"A lo largo de una
dilatada vida dedicada al estudio, la meditación y la dialéctica, un filósofo
había llegado a adquirir un agudo ingenio y una extensa sabiduría; en cambio,
el reconocimiento público de su talento era casi nulo y el desdén
dominaba la mayor parte de sus relaciones con sus semejantes.
Molesto consigo
mismo por no haber sabido despertar el interés de la sociedad hacia él ni, por
consiguiente, haber aportado su ayuda a la resolución de los numerosos
conflictos de su tiempo, el filósofo decidió cobijarse bajo un nombre ficticio
y buscar tras el seudónimo (como todo buen hereje) lo que nunca había
conseguido con su nombre propio. Y así inventó a Demonax, el pensador más
revulsivo de su tiempo, el hombre que a punto estuvo de dar un giro a la
cultura de su época.
Bajo el nombre de
Demonax dio a luz lo que nunca se había atrevido a exponer y se apresuró a
pensar lo que con nombre propio siempre le había parecido improcedente pensar.
Pronto el nombre de Demonax se extendió por toda la Antigüedad y sus palabras y
escritos eran esperados por toda una muchedumbre culta, ávida de conocer sus
veredictos. Los que a sí mismos se llamaban sus discípulos fueron legión y de
parecida manera creció el número de sus adversarios, impulsados por la envidia
y el amor al orden a salir al paso de las opiniones heterodoxas del filósofo.
Como ya ocurrió
en otras ocasiones, se levantaron contra él algunos Anitos y Melitos, acusando
a Demonax de que nunca se le había visto ofrecer sacrificios a la diosa y de
que era el único griego no iniciado en los misterios eleusinos. Rechazó estas
acusaciones en un escrito dirigido a la asamblea y defendió su causa empleando
a veces un lenguaje comedido, a veces más áspero del que acostumbraba. Tocante
a la acusación de no haber ofrecido nunca sacrificios a Atenea: “No os
admiréis, dijo, de que no haya ofrecido todavía sacrificios a la diosa, pues no
pensaba que necesitaba de mis víctimas”. Respecto a los misterios, lo que le
impedía iniciarse era que si fuesen malos, no podría por menos de revelárselos
a los profanos para apartarlos de las orgías; y si fuesen buenos, los
divulgaría también por amor a los hombres.
La asamblea no
quedó satisfecha, sino que, por el contrario, airada con esa respuesta exigió
la presencia del filósofo que no vaciló en comparecer ante ella, con el rostro
cubierto tras la clámide, Ya tenían los atenienses las piedras en las manos
para lapidarle, cuando descubrió su rostro diciendo así: “Sacrificadme,
atenienses, ya que hasta ahora no habéis hecho felices sacrificios”. Pero la
asamblea en lugar de apedrearle prorrumpió en risas y gritos jocosos y
despectivos que finalmente fueron acallados por el decano, que se dirigió al
filósofo en los siguientes términos: ¿Cómo puedes tú, que siempre fuiste
respetuoso con nuestra religión y nuestras más sagradas costumbres, pretender
ser ese Demonax que sólo vive animado para atacarlas y burlarse de ellas? Y
aunque lo fueras, ¿no comprendes que al condenarte a ti, como espurio vicario
de nuestro enemigo, no haremos sino fortalecerte y empujar al imperecedero
reino del espíritu la carne y la voz de la herejía? Vuelve pues a tu casa y
acógete a tus antiguos hábitos, ya que después de tu imperfecta confesión
tampoco en lo sucesivo podrás seguir jugando a Demonax, pues ¿qué importancia
daremos a cualesquiera de sus opiniones sin en lo sucesivo hemos de sospechar
que proceden de un alma cándida como la tuya?”
Convencido por
estas palabras y abrumado por tal humillación, el filósofo volvió a su casa y
bebió la cicuta para hacer realidad el pronóstico del decano. Y como tras su
muerte no prosperase su herejía se vino a demostrar una vez más que tanto él
como el decano habían estado equivocados, acaso porque ambos confundieron
condena con sacrificio y culpa con castigo".
[Juan Benet,
“Fábula octava”, en Trece fábulas y media
y fábula decimocuarta [1981 y 1991], Madrid, Alfaguara, 1998, pp. 67-69]

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