La editorial Trea publica en mayo Pensar por lo breve. Aforística
española de entresiglos. Antología 1980-2012. Los autores
antologados:
Carlos Castilla del Pino (San Roque,
Cádiz 1922–Castro del Río, Córdoba, 2009). Cristóbal Serra (Palma de Mallorca, 1922–2012).
Carlos Edmundo de Ory (Cádiz, 1923–2010).
Ángel Crespo (Alcolea de Calatrava, 1926–Ciudad Real, 1995). Vicente Núñez (Aguilar
de la Frontera, 1926–Córdoba 2002). Antonio Fernández Molina (Alcázar de San
Juan, Ciudad Real, 1927–Zaragoza, 2005). Rafael Sánchez Ferlosio (Roma, 1927).
Dionisia García (Fuente Álamo, Albacete, 1929). Rafael Pérez Estrada (Málaga,
1934–2000). Carlos Pujol (Barcelona, 1936–2012). Guillermo Puerto (Mallorca,
2011). Eugenio Trías (Barcelona, 1942). Andrés Ortiz-Osés (Tardienta, Huesca,
1943). Ángel Guinda (Zaragoza, 1948). Rafael Argullol (Barcelona, 1949).
Ricardo Martínez-Conde (Aldariz, Pontevedra, 1949). Manuel Neila (Hervás,
Cáceres, 1950). Álvaro Salvador (Granada, 1950). Enrique Baltanás (Sevilla,
1952). Ramón Éder (Lumbier, Navarra, 1952). Ángel de Frutos Salvador
(Torrelagindo, Burgos, 1952). Fernando Menéndez (Mieres, 1952). Andrés
Trapiello (Manzaneda de Torío, León, 1952). Luis Valdesueiro (Peguerinos,
Ávila, 1953). José Luis Gallero (Barcelona, 1954). Ramón Andrés (Pamplona,
1955). Rafael Martín (Madrid, 1955). Miguel Ángel Arcas (Granada, 1956). José
Luis Morantes (El Bohodón, Ávila, 1956). Luis Felipe Comendador (Béjar,
Salamanca, 1957). Miguel Catalán (Valencia, 1958). Fernando Aramburu (San
Sebastián, 1959). José Luis Argüelles (Mieres, 1960). Carlos Marzal (Valencia,
1961). Roger Wolfe (Westerham, Kent, 1962). José Mateos (Jerez de la Frontera, 1963). Mario Pérez Antolín (Backnang,
Alemania, 1964). Jordi Doce (Gijón, 1967). Pablo
Miravet (Palma de Mallorca, 1967). Lorenzo Oliván (Castro Urdiales,
Navarra, 1968). Javier Almuzara (Oviedo, 1969). Rafael Gonzalo Verdugo (Madrid,
1969). Juan Varo Zafra (Granada, 1969). Camilo de Ory (Segovia, 1970). Carmen
Camacho (Alcaudete, Jaén, 1976). Fran Molinero (Oviedo, 1977). Andrés Neuman
(Buenos Aires, 1977). Erika Martínez (Jaén, 1979). Carlos R. Pavón (Madrid,
1980). Barón de Hakeldama [José Gustavo Bernal Vidal]
Me alegra compartir lomo con Rafael Sánchez Ferlosio, y me divierte la compañía de
Camilo de Ory. No quiero aguarme a mí mismo la fiesta recordando la consideración fría y suficiente de Patricio Pron sobre la aforística: “un género embarazoso y siempre a punto de
precipitarse en el ridículo” (El boomerang, 27/4/2011, sobre Los extremos, de Ramón Andrés,
Barcelona, Lumen, 2011: por cierto, Pron elogia el libro de Andrés). Pienso,
para consolarme, en la más compasiva y, a fin de cuentas, más humana y menos
rara opinión de Alberto Olmos: “Los
perezosos, junto a los enanos, son la gran pérdida de la literatura” (Lector Malherido, 16/4/2011).
Gracias a Álvaro Díaz Huici, de la editorial Trea (Gijón), por su amabilidad, y gracias también a José Ramón González, de la Universidad de Valladolid, por su trabajo. Ahí va el (demasiado) amable texto de González sobre mí (en cursiva van los pasajes que escribí en la presentación de Fragmentos tibios). Ahorro al lector los 45 fragmentos tibios que, acaso con excesiva generosidad, el compilador ha incluido en la antología:
"Ha publicado un interesante volumen, Fragmentos
tibios (2002), en el que recoge excelentes textos breves que se aproximan
al aforismo y a la máxima, pero también, y como el mismo autor lo indica en la
nota de presentación, “fragmentos más
extensos, provenientes de escritos y ensayos interrumpidos” (14). La
elección del término “fragmento” no es casual y le permite eludir otras
denominaciones alternativas, evitando así posibles debates terminológicos: “Se trata de un vocablo genérico cuya
ductilidad exonera al autor de entrar en disquisiciones ontológicas,
inevitablemente metadiscursivas, en torno a la naturaleza de lo vertido
(¿aforismos, carnets, sentencias, apuntes, máximas, paradojas, boutades,
nótulas, pecios, humoradas...?). No considero baldía la ambición de discriminar
la esencia de cada uno de los microgéneros que conforman el gran género de lo
conciso. Consciente, sin embargo, de que mi intento fracasaría, renuncio a
tratar de encuadrar estos fragmentos de condición impura e irregular en uno de
estos rótulos” (9). Esta aparente renuncia a la teorización no le impide,
sin embargo, incluir en su nota sagaces observaciones sobre las formas breves.
Así, por ejemplo, cuando distingue dos tipos de fragmentos, que se identifican
latamente con la máxima y el aforismo: “Hay, en todo caso, una fructífera distinción (estipulada por Gross con
el fin de diferenciar la máxima del aforismo) entre los fragmentos que
apuntalan un pensamiento establecido y aquellos que lo subvierten. Tal y como
yo lo veo, en el primer caso, el escritor condensa en un enunciado lo ya sabido
y hablado, tornando gratuitos, en un movimiento de cruel elegancia, miles y
miles de días de charla inmemorial, toneladas de papel escrito, cientos de horas de prédica densa y de salmodia quizás insufrible. En el segundo, dice lo
inhablado. Dice lo inhablado, pero no lo impensado. No es subversivo porque
esclarezca lo no pensado o porque arroje luz sobre determinados sobreentendidos
naturalizados que deforman nuestra comprensión del mundo (proverbial pretensión
del filósofo-sacerdote). Es subversivo porque, igual que el idiota
inconscientemente provocador, dice, habla, escribe lo que ya todos saben y es
preciso enunciar” (10). O cuando subraya la naturaleza autónoma del fragmento
y su carácter de pieza acabada: “El
universo de lo breve tiene rasgos que lo dotan de una idiosincrasia
ambivalente. Es cierto, de un lado, que la vocación del fragmento (del
aforismo, de la máxima, etc…) es la de bastarse a sí mismo. Ejercicio de
exactitud y de contención, el fragmento ambiciona completitud autosuficiente,
es una pieza autónoma que, una vez acabada, no permite adiciones ni
sustracciones: no tolera otra cosa que el silencio en torno a sí. En
apariencia, un blindaje invisible lo rodea, lacrada ya en el texto la
hipotética satisfacción del autor por haber cumplido el fragmento, por haberlo
consumado” (10-11). También cuando pone de manifiesto el enorme esfuerzo
que implica lo breve: “He aquí el otro
lado de lo breve: un brutal despliegue de medios conduce a un texto de
dimensiones ridículas. El fragmento es pura dilapidación de energía, derroche
improductivo por antonomasia, pródigo abandono de todo lo que hasta el instante
de la escritura ha sido imprescindible para su aparición. Ejercicio de
generosidad, de renuncia a explayarse y a mortificar al lector, la dignidad de
lo minúsculo reposa en la arriesgada y tantas veces fallida elección de lo que
es estrictamente necesario para su viabilidad orgánica, dilemática selección de
la biología sumaria que habrá de procurarle una vida larga o lo convertirá en
un aborto desde el principio” (11). O, finalmente, cuando destaca la
naturaleza abierta del fragmento que renace en cada nueva lectura: “Producto de la pereza, la impotencia, la
desesperación o la altivez del escritor, el fragmento no podrá evitar que el
lector termine asignándole el estatus de opera aperta. Justamente porque el
fragmento incita a indagar en ese ‘resto’ que no aparece en él, acaso sea
lícito afirmar, a riesgo de incurrir en textualismo passé, que el territorio de
lo precario es un campo fértil para la eterna especulación sobre el dudoso rol
del escritor: cada lectura de un mismo fragmento produce un significado
diverso, porque el autor y su ansia de autosuficiencia quedan disipados,
desleídos, suplantados por cada lector-autor que visita su producción e inventa
un nuevo sentido”. (12)"
[Pablo Miravet, Fragmentos tibios, Palma de Mallorca, Sloper, 2002]
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