W. N. P. Barbellion, seudónimo de Bruce Frederick Cummings (Barnstable, Devon, 1889-Gerrards Cross, Buckinghamshire, 1919), escribió The journal of a disappointed man, un libro que está a la altura de las mejores páginas diarísticas de Kafka. La editorial Alba lo tradujo en 2003 (El diario de un hombre decepcionado, trad. y notas de Carmen Francí), una idea feliz. El día 20 de diciembre de 1916, cuando ya era consciente de que la esclerosis múltiple acabaría con él, Barbellion tuvo la audacia poética de anotar esto en su diario: “El motivo de que no pase los días sumido en la desesperación y las noches llorando es que estoy enamorado de esta ruina que soy”. Y añadió: “(…) Estoy tan abominablemente interesado en mí que ningún detalle de esta tragedia, por pequeño que sea, se me escapa. Día tras día acudo al teatro de mi propia vida y contemplo cómo se va acercando al final el drama de mi historia. Quiera Dios que el telón caiga en el momento oportuno, no vaya a decaer la obra en un largo y tedioso anticlímax. A todos nos gusta convertirnos en figuras dramáticas. Byron también lo hacía cuando, en un arrebato de retórica compasión por sí mismo, escribió:
Oh, si pudiera sentir como he sentido o ser lo que he sido,
o llorar como podría haber llorado por tanto perdido
También Shelley, dada su condición de artista, no podía quedarse impasible ante su propia tragedia (…) muchas veces el Destino es un dramaturgo excelente. ¿Hay algo más perfecto que la muerte de Rupert Brooke en la isla de Sycros, en el Egeo? La vida de algunos hombres es una obra de arte, perfecta en su forma, desarrollo y gradación del momento culminante. Sin embargo, ¡con cuánta frecuencia una vida marcada por el éxito –o incluso por la ruina– es también una historia fea, sórdida, ridícula y vulgar! Todo el mundo estará de acuerdo en que tiene que ser muy duro ser común y corriente incluso en la desgracia, descubrir que la tragedia de preciosa vida ha sido mediocre desde un punto de vista dramático, que tu vida, incluso en ruinas, es poca cosa, y tus propias miserias, resultan patéticas por su misma insignificancia” (pp. 348-349).
Lección shakesperiana plenamente vigente en nuestro ciclo de hipertrofia yoica.
*
Tenemos la fundada sospecha de que Dion DiMucci (1939) leía a Kierkegaard. Hemos imaginado a DiMucci tumbado en las camas de los hoteles donde se alojaba en sus giras con The Belmonts leyendo The journals of Søren Kierkegaard y tarareando “(I was) born to cry” mientras la heroína avanzaba por su sistema circulatorio; hemos imaginado páginas iluminadas por la pálida luz de un flexo en una habitación. Sospechamos que DiMucci también leyó a Barbellion. Lamentablemente, no hay un vídeo de Dion interpretando la canción con un audio limpio. Tampoco tiene suficiente calidad el vídeo de la versión que hizo Johnny Thunders, el legendario y maleado guitarra solista de New York Dolls. Nos conformamos con este cover de The Hives, irregular aunque aceptable. La voz entra tarde: la música es poesía, y la poesía, guste o no, es matemática. La letra podría haberla escrito perfectamente W. N. P. Barbellion.
O no.
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