Contención es tal
vez el término que mejor define la prescriptiva rectora de los sesenta y dos
poemas reunidos por Anay Sala Suberviola (Sabadell, 1975) bajo un título de
resonancias procesales que parece aludir al modo en que la autora concibe su
quehacer poético, emplazado a caballo entre la poesía de la experiencia vivida –embridada
casi siempre por un logos vigilante–
y una sensibilidad próxima a lo que en su día dio en denominarse la poesía del
silencio. Como escribe José Luis Piquero en el prólogo del volumen, los títulos
de las cuatro partes en que está estructurado Medidas cautelares (“Orden”, “Rigor”, “Método”, “Anticipación”)
acogen “resonancias muy cerebrales” que reenvían a las cualidades propias del
jugador de ajedrez. Así es: la voluntad de precisión y la cuidada estrategia
compositiva –articulada, en no pocos textos, alrededor de una base
eminentemente endecasílaba– constituyen los dos principales dispositivos que alientan
el procedimiento de ejecución de una poesía aplomada en una suerte de lirismo cartesiano
en la que el flujo de los sentimientos es domeñado por “la crin de la
conciencia” (p. 38) de la autora, por una voz razonante que atempera y templa
constantemente la emoción y confiere al poema una textura despojada que lo
avecina al axioma, al aforismo, al epigrama, a la máxima o al apunte sumario y
lúcido (“La generosidad/ es dar/ por supuesto/ muchas cosas”, p. 21). Esta
tenuidad expresiva, presente ya el primer poemario publicado por Sala (Y, turno de réplica, 2009), parece ser
deudora del afán de hallar la distancia requerida para poetizar reflexivamente mediante
un discurso de cuño diarístico o para dialogar con su interlocutor difuso en
los textos que la autora escribe en segunda persona, pero refleja igualmente el
“manantial de precauciones” (p. 14) con el que Sala encara la liturgia de la
escritura. Una escritura que insinúa y sugiere más de lo que dice o afirma
explícitamente (“Ver/ para no creer./ Dejar de ser/ la pupila de un sueño, p.
61), pero que, paradójicamente, aparece a la vez revestida de una recurrente inclinación a la sentenciosidad, tendencia
que la autora reconoce con ironía (“Tendré que hacer las paces/ con mi tono
interior./ Con mi timbre de voz (…)”, p. 63). Reforzado, en algunos poemas, por
la rima consonante, este tono enfático, a veces inquisitivo, dota de frescura a
unos textos carentes de referencias espacio-temporales específicas que encaran
los temas de siempre –la conciencia del transcurso del tiempo, la perplejidad
de ser, la ausencia de sentido, el dolor, el silencio, la experiencia amorosa–
desde una perspectiva ecuménica pero íntima, universal pero cercana, abstracta
pero familiar, y alejada de bogas y tendencias últimas, especialmente en lo que
respecta a la presencia, discreta y tangencial, del yo en el
poema. A pesar de que Sala deja alguna pista de sus influencias en las citas
que disemina a lo largo de Medidas
cautelares, en la dicción de su escritura pueden reconocerse ecos y
resonancias de voces tan distintas como las de María Victoria Atencia, Claribel
Alegría o Idea Vilariño. La acusada contención del fraseo es, en cualquier
caso, la marca diferencial de una autora dotada para el poema de más largo
aliento –habilidad que deja apenas entrever
en tres textos (“El asalto”, “Sobre las vías” y “Líneas de fuga”)– que, por
ahora, ha elegido la “Aritmética sublime/ pero impar” (p. 76) de la brevedad y
el laconismo para dar cuenta de su disposición a organizar el caos de la
existencia plasmando con pericia en el texto únicamente el meollo de sus
digresiones.
Anay
Sala Suverbiola, Medidas cautelares,
prólogo de José Luis Piquero, Barcelona, Rúbrica editorial, 2012.
[p. m., publicado en Agitadoras. Revista cultural, nº 39, enero 2013]
Invitas con buena prosa a degustar estos poemas, estaré atento, Clément.
ResponderEliminarun abrazo
Bueno, gracias: eso es que lees con ojos generosos.
ResponderEliminarTe dejo una muestra (un poema del libro).
abrazo
"Lance"
Prestidigitación de la sospecha.
Observa.
El aire
sin la llama
es sólo humo.