C.
llegó a casa luciendo un renovado look
de ejecutivo hipster y, después de quitarse la corbata (“vengo de una comida”,
dijo sonriendo), me animó, casi me conminó, a volver a escribir en el blog, a
retomar, dijo, la disciplina de colgar un post por semana, “al menos haz uno
cada mes, tío”, matizó cuando lo miré de reojo, “así contenga fotos, textos
breves, vídeos o simples citas…”, me pareció que dijo (o me invento ahora que
susurró) mirando al vacío; sonreía, eso sí lo recuerdo. No dudé de sus buenas
intenciones, y dudé todavía menos de sus propósitos terapéutico-samaritanos
cuando me comentó con cierto entusiasmo que estaba haciendo un curso de mindfullness. Aprecio demasiado a C.
como para discutirle los pretendidos beneficios de este tipo de tecnologías del
yo –o, peor todavía, para largarle una catilinaria bernhardiana sobre la
funcionalidad latente o explícita de esas terapias psi de corte trascendentaloide: legitimar la estructura cultural (o,
como diría Raymond Williams, las estructuras del sentir) del capitalismo
contemporáneo (yooooom, yooooom, yoooom y nada más que yooooom…)–. Lo estimo de
verdad y su visita me alegró: ¿para qué discutir? Mejor dicho: ¿para qué
debatir cuando no hay energías para debatir? Habito “las afueras de la
felicidad” –la expresión es de “Fotosíntesis”, el primer cuento de Técnicas de iluminación (Madrid, Páginas
de Espuma, 2013, p. 16), un libro en el que Eloy Tizón acredita su perfección
técnica, su versatilidad estilística, su afán, sobradamente logrado, de transitar
por senderos no trillados en lo que hace a las estructuras narrativas, un buen
libro, sin duda, pero…hay un “pero” no decible: la lectura de Técnicas de iluminación ha dejado
flotando en mi mente un rezago raro que me impide ponerle un sobresaliente a
este volumen simplemente notable–, habito, digo, las afueras de la
felicidad, aunque tal vez debería decir los márgenes de la felicidad, o la
periferia de la felicidad, o los suburbios de la felicidad –entendido
“suburbio” en su uso continental, no angloamericano– o directamente la banlieue de la felicidad y no tengo muchas
ganas de profundizar en mis pensamientos, entre ellos la idea de que declararse
feliz en un mundo como este constituye un alarmante síntoma de imbecilidad, de
modo que recurrí a la manida metáfora penitenciaria para que C. –cuyo iPhone sonó
cuando me disponía a responder a su requisitoria, circunstancia que le obligó a
dar un largo paseo por mi casa para hablar de negocios con su proverbial tono
de voz inaudible– comprendiera mi furor por la postergación –cita encubierta de
Cioran–, mi inacción doliente, esa disposición de ánimo que hibrida el
diletantismo pasivo, la palidez de la dama de las camelias y los tormentos de
un Heinrich von Kleist. Pero C., que no es precisamente un imbécil –y que, como
hemos dicho maliciosamente J. y yo alguna vez, es el marido que toda madre
quisiera para su hija–, desplegó su sonrisa eterna, cercada ahora por una barba
levemente encanecida, guardó el iPhone en el bolsillo interior de su americana
y, cuando le dije lo de la reclusión, me respondió que incluso los presos hacen
“algún tipo de actividad”. Un silencio incómodo se adueñó de la sala (tópico
narrativo, lo admito), pero C., que es inteligente y sagaz, salvó ese lapso de
tensión sacando de nuevo su iPhone. “Te vas a reír”, me dijo antes de deslizar
suavemente su dedo índice por la pantalla del móvil para activar un vídeo que,
efectivamente, es bueno, aunque me parece que sólo puede ser comprendido de
forma cabal por los habitantes de nuestra ciudad, en particular por los que
detestamos unas fiestas basadas fundamentalmente en el ruido y la brutalidad
colectiva. “Pulsión fallicida”, así lo llama Pink Panter, es decir, Carlos Maiques.
Pensando en ese día de principios de marzo, me produce cierta comezón no haber
podido llenar aquel silencio con una recomendación de lectura para C. Panter
Maiques vino de visita el otro día y estuvimos unas buenas dos horas y media
hablando de lo divino y lo humano –o mejor dicho, de lo demasiado humano–;
todos y cada uno de los arroyos en los que se dispersó nuestra conversación río
desembocaban en un mismo mar, en una sentencia que repetíamos sonriendo: aunque
no sea más que por curiosidad, “hay que leer a Byung-Chul Han”, empezando por La agonía de eros. ¿Será Han un bluff como el pesadísimo Zygmunt Bauman
y su liquidez? No lo sé, pero… “hay que leer a Han”. Cuando terminamos de ver
el vídeo, reparé en que C. me había contagiado su eviterna sonrisa y pensé, no
sé muy bien por qué, en unos versos extraordinarios de Gilberto Owen. Le
prometí que retomaría el blog algún día, aunque le aseguré que no haré jamás un
curso de mindfullness. El año pasado
estuve a punto de colgar el vídeo de la intervención de Glenda Jackson en la
cámara de los comunes cuando se discutía la moción sobre el tributo a Margaret
Thatcher tras la muerte de la así llamada dama de hierro, un discurso
improvisado, sin papeles, que nada tiene que ver con las inaguantables sesiones
de nuestro parlamento, en las que todo está escrito, medido, ensayado y, con
frecuencia, penosamente expresado. Aunque, a diferencia de algunos iluminados
salvadores de la patria, no soy un entusiasta del sistema mayoritario
uninominal, y aunque también en UK todo está podrido –piénsese en la City, el
mayor lavadero de dinero negro del mundo–, me gustan mucho los debates de la
casa de los comunes, que veo a veces para refrescar el inglés. Jackson, que,
aunque no lo parezca, pertenece al partido de Tony Blair (ah, ese ser
impresentable), dijo entonces lo que muchos pensamos y, desde luego, no estaba
actuando. A ver si Owen Jones, el jovencito mirlo blanco del laborismo, toma
nota. Es recomendable ver el vídeo hasta el final, porque el speaker, John Bercow –que, por
cierto, es tory–, le da un repaso genial
al orondo y quejoso Tony Baldry.
Maravillosa
(y amada) Glenda. Ahí va, C.:
Amado C.:
ResponderEliminarGracias por animar al Clément. Ya le iba valiendo :)
Besos
Besos para ti, Regi.
ResponderEliminarGracias P., me he emocionado. pero lo q. me alegra de verdad es q retomes tu blog, te echábamos de menos.
ResponderEliminarEn nuestro próximo, y espero q pronto encuentro, te comentaré mi siguiente paso en busca de la "felicidad", para no perderla en mi caso, como tu sabes, se trata del Eneagrama y los eneatipos, te voy a dar argumentos para el próximo post o mejor para una telenovela.
Un fortísimo abrazo.
PD Enhorabuena por la próxima publicación de tu libro de poemas, resérvame uno.
Bueno, Carlos, veo que eres incorregible...un caso perdido, aunque no creas que no siento curiosidad por eso del Eneagrama y los eneatipos (¿?)
ResponderEliminarA ver si nos vemos pronto (y gracias por la felicitación: ya te diré).
abrazo fuerte.