo, que, en último término, el estilo es una cuestión que depende de las elecciones que hacemos al expresarnos (cf. pp. 179, 216 y 231, entre otras). Algún escritor damnificado por la perspicacia de Magrinyà –tomando en préstamo un par de expresiones que  Constantino Bértolo escribió en el prólogo a la reedición de Cuentos de los noventa (2011), podría decirse que las observaciones del escritor mallorquín se mueven entre el «respetuoso desapego» y la «compasión burlona»– ha protestado en público en defensa de sus elecciones estilísticas. Bien, digamos aquí que el propio Magrinyà se castiga a sí mismo en cinco ocasiones con ejemplos tomados de su propia obra narrativa. Esto no solo revela una actitud necesaria en un país caracterizado por la hostilidad beoda y cerril a cualquier forma de autocrítica. Constituye también un signo de honestidad intelectual, virtud de la que tampoco andamos sobrados.

Luis Magrinyà, Estilo rico, estilo pobre (prólogo de José Antonio Pascual), Madrid: Debate, 2015.

[p. m., La bolsa de pipas. Revista literaria trimestral, núm. 99, otoño 2015]

jueves, 10 de septiembre de 2015

La razón no importa: de hecho, tenerla es un coñazo

Playa de Es Trenc (Mallorca)


«[...] Mi mensaje cae conmigo 
sin mirador, las cuerdas de un trapecio
suspendido, otros días, 
de mi cabeza sobre el cielo»

(Gilberto Owen)


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