lunes, 8 de mayo de 2017
jueves, 23 de marzo de 2017
sábado, 25 de febrero de 2017
A propósito de la insignificancia
«Definiré de un modo sumario este descontento como el sentimiento de insignificancia, el continuo pensamiento de la igual y lúgubre insignificancia de todas las cosas –pensamiento que a veces se olvida, pero que no desaparece jamás, porque vuelve de manera invariable para llamar a la conciencia justo cuando se estuviera tentado de dejarse cautivar por tal o cual alegría del mundo–. Considerándola desde un punto de vista filosófico, cualquier cosa que exista es, dicho a grandes rasgos, doblemente insignificante por sí misma (insignificancia «intrínseca») y por su relación con las demás cosas (insignificancia «extrínseca»). Insignificancia intrínseca: la existencia es un agregado, un encuentro, un producto del azar; no muestra ningún sentido en la medida en que no puede apoyarse en ninguna necesidad [...]. Insignificancia extrínseca: la existencia es irrisoria por la situación que ocupa, imperceptible, en las series del espacio y del tiempo [...]. Conviene precisar con una palabra la naturaleza de esta situación irrisoria en la que cabe todo lo que existe. Situación «insostenible» sin más, como enseñan todos los filósofos desde Parménides y Platón, por no pertenecer al registro de lo que es (pues la existencia no tiene ninguno de los privilegios del ser, que es ingénito, imperecedero, eterno), ni al registro de lo que no es (pues la existencia tampoco tiene el privilegio de la nada). Lo que existe aquí y ahora, comparado con todo lo que ha existido, existe y existirá, tanto aquí como en cualquier otra parte, es, si se me permite decirlo así, infinitamente demasiado pequeño para aspirar a ser tomado en alguna consideración; pero, sin embargo, esa cosa existe. Por tanto, la paradoja de la existencia [...] es la de ser algo y al mismo tiempo la de no contar para nada».
(Clément Rosset)
lunes, 6 de febrero de 2017
domingo, 29 de enero de 2017
jueves, 19 de enero de 2017
El Montgó nevado. Una metáfora hiriente.
Argumentos
para un argumento improbable
Ya
nos gobierna, amor, el verano
y
estamos abatidos y felices.
Conquistamos
la arena absoluta y vemos el desdén inmarcesible
en
la cabeza del buda coronado de lentisco, el Montgó,
mirando
en su muda placidez
de
roca milenaria y soberana
las
aletas de los buceadores inciviles
que
creen en la aventura;
la
yacencia lánguida de las dos ninfas
pop frente al azul,
desnudos
sus pezones de avellana, la bolsa de Ben Sherman
y
el iPhone.
Derramadas sobre los guijarros, en
la
piedra de la rada, mordida por la sal, erosionada, las vemos adorables,
tan
sí mismas, pronunciando con pereza calculada
la
palabra semionáutica, un libro de
Bourriaud
entre las manos, mostrando los erizos
de
sus vientres, aullante pelo lacio entre sus ingles.
Ya
vemos los bikinis lácteos de las mujeres climatéricas,
bestialmente
sensuales en su áspero lamento
rubio y bronceado,
emancipadas
de estar emancipadas,
y los
Vilebrequin pastel de sus maridos, gestores de fondos
de
inversión
que
nunca leerán a Raymond Williams, ni citarán a Gramsci,
ni
se jactarán, afortunadamente, de ser los más malditos,
lo
son y tú lo sabes: estás en este mundo
y
funges fiebre de oro.
Y
arribará la muerte a lomos
de
un Beneteau de veinte metros
con
su marinerito hermoso, probablemente indie,
las
bollas blanquiazules impolutas
y
el tapizado blanco, blanco, blanco tan Rimbaud;
y
acaso pensarás en las virtualidades subversivas
del
capitalismo –oh, cambiar la vida–, y todo será bello, nada será
puro,
si alguna vez lo fue.
Pregunta
a las adelfas,
no hay nada negativo.
[p.m., este poema pertenece a Vacancias, Madrid: Celesta, 2014.]
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