Sobre la postmodernidad (o la posmodernidad)
y el postmodernismo (o el posmodernismo) se pueden escribir parrafadas tan
insoportablemente pedantes como esta:
«(…) la emergencia de un ambiente
filosófico que tematizó, desde perspectivas heterogéneas y aun extrañas entre
sí, la conciencia del agotamiento –por exceso o por defecto– del llamado proyecto
de la modernidad, climatología teórica que reunió en una especie de anuncio
civilizatorio, él mismo bastante moderno, todos los puntos de quiebra de las
grandes narrativas surgidas de la matriz ilustrada. Si bien es cierto que
existen estrechos vínculos entre la crisis del Estado del bienestar y el debate
sobre la posmodernidad escenificado en las décadas de los setenta, ochenta y
noventa, no disponemos de un mapa seguro y fiable de lo que sea o lo que haya
sido la posmodernidad. Entre los obstáculos con los que tropieza cualquier
intento de delimitar sus contornos pueden destacarse la heterogénea genealogía y el diverso alcance semántico de
los términos acuñados para definirla (posmodernidad/ posmodernismo), ligados a
ámbitos distintos de la experiencia, la dificultad que entraña la acotación
precisa de los perfiles de la teoría posmoderna –que, como es sabido, se ha nutrido
de orientaciones absolutamente dispares, adscritas, a su vez, a disciplinas
distintas–, las desemejantes ambiciones de la mirada retrospectiva sobre la
modernidad de las corrientes habitualmente identificadas con el pensamiento
posmoderno, no siempre autoproclamadas como tales, y, en fin, los problemas
para clarificar los términos de un debate fragmentario y multipolar en el que
las interpretaciones cruzadas sobre el objeto de la controversia –la
modernidad– han propiciado percepciones muy distintas de las
complicidades políticas y de las potencialidades críticas del pensamiento
posmoderno en sus diversas declinaciones (…)».
Prolongadísimos bostezos (el párrafo, by the way, es mío).
Con respecto al postmodernismo (o posmodernismo) literario, la cosa, creo, es todavía más
complicada. No tengo intención de largar una digresión sesuda, inútil y
agotadora sobre todos los
significados asignados al sintagma «posmodernismo (o postmodernismo) literario».
Creo que entre los connaisseurs hay
un consenso más o menos establecido sobre la cuestión. Me interesa, más bien,
imaginar al típico hipstercillo con
ganas de discutir que, en una reunión con sus amigos sa-be-lo-to-do, y con el único propósito de distinguirse, se saca de
la manga la lista elaborada en su día por Carolyn Kellogg. Hace más o menos un mes, mientras eliminaba de mi ordenador todos los
archivos que quería olvidar, tropecé con el artículo que Kellogg publicó
en Los Angeles Times en julio de 2009
(«61 essential postmodern reads: an annotated list»). Estaba convencido de que
había extraviado el documento, pensaba que la lista de marras había desaparecido
entre los miles de archivos-basura que he ido almacenando a lo largo de estos
años a la manera de un Collyer digital. Recuerdo que, cuando leí el artículo de
Kellogg por primera vez, me hizo mucha gracia el tono enternecedoramente camp de la autora –lo camp, me interesa aclararlo, es
perfectamente compatible con la inteligencia, al menos esa es mi opinión–. En
su día –era la época de plena ebullición, o mejor, del clímax que precede a la implosión, de la así llamada burbuja literaria–, pensé que la lista de Kellogg era
extraordinariamente provocadora y que su lectura podía ser muy provechosa para esos teorizantes y/o prescriptores solemnes que abundan en
nuestro medio literario. Bueno, más vale tarde que nunca. Ahí va el texto de
Kellogg –y el enlace con la lista–.
“The thing about postmodernism is it's impossible
to pin down exactly what might make a book postmodern. In looking at the
attributes of the essential postmodern reads, we found some were downright
contradictory. Postmodern books have a reputation for being massive tomes, like
David Foster Wallace's "Infinite Jest" –but then there's "The Mezzanine" by
Nicholson Baker, which has just 144 pages. And while postmodern books
would, you'd think, have to be published after the modern period –in the 20th
or 21st centuries– could postmodernism exist without "Tristram
Shandy"? We think not.
Below is our list of the 61 essential reads of
postmodern literature. It's annotated with the attributes below –the author is
a character, fiction and reality are blurred, the text includes fictional
artifacts, such as letters, lyrics, even whole other books, and so on. And
while this list owes much to George Ducker and David L. Ulin, you can
address all complaints to me”.
Carolyn Kellogg, Los Angeles Times, july 16, 2009
Mi traducción:
«Lo
que sucede con el postmodernismo es que es imposible precisar con exactitud qué
es lo que hace a un libro posmoderno. Al
analizar las características de las lecturas postmodernas esenciales,
encontramos que algunas eran francamente contradictorias. Los libros postmodernos
tienen fama de ser tomos enormes, como La
broma infinita de David Foster Wallace, pero luego está The Mezzanine, de Nicholson Baker, que tiene
sólo 144 páginas. A pesar de que ustedes podrían pensar que los libros
postmodernos deberían haber sido publicados después de la época moderna –en los
siglos XX o XXI–, ¿podría el postmodernismo existir sin Tristram Shandy? Creemos que no.
A
continuación mostramos nuestra lista de las 61 lecturas esenciales de la literatura
posmoderna. Está anotada con las siguientes características –el autor es un
personaje, la ficción y la realidad se difuminan, el texto incluye artefactos
de ficción tales como cartas, letras de canciones, incluso otros libros
enteros, y así sucesivamente–. Si bien esta lista debe mucho a George Ducker y
David L. Ulin, pueden dirigir todas sus quejas a mí».
*
Ya que estamos metidos de lleno en el universo vintage, y aunque no tiene nada que ver con el asunto del post, aprovecho la ocasión para colar una canción que, en su día, me dejó absolutamente anonadado y que, de cuando en cuando, revisito con placer culpable. Tendría yo unos nueve o diez años cuando escuché por primera vez «Le freak», de Chic. «¿Qué es esto?», me pregunté al prestar atención al increíble sonido de la guitarra de Nile Rodgers –productor, por cierto, del primer single de The Sugarhill gang– y al bajo alucinante de Bernard Edwards. Acotación adicional: en aquella la época, las mujeres negras eran todavía reinas (Donna Summer, Gloria Gaynor, Amii Stewart, tantas otras: basta ver la ubicación de las dos vocalistas de Chic en el escenario) y no starlettes cuya máxima aspiración es ser elegidas como comparsas del último rapero border line.
Me parece.
Me parece.
Ey, Pink. Sí, sí, curiosa... ¿por qué no está El Quijote? En relación con la burbuja, me refería básicamente a la burbuja peninsular y a aquellos maravillosos descubrimientos del mediterráneo después de cuatro décadas de... en fin. Gracias por la vídeo-entrevista. Abrazo.
ResponderEliminarHola!
ResponderEliminarLa lista es demoladoramente previsible. De un "postureo" que espanta. Una especie de las de las del rock de lux pero en novela. La tía tiene hasta el cuajo de tirarse el moco ("porque yo lo valgo") no incluyendo a Palanhiuk. Me parto ¡Ja, ja...!
Chic. Chic es funky posmoderno. Siguiendo con tu apreciación de lo que podría ser considerado como tal. Esta bien traído sacarlos a colación.
Saludos! :-)
Bueno, Julián, tan previsible no es... eso de incluir La metamorfosis, por ejemplo, es un gesto como mínimo audaz.
EliminarNunca me ha gustado demasiado el funky –particularmente, el de los '80–, pero esta canción –me niego a llamar «tema» a una canción– es buenísima.
Saludos y gracias por tu comentario.