Ninguna persona
me cree a la primera cuando me pide el número y respondo con esta frase: “no
tengo teléfono móvil”. De hecho, nunca he tenido uno. No me manejo demasiado bien
con las máquinas y no me siento orgulloso de ello. No soy un ludita ni un
adepto de Morozov, aunque sospecho instintivamente de cualquier forma de
celebración acrítica del así llamado progreso tecnológico. No quisiera exhibir
impúdicamente mis fallas informáticas, mis gaps
comunicacionales –me parece que nunca hay que caer en esa forma odiosa y aun
sórdida, mostrarse vulnerable, de hacerse el interesante–. No quiero pararme a
pensar si carecer de teléfono móvil es un signo de atraso o una forma más o
menos inconsciente –o directamente lunática– de vindicar la libertad individual;
simplemente es así: nunca he tenido un teléfono móvil. Estoy pensando en que a
duras penas sabría utilizar un celular, pienso en mi impaciencia e impericia
con la tecnología y me viene a la cabeza la célebre anécdota protagonizada por
los fundadores de Hewlett-Packard que leí en Cyberselfish, libro clarividente de Paulina Borksook publicado hace
ya más de diez años. Un entrevistador requirió a Bill Hewlett y David Packard
su opinión sobre las “vigorosas iniciativas políticas encaminadas a educar
tecnológicamente a las personas con problemas económicos”, pregunta a la que
uno de ellos respondió quedamente: “Lo primero que hay que hacer es
alimentarles”. Evoco la anécdota y me río a carcajadas imaginando la cara que debió
de poner el tecnófilo que formuló la pregunta –convencido, supongo, de que iba
a recibir una respuesta interesadamente entusiasta de los fundadores de la
multinacional informática y no esa frase, seca como un uppercut de Sugar Ray Leonard, inteligente como el tramo final de un
aforismo de Lichtenberg, “lo primero que hay hacer es alimentarles”–. Sonrío en
el tramo final de mis carcajadas como sonreí ayer por la noche releyendo en el Dietario voluble esta anécdota que
cuenta Vila-Matas: un día su ordenador se rebeló contra el inconveniente de
haber nacido –es decir, contra su obligación de funcionar– y, desesperado
porque debía terminar y enviar un artículo, el escritor llamó a un técnico para
que tratara de solucionar el problema. Sumido en un estado de profunda perturbación
–agravado por el recuerdo de unos párrafos de un libro de Enzensberger leídos
la noche anterior y, especialmente, por la noticia que, imperturbable, le
comunicó el técnico en tono suficiente (“acababa de perder mis direcciones de
correo, el correo mismo y todos mis documentos personales”)–, Vila-Matas dejó
al “tecnocientífico” en casa y salió a dar un paseo por su barrio. “Al
regresar, le hice unas preguntas al tecnocientífico y me respondió con aires de
suficiencia, como si yo fuera un pobre palurdo. “¿Cómo te llamas?”, le
pregunté. Ludwig, dijo, y estaba intentando medrar en el mundo de la cibernética
circulatoria. Le hubiera matado”. Sonrío recordando la sonrisa que ayer por la
noche me dibujó en el rostro la lectura de este párrafo y pienso que yo también
habría matado hace unos años a aquel técnico casi imberbe que me atendió en la
tienda donde había comprado un ordenador portátil que dejó de
funcionar. Aquel ciber-cretino feo y
bajito, que no tendría más de veinte años, estuvo unos veinte minutos
abrumándome con comentarios y preguntas ininteligibles sobre el funcionamiento
de mi máquina en un tono tan displicente como intimidatorio, comentarios y
preguntas cuya ininteligibilidad crecía a medida que mis balbucientes respuestas
evidenciaban mi ignorancia –ignorancia que, era obvio, le producía una gran
satisfacción, una suerte de complacencia sádica–. Acaso este tecno-imbécilMuhammad Ali, hermosa
como el tramo final de un versículo de Olga Orozco, “que vengan todos”, me
pregunto mientras pienso que estoy sonriendo porque no sé cómo rubricar este
sumario ejercicio grafómano que, pensando en mi amor a México, he
iniciado hace un rato con el único fin de olvidar que tengo que ponerme a escribir
sobre un tema que me cansa y me aburre infinitamente, que en realidad sonrío
para no pensar que me he puesto a escribir esto con el propósito de olvidar que
debería atreverme a no escribir una sola palabra más sobre ese tema; ser
extremadamente cortés, atractivamente cortés, sí, pero guardar sobre ese asunto
un silencio que hiele. me ha
elegido como objeto de reemplazo para vengarse simbólica y retrospectivamente
de los cientos o miles de collejas y guantazos que recibió de pequeño en el
patio del colegio, quizás se comporta igual con todos sus clientes, me pregunté
ya profundamente irritado por sus preguntas y comentarios gratuitos e
impertinentes mientras meditaba mis posibilidades de acción: darle un guantazo,
arrancarle el ordenador de las manos e irme a otro sitio para intentar que
alguien me lo arreglara o esperar pacientemente a que se cansara de humillarme.
Pienso que tal vez aquel técnico feo, bajito y casi imberbe –que, por cierto,
vestía bata blanca– es ahora uno de esos entusiastas que, sin haberse tomado la
molestia de leer a Cass Sunstein, predican la buena nueva anti-política y
proto-tecnócrata de la democracia digital –o el “wiki-gobierno”, última memez
sacada de la inagotable chistera lexicográfica de los change makers imberbes que cada semana arreglan el mundo bajo la inspiración del deleznable discurso del emprendimiento para que nada cambie, esos
seres tan innovadores que ignoran que la primera cuestión política es alimentar
a la gente que tiene problemas económicos–. No lo sé. Antes de arrancarle el
ordenador de las manos, le dije algo así como: “Te voy a dar un consejo, aunque no
me lo hayas pedido: procura limitarte a hacer tu trabajo, es decir, a identificar
el problema y arreglar el ordenador, pues si estás aquí es justamente porque
tus clientes no saben lo que pasa con su máquina y no tienen los
conocimientos que, sin habértelo yo pedido, has estado media hora demostrándome
no sé con qué objeto, pedazo de imbécil”. Ya lo he dicho: lo habría matado. Acaso
porque soy poco ducho con la tecnología no supe hasta hace unos meses que uno puede conocer
las estadísticas de su blog: el número de visitantes, su procedencia, las entradas
más leídas y otras informaciones más o menos inútiles –aunque, sospecho,
deliberadamente puestas ahí para alimentar el narcisismo (o el sentimiento de
fracaso digital) del administrador de la página–. De cuando en cuando miro las estadísticas
y sonrío al constatar que por aquí se han dejado caer blogonautas de los países
más insospechados, por ejemplo Cabo Verde. Se da el caso de que ayer abrí la
pantalla que registra las visitas y vi que hasta hoy han pasado por aquí tres
mil trescientos treinta y tres mexicanos. México tiene unos 122 millones de
habitantes, de modo que los mexicanos –y mexicanas: ¿por qué no contentar al vigoroso
y pueril lobby de la corrección
política?– que me han visitado son más bien pocos, casi debería decir que la
cifra es ridícula, pienso. No obstante, me alegró mucho saber que 3333 mexicanos
han frecuentado este blog, así haya sido por azar; experimenté ayer esa clase
de alegría que, como diría Rosset, es tan totalitaria como irracional, tan
radical como injustificable. ¿Por qué? No lo sé. Tal vez si viviera en México
detestaría profundamente el país, pero lo cierto es que amo discretamente a
México en la distancia a pesar de todas sus lacras y de Peña Nieto, y pido
perdón por la redundancia. “De entrada –escribe Vila-Matas en su Dietario voluble–, México me fascina
porque allí pierdo todo cristiano sentido de la culpabilidad. Allí, como si
fuera súbdito de una religión de idioma olvidado, puedo sentir invadida el alma
por grandes dioses pecadores. México me fascina por su culto a los muertos y
porque es un pueblo ritual y sobre todo porque, a diferencia del resto del
mundo, conserva intacto el antiguo arte de la Fiesta aunque –todo sea dicho–
tiene una manera muy curiosa de divertirse: no se divierte. Como dice Octavio
Paz, en los festejos el mexicano lo que quiere es sobrepasarse, gritar, cantar,
disparar, saltar el muro de la soledad que tanto le incomunica normalmente.
Cuando las almas estallan como lo hacen los colores, ¿se olvidan los mexicanos
de sí mismos, muestran su verdadero rostro? Nadie lo sabe. México me fascina
porque es el paraíso perdido de las máscaras. México me fascina por esa extrema
y atractiva cortesía del mexicano, aunque sus silencios –todo sea dicho–
hielan. México me fascina porque allí sin mala conciencia jugué en otros días a
mostrar mi verdadero rostro en esas noches de muerte sin fin en las que siempre
acababa pensando que había otro rostro detrás del que había yo descubierto.
México me fascina porque, en su paraíso perdido de las máscaras, me encuentro a
la deriva y paradójicamente en casa”. Me gusta este párrafo y las frases con
las que Vila-Matas remata su declaración de fascinación, frases que la pereza no
me deja copiar. Ignoro si la perspicaz Valeria Luiselli daría su visto bueno a
semejante proclama o si arrojaría el párrafo de Vila-Matas al infierno del
cliché identitario, pienso mientras recuerdo un filoso artículo publicado por
la escritora mexicana en Letras libres que
leí con interés y que, como hace un rato, cuando he recordado la anécdota que
cuenta Paulina Borksook en su clarividente libro, me arrancó una carcajada a
cuenta de una ironía hiriente sobre Spivak. Sonrío ahora por partida doble, si
puede decirse así, recordando algunos pasajes del artículo de Luiselli y la
anécdota de Borksook, sonrío tal vez para no pensar que amar a un país es algo
ciertamente estúpido, si no imposible, porque un país es una entelequia –o peor
aún, un fetiche lúgubre, una carcasa llena de nada–, sonrío para no pensar que sólo se puede amar
a un país en la distancia y de forma más bien discreta, sin efusiones, sonrío
quizás para no pensar que la sola idea de amar a mi propio país, este país que
se ahoga en un lodazal de estupidez, rapiña y barbarie, me resulta a día de hoy
verdaderamente problemática, por no decir repugnante. Aun sin efusiones, me fascina
México por muchas razones, entre ellas la inolvidable respuesta de Lázaro
Cárdenas cuando fue preguntado por el número de exiliados españoles que podría
acoger su país en 1939: “Que vengan todos”. Cómo no amar a un país cuyo
presidente pronunció en 1939 esta frase, seca como un directo de
A mí la frase que me viene cosntantemente a la cabeza desde hace tiempo es la de Groucho: "Que paren este mundo que yo me bajo." Claro que no sé a dónde iba a bajarme, no tengo ningún país fetiche como tú. (Por cierto, mejor no viajes a México, así lo podrás seguir soñando y queriendo).
ResponderEliminarMe despido con otra de Marx:
"La humanidad, partiendo de la nada y con su solo esfuerzo, ha llegado a alcanzar las más altas cotas de miseria."
Besos
Aunque no lo creas, de pequeño era bastante marxista (de Groucho y de Carlos, ojo) y tenía en la habitación un póster de Groucho con esa frase sobre la humanidad –una frase brillante que define, en realidad, la existencia, cualquier existencia-, así que te agradezco que me la hayas recordado y que me hayas hecho sentir una nostalgia efímera por la infancia, el único país que en verdad puede ser amado. Vaya, qué solemne. Besos, Zombie.
ResponderEliminarLa mel és més dolça que la sang.
ResponderEliminarJa ho sé, Vira-Sol, però no trobo mel per cap part.
ResponderEliminar