sábado, 19 de junio de 2010

La catalaxia era esto



Que me llamen raro, pero me lo he pasado como un enano leyendo de principio a fin el Real Decreto-ley 10/2010, de 16 de junio, de medidas urgentes para la reforma del mercado de trabajo. Pura poesía de la experiencia. La exposición de motivos, redactada con ese inconfundible estilo agónico de drafter sudoroso encerrado hasta las cuatro de la mañana en un oscuro despacho del Ministerio, es sencillamente espléndida.  Sería injusto destacar  este u otro artículo del Real Decreto: todos y cada uno de ellos desprenden el aroma del ritual de lo habitual de las últimas tres décadas. Todavía mejor ha sido la crónica del telediario de TVE del mediodía. Acabada la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros, una periodista sonriente ha dicho en directo que el director del Fondo Monetario Internacional, Dominique Strauss-Kahn, “ha dado el visto bueno a la reforma laboral” (sic). Vaya, uno estaba convencido de que Strauss-Kahn andaba preparando cócteles molotov en su casa y quitándole el polvo al pasamontañas para ir a la enésima mani contra el ludo-capitalismo (Ferré dixit) mientras lidiaba con los efectos del insomnio feliz que le provocó anoche la relectura de aquel viejo, vigorizante y algo cándido texto de Pierre Bourdieu sobre el movimiento de los parados franceses de finales de los noventa (“El movimiento de los parados franceses. Un milagro social”, en Contrafuegos). Haría falta un Karl Kraus para destripar las toneladas de resignación inconsciente y naturalizada que hay detrás de la frase de la periodista de TVE, una frase que ya ni siquiera puede ser calificada como un acto fallido en sentido freudiano. La foto que ilustra la entrada nos ha hecho recordar aquel artículo de Ferlosio en el que se puede leer esto: “(…) el único gran acierto de aquella en su tiempo célebre novela de John Steinbeck, Las uvas de la ira –de un populismo absolutamente detestable en lo que atañe a la obra en general– (…) es el de aquel viejo al que lo que más le enfurecía y desesperaba de verse arrojado, con lo puesto, por esas carreteras, a causa de la Gran Depresión de 1929, era precisamente “no saber a quién tenía que matar””. Yo tampoco sé a quién hay que matar –metafóricamente, claro–. 



sábado, 12 de junio de 2010

Lábil, suelo frío

Pienso si Alessandro de Giorgi me convence o no me convence y sigo peleado con el maldito texto-balbuceo sobre Homer y Langley, la última novela de Doctorow. Empezamos a hablar del automodelaje psi, de la paradójica y contradictoria genealogía del prudencialismo, de sus sombras. De pronto, sin explicación aparente, Jean-Claude Lauzon se apodera de la conversación. Recuerdo como si fuera ayer aquel día salvajemente caluroso de agosto en el que la noticia de su muerte en un accidente de aviación me dejó helado y busco esa canción de la banda sonora de Léolo, la enorme película de Lauzon que ganó en Cannes, creo que en el 92, pero no hay ningún fragmento de la película en youtube con ese fondo musical. Lástima. Mientras todo esto sucede estoy pensando que tengo que pensar algo para colgar aquí, una absurda disciplina que me he impuesto para que no languidezca. Te pregunto y dices que bueno, que bien.
Esto, entonces.

Lábil

esta vulnerable barricada 
de fluidos levantada 
para que el sucio guante del desastre 
no nos acaricie nunca, 
esta piel de mayo lamida
esta tarde solar en la que nos recorremos,
este borrado de límites 
que desmiga el tiempo 
consuntivo, este nunca consumado
fracaso del amor en casa, esta efímera
alegría sin fundamento en las bocas,
este grito brotado en el quicio
de un vértigo tibio,
este empate entre centro y periferia,
este exilio

[LBDP, nº 75, para ana, claro]

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Y esto, aunque sea sin imágenes de Léolo 



lunes, 7 de junio de 2010

viernes, 21 de mayo de 2010

Normas para un parque lúdico-amoroso






“Ved aquel poeta que ejerce con sus imperfecciones un atractivo superior al de las cosas acabadas; su gloria y su mérito dependen más de su impotencia final que de su fuerza creadora (…) La gloria de este poeta gana, aunque no haya llegado en realidad al fin al que tendía”
(Friedrich Nietzsche, La gaya ciencia, Libro segundo, parágrafo 79)


“Por su lado la “bohème dorée” consideraba que en los embriagadores festejos con que se rodeaba, en su corte, se hacían realidad sus sueños de una vida “libre””
(Walter Benjamin, Poesía y capitalismo (Iluminaciones II))

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Interesante afán de experimentación narrativa que viaja sobre raíles reconocibles y mucha teoría empotrada, pero en el espeso bosque de una poética sobrealimentada de referencias más o menos explícitas no es preciso desencriptar el motivo eviterno, imperecedero… clásicamente… modernakis: la necesidad de ser amado


“Y nadie que conozcas que resista, si no es a duras penas, el paso de los días sin saberse
Amado
[Luna Miguel y Antonio J. Rodríguez, Exhumación, Barcelona, Alpha Decay, 2010, p. 12]