domingo, 21 de octubre de 2012

Conmociones semanales


1.– Mi madre en la puerta de Auschwitz. El sábado voy a comer con mi madre por ahí y cuando regresamos a su casa para tomar un café me muestra las fotografías de un reciente viaje a Polonia, algunas de ellas tomadas en Auschwitz. Pienso que, si no fuera por el herraje que con esa delirante leyenda, Arbeit macht frei, todavía preside la entrada del antiguo campo de exterminio, el escenario en el que mi madre posa con una media sonrisa en el rostro bien puede corresponder a un plácido barrio de cualquier ciudad centroeuropea. Desconcertado, me recreo durante unos segundos en ese pensamiento, o más bien en la idea de que me resulta imposible ladear ese pensamiento y empujarlo a la periferia de mi mente, pero de pronto todo cambia; pienso que mi segundo apellido –es decir, el primer apellido de mi madre–, un apellido poco común del que hay diversas variantes en Europa, es de origen judío, y este segundo pensamiento coloniza mi cabeza y me paraliza completamente, hasta el punto de que no soy capaz de seguir el hilo de la conversación cuando ella hace un comentario sobre la división funcional del trabajo en los campos de Auschwitz y Birkenau.


2.– La muerte de Cristóbal Serra. El domingo por la tarde tengo un rato y abro el último número de la edición española de Le monde diplomatique para asomarme al apocalipsis; me dispongo a leer un artículo de Mireia Llobera cuando mis ojos tropiezan con una negrita: Cristóbal Serra (1922-2012). Me entristece saber que Serra murió en agosto y, en el típico momento Barthes que congela el tiempo, pienso que, a pesar de la opulencia informacional dada por descontada en la así llamada sociedad del conocimiento, no he sabido de la muerte del escritor mallorquín hasta que han transcurrido dos meses desde su desaparición. Y sin embargo, ¿cuántas páginas dedicó la prensa a esa edil que se grabó a sí misma homenajeando a Onán? ¿Cuántas a la cándida artista pop de ochenta años que restauró el Ecce homo de la iglesia de un pueblo de Zaragoza? ¿Cuántas al imbécil de Wert?¿Cuántas a la grotesca ceremonia anual del premio Planeta? And so on, como diría Zizek. Respetaba mucho a Serra e incluso le tenía aprecio (la razón, aquí), a pesar de no conocerlo personalmente y de no compartir su peculiar visión del mundo, pero no quisiera incurrir en esa recurrente modalidad del impudor que consiste en hablar de uno mismo al glosar la vida y la figura de un muerto, así que le dejo el trabajo a Ramón Chao:

“Este año vine a Mallorca con la idea de compartir almuerzos y charlas con el insigne Cristóbal Serra, escritor por el que tengo tanta devoción que hasta lo pongo a la par de Álvaro Cunqueiro. A los tres días de mi llegada, me dicen que el autor de Péndulo (1957) ha sufrido una caída, peligrosa a su edad. Semanas después debo conformarme con su voz, clara a través del hilo, animosa como siempre, pues el autor de La soledad esencial (1987) rehuye (sic) todo encuentro. Uno de mis mayores placeres en mis estancias mallorquinas –sol y pereza–, era siempre la lectura de su último libro, y luego el contraste de pareceres.
Hace unos diez años, nos unieron inmediatamente sus saberes y lecturas esotéricas y mi libro sobre Prisciliano (Prisciliano de Compostela, Seix Barral, Barcelona, 1999), del que me descubrió prolongaciones insospechadas. Como Unamuno, Serra rechazaba la presencia de Santiago en la cripta de la catedral gallega, y con una sonrisa irónica decía, volterianamente, que los restos allí encerrados eran de burros, animales por los que sentía gran devoción. El autor de El asno inverosímil (2002) decía: “Gracias a los asnos me he sentido menos solo en una sociedad como la mallorquina, reacia a toda acción colectiva que no tenga fin utilitario. A nadie se le escapa que el asno ha sido más vituperado que alabado. Pues bien, mis alabanzas no son pocas, y el vituperio, nulo. Mis buceos en la ciencia de asnológica me llevaron a confirmar que el asno ha sido involucrado con el problema del mal, con la esencia trágica de la creación y con el enigma de la materia. Yo creo, como buen asnomaníaco, que los gnósticos se mostraron lógicos reivindicando –indirectamente– al asno. Para ellos, Yahvé era el imperfecto demiurgo al que llamaban Jaldabaot. Tachado de ignorante, lo representaban con cabeza de asno. Mis investigaciones personales dieron por resultado que los paganos cristianos llamaban “asinaios” a por mofa, al verlos adorar a una cabeza de asno. Descubrí que era difícil desligar al cristiano del asno, con el que restaban en deuda desde el día que les descubrió el agua en el desierto (Tácito dixit)”.
Para hacer méritos, añadí: “No por casualidad, Jesucristo entró en Jerusalén en burro, cuando podía haberlo hecho en andas o en papamóvil, que la cronología no existe en el reino del Señor. Y sepa usted que, en el maletero de mi coche, llevo la pegatina de un burro balear”.
Mis palabras lo llenaron de júbilo, e ipso facto me nombró miembro de la Cátedra de Asnología que acababa de crear, En los encuentros de este verano, yo pensaba ofrecerle la presidencia de una asociación de priscilianistas que pienso anunciar pronto,
Descubierto por Octavio Paz, Cristóbal Serra nunca quiso abandonar su isla ni su lengua castellana, a la que consideraba superior a su obra. Siempre sencillo, discreto y transparente, el autor de Viaje a Cotiledonia (1965), falleció el 6 de agosto a los 89 años. Así es la muerte”.

[Ramón Chao, “Cristóbal Serra (1922-2012)”, necrológica publicada en Le monde diplomatique, nº 204, octubre 2012, p. 2.]         





3.– Lost Acapulco: el martes escucho música. Un poco. Y trabajo. 




 4.– Fresa y herida: el miércoles leo un libro de Berta García Faet; transcribo un fragmento del poema “Tímido reportaje testimonial sobre los debates de invierno”:








Sé muy bien que ya estás en Siberia

(estás participando, como entusiasta becario,

en la construcción de un simulador
de un sistema complejo:
un corazón de mamífero, sometido
a altas dosis de desierto),
y estás, lo sé muy bien, muy ocupado
y a tres años de nosotros;

pero yo, ociosa y sinvergüenza, a través de la fibra óptica
(oh, esa diosa benevolente,
que desde su plaga interplanetaria propicia
el derrocamiento final de la distancia y el tiempo,
esos límites obscenos, esos parásitos sin alma)
te escribo un delicado e-mail,
para matarte el tiempo, para desmenuzar
los pasos que tendría que dar para llegar a ti.
(…)

[Fresa y herida, Instituto Leonés de Cultura, León, 2011, p. 24]




5. Hou poeta: El jueves continúo trabajando en un texto muy arduo que, me temo, se está tornando inculminable; recuerdo que tengo que hacerme con Poesía (Michel Houellebecq, Barcelona, Anagrama, 2012), volumen que reúne los cuatro poemarios del notario del desencanto y de la derogación del porvenir. Mientras, me conformo con releer tramos de poemas reproducidos en Las partículas elementales. Por ejemplo: 

Quedan algunas familias
(chispas de fe entre los ateos,
chispas de amor en el fondo de la náusea),
no se sabe cómo
esas chispas brillan.
(...)

[M. H., Las partículas elementales, p. 183]


6.– Enric González deja El País. Entristecido, el viernes leo este texto de Enric González publicado en Jot Down, texto que no requiere comentario:


“Enric González: Con todos mis respetos”

(por Enric González)


“El nacimiento de mi hija fue complicado. Clara y Lola, su madre, tuvieron que permanecer un cierto tiempo en la unidad de cuidados intensivos de la Clínica Dexeus. Resultó que la Seguridad Social sólo cubría el parto y el resto me correspondía a mí. La factura ascendió a 12 millones de pesetas, lo que entonces costaba un piso. Me era imposible pagar. El diario El País, que entonces dirigía Juan Luis Cebrián, se hizo cargo del asunto. El mismo diario, con el mismo director, me pagó cursos en Esade y me procuró una beca en Estados Unidos.

No quiero olvidar esas cosas.

Incluso teniéndolas presentes, ahora comparto la opinión universal sobre Cebrián. A mí también me causa horror y una cierta repulsión. Pero prefiero pensar que está enfermo y que la cura a su enfermedad no puede pagarse con dinero. No debe ser, como pensé hace unos años, un simple caso de ludopatía bursátil. Si fuera así, habría recuperado ya la lucidez. Dudo que lo suyo tenga remedio. Es una lástima.

Después de 27 años en El País, creo que debo irme. La decisión de despedir a un tercio de la redacción me permite acogerme, sin negociaciones particulares, a la indemnización que se establezca para el colectivo. El País ha hecho por mí mucho más que yo por él y hasta no hace mucho confiaba en que pese a la crisis, la general y la del sector, lograría superar sus disfunciones. Ya no confío. Conviene, sin embargo, subrayar algo: en 1976 trabajaba en la Hoja del Lunes de Barcelona y cuando llegó a mis manos el primer ejemplar de El País pronuncié una frase lapidaria: “Esto no dura seis meses”. Como se ve, carezco de dotes proféticas.

Desconozco quién figura conmigo en la lista de los que se van. Solo sé que son compañeros y amigos. Igual que casi todos los que se quedan. Por eso quiero suponer que me equivoco de nuevo y que El País, que seguirá contando tras los despidos con bastantes de los mejores periodistas de España (e, inevitablemente, con unos cuantos personajes lamentables), aún valdrá la pena.

He escrito estas líneas con vergüenza. Que yo deje un empleo carece de interés. Que más de diez docenas de periodistas sean despedidos de un periódico que baña en oro a sus directivos y derrocha el dinero en estupideces es bastante grave. Que en España haya millones de personas sin trabajo y con muchísimas dificultades para llevar una vida digna, mientras algunos se enriquecen a costa de la miseria ajena, es una tragedia.
           
Perdonen el desahogo. No volverá a ocurrir”.

***

Naturalmente, seguiré leyendo a González allá donde escriba. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario