miércoles, 24 de abril de 2013

Divagando IV: Talegón, la ego-política y la economía de los intercambios participativos



Se compartan o no sus diagnósticos crepusculares y a la vez celebratorios sobre el devenir de las sociedades occidentales, hay que reconocer que Gilles Lipovetsky fue un auténtico visionario al elegir los títulos de dos de los ensayos que publicó en la década de los ochenta: La era del vacío y El imperio de lo efímero. Tengo la impresión que el vacuo y fugaz fenómeno Beatriz Talegón encaja como un guante en la semántica de esos dos títulos exquisitamente anticipatorios. Como se sabe –y si no se sabe, lo recuerdo–, la joven Secretaria General de la Unión Internacional de Juventudes Socialistas aprovechó muy bien los quince minutos de gloria a los que, Warhol dixit, todo ser humano tiene derecho en un foro celebrado en Cascais (Portugal), cónclave en el que Talegón pronunció un aguerrido discurso frente a los bostezantes seniors de la Internacional Socialista. El vídeo de su proclama circuló vía Twitter a la velocidad de la luz y Talegón se convirtió durante unos días en trending topic. La joven Secretaria General trató de rentabilizar su fama efímera peregrinando por varios programas televisivos de debate –esos espacios en los que los invitados chillan y desvarían sobre cualquier tema imaginable–, fue increpada en una manifestación contra los desahucios y poco más se supo de ella. Parece que han pasado ocho años, pero esto ocurrió hace unas ocho semanas.

El affaire Talegón no tiene más importancia que otras fatigosas expresiones de lo que cabe denominar ego-política, término con el que me permito designar la tendencia  consistente en la auto-empresarialización estratégica del yo protestatario, operación animada por un inconfesado e inconfesable narcisismo que hace de ese yo una mercancía-persona productora de textos y/ o discursos de consumo rápido dirigidos normalmente a las glándulas menos reflexivas de unos receptores que no quieren tomarse la molestia de pensar por sí mismos –receptores-corifeos que, como escribió hace poco Thomas Frank a propósito de Occupy Wall Street recordando unas sabias palabras de  Christopher Lasch, están atrapados en el círculo vicioso de una protesta cuyo contenido se reduce a la satisfacción de protestar–. La ego-política se envuelve otras veces en la retórica de la horizontalidad, las jerarquías planas, la ausencia de liderazgos, lo común, la multitud, lo nómada y todo lo demás, es decir, en esa insoportable, opaca e inocua cháchara partisano-emocional y tardo-operaísta que apenas encubre el desaforado egocentrismo y la megalomanía de la mercancía-persona protestataria y sedicentemente alternativa. Amador Fernández Savater –que un día entrevista a Jacques Rancière de tú a tú, como Nieves Herrero, y al día siguiente también, que otro día nos envía una postcard desde Nueva York con sus cogitaciones autocomplacientes, que cada mañana teoriza en la inopia sobre el así llamado quince eme, ese cadáver, y que, en fin, no tiene reparo alguno en autodenominarse “pensador” o, peor todavía, “contrabandista del pensamiento”–, por ejemplo, es un caso paradigmático de la modalidad “alter” de sujeto ego-político. ¿What about Talegón?

Beatriz Talegón, una insider,  llamó la atención de la masa expoliada por los señoritos del partido gobernante porque pertenece a una formación política que, considerando la magnitud de su militancia y de su audiencia electoral, puede acceder al gobierno –ello a pesar de que su partido está francamente maltrecho: acaso esto es así porque la cúpula no lee los consejos áulicos de Jordi Gracia–, y recibió, con razón o no, muchos metros cúbicos de bilis popular justamente por su filiación política. Lo que me interesó del caso Talegón fue que, ya en la fase declinante de su estrellato fugaz –es decir, poco antes de darse cuenta de que, como dijo Michi, no se puede estar todo el día dando el coñazo–, escribió y publicó un artículo titulado “No estamos dormidos, estamos estudiando bien por dónde empezar” (Eldiario.es, 28/02/2013). Deliciosamente ego-político, ¿verdad? El artículo es un balbuceo más propio de una meona de quince años que de una mujer hecha y derecha de veintinueve y no merece la pena. ¿Entonces? La joven Secretaria General deslizó en los primeros tramos de ese texto unas frases que dispararon inmediatamente todas las alarmas en mi mente siempre suspicaz. Leámoslas:

Estos días se celebra en Viena el Quinto Foro Global de la Alianza de Civilizaciones de Naciones Unidas. Dentro de este encuentro se ha reservado un espacio para el Evento Mundial de la Juventud. Su secretario general, Ban Ki-Moon, nos pidió ayuda a los allí presentes para mostrar el camino a seguir. 

Jóvenes procedentes de todo el mundo, que no sobrepasamos la treintena, nos encontramos en un foro multicultural y tratando de aportar nuestro punto de vista (…).  Un foro interesante aunque a veces estéril en resultados, donde el currículo exigido así como la disponibilidad para acudir a esta cita limitan mucho que el canal de comunicación sea verdaderamente eficaz” (las negritas son mías).  

Dejemos la conmovedora introducción y vayamos directamente a la cuarta frase. “¡¿Cómo?! ¿He leído bien?ío﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ra acudir? cedo a transcribir: "ibiGracia–der al gobierno,  ¿Currículo exigido? ¿Disponibilidad para acudir?”, dije sumido en la perplejidad cuando leí el artículo. “¡Esto me recuerda a mis especulaciones sobre la nueva economía de los intercambios participativos!”, dije. Pero hablaba solo, hablaba completamente solo porque Ana estaba viendo una película y no se le puede hablar cuando ve películas; entra en trance y no oye ni escucha. “Currículo exigido, ¡¡qué fuerte!!”, dije dos veces, insistiendo: de nuevo, ni puto caso. En fin, aunque Ana siguió absorta en la película, aquel día dije que me interesa mucho que Ban Ki-Moon pida ayuda a los jóvenes que acrediten un curriculum comme il faut y tengan “disponibilidad” para acudir a esa cosa etérea llamada Foro de Alianza de las Civilizaciones, y no digamos ya eso de que reclame a los jóvenes que le muestren “el camino a seguir”… Pura economía de los intercambios participativos. Ahí va mi divagación:

“(…) Al caracterizar como “estratégicas” las interacciones comunicativas que orientan la formación del discurso político pretendo únicamente llamar la atención sobre la necesidad de tomar en serio algunos condicionantes de los intercambios lingüísticos en el espacio público. Concretamente, las asimetrías, los desbalances de poder y la relaciones de fuerza que determinan qué ideas cognitivas y normativas tienen mayores posibilidades de prosperar, cuáles son los actores o las instancias que influyen en la construcción de las políticas o en los debates sobre la pertinencia de las reformas, de qué modo pueden ejercer esa influencia y, por último, qué dirección adoptan las interacciones en los dos tipos de intercambios lingüísticos distinguidos arriba. A diferencia de lo que ocurre en los debates académicos, la deliberación que precede a la adopción de decisiones políticas está acotada por límites temporales: el tempo de la política es el corto plazo. La apertura de la interacción discursiva –si la hay– sobre el diseño o la reforma de una política social sectorial no es nunca confiada a los actores de la sociedad civil ni a los sujetos o las categorías de sujetos directamente afectados por la política en cuestión. Ello no significa que estos colectivos no puedan influir en la deliberación o en la construcción del programa político. Sin embargo, es necesario tener presente que el discurso público –y el acceso preferencial al discurso– está a priori controlado por lo que se ha denominado las “élites simbólicas”[1]. La intervención de los actores de la sociedad civil y de los colectivos directamente afectados se produce, por ello, ex post, es decir, una vez han sido definidos el diseño o la reforma de la política social en cuestión. El modo en que es delimitado a priori el campo de la interacción discursiva –pero también su desarrollo y clausura– depende, por otra parte, del programa de la política social que eventualmente se someta a consideración del público y de la magnitud de la audiencia afectada por la reforma[2]. La amplitud de los colectivos concernidos por el programa sometido a discusión y, especialmente, la fuerza de las coaliciones de la sociedad civil que les brindan soporte no son, en cualquier caso, los únicos factores relevantes para contrastar la influencia de la sociedad civil en la modulación del discurso. Es preciso considerar también la ritualización de las interacciones discursivas afianzada a lo largo de la edad de plata de modo paralelo a la difuminación de la “negatividad” originaria de los movimientos sociales y a la normalización de la “proactividad” colaboradora de la sociedad civil.   
Tanto en el caso de los programas sectoriales de la política social como en el de las políticas transversales –por ejemplo, las políticas vinculadas a la llamada perspectiva de género y a la denominada sociedad del conocimiento o las políticas medioambientales–, a lo largo de las últimas décadas se ha fraguado lo que, parafraseando a Bourdieu, cabría denominar una nueva “economía de los intercambios participativos”. Con esta expresión designo los procesos de atribución de competencias y autorizaciones que determinan el acceso legítimo de ciertos actores de la sociedad civil a la esfera de las interacciones en las que se gesta el discurso que puede realmente condicionar las decisiones sobre el perfil adoptado por la reforma. Usando las palabras de Bourdieu en un sentido algo distinto al del autor, sostengo que tal acceso depende en gran medida de que el lenguaje de esos agentes concentre el capital simbólico reclamado no por el colectivo social que eventualmente les otorga el mandato informal de representación, sino por la instancia que “concede” la autorización para intervenir en aquellos intercambios lingüísticos. En otros términos, la legitimidad del acceso a la interacción y la capacidad para influir en el discurso de las élites simbólicas están “subordinada[s] a la reunión de un conjunto sistemático de las condiciones interdependientes que componen los rituales sociales”[3].     
Según Bourdieu, el “rito de institución” consiste en “instituir, asignar (…) una competencia (…), significar a alguien lo que es y significarle que tiene que conducirse consecuentemente a como se le ha significado”[4]. En las interacciones discursivas, especialmente en las de tipo coordinativo, se podría hablar de ritos de atribución/ cooptación. En ellos se seleccionan los actores de la sociedad civil autorizados para intervenir en la construcción de lo que Vivien A. Schmidt ha denominado el “discurso master”[5] sobre las políticas sociales, es decir, aquellos grupos y agentes cuyo lenguaje ha atesorado –en competencia posicional con otros actores de la misma esfera– el capital simbólico exigido por las instancias que conceden la autorización. No obstante, a diferencia de lo que podría sugerir la aproximación de Bourdieu a la temática del poder simbólico y los ritos de institución, los ritos de atribución/ cooptación no pueden ser caracterizados sólo como actos unilaterales y unidireccionales destinados a consagrar un estado de cosas –en el supuesto que consideramos, una ideología de la intervención social– a través de la incorporación meramente funcional de los interlocutores de la sociedad civil que han “ganado” la autorización para participar en el diálogo público. La nueva economía de los intercambios participativos se caracteriza también por el hecho de que las élites simbólicas dramatizan la cesión de –de hecho, ceden– parcelas del discurso a los actores de la sociedad civil, de modo que el acervo léxico y terminológico que conforma el “discurso master” puede ser presentado como el resultado de un proceso dialógico en el que las instancias que autorizan incorporan, al menos en parte, la terminología y las propuestas de los actores autorizados. Piénsese, por ejemplo, en términos, conceptos y sintagmas como “sostenibilidad”, “partenariado”, “lucha contra la exclusión”, “flexiseguridad”, “economía social”, “empleabilidad”, “habilidades y competencias”, “contractualización”, “ciudadanía cívica”, “empoderamiento”, “sinergias”, “emprendimiento” (y “emprendedores”), “perspectiva de género”, “proactividad”, “activación”, “gobernanza”, “responsabilidad social corporativa” y otros. Estas expresiones no pueden en puridad identificarse con el campo discursivo de la élite ni con el de las distintas organizaciones de la sociedad civil; se ubican más bien en un territorio instersticial que acoge el repertorio resultante de un juego asimétrico de intercambios y préstamos recíprocos.
Un ejemplo de las interacciones entre las instancias que autorizan y las instancias autorizadas lo constituye el modelo de participación de la sociedad civil en la delimitación de las políticas comunes difundido retóricamente por las instituciones de la UE –particularmente, la Comisión Europea y el Comité Económico y Social–. Esta concepción –basada, como ha señalado Laura Cram, en la “invención” de una “ficción de pueblo europeo”[6]– ha estado desde su lanzamiento orientada a dar sentido a los conceptos de ciudadanía y sociedad civil europeas, pero también a compensar el déficit de legitimidad democrática de la UE. Se ha apuntado con razón que ambas instituciones asumieron “de arriba abajo” la discutible premisa de que que la participación de las organizaciones de la sociedad civil garantizaría que las cuestiones europeas serían debatidas en el nivel de la base, obviando por completo los requisitos para que ello fuera posible[7]. La formación de una “comunidad epistémica reflexiva” y el fomento de la “deliberación multi-nivel” pretendería integrar propuestas de diversos actores –entre ellos, las organizaciones de la sociedad civil y los actores del ámbito científico– y podría, en principio, facilitar la evaluación ciudadana y el control político de la “europeización cognitiva” de la política social. Como observa Serrano Pascual, dada la necesidad de legitimación política de la UE, las instituciones europeas han apelado a la participación de una gama compleja de actores para llevar a cabo esta evaluación; sin embargo, debido a las asimetrías de poder y al rol desempeñado por influyentes lobbies, este proceso se ha visto dificultado, si no bloqueado: en última instancia, la europeización de la política social se se ha resuelto en el fomento de una concepción ogica,﷽﷽﷽﷽lítica”. Entiendo que arte de la agenda polles, a fin de mejorar su posiciint entre estas despolitizada y expertocrática de la cuestión social. La “comunidad deiberativa” europea no se ha traducido en una reapropiación democrática, y aquellas asimetrías han determinado que el lenguaje que sustenta la europeización cognitiva no refleje un diálogo, sino que reproduzca monológicamente un discurso hegemónico. No obstante, la autora señala que el modelo europeo de sociedad civil puede promover oportunidades estratégicas y recursos políticos a algunas organizaciones y movimientos sociales para que determinadas propuestas formen parte de la agenda[8].      
La idea reasuntiva que puede extraerse de lo dicho hasta aquí es que, tanto en el marco de la UE como en los ámbitos estatal e infraestatal, los actores que tienen posibilidad de influir en el discurso “master” o de introducir ideas en la agenda son justamente los que han sido autorizados en los ritos de atribución/ cooptación. En este sentido, a la hora de plantear quién ha construido el discurso neo-empleocentrista y cómo ha sido construido, y de identificar la dirección de las interacciones lingüísticas en las esferas pública y política –especialmente, las interacciones de tipo cooordinativo–, es necesario considerar el impacto que la lógica instituida a lo largo de la edad de plata por la nueva economía de los intercambios participativos ha tenido en la definición de las “élites simbólicas” y´t﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽os de institucies l es sugiereecibida al palizan un enacceder re-enmarcad's dos marcos. Convincentemente, Ross sostien en los sentidos en los que el discurso fluye e influye. Por una parte, la elaboración y la imposición de arriba abajo (top down) de la narrativa hegemónica por parte de la élite ha sido un proceso modulado por la apertura al vocabulario y las representaciones promovidas por los actores autorizados: al ser autorizados, estos actores han ingresado en el área de influencia de las élites simbólicas, adquiriendo el estatus de “mediadores” o “emprendedores” discursivos –usando, de nuevo, la terminología de Schmidt– integrados en las “comunidades discursivas”. Por otra parte, la capacidad de los actores de la sociedad civil situados fuera del área de influencia de las élites simbólicas para que su discurso influya de abajo arriba (bottom up) depende cada vez más de su éxito en los rituales de cooptación –o, dicho de otro modo, de su disposición a acomodar estratégicamente su lenguaje al de las élites simbólicas y, por tanto, a moderar su repertorio programático–. Esta última circunstancia ha sido sistemáticamente desatendida por ciertas visiones romantizantes del papel potencial de los actores alternativos, antisistémicos o contrahegemónicos en la formación del discurso político, actores que apenas han tenido un papel marginal –si alguno– en la concepción de los modelos de intervención concretados en el diseño de las nuevas políticas de protección social y del mercado de trabajo de las últimas décadas (…)”.    


[p. m. b.]



[1] El concepto de “elites simbólicas” se toma de T. A. van Dijk, “Introducción: discurso y dominación”, en T. A van Dijk, Discurso y poder, trad. A. Bixio, Barcelona, Gedisa, 2009, p. 36. La expresión se utiliza en un sentido distinto al que le da el autor, demasiado apegado a la rígida dicotomía dominadores/ dominados. 

[2] La apertura, el desarrollo y el cierre de la interacción discursiva no es igual en el caso de la reforma o el rediseño de un sistema público de pensiones –programa que absorbe un volumen de gasto social mayor que cualquier otro, lo que en principio otorga a sus beneficiarios cierta capacidad de influencia– que en los casos de reforma de las prestaciones por desempleo y de los programas de rentas asistencialesicho toda la concepcion los para puesta en marcha deesempleo y las rentas ms xpresieda en entredicho toda la concepcion los para, o en la puesta en marcha de medidas activadoras en nombre de la inclusión laboral –unas políticas en las que la capacidad de los destinatarios para intervenir en la interacción es más reducida–.

[3] P. Bourdieu, ¿Qué significa hablar? Economía de los intercambios lingüísticos, trad. E. Martínez, Madrid, Akal, 1985, p. 70.

[4] Ibíd., p. 81.

[5] Cfr. V. A. Schmidt, “Discursive institutionalism: the explanatory power of  ideas and discourse”, Annual Review of Political Science, 11, 2008, pp. 309-311.

[6] L. Cram, “Inventing the people”, en S. Smismans (ed.), Civil society and legitimate European governance, Cheltenham, Edward Elgar, 2006, pp. 241 ss.

[7] S. Smismans, “European civil society: shaped by discourses and institutional interests”, European Law Journal, 9 (4), 2003, p. 492.     

[8] A. Serrano Pascual, “Del desempleo como riesgo al desempleo como trampa: ¿Qué distribución de las responsabilidades plantea el paradigma de la activación propuesto por las instituciones europeas?”, Cuadernos de Relaciones Laborales, 23 (2), 2005, p. 226-228.  


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No hay más cera que la que arde. Ni la ingenuidad ego-política de una Talegón, ni las iluminaciones ego-políticas de esos sujetos que, en lugar de los Walter Benjamin que creen ser, parecen más bien Topo Gigios encantados de haberse conocido, ni las bufonadas que organizan alrededor del congreso de los diputados unos grupos que no se sabe de dónde salen –y que, con una flagrante falta de respeto hacia nuestros vecinos portugueses, se han apropiado de una fecha, el veinticinco de abril, que representa, todavía hoy, una lección histórica para nosotros– van a mejorar las cosas. No hay más cera que la que arde: sólo la gente que no chilla, la que no da codazos, la que no trafica con sus miserias, la que no se ve, la que no sale o sale por azar en la foto, la de siempre, la que no ha cambiado, la que permanece, sólo esa gente puede practicar lo que alguna vez se llamó la decencia cotidiana y hacer que el mundo sea un poco menos abominable. Me voy a la ducha.   

Portugal, 25 de abril de 1974 (vídeo de Daniel M. V.)