sábado, 25 de febrero de 2017

A propósito de la insignificancia




«Definiré de un modo sumario este descontento como el sentimiento de insignificancia, el continuo pensamiento de la igual y lúgubre insignificancia de todas las cosas –pensamiento que a veces se olvida, pero que no desaparece jamás, porque vuelve de manera invariable para llamar a la conciencia justo cuando se estuviera tentado de dejarse cautivar por tal o cual alegría del mundo–. Considerándola desde un punto de vista filosófico, cualquier cosa que exista es, dicho a grandes rasgos, doblemente insignificante por sí misma (insignificancia «intrínseca») y por su relación con las demás cosas (insignificancia «extrínseca»). Insignificancia intrínseca: la existencia es un agregado, un encuentro, un producto del azar; no muestra ningún sentido en la medida en que no puede apoyarse en ninguna necesidad [...]. Insignificancia extrínseca: la existencia es irrisoria por la situación que ocupa, imperceptible, en las series del espacio y del tiempo [...]. Conviene precisar con una palabra la naturaleza de esta situación irrisoria en la que cabe todo lo que existe. Situación «insostenible» sin más, como enseñan todos los filósofos desde Parménides y Platón, por no pertenecer al registro de lo que es (pues la existencia no tiene ninguno de los privilegios del ser, que es ingénito, imperecedero, eterno), ni al registro de lo que no es (pues la existencia tampoco tiene el privilegio de la nada). Lo que existe aquí y ahora, comparado con todo lo que ha existido, existe y existirá, tanto aquí como en cualquier otra parte, es, si se me permite decirlo así, infinitamente demasiado pequeño para aspirar a ser tomado en alguna consideración; pero, sin embargo, esa cosa existe. Por tanto, la paradoja de la existencia [...] es la de ser algo y al mismo tiempo la de no contar para nada». 

(Clément Rosset)

jueves, 19 de enero de 2017

El Montgó nevado. Una metáfora hiriente.




Argumentos para un argumento improbable

Ya nos gobierna, amor, el verano

y estamos abatidos y felices.

Conquistamos la arena absoluta y vemos el desdén inmarcesible

en la cabeza del buda coronado de lentisco, el Montgó,

mirando en su muda placidez

de roca milenaria y soberana

las aletas de los buceadores inciviles

que creen en la aventura;

la yacencia lánguida de las dos ninfas

pop frente al azul,

desnudos sus pezones de avellana, la bolsa de Ben Sherman

y el iPhone.

Derramadas sobre los guijarros, en

la piedra de la rada, mordida por la sal, erosionada, las vemos adorables,

tan sí mismas, pronunciando con pereza calculada

la palabra semionáutica, un libro de

Bourriaud entre las manos, mostrando los erizos

de sus vientres, aullante pelo lacio entre sus ingles.

Ya vemos los bikinis lácteos de las mujeres climatéricas,

bestialmente sensuales en su áspero lamento

rubio y bronceado,

emancipadas de estar emancipadas,

y los Vilebrequin pastel de sus maridos, gestores de fondos

de inversión

que nunca leerán a Raymond Williams, ni citarán a Gramsci,

ni se jactarán, afortunadamente, de ser los más malditos, 

lo son y tú lo sabes: estás en este mundo

y funges fiebre de oro.

Y arribará la muerte a lomos

de un Beneteau de veinte metros

con su marinerito hermoso, probablemente indie,

las bollas blanquiazules impolutas

y el tapizado blanco, blanco, blanco tan Rimbaud;

y acaso pensarás en las virtualidades subversivas

del capitalismo –oh, cambiar la vida–, y todo será bello, nada será

puro, si alguna vez lo fue.

Pregunta a las adelfas,

no hay nada negativo.


[p.m., este poema pertenece a Vacancias, Madrid: Celesta, 2014.]